POLÍTICA | E-mail | CORREO RECIBIDO | EL LIBRO | ARTíCULOS | AMAZONAS | CLIMA | PESTICIDAS | CLIMA | ENERGÍA | Ondas EM | ENGLISH VERSION | PILOT NOTES | LINKS
“Humano, Demasiado Humano…”

por Dr. Enrique C. Lerena de la Serna (*)

En uno de los libros póstumos, 'Psicología y Alquimia', Carl Jung dice: “La vida para ser vivida no necesita ser perfecta sino completa”. Y la complitud se parece al “humano, demasiado humano” de Nietzsche, que según el contexto desborda las circunstancias incidentales; felicidad, dolor, esperanza y desesperación nunca son un accidente completo.

Siempre estoy hablando de los hombres. No de seres ideales, doctos, perfectos. No hablé de los adoradores de la planta tulácea, que durante la estación de las lluvias, con una semilla en cada puño, yacen cubiertos de lodo y podredumbre; por fin el vegetal crece y sus raíces perforan… las manos de tan purísimos cretinos.

No evocaba, pues, a los sublimes santones de la India cuyas virtudes teologales reaparecen en la moda ecológica, ciencia perfecta, y voy a los ejemplos: los llamados Coladores-de-ríos, (una escisión de la secta pacceka buddhas), mediante imaginarios tamices, “despojan los sólido de lo acuoso” y así “evitan la sequedad de las corrientes permitiendo que los ríos fluyan para que jamás se agoten”; más bradburyanos y ecologistas ortodoxos, al tañir de campanas, los bramines-barredores limpian con pinceles los caminos, una y otra vez, por temor a pisar algún insecto y – según prueban innumerables crucigramas de muchas revistas – “que al matarlo se desencadene una catástrofe cósmica”; y más perfectos aún, casi príncipes del ecologismo, los religiosos del Sudhra Farakka nunca han salido de Benarés, se niegan a trasponer la puerta de sus casas e incluso a moverse de los camastros, “y en la cama, a cambiar de sitio y posición”, “creyendo que los hombres, animales y cosas pertenecen al lugar donde están, y que un mínimo cambio ocasionaría un desequilibrio terrestre y espantosos cataclismos”.
Bibl.: W. Eidlitz; P. Brunton, T. Rhys Davis ; H. Olcott ; A. Koestler ; R. Bradbury y R. Charakka.

Hablo de los hombres

No me interesan los seres perfectos.

Yo nombro a los cazadores, a los guerreros, a los audaces. Y, muy especialmente, a los que viven y mueren con dignidad. Como el honor ha perdido significado, lo sé, hablo de los hombres insignificantes y defiendo, en particular o en general,
causas perdidas, bellas causas, las únicas que honran.

Cito, entonces, la condición humana. No aquel modelo presentado por el humanismo y con que se buscó justificar una filosofía sin grandeza y una existencia sin valentía. No ése; y por añadidura, en mis artículos los hombres son completos, quizá
defectuosos, pero fuertes de espíritu y desafiantes.

Doy más importancia al modo de ser (estilo y decisión) que a los desenlaces; éstos dependen de la Providencia, en cambio la actitud es obra de la voluntad. Un protagonista espléndido puede hacer que una crónica triste sea desbordada por algo superior a la alegría, que un sucedido luctuoso se transforme en ética conmovedora y, de manera paradojal, el desconsuelo de algunos – a través de la galanura – alivia a otros, paralizados por lo
perfecto, lo demasiado perfecto, inalcanzable e inservible.

“Humano, demasiado humano…”

Doscientos kilómetros al norte de Copiapó, en la zona desértica de Chile, vivían tres hermanas, Cuarentonas, casi hombrunas, feas – registró la nota policial (Clarín, 12-12-74) – pasaban el día entero atisbando la
gran soledumbre. Nadie vino nunca a embriagarlas. Aquel no era atajo de arrieros ni coto de cazadores.

Así, siguiendo las costumbres de sus padres, ya difuntos, criaban chivos. Una vez por año, en diciembre, vendían los animales en el pueblo próximo. El viaje les llevaba ocho días de caminata, así que, hasta el año siguiente, ni soñar con repetir la epopeya. Semanas antes, los preparativos encendían a las tres mujeres en un ritual de reyertas y atareos, batuque de ollas y arrastrar canastos, donde se conversaba a los gritos de cosas felices, la lindura de vivir el
huifa aiaiay de los faisanes “¿Dónde mier… puse las medias de hilo blanco?”, “ahorita al tiro te las encuentro ¡Y puestas!, qué distraída”.

Alertados por el barullo y las carcajadas, los perros rondaban la cocina y había que correrlos a los escobazos, por cargosos, por querer meterse entre las polleras y molestar cuando se trabaja, los muy pulgudos.

Meta discutir, fregar los pisos, devolver la decencia al vidrio de las ventanas y de los botellones de adorno, el arreglo de la casa anunciaba la partida. Con los albores, vestidas de domingo, aunque después la polvareda y los yo te dije, las tres hermanas iniciaban la travesía y era un quedarse de cabritos caprichosos y el perpetuo garronear de perros al pujo encabritado.

La estada en el pueblo duraba unas horas, nomás. Tanto esperar y desearla… y la ilusión de once meses y pico largo concluía al vender al último cabro, pobrecito. Es decir, se prolongaba lo suficiente como para ir a la tienda y comprar un poco de ropa, algún corte de ocasión (de los con flores) y un
cierto detalle humano, demasiado humano: camisas y pantalones de varón, un sombrero, una chaqueta y hasta botines… que regalarían a sus maridos soñados, a los que aguardaban desde mozas, las muy brutas, las muy inocentes, e imperfectas, las muy nobles.

Y luego, despacito, emprendían la vuelta y vaya uno a saber qué rosas enlucernadas, que palique, que embuste malvado las acompañaría por los polvales ya oscuros.

Ese diciembre fue y no fue distinto. Las tres hermanas, como hacían todos los años, repararon la vivienda. Ni el rincón más rincoso quedó sin barrer, y los vidrios lucieron que ni de aire, y la mesa que ni de laca fina…

…Entonces, mudas, degollaron la veinte cabras y los dos perros. Y ceñidas con sus mejores vestidos, “abrumadas por la soledad” – publicó respetuosamente el periódico – “se ahorcaron a unos árboles raquíticos” para que el viento las meciera.

Pocas horas después, tres hombres errantes llegaron a la casa.

El informa de Carabineros describe los míseros bienes, la ropa de varón guardada en varias cajas, sin usar, en fin objetos que las personas dejan cuando se van de viaje.



(*) Enrique César Lerena de la Serna, ethólogo, Dr. Honoris Causa del Instituto Max Planck, miembro de la Fundación Argentina de Ecología Científica, ha publicado más de 2500 ensayos y artículos en casi un centenar de diarios, revistas y editoriales argentinas y del extranjero. Citado por Konrad Lorenz y por Félix Rodríguez de la Fuente, continúa siendo, empero, unos de los ilustres desconocidos de la ciencia y la literatura nacional. Falleció en la pobreza en mayo de 2002.



Escriba su comentario o inicie un debate sobre el artículo:

Volver a la página Política y Ecologismo              Volver a la página Artículos

Usted es el visitante número

desde Noviembre 28, 2008
Vea aquí nuestras estadísticas



Vea desde donde nos leen
Locations of visitors to this page

Free counter and web stats
¿Desde qué países nos visitan?
¿Quiénes son los visitantes?