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Calentamiento Mental

(Primera parte)

por Carlos Wotzkow
Biólogo molecular Cubano -Exiliado en Suiza

"No hay nada malo en ser terrorista, mientras que uno triunfe."
"Las lombrices son mucho más valiosas que la gente."
Paul Watson
Co-Fundador de Greenpeace

Lo he dicho muchas veces y lo repito ahora. El ecologismo mundial no es otra cosa que una vertiente política de extrema izquierda. No es un asunto de despiste cientí-fico. Para nada. Todos los líderes de izquierda (Fidel Castro, Hugo Chávez, Néstor Kishner, Luís Rodríguez Zapatero, Tony Blair, Al Gore, o Robert Mugabe) son ecolo-gistas de pura cepa. Eso dicen y hacen, pues viven de asustar con la degradación (o del peligro de degradación) ecológica de sus países, o chantajean con la destrucción ecológica de sus fincas, y reciben grandes subsidios de la ONU para preservar la ecología de sus “amenazados” palenques. Todo eso, claro está, por culpa del eterno enemigo: el capitalismo norteamericano, su recién nacido hijo chino y un musulman-cito santo que se les ha colado bajo la sotana y les presiona los… ¡amen!

Desde el mandato de Clinton, hasta este de Bush, la izquierda, globalizada alrededor de Bruselas, sigue intentando que los Estados Unidos firmen el dislate de Kyoto. Todas las campañas ecologistas están ahora dirigidas a combatir cualquier iniciativa de de-fensa antimisil, porque los guerreros verdes ven en la cultura musulmán una magnífica posibilidad de llevar al continente a su era preindustrial. ¿No les gustaría ver camellos bajo la Torre Eiffel, o a la sombra del Arco de Triunfo? Ver a los activistas de Green-peace protestar en Gran Bretaña contra la defensa de su propio país, es como imagi-nar a esas desgreñadas pelirrojas implorar por la moda del Burka y la instauración del harem. Y la cosa no es local, pues esto del calentamiento global está convirtiendo el clima europeo en algo muy apreciado por estos irritables “amigos”.

Mientras Gore y sus fieles demócratas siguen en su campaña para denunciar el “alar-mante” aumento del CO2 de la industria automovilística norteamericana, un líder de su partido, y tal vez el más idiota de sus representantes (Joe Kennedy), negocia con el tarado venezolano Hugo Chávez para que este, a precios preferenciales, suministre petróleo a los pobres consumidores del norte. Este campeón de los pobres del mundo no parece estar muy preocupado por el CO2 que generará CITGO (su compañía priva-da) en el medioambiente norteamericano. Al Gore tampoco. “Citizens Energy” (el grupo de Kennedy al servicio de Chávez) es un Caballo de Troya necesario para des-truir a los Estados Unidos. ¿Dónde están los eco-anti-hidrocarburo-activistas?

Esta ecología a conveniencia me resulta similar al enfoque político que hoy prima sobre la tolerancia al islamismo. Miles de iglesias europeas están eliminando (o consi-derando) eliminar las cruces de sus templos para no ofender a los musulmanes extran-jeros. Esos mismos gobiernos, tratan desde hace dos años de convencer a sus naciona-les católicos de la necesidad de construir miles de mezquitas (con la medialuna bien visible) con el dinero de sus bolsillos. Similar digo, por que el consumo de petróleo y el CO2 que produce son nocivos a la atmósfera, siempre y cuando reflexionemos claro está, sobre quién es el que lo utiliza y genera. Si es la flota de barcos de Greenpea-ce, o Sea Shepherd los que consumen miles de toneladas métricas de diesel para aterrorizar pescadores y hundir sus barcos, la polución está justificada. ¿Por qué no hunden los barcos petroleros?

Sólo entre el WWF y la ONU se han gastado más de 25 millones de dólares en (según ellos) “reforestar” áreas de la Ciénaga de Zapata y la desembocadura del Río Cauto en Cuba. Desde que esas ayudas han llegado a Cuba, los vuelos de entrenamiento para los pilotos militares han podido retomar frecuencias casi similares a las de la era de subsidios de la Unión Soviética. Pero el calentamiento Global “es imparable” –dicen- por culpa del imperialismo norteamericano y de la propiedad privada. Creo que gastar el tiempo desmontando los entuertos pseudos-científicos de los sesudos del IPCC es un absurdo. La trama es más ideológica que financiera y mucho más financiera que cien-tífica. Está programada para atacar el desarrollo industrial y a la libre empresa, y no para salvar al maltrecho planeta.

En el plano científico los “eco-especialistas” han demostrado tener el potencial cínico necesario para ignorar la mala reputación de explotadores del miedo que se han gana-do. Son gente ideológicamente robotizada y cuya escasa educación no les permite comprender siquiera el amplio universo ecológico que habitan. Lea usted regularmen-te sus pronunciamientos y verá cómo el adoctrinamiento ideológico no les autoriza siquiera a cuestionar la simulación climática que profesan. Déjenme entonces ponerles un ejemplo: si sus predicciones climatológicas fueran razonables (y fíjense que no digo ciertas) yo podría estar pensando ya en cosechar plátanos en los Alpes suizos. ¿Quiere probar fortuna conmigo? ¡Nos arruinaríamos!

Hace más de 50 años que China despilfarra y contamina la atmósfera más que los Esta-dos Unidos, pero sólo hace unos pocos que el gigante asiático ha comenzado a lanzar su desarrollo industrial. No es que China cuidara más la atmósfera antes, es que ahora comienza a parecerse demasiado a los Estados Unidos. A estos calurosos ecologistas no les preocupa el desarrollo de Arabia Saudita, ni el de Irán, ni el de Rusia, todos a ex-pensas del petróleo. Les preocupa el país que más quiere desarrollarse y el bienestar que esto pudiera acarrear a su inmensa población. Estos selectos eco-líderes dan órdenes a sus voluntarios desde oficinas de un lujo alucinante, pero nunca tienen tiempo para analizar la ecología como debe ser. Los ojos de estos “guardianes del planeta” están también clavados en las cifras… convertibles que no van a sus bolsillos.

China es el país de 1300 millones de personas que quema 2.500 toneladas de carbón y 210.000 galones de combustibles fósiles por minuto. China consume 24.000.000 de watts por minuto y la mayoría de ellos provienen de plantas generadoras de energía que utilizan petróleo. Cada 10 días, China pone en funcionamiento un nuevo genera-dor de carbón y para el 2030, el inmenso país asiático deberá poner en marcha 169 plantas eléctricas por año (2.200 en total). Para entonces, sólo China sobrepasará la producción de CO2 del resto del planeta con todas sus naciones dentro, incluido los Estados Unidos. ¿Quién se opone a los chinos, o a la producción de sus baratos pro-ductos? Seguramente que ninguno de esos ecologistas que se oponen al desarrollo norteamericano.

No son pocos los gobiernos europeos que destinan ingentes sumas de dinero a acallar el llanto y los chantajes de estos grupos eco-terroristas. Miles de millones son destina-dos cada año a la propaganda y a satisfacer el capricho rocambolesco de sus campa-ñas. El ecologismo militante siempre nos revela algo nuevo, algo terrible, provocati-vo. WWF quiere ahora que los suizos con dinero dejen su herencia a la organización. Nada para sus descendientes, nada para sus familias. Siempre van en contra de la realidad y siempre, acaban traicionados por su propia naturaleza humana. No hay más que verles y compararles con los políticos de izquierda: en ambos, el tránsfuga está a la orden del día.

Paul Watson es uno de estos tránsfugas por excelencia. Al mando del “The Farley Mo-wat”, originalmente "The Ocean Warrior” (que consume impenitentes cantidades de combustible fósil), este terrorista mimado por la CNN no cesa en su empeño por nave-gar y hundir pesqueros con sus pescadores dentro. Hace unos días esa misma CNN lo elevaba a la estatura de Robin Hood. ¿Pensarán igual en Costa Rica, o en Holanda? Antiguo cofundador de Greenpeace, devino crítico y persona non-grata de esa organi-zación porque -según sus propias palabras,- no eran lo suficientemente violentos en sus campañas. Ahora, después que el IPCC vuelve a reimprimir su falso veredicto sobre la culpabilidad humana en el calentamiento global, Watson quiere obtener el perdón de la enriquecida Greenpeace.

El eco-terrorista actual (sin ética científica) y sus rebeldes seguidores (la mayoría de ellos analfabetos voluntarios, o desempleados de toda índole) no hacen otra cosa que agitar las banderas de la guerra (para que las peleen otros) y la anarquía. Su alarmante realidad está construida a base de conclusiones imaginarias. Por eso dudo que ellos mismos puedan percibirlas. Son hechiceros (sin una sola prueba científica comproba-ble) de la hecatombe ambiental que anuncian, y ese catastrofismo imaginado no pasa la prueba de la evidencia más allá de su interna actividad mental. Sus teorías no son más que las versiones diseminadas (y mal comprendidas) por sus líderes ideológicos.

Carlos Wotzkow,
Bienne, Suiza, Febrero 24, 2007

(La segunda parte la próxima semana)


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