Hora de Córdoba
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Bosque Blanco

por Carlos Wotskow

Desde que entré a la escuela por primera vez en 1965 (Escuela Primaria Pepe Méndez), y hasta que abandoné la isla de Cuba en 1992 (Facultad de Biología “Ciudad Libertad”), la palabra latifundio nunca dejó de hacer acto de presen-cia en los cursos escolares. Desde el nivel más elemental hasta el académico. Desde las clases de ciencias hasta las de ecología los latifundios fueron, según nos “instruía” la escuela estalinista del gobierno cubano, un ejemplo más del egoísmo que entrañaba la propiedad privada.

Hoy sin embargo, noto con asombro cómo los gobiernos de Hugo Chávez y de Ignacio Lula Da Silva, al comenzar a eliminarlos, comienzan también a degradar los últimos refugios forestales y faunísticos que se mantenían a salvo en manos privadas. A salvo repito, porque ese dicho que reza que “el ojo del amo engorda al caballo” no puede ser más cierto en este caso. ¿Ocurrió lo mismo en Cuba, o será mentira eso que afirmo de que el gobierno de Fidel Castro destruyó más nuestra naturaleza que los cuatro siglos de ocupación colonial?

En 1981 Edward O. Wilson comenzó a ser noticia en las instituciones científicas de Cuba. Por aquel entonces, sólo sabíamos que se trataba del padre de la sociobiología, una nueva forma de enfocar los estudios del comportamiento animal, y un académico tan prestigioso como criticado por la nomenclatura marxista de Harvard. Richard Levins, el asesor de la agricultura ecologista del régimen castrista, echaba espuma por la boca cada vez que alguien le mencio-naba su nombre en congresos de zoología efectuados en el Palacio de las Convenciones de La Habana.

Ahora sabemos por qué.

Extensas áreas naturales aledañas a la ciudad de Cienfuegos, entre Punta Gavilán y Punta Diablo (Municipio de Cienfuegos), eran conocidas antes de la revolución marxista como “Bosque Blanco”. Pertenecían a una familia española que no residía en Cuba y que había optado por no desarrollar en ella la agricultura. Estas tierras (clasificadas por Castro como latifundios improductivos), estaban pobladas de bosques. Más no se trataba de vegetación secundaria, o de bosques replantados por el hombre, sino del típico y original bosque bajo cubano.

Para tener una idea de lo estable y avanzada que estaba la economía del municipio y lo poco que este necesitaba ex-plotar sus recursos naturales, tomemos en cuenta que a Cienfuegos la llamaban “La Perla del Caribe”, y que mientras la Habana alumbraba con lámparas de aceite sus calles, Cienfuegos ya contaba con un sistema de iluminación a base de gas. El Central “Soledad” (fundado en 1847 y perteneciente en co-propiedad a los Griffith) procesaba, más de cien años después de haber sido construido, 150'000 arrobas de caña al día.

En la década del 20, William Mann (Director del Parque Zoológico de Washington) descubrió en una de las colinas cercanas a la zona, una hormiga de color verde-metálico a la que llamó Macromischa wheeleri, en honor a su profe-sor de entomología en Harvard. No por gusto esa universidad tenía, en el Jardín Botánico de Soledad (frente por frente al ingenio), sus cuarteles biológicos en Cuba. La zona era tan bella que treinta años después, el mismísimo Edward O. Wilson visita la localidad y vuelve a colectar, en la misma ladera, la misma especie de hormiga. Así de fácil e invariable, como si se tratara de un indiscutible testimonio del estado de conservación de Bosque Blanco a través del tiempo.

Entonces, escribía maravillado este gran científico norteamericano: “El Bosque Blanco [era] un raro refugio de plantas nativas y animales de costas bajas; caminar entre en ese lote de bosque intocado era viajar al pasado geológico de Cuba; a una era del Pleistoceno nates de la llegada del hombre." Y todo esto, gra-cias a lo que en la escuela me hubieran destacado como un acto abominable de egoísmo impuesto al pueblo por una sola familia extranjera. Ergo, por culpa del latifundio y la malvada propiedad privada.

En 1987 dediqué 10 días a explorar varias localidades del Sur del Escambray. Empezando por El Jardín Botánico de Soledad (entonces abandonado) y terminando en la Playa de Ancón. La otrora bella mansión de los Griffith, rodeada antaño de árboles frutales y un bellísimo jardín con una inmensa fuente repleta de vida en su sección Oeste (según me lo describiera su propietaria), era ahora el albergue popular saturado con 11 familias de empleados del central azucarero. En aquel jardín no crecía la hierba y la fuente, seca y rajada, había sido despojada de su pedestal y cubier-ta con tierra y escombros.

La costa Sur era, 30 años después de la visita de Wilson, un bochorno de tierras abandonadas y sin cultivar. No había más bosques bajos, ni corúas, gaviotas, o guanabas reales en sus ensenadas. No se escuchaban más las pedorreras, ni los tocororos, o los carpinteros churrosos en el monte. En el intervalo de tiempo que duró el comunismo en Cuba (un segundo en la escala evolutiva desde que la isla emergiera del mar y fuera colonizada por la vida), la mayoría de los bosques que aún quedaban en el Escambray y en todo el archipiélago fueron eliminados.

Soy de los que opina que no se gana nada echando arena en los engranajes industriales del desarrollo humano. Es decir, soy un antiecologista convencido. Pero soy también de los que cree firmemente que si Cuba no se repuebla de árboles autóctonos jamás volverá a ser un país adorable. La única solución para lograr esta tarea monumental es mediante la privatización y la categorización de todas las tierras del país. De la misma forma que deben existir lotes urbanizables y lotes cultivables, deben aparecer en la legislación futura los lotes para uso estricto forestal. Esas cate-gorías deberán ser, por ley, como sagradas.

Si el futuro gobierno de la isla pagase una subvención anual a todos los propietarios de áreas reforestadas con espe-cies autóctonas, la masa forestal se recobraría en Cuba como mismo ha ocurrido en Suiza: en apenas 50 años. Ningún propietario de área boscosa permitiría su tala indiscriminada. Nadie sería tan tonto de eliminar una fuente de ingre-sos de tan bajo costo. Por el contrario, Cuba necesitaría rastrear con imágenes satelitales el avance del bosque a fin de exigir a sus propietarios su explotación racional.

Piénseselo por unos instantes. Usted posee una finca dedicada a partes iguales a la agricultura y a la actividad fores-tal. La tarea agrícola implica un arduo trabajo y hasta la mano de obra foránea que usted debe pagar. La repoblación de árboles y su atención en cambio, lleva mucho menos tiempo y reporta un ingreso de manera continuada y a largo plazo. Mientras el bosque crece y sea despojado del exceso de materia seca (para evitar los incendios naturales), usted recibe dinero del Estado. No importa si hay huracanes, o malas cosechas, la parte boscosa de su propiedad siempre le otorgará beneficios.

De pronto, resulta que una institución nacional, o una organización internacional, se interesan por estudiar dentro de su propiedad una especie de ave, un lagarto, o un insecto. Además de reportarle ingresos, esa actividad científica le aporta información y alta tecnología para mejorar la calidad de su lote. Esas visitas atraen huéspedes y estos, ne-cesitarán de sus servicios y de su apoyo. Si su propiedad resalta científicamente por algo, seguramente que el eco-turismo tocará a sus puertas. Los comunistas, claro, le acusarán de ser un latifundista egoísta, sin dudas. ¡Ignóreles!

Pero además, imagine que su lote boscoso está unido al lote de otro(s) propietario(s) y lo más probable es que entre todos formen un corredor biológico que antes no existía. Recuerde que las aves y los reptiles no entienden mucho de cercas, sino de grandes campos arados. Entonces, lo más seguro es que el Estado les pague más. Al cabo de 20 años de actividad forestal bien pensada, lo más probable es que su familia no necesite ocuparse de la agricultura, sino de mejorar el ecosistema protegido. Que una sola persona lo haga no se dejará notar, pero que lo hagan 10'000 cubanos sí. Entonces Cuba estaría salvada.

No soy optimista respecto al tipo de régimen, o a los políticos que ocupen el nicho del poder a la muerte de Castro. Para decirlo en otras palabras, son un pesimista a corto plazo en lo que a calidad humana se refiere. Pero soy un soñador y un idealista perdido respecto a la necesidad que tiene Cuba de reinstaurar el respeto a la propiedad priva-da, así como al tesón individual del futuro colono cubano. Estoy seguro que el segundo velará celosamente por lo primero. Cuba puede alimentar 10 veces su población actual utilizando un quinto del territorio nacional. Y digo esto y añado: ¡y todavía sobrarán tierras en ese quinto para malgastarlas sembrando la maldita caña!

Como que los científicos cubanos andan hoy demasiado ocupados en llevarse algo de comer a la boca, no puedo aca-bar este texto que citando otra vez a Edward O. Wilson. "En 1953, durante su juicio en una corte de Batista, Castro declara que la historia le absolverá. Me pregunto si lo hará, ya que el Bosque Blanco ha sido desde entonces devastado para "el bien del pueblo" - lo que significa una o dos generaciones - y hasta qué grado el pueblo de Cuba atesorará esos lugares como parte de herencia nacional cuando los héroes y las revoluciones políticas hayan desaparecido de su memoria.

Carlos Wotzkow
Bienne, Suiza, Febrero 1, 2008


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