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    En Defensa del Dióxido de carbono

    El compuesto químico satanizado es una bendición
    para la vida vegetal y tiene poca correlación
    con la temperatura global.

    Por Harrison H. Schmitt y William Happer


    Mayo 10, 2013

    De todos los compuestos químicos del mundo ninguno tiene peor reputación que el dióxido de carbono. Gracias a la irracional de-monización de este esencial gas atmosférico natural por los pro-pulsores del control gubernamental de la producción de energía, la sabiduría convencional sobre el dióxi-do de carbono es que se trata de un contaminante peligroso. Simplemente: no es ese el caso. Al contrario de lo que algunos quieren hacernos creer, el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera beneficiará a la creciente población del planeta al aumentar la productividad agrícola.

    El cese durante la década pasada del calentamiento global ob-servado nos ha mostrado cuán exageradas fueron las prediccio-nes de la NASA y de la mayoría de los modelos computados del clima sobre el calentamiento presuntamente causado por los hu-

    manos –y que escasa correlación hay entre las concentraciones del dióxido de carbono atmosférico y el calenta-miento. Como muchos científicos lo hicieron notar, las variaciones de la temperatura global se correlaciona mucho mejor con la actividad solar y con los complicados ciclos de los océanos y la atmósfera. No existe la menor eviden-cia de que más dióxido de carbono haya provocado más tiempo extremo.

    Los actuales niveles de dióxido de carbono en la atmósfera de la Tierra, acercándose a las 400 pares por millón, son bajas para los estándares de la historia geológica y la evolución de las plantas. Los niveles fueron de 3000 ppm, o más, hasta el período Paleoceno (comenzado hace unos 65 millones de años atrás). Para la mayoría de las plantas, y para los animales y humanos que las usan, más dióxido de carbono lejos de ser un “contaminante” que es necesario reducir, será un gran beneficio. Esto ya está ampliamente reconocido por los operadores de los invernaderos comerciales que aumentan artificialmente los niveles de dióxido de carbono a 1000 ppm o más aún, para mejorar el crecimiento y la calidad de sus plantas.

    Usando la energía del sol –junto a la acción catalítica de una antigua enzima llamada rubisco, la proteína más abundante en la Tierra- las plantas convierten al dióxido de carbono del aire en carbohidratos y otras moléculas útiles. El rubisco cataliza la unión de una molécula de dióxido de carbono a otra moléculas de cinco carbonos para hacer dos moléculas de tres carbonos, que son subsecuentemente convertidas en carbohidratos. (Dado que el útil producto de la captura de dióxido de carbono consiste en moléculas de tres carbonos, las plantas que usan este simple proceso son llamadas plantas C3) . Las plantas C3 como el trigo, arroz, soja, algodón y muchas otras cosechas de forraje, evolucionaron cuando había en la atmósfera mucho más dióxido de carbono que hoy. De manera que estos básicos productos agrícolas hoy están en realidad subalimentados en dióxido de carbono en relación a sus diseños originales.

    A los actuales niveles de dióxido de carbono atmosférico, el rubisco en las plantas C3 puede ser engañado para sustituir moléculas de oxígeno por moléculas de dióxido de carbono. Pero esta sustitución reduce la eficiencia de la fotosíntesis, especialmente a temperaturas elevadas. Para eludir el problema, una pequeña cantidad de plantas han evolucionado de manera de enriquecer la concentración de del dióxido de carbono alrededor de la enzima rubisco, y de suprimir la concentración de oxígeno. Llamadas plantas C4 porque utilizan una molécula con cuatro átomos de carbono, las plantas que usan este truco evolutivo incluyen a la caña de azúcar, al maíz y otras plantas tropicales.

    Aunque las plantas C4 evolucionaron para toma cuenta de bajos niveles de dióxido de carbono, el resultado tiene un precio, ya que requiere energía química adicional. Con elevados niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, las plantas C4 no son tan productivas como la plantas C3, que no tienen los costos adicionales del sistema de enriquecimiento del dióxido de carbono.

    Eso apenas es algo de lo que lleva a hacer el caso para los beneficios del dióxido de carbono. Ahora mismo, a los actuales niveles de dióxido de carbono, las plantas están pagando un alto precio en el uso del agua. Ya sea que las plantas sean C3 o C4, la manera en que ellas toman al dióxido de carbono de la atmósfera, es la misma: Las plantas tienen pequeños agujeros en sus hojas, o estomas, a través de las que las moléculas de dióxido de carbono pueden difundirse en el húmedo interior para uso en los ciclos fotosintéticos de las plantas.

    La densidad de las moléculas de agua dentro de las hojas es de manera típica 60 veces más grande que la densidad del dióxido de carbono en el aire, y la tasa de difusión de la molécula de agua es mayor que la de la molécula de dióxido de carbono.

    De modo que, dependiendo de la humedad relativas y la temperatura, 100 o más moléculas de agua se difunden fuera de la hoja por cada molécula de dióxido de carbono que se difunde hacia adentro de la hoja. Y no todas las moléculas de dióxido de carbono que ingresa a la planta se incorpora a un carbohidrato. Como resultado, las plan-tas requieren muchos cientos de gramos de agua para producir un gramo de biomasa, en gran parte carbohidratos.

    Impulsadas por la necesidad de conservar agua, las plantas producen menos aberturas de estomas en sus hojas cuando hay más cantidad de dióxido de carbono en el aire. Esto disminuye la cantidad de agua que la planta está obligada a transpirar y le permite a las plantas soportar mejor las condiciones de sequia.

    El rendimiento de los cultivos en años secos recientes fue menos afectado por las sequías que los cultivos en las sequías del Tazón de Polvo de los años 30, cuando había menos dióxido de carbono. Hoy, en una época de pobla-ción creciente y escasez de alimentos y de agua en algunas regiones, es extraño que los humanistas no estén clamando para una mayor cantidad de dióxido de carbono. En vez de ellos, algunos lo están denunciando y quieren provocar su disminución.

    Sabemos que el dióxido de carbono ha sido una fracción muchos mayor de la atmósfera de la Tierra que la actual, y el registro geológico muestra que la vida floreció mucho más en tierra y en los océanos durante esos tiempos. La increíble lista de horrores que traerá el aumento del dióxido de carbono al mundo es pura creencia religiosa disfra-zada de ciencia.


    El Sr. Schmitt, profesor adjunto de ingeniería en la Universidad de Wisconsin-Madison, fue un astronauta de la Apolo 17 y un ex senador por Nueva México. El Sr. Happer es un profesor de física en la Universidad de Princeton y un ex director de la investigación en energía del Departamento de Energía de los Estados Unidos.



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