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Calentamiento Mental

(Segunda parte)

por Carlos Wotzkow
Biólogo molecular Cubano -Exiliado en Suiza

"El mundo sería un lugar mucho más lindo sin nosotros {humanos}".
"Nunca debemos sentir que estamos yendo demasiado lejos al quebrar la ley".
Paul Watson
Co-Fundador de Greenpeace

El ecologismo, como el comunismo, no es más que otra técnica para instigar la lucha de clases. El ejemplo más “avanzado” en el mundo occidental lo vemos en la España de Rodríguez Zapatero. Su prosa científica es a veces tan hueca que ninguna realidad palpable es atribuible a su discurso. Sin embargo, este demagogo suena fresco, parece preocupado y cargado de buenas intenciones, más no puede ser “adecuadamente” interpretado por otro ecologista, a no ser que este comparta un mundo solipsístico similar. O sea, si el cacareado calentamiento global de los ecologistas radicales fuese real, los científicos que no padezcan la misma enfermedad, jamás podrían entender lo que ello significa.

Este entuerto en continuo calentamiento es lo que yo llamaría la “paradoja ecologis-ta”. Pura ciencia gramatológica, o lo que es lo mismo, pseudo-ciencia expresada a retazos con la incoherencia típica de una pesadilla interrumpida por varios sobresal-tos. Recordemos que en los 70, los ecologistas no le “temían” al calentamiento, sino al “enfriamiento global”. Es como un chiste pesado. Padecen una ingenuidad tan gro-tesca que en la mayoría de los casos corta las tangentes del oscurantismo, el funda-mentalismo religioso, y los preceptos neo-marxistas. Pregunte a uno de estos “eco-científicos” qué es la mitosis, o dónde ocurre la fotosíntesis, y ya tendrá tiempo para fotografiar sus caras de asombro.

El PSOE español garantiza a todas las cofradías del país precios bajos para los combus-tibles fósiles (o sea, para seguir explotando los recursos marinos). Pero sigue conde-nando al PP por la catástrofe del “Prestige”. ¿Cómo se entiende esto? ¿Cómo puede el pueblo español creer que el futuro de la electricidad está en las aspas de las turbinas eólicas? Muy fácil: si usted controla la televisión nacional y se pasa toda la legislatura repitiendo sandeces en todos sus telediarios, usted termina convenciendo al vulgo de que la estupidez es normal. Imagine ahora a 40 millones de españoles comiendo mier-da, ¿por qué creer que la mierda no se come si muchos trillones de moscas lo hacen? Si el derrame de contaminantes es de origen extranjero, el PSOE clama escándalo, más si es de origen nacional, todas las cadenas transmitirán el fútbol por la noche.

Algo razonablemente ambientalista sería aquello que avance hacía un nuevo nivel dentro del conocimiento ecológico, pero las profecías de James Lovelock y de Paul Ehrlich siguen siendo las mismas a pesar de su demostrada falsedad. En los años 80, cientos de miles de especies y seres humanos deberían haber desaparecido, pero ahí están, todavía, vivitas y coleando. La veracidad de las alarmas ecologistas resultan inaceptables a partir de su perenne falsedad. El irrelevante conocimiento de los ecologistas sobre la ecología (alarmante si lugar a dudas) no va más allá de la siguiente premisa: aquellos que encuentren orden en el ambiente, no pararán de protestar hasta verlo en desorden. Asumo entonces, que sus realidades nada tienen que ver con el sentido común.

Para que mis compatriotas cubanos vean quién es este afamado Paul Ehrlich, baste que les diga que es el recipiente de sendos premios ambientalistas. El primero de la Mac Arthur Foundation (Genius Award), ampliamente conocida por la financiación de la mayoría de los proyectos de “cooperación científica” (léase financiación de la guerra biológica contra los Estados Unidos) con Cuba, mientras que el segundo premio viene de la señora Teresa Heinz Terry (Heinz Award for the Environment), la magnate del Ketchup que tanto adora a Fidel Castro y al que de vez en cuando le regala un millón de dólares de a porque sí. Es por ello que Al Gore se ha metido a profeta ecologista. En pronósticos ecológicos (como los de Ehrlich), mientras más erradas sean las profecías, más premiado serás. ¡Ya se acercan los “Oscares” y el obeso Al ya promete ser la tostada de la ceremonia!

Pero igual, digan que soy un crítico intransigente, mas demuéstrenlo contestándome las preguntas que a continuación les hago: Si la ciencia se precia de humildad y sus teorías no son más que marcas a desmentir gustosamente, ¿cómo se pueden considerar verdaderos científicos aquellos que, como los ecologistas, o los especialistas del IPCC, no aceptan jamás estar equivocados? Si la rapidez en detectar un error es lo que más agradece un científico (pues así puede corregir inmediatamente su desafortunada hipótesis), ¿por qué se mantienen en la misma hipótesis del calentamiento global esos profetas fracasados? ¿Quién ha medido la producción (me niego rotundamente, en nombre de las plantas, a llamarla contaminación) mundial de CO2 de origen humano y cómo lo ha hecho? Y ¿por qué no se ha medido el CO2 que produce “normalmente” el medio natural?

¿Es la respiración de los seres vivos algo normal, o debemos combatirla? Desaprove-cha la oportunidad de reconocer sinceramente tus errores y no serás nadie en el mun-do de las ciencias. Desde aquel 1962 (de Rachel Carson) hasta hoy (con Al Gore), los ecologistas siguen sin abandonar las profecías por simulación. “¡Si nos equivocamos,” -dirán entonces,- “fue por culpa de la computadora, de Microsoft y de Bill Gates!” El tonto de Al Gore, quizás sin saberlo, se ha convertido en el nuevo Papa populista de le eco-teología de la liberación, o para decirlo de otra manera, en el Ayatolá de esas verdes legiones anti-progreso que quieren acabar con el bienestar del mundo occi-dental. El costo de sus deseos (el de detener el desarrollo norteamericano), como todos los de la izquierda estadounidense, ascendería a 553 trillones de dólares hasta finales de siglo.

Nadie ha podido establecer científicamente una correlación entre el “calentamiento global” y la producción humana de CO2. Cuando políticos como Al Gore dicen que el calentamiento global es un hecho consumado, mienten. De hecho los cálculos sobre la producción antrópica del CO2 son los más dudosos, pues constituyen sólo un 3% del ciclo natural del gas, y a través del cual, el CO2, sería la moneda de cambio entre la biosfera, la hidrosfera y la atmósfera terrestre. En las últimas 5 décadas, el CO2 de toda la atmósfera apenas se incrementó en 65 partes por millón (de 315 ppm a 380 ppm). Por eso digo, que aquel que se enamore de una teoría errónea y tire por la borda su prestigio académico en aras de salvar un capital político no es un científico, sino un magnífico ecologista.

Otro ejemplo para terminar: NOAA reportó desde el observatorio de Mauna Loa (Hawai) un incremento de 2.30 ppm en el 2004 y ahora, el aumento sólo alcanzó las 1,5 ppm. Entonces, si la culpa del calentamiento global la tiene la actividad humana, ¿quiere esto decir que el ser humano ha disminuido en un 50 % su actividad industrial y vamos por el buen camino? Lo pregunto porque, si el incremento del CO2 es causado por nuestra irresponsable añoranza desarrollista, entonces algo no concuerda. Por fortuna los científicos de la NOAA no emulan con los ecologistas del IPCC y han reco-nocido que el descenso de ese 50% ha sido causado por el proceso natural que TO-DOS SABEN contribuye constantemente a absorber el dióxido de carbono de la atmós-fera.

Para Al Gore y para la mayoría de los brujos del IPCC, el aumento de huracanes es otra de las consecuencias directas del “calentamiento global”. Si Gore se presentara a las presidenciales del 2008, de seguro ganaría el Estado de Louisiana. Para meteorólogos de renombre como William Gray, “la relación de los huracanes con el calentamiento global es inversamente proporcional al conocimiento que se tiene de estas pertur-baciones”. Pero Gore, sobre todo, es un ecologista cobarde. Cuando la revista Jyl-lands-Posten le invitó en Enero a una entrevista en vivo Al Gore aceptó, pero cuando supo que Bjorn Longborg (estadista crítico del dogma del eco-teólogo) estaría pre-sente, el inepto mastodonte de Tennessee, canceló su participación.

A mi me apenan tremendamente todos esos ancianos y jóvenes idealistas donando cientos de millones de dólares a estos eco-degenerados, con la esperanza de contri-buir a salvar el mundo. Me duele tremendamente ver a todos estos voluntarios eco-logistas trabajando como esclavos para pagar las limosinas, los viajes, y las mansiones, o las acciones terroristas de gente como Gerd Leipold, Al Gore, o Paul Watson. Pero qué le vamos a hacer, esos eco-soñadores son románticos innatos y necesitan, como militantes de izquierda que son, de un mito y de un dogma para poder soñar. ¿Pudiera alguien explicarme por qué hay tantos miembros de nuestra misma especie compar-tiendo semejante nece (dad) sidad?

Carlos Wotzkow,
Bienne, Suiza, Febrero 28, 2007

(La segunda parte la próxima semana)


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