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Por Eduardo Ferreyra
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    Los Científicos del Clima No Deben
    Abogar por Políticas en Particular

    Tamsin Edwards, Ph.D.

    The Guardian
    Julio 31, 2013

    Yo me convertí en científica del clima porque me preocupa el ambiente, pero tenemos la obligación moral de ser imparciales.

    Los científicos del clima arriesgan su credibilidad si no son absolutamente neutrales en asuntos políticos tales como el impuesto al carbono. Fotografía: Greeg Wood/AFP/Getty Images
    Como científica del clima estoy bajo presión para que sea una activista política. Esto proviene principalmente de los ecologistas. Dan Cass, director de una granja eólica y activista solar, prefiere que yo no pierda mi tiempo debatien-do “negacionistas tarados” sino que use activismo político para impedir una catástrofe climática”.

    Jeremy Grantham, ecologista filántropo, urgió a los científicos del clima hace sonar una nota más desesperada... ser arrestados si fuese necesario.” Un preocupado miembro del público juzgó que mis esfuerzos en encuentros públicos serían exitosos sólo si ellos mostrasen “evidencia de persuasión”.

    Otros preguntan “¿Qué deberíamos hacer?” En mi evento el Festival de Ciencia de Cheltenham '¿Podemos confiar en los modelos del clima?' alguien en la audiencia preguntó qué pensábamos de los impuestos al carbono. Me rehusé a responder, a pesar de las repetidas exigencias del presidente y su broma (de manera paternalista, su intención era entretener) de yo “no debería sentirme abochornada por mi falta de conocimientos.”

    Hasta algunos de mis colegas piensan que yo debería ser más clara acerca de mis creencias políticas. En un debate en Twitter el mes pasado Gavin Schmidt, científico del clima y bloggero, argumntó que nosotros deberíamos decla-rar nuestras preferencias para evitar acusaciones de tener una agenda oculta.

    Yo creo que el partidismo de los científicos del clima ha dañado la confianza en la ciencia. Nosotros arriesgamos nuestra credibilidad, nuestra reputación por la objetividad, si no somos absolutamente neutrales. Por lo menos, nos deja abiertos a las críticas. Yo encuentro que mucho del escepticismo del clima está impulsado por una creencia de que el activismo ecologista ha influido en la manera en que los científicos reúnen e interpretan la evidencia. De modo que yo encontré que mi aproximación de línea dura al tema ha sido exitosa al tomar las políticas y por consi-guiente –broma aparte- quitarle el calor a las discusiones en la ciencia del clima.

    Me llaman “el corredor de bolsa honesto”, pidiendo por “más Dr. Edward y menos activistas zelotes”. Crucialmente, ellos dicen esto a pesar de que mis visiones científicas son absolutamente de la corriente mayoritaria.

    Pero no se trata sólo de mejorar la confianza. En esta arena tan altamente politizada, los científicos del clima tienen obligaciones morales para procurar la imparcialidad. Tenemos una plataforma de la que no tenemos que abusar. Para comenzar, raramente tenemos la experticia necesaria. Estoy en total desacuerdo con Gavin sobre que nosotros sabemos muy probablemente mucho más sobre los asuntos involucrados en la elección de políticas que nuestra audiencia.

    Aún los científicos que son expertos -como los que estudian las interacciones entre el clima, la economía y la políti-ca, mediante “modelos de evaluación integrados”- no pueden hablar por nosotros porque las decisiones políticas dependen necesariamente de valores. Hay muchas manera de intentar minimizar al cambio climático (con mitigación o geoingeniería) o sus impactos (adaptación) y, teniendo una olla de dinero, nosotros debemos decidir qué es lo que más deseamos proteger. ¿Cómo sopesamos al crecimiento económico contra el cambio de ecosistemas? ¿Debe-ríamos priorizar las vidas y estilos de vida de la gente hoy o en el futuro? ¿Tratar de limitar cambios en la tempera-tura o en las lluvias? Estas preguntas no pueden ser respondidas sólo con evidencias científicas. Para mí, entonces, es simple: los científicos usan mal su autoridad si ellos publicitan sus opciones políticas preferidas.

    Algunos dicen que es seguro expresar nuestras visiones con suficiente contexto: “esta es sólo mi opinión personal, pero…” En mi experiencia tales disculpas son ignoradas. ¿Por qué a alguien el público o los medios le preguntaría “qué deberíamos hacer” si no fuese con una expectativa de experticia, o el deseo de información reemplace una decisión dificultosa? En lugar de ser incoherente –“No sé mucho sobre política, pero sé lo que me gusta” – o ser dictatorial – “Si yo gobernase al mundo, haría esto” – deberíamos tener el coraje y la humildad de no responder.

    Otros dicen que es simplista e imposible separar la ciencia de la política, o que todos los individuos son activistas. Pero hay una diferencia entre dar una estimación de las consecuencias de una acción en particular y dar una opi-nión sobre cómo, o si elegir esa acción; entre la evaluación del riesgo, estimación de la probabilidad de cambio y su efecto sobre cosas que nos preocupan, y el manejo del riesgo, decidir sobre la manera de reducir o vivir con ese riesgo. Un pronosticador de inundaciones suministra un mapa de la probabilidad de inundación, pero no decide cuál es un nivel de riesgo inaceptable, o cómo gastar un presupuesto para reducir un riesgo (defensas marinas; regula-ción de edificios y seguros).

    Tenemos que estar vigilando en contra de lo que Roger Pielke Jr. en 'The Honest Broker' llama : afirmar que estamos hablando sobre ciencia cuando en realidad estamos promoviendo políticas. Esto lo expresa Robert T. Lackey muy claramente:

    “A menudo escucho o leo en un discurso científicos palabras como degradación, mejora, bueno y pobre. Esas palabras cargadas de valor no deberían de ser usadas para presentar información científica porque ellas implican un estado preferido o una clase de opciones políticas… Las palabras científicas apropiadas son, por ejemplo, cambio, aumento, o disminución.” (Science, Científicos y Abogacía Política”).
    Yo me convertí en científica del clima porque a mí siempre me preocupó el ambiente, ya que una vívida charla sobre la capa de ozono en la escuela primaria (aquí, en página 4) y la influencia de mi hermano, que era verde mucho antes de que estuviese de moda. Pero me preocupa más restaurar la credibilidad en la ciencia que llamar a la gente a la acción; más sobre mejorar la comprensión del público de la ciencia de modo que la sociedad pueda tomar deci-siones mejor informadas, que tomar las decisiones de la gente por ellos. La ciencia no nos da las respuestas a nuestros problemas. Tampoco deberían hacerlo los científicos.

    Tamsin Edwards es una científica del clima en la Universidad de Bristol que usa modelos computados para estudiar el cambio climático y el nivel del mar. Ella tiene un blog en “Todos Los Modelos Están Errados” y en Twitter ella es @flimsin



    Comentario de Eduardo Ferreyra: la Dra. Edwards da la impresión de ser sincera y honesta. De tener una mente científica, desapasionada, y no dejarse llevar por exageraciones ni romanticismos verdes. Algo por el estilo de la Dra. Judith Curry, la científica del clima que abandonó las filas de los que proponen ciegamente la hipótesis del CO2 como culpable del calentamiento y cambio climático, para hacerse cada día más escéptica. Más temprano que tarde la Dra. Edwards terminará siguiendo sus pasos y se alejará del centro de la corriente principal o mayoritaria. No parece sentirse muy cómoda dentro de los rebaños.

    Pero su anécdota de la primaria demuestra cómo el “científico” que les dio la charla era un activista y no una persona de honestidad científica como la que exige la Dra. Edwards. La anécdota que la doctora nos refiere en su link a una “página 4” más arriba, dice así (no se moleste en descargar el PDF):

    Yo puedo rastrear mi interés por el ambiente hasta una moneda: una moneda de 10 peni-ques de fines de la década de 1980 mientras estaba en los años finales de la primaria. Un científico vino a hablarnos acerca de la capa de ozono. Habló clara y apasionadamente sobre la manera en que nos protege del sol, pero que estaba siendo dañada por gases que hacen los humanos. Él nos dijo que en algunos lugares ahora tenía el espesor de una mone-da de 10 peniques.
    El “científico” se aprovechó de la inocencia y la ignorancia de los niños –algo perverso- para reclutarlos para la “causa” y les dijo una media verdad que, como es sabido, es una mentira completa: el espesor que mencionó es la imagen que dan en los libros de texto y en Wikipedia para el caso de que la capa de ozono, que está en la estratosfera entre los 15 y los 50 km de altura, fuese traída a nivel del mar don-de la presión atmosférica la reduciría a un espesor que varía entre 1,2 y 5,4 milímetros. Los valores de la concentración del ozono, expresados en Unidades Dobson (UD) varían entre 540 UD y unas 120 UD dentro del famoso e infausto “agujero del ozono” de la Antártida.

    El gráfico muestra una región de Europa y África del norte el día 6 de junio de 2005 donde se observan valores entre 300 y 480 UD. Es de notar que los valores del ozono en el ecuador es de alrededor de 290 UD, y que durante la ocurrencia del agujero de ozono en la Antártida (agosto-septiembre) en las regiones de la Patagonia los valores del ozono rondan los 540-600 UD.

    Una moneda tiene un espesor promedio de 1,8 milímetros, algunas más, otras menos. El “científico" les dijo esa media verdad porque los niños tienen la idea correcta de que ese "escudo" protector tiene varios kilómetros de espesor y que la mano de hombre y sus horribles gases la redujeron al espesor de una moneda. Una de mis máximas favoritas la dijo un cardenal inglés allá por el siglo 14, y los maestros de primaria tienen la obligación de tener presente constantemente: "Be very, very careful what you put into that head, because you will never, ever get it out." Thomas Cardinal Wolsey (1471-1530) ["Sea muy, muy cuidadoso con lo que pone en esa cabeza; porque no lo podrá sacar de allí nunca, jamás..."]

    Ojalá la Dra. Edwards repase sus conocimientos sobre la capa de ozono y podrá comprobar que se tra-ta de otro fraude pseudocientífico impulsado por los intereses corporativos y geopolíticos que mueven las fundaciones “filantrópicas” y los grupos que practican la filosofía antihumana del Reverendo Thomas Malthus: “el hombre es el cáncer del planeta”.

    Eduardo Ferreyra
    Presidente de FAEC



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