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¿Cuán sabio es el ecologista*
Atilio Borón?

Por Carlos Wotzkow

“Internet todavía no puede ser dominado por las grandes empresas,
y eso se lo debemos a la acción -que debe ser valorada- de los hackers,
los piratas de Internet, que son quienes de alguna manera,
igual que los piratas en el siglo XVII en el mar Caribe
destruyeron el sistema de comercio monopólico de los españoles.”

Atilio Borón

Desgrabaciones

En Cuba, desde 1959, los llamados “revolucionarios” siempre esperaron que las ciencias políticas poseyeran la sabiduría necesaria para guiar al pueblo, controlar su conducta y conquistar a la naturaleza. Esa palabrita de “conquistar”, devino luego “aprovechar” y más tarde, portó un falso apellido que implicaba “racionalidad”. Los líderes de aquella mal llamada revolución soñaban con el poder de pronosticar y prevenir cualquier adversidad. Durante décadas, la clase política en Cuba creyó en esa capacidad de predicción y así lo asumían de espaldas a las ciencias naturales… y a la naturaleza humana de sus subordinados.

Ahora el dictador cubano, ampliamente difundido por sus agencias de propaganda alrededor del mundo, vuelve a la carga contra el etanol. Pero lo hace, basando sus chocheras en la supuesta sapiencia de un “académico” argentino, graduado en aquella misma Universidad de Harvard que desacreditaron los señores Richard Levins y su tocayo Lewontin (el primero “asesora” a Cuba en materia agrícola y medio-ambiental desde hace más de 35 años). Echar un vistazo a la degradación de la naturaleza cubana resulta suficiente para inferir sobre los conocimientos del supuesto catedrá-tico de Buenos Aires. Un tipo que ha llegado a asegurar que la superficie per cápita del mundo desa-rrollado es casi el doble de la “periferia” subdesarrollada.

¿Por qué divide en “periférica” y “no periférica” a la superficie per cápita subdesarrollada? Este racismo estadístico me recuerda la igualdad de los niños pioneros en Cuba, divididos en azules oscu-ros y azules claros (pero olvídenlo, es sólo un chiste apto para cubanos) por el régimen de Castro. Es evidente que este “catedrático gusta coger mangos bajitos, y evita trepar hasta el dosel abrazándose al resbaladizo tronco. Catedrático argentino (yo le diría), el deseo humano de llegar a los niveles de desarrollo que han alcanzado los países del Norte es igual de frenético en los países del Sur. Ponga a un lado el lazo gaucho y la onda para capturar alpacas y métase conmigo un buen T-Bone de Oval F cargadito de hormonas sintéticas para crecimiento muscular.

Una breve comparación entre las ciencias naturales y las ciencias políticas cubanas nos demuestra que, mientras las primeras poseían una larga tradición en la isla (desde las Crónicas de Oviedo de 1513 esto es demostrable), las segundas lo devastaron todo con vientos huracanados de Siberia en la segunda mitad del siglo XX. Desde Marx a Toennies (o sea, desde “Das Capital” hasta “Gemein-schaft”) pretendían convencernos que todo lo aprendido era falso, obsoleto, o inservible. Entonces se creó el departamento de ciencias sociales de la Academia de Ciencias para garantizarnos, con supina arrogancia, que allí estaban ellos para decirnos cómo moderar los conflictos políticos, desa-rrollar al país y mejorar nuestro nivel de vida.

En junio de 1992 Castro fue a Río de Janeiro para hacer presión sobre el mundo desarrollado y levantarles aquellos 600 billones destinados a la Agenda 21. Nada de desarrollo sustentable, a no ser que usted pueda demostrarme lo contrario poniendo a Cuba como ejemplo. Entonces se firmó un acuerdo para la protección de la biodiversidad. Pero regresaron los españoles a Cuba y se empezó a saquear. Cuba construyó de la noche a la mañana cientos de hoteles en medio de los mejores paraísos naturales que quedaban dentro del archipiélago. Entonces Castro nos apaciguaba con aquello de que la prostitución generalizada y el capitalismo salvaje eran apenas dos males necesarios para mantener las conquistas de la revolución. ¿Será que Borón cree todo lo que le han contado en Cuba?

Mientras todos los institutos de ciencias exactas veían reducidos sus presupuestos año tras año, las ciencias políticas gozaban de grandes asignaciones de recursos que, de tan ostentosas, hacían palidecer sus absurdos resultados. Cualquier avance en el mundo democrático era automáticamente silenciado bajo la amenaza omnipresente de sanciones políticas (individuales y/o colectivas). Sin reconocerlo, experimento (social) tras experimento se adolecía del apropiado diseño ligado a los principios fundamentales de la naturaleza humana. ¡Cuba produciría más leche que Holanda y más papas que Alemania! Sólo que no contaron ni con las vacas, ni con los toros, ni con las papas, ni con los vaqueros, y menos que menos con los expropiados campesinos.

Así, Cuba produjo un gran grupo de pensadores tan inteligentes como atados ideológicamente a su propia falta de visión. Son los que hoy yo llamo idiotas diplomados. Porque poseen una falta de visión propia de todos los que juraron fidelidad al activismo político y entregaron sus carreras a una filosofía marxista salpicada de un estalinismo anarquista y radical (para mayor información y ejem-plos en abundancia visiten y lean en www.cubanuestra.nu). No era extraño leerles cuestionar la idea de un conocimiento objetivo e individual dentro de la especie humana. Entre una cosa y la otra, entre tanto antihistoricismo y tanto marxismo, puedo asegurar que desperdiciamos tres generacio-nes completas de sociólogos en Cuba. Hay salvedades, claro.

Mientras tanto, la naturaleza cubana experimentaba profundos cambios revolucionarios. Cuba redujo su masa forestal de un 13% a un 9%, para reforestar luego con especies exóticas un 1% de las áreas devastadas. Incrementó la minería de sus metales más preciosos a niveles alucinantes. Des-pilfarro el petróleo que le regalaba la URSS de la misma manera que ahora despilfarra el que le regala Venezuela. Cuba agotó (así, literalmente) sus mayores caladeros de pesca, erosionó sus suelos llegando a niveles de desertificación irreversibles, vació sus acuíferos subterráneos con “obras” hidrológicas que bebieran ser calificadas como dislates caprichosos de Fidel Castro. De tener una época de sequía y otra de lluvias, pasamos a tener época de incendios y períodos especiales. Ergo, época de hambruna los 365 días del año.

¿Sigo con las nalgadas, o ya está bien boludito malcriado? En el campo de las ciencias naturales, la agresiva posición de las ciencias políticas constituyó un freno antinatural. De repente no hacían falta entomólogos, ni malacólogos, ni herpetólogos, ni ictiólogos, ni ornitólogos, ni ecólogos. Era malo saber demasiado. Los cientos de trabajos “académicos” que vieron la luz en las no pocas imprentas revolu-cionarias poseían una superficialidad científica escandalosa. Poco a poco, lo políticamente aceptado produjo confianza y esta, trajo consigo una la falta de rigor rampante, así como un lastre ideológico que metía miedo. En un país donde todos se preguntaban por dónde le entraba el agua al coco, ya todos sabían hasta lo que pensaba el discreto coco.

Como regla, puedo decir que llegó a institucionalizarse hasta el derecho a pensar por el compañero de al lado. “La opinión del Partido era la opinión del pueblo”. Esa es la razón por la cual la academia, en su afán de priorizar el adoctrinamiento comunista, fue ignorando la fuerza de la hostilidad (sutil, pero sin dudas hostil) individual de un pueblo entero. Hostilidad que siempre fue manifiesta en un desgano laboral incorregible. El cubano abandonó su otrora próspera cultura de trabajo y creó una disidencia cultural, académica, y productiva. Una disidencia repito, que en el caso de las ciencias naturales se hizo eco-política y provocó la estampida del país de los mejores científicos del sector.

Ignorar la naturaleza cubana (la ambiental y la humana) fue uno de los principales errores revolu-cionarios del dictador Fidel Castro y sus seguidores más leales. Querían aislar a las ciencias políticas de todas las ramas fundacionales de las ciencias exactas o aplicables. De ahí que los filósofos revolu-cionarios pretendieran modificar algunos patrones de la cultura social cubana (sumamente pro-norteamericana desde principios del XX), e imponer las leyes de acción social que demandaba el régimen hispano-ruso impuesto por el dictador Castro. Sólo fracasaron en una cosa: olvidaron tomar en cuenta los frutos que produciría esa naturaleza humana sometida por el hambre.

Entonces termina hablándonos de una “cuartada verde” creada por Bush y Lula, como si no hubiera sido una cuartada anti-verde los ataques histéricos de Castro contra aquella “Green Revolution” que tanta hambre mitigó en los países pobres. El resto del discurso de Atilio es tan aburrido, tan tercermundista, tan antiamericano, y tan cretino, que sinceramente llego a preguntarme si vale la pena ocuparme otra vez del etanol. No, decididamente no lo haré. Por el simple detalle de las fuen-tes consultadas. El Nuevo (Granma) Herald dice en su nota que Fidel Castro se basa en la experien-cia de Atilio Borón. Ahora veo (sin ningún asombro, claro está) que Atilio basa su campaña fidelista en la experiencia de Castro y lo cita en sus fuentes bibliográficas.

A buen entendedor…

Carlos Wotzkow
Bienne, Suiza,
Mayo 13, 2007


[*] Lo llamo “ecologista” porque en el exergo se hace palpable su odio a la industria y al libre mercado: una constante en todos los marxistas camuflados como pastores de las masas.


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