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    El Calentamiento Global siempre fue demasiado importante para dejárselo a los científicos

    James Delingpole

    The Telegraph
    Abril 23, 2013

    Ahora que el calentamiento global está siendo totalmente desentrañado, yo quiero elaborar sobre un punto que hice hace algunos posts atrás sobre el rol que tienen en este gran debate los graduados en humanidades.

    Viéndolo bien, su récord no es nada bueno. Algunos de los promulgadores más famosos de tonterías climáticas han sido graduados en arte –entre ellos Bryony Worthington (el activista de Amigos de la Tierra (FoE) que resultó ser responsable del Acta del Cambio Climático), Roger Harrabin de la BCC, y algunos cuantos de los 2.800 del fuerte Departamento del Ambiente del The Guardian. Pienso que los historiadores futuros –examinando en retrospectiva sobre este período de histeria en masa donde tanta gente fue persuadida, y en las más costosas y dañinas políti-cas, que estaban basadas en la más grande confección de mentiras en la historia de la ciencia basura- podrían armar una tesis lo bastante persuasiva que fue principalmente la culpa de los graduados en arte, deficientes en ciencia, fácilmente impresionables por los hombres con guardapolvos blancos en los laboratorios.

    Contra eso, sin embargo, usted tiene que poner a personas como yo y Booker. Ninguno de nosotros –como a los calentadores le gusta recordarnos sin cesar para burlarse- tiene un diploma en ciencia; y sin embargo, hemos dedicado la mayor de la última parte de nuestras carreras a exponer el fraude. Y lo hicimos con confianza, no porque seamos científicos, sino precisamente porque no lo somos. No quiero molestar a los muchos científicos aquí presentes que hacen tan fascinantes y esclarecedoras contribuciones a este blog, por lo que siempre estoy extre-madamente agradecido –bueno, a menos de que sean 'trolls' de la Universidad de East Anglia. Pero, como traté de explicar hace días en mi breve charla con Wattsy, ese debate NO es de manera principal sobre “la ciencia” y nunca lo ha sido.

    Esto es algo que la mayoría de mis contemporáneos periodistas –como aquel, cuya irritante correspondencia priva-da he citado en la primera versión de este blog antes de que alguien me convenció de que era deshonroso y que debía retirarla- han fracasado en comprender. Aún ahora, pienso, en la corriente periodística central permanece la visión de que el “Cambio climático” es un debate científico sobre la influencia humana en el calentamiento global. Y no lo es.

    De lo que realmente se trata es nada más que otro conflicto en la guerra de las culturas: entre quienes creen en gobiernos limitados, impuestos bajos, regulación mínima, responsabilidad personal, libres mercados y libertad por un lado; y quienes creen en un estado siempre creciente (quizás hasta el punto de un Gobierno Único Mundial), latos impuestos, más regulaciones, y el gobierno por parte de una elite de tecnócratas y “Expertos” por el otro lado. Yo sostengo esto, como lo habrán leído quienes lo icieron en Sandías (Watermelons).

    En su última columna el excelente Lawrence Solomon hace una observación similar acerca de los científicos frente a los historiadores:

    Muchos culpan a la amplia ignorancia de la ciencia por la confusión del público sobre el calentamiento global. Una base científica no hará daño pero tampoco ayudará mucho –no se puede esperar que mu-chos legos, no importa lo informado que estén, puedan seguir los arcanos cálculos del cambio climático que los especialistas científicos manejan.

    La mucha mejor explicación de la confusión del público yace en el generalizado desconocimiento de la historia, y sobre todo por parte de los científicos. Cualquier niño puede entender que los Romanos con-quistaron al mundo cuando las temperaturas eran más altas que hoy, que los holandeses inventaron los patines de hielo durante la Pequeña Edad de Hielo hace quinientos años, y que los glaciares en retroce-so de Newfoundland produjeron al témpano que hundió al Titanic.
    Él está absolutamente en lo cierto. Todos tenemos una parte que jugar en el debate, los graduados en humanida-des y arte también. Nuestro error más grave en este particular, creo, ha sido poner demasiada fe en los científicos como árbitros de la verdad final. Los hemos elevado al status de sacerdotes, casi -como usted lo puede oír, por ejemplo, en el tono reverencial del locutor de la BBC cada vez se invoca la palabra “científicos”.

    Uno de mis aprendidos comentadores rastrea al problema hasta la conferencia “Dos Culturas” de CP Snow en 1959. Desde entonces los graduados en ciencia han pensado mezquinamente de sí mismos por no haber logrado un diplo-ma en la ciencia adecuada.

    Debo decir que durante años he sentido lo mismo acerca de mi mero diploma en Literatura Inglesa. Pero ya no más. El Climategate y sus secuelas cambiaron todo eso. No es un diploma en ciencia lo que necesita para negociar este tambaleante edificio de propaganda, información torturada, mentiras, desinformación, disputas políticas, la codicia desenfrenada, maniobras corporativas y encubrimiento del establishment: es la claridad mental que usted desarrolla traduciendo la Batalla de Maldon, los poderes de resistencia que usted desarrolla leyendo la Condesa de Pembroke's Arcadia, y la práctica crítica que usted adquiere mientras trata de comprender en qué diablos estaba Spenser cuando escribió “Faerie Queene” –la Reina de la Hadas.



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