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FUENTES
DE CLORO ATMOSFÉRICO
(millones de toneladas)

Culpable de emitir 1.000 toneladas de cloro diarias a la atmósfera: el Monte Erebus en la Antártida, ubicado a sólo 10 kilómetros viento arriba de la estación McMurdo Sound, donde se realizan las mediciones del ozono.
A diferencia de otros volcanes, el Erebus
no entra en erupción y luego pasa por largos períodos de inactividad. En lugar
de tener una caldera de lava de 2 o 8 kilómetros de profundidad dentro del
cono volcánico, la caldera del Erebus está en la superficie, lo que significa
que el volcán está en erupción constante. Por las observaciones realizadas
en 1988 por el vulcanólogo William Rose de la Universidad Tecnológica de Michigan,
trabajo publicado en la revista Nature, se ha estimado que el Erebus
emite más de 1.000 toneladas diarias de cloro a la atmósfera. Esto
son más de 370.000 toneladas anuales de cloro, lo que por si mismo, representa
casi la mitad de producción anual de CFC en el mundo (cerca de 750.000 toneladas.)
Las emisiones del Monte Erebus resultan mucho más dramáticas si se las compara
con la cantidad de cloro presuntamente resultantes de la disociación de los
CFC liberados a la atmósfera (7.500 ton.) Por su cuenta, el Erebus inyecta
a la atmósfera 50 veces más cloro que la entera producción anual de CFC de
todo el mundo. (Ver la Figura 1.2).
Resumiendo, el cloro medido en la Antártida no debería ser ningún misterio.
El Monte Erebus está emitiendo de manera constante una densa nube de cloro
y otros gases volcánicos; el viento los recoge y los transporta unos míseros
10 kilómetros hasta McMurdo Sound. Allí, los científicos lo miden con equipos
muy sofisticados desde tierra, y con complicados equipos enviados al cielo
en globos sondas. Los globos pasan directamente a través de la nube volcánica.
Lo más asombroso de todo es que ningún informe de los científicos ha mencionado
la existencia de este volcán! El público ha sido impulsado a creer que la
existencia del cloro de la Antártida proviene de los CFC.

El agua de mar libera más de 600 millones de toneladas de cloro a la atmósfera cada año vía evaporación. la mayor parte del cloro es lavado por las lluvias, pero enormes cantidades de cloro aún llegan a la estratosfera.
Johnston intentaba medir las emisiones reales
de los volcanes de todas partes del mundo pero, desgraciadamente, murió en
su puesto de observación durante la erupción del Monte St. Helens, en el estado
de Washington, en 1980.
¿Cuál es el flujo global de cloro de los volcanes'? Usando el análisis
del cloro más detallado realizado por David Johnston y multiplicando las estimaciones
previas (7.6 millones ton) produce una estimación que indica que la emisión
anual de cloro de los volcanes puede estar entre 152 y 812 millones de toneladas
por año. Como las cantidades reales de medidas directas son desconocidas,
los principales vulcanólogos del mundo estiman conservadoramente que las emisiones
anuales de cloro de los volcanes son de 36 millones de toneladas, en los años
que no existen grandes erupciones volcánicas. No importa la cifra que se use,
el hecho básico se mantiene y es que el cloro emitido por la Madre Naturaleza,
a través de los volcanes, ridiculiza a las cantidades de cloro en los CFC,
de origen humano.
Más aún, cuando suceden erupciones violentas, se inyecta mucho más cloro directamente
en la estratosfera Uno de tales volcanes era el Krakatoa, cercano a la isla
de Java, en el océano índico. A través de una serie de erupciones en 1883,
el Krakatoa envió una onda de choque que viajó siete veces alrededor de la
Tierra, y cubrió un área de cientos de miles de kilómetros cuadrados con cenizas.
Las gigantescas olas creadas por la explosión ahogaron más de 30.000 personas
en Java. Usando cálculos muy conservadores, los vulcanólogos J. Devine, H.
Sigurdson, A.N. Davis y S. Self (1984) estimaron que el Krakatoa escupió más
de 8.6 millones de toneladas de cloro a la atmósfera. Otros volcanólogos estiman
que la cantidad debe haber sido diez veces mayor.
Pero aún el poderoso Krakatoa es pequeño comparado con otro volcán del arco
volcánico de Sunda, en Indonesia - el Tambora. Cuando el Tambora hizo explosión
en 1815, unos 30 kilómetros cúbicos de su parte superior fue pulverizada,
inyectando enormes cantidades de restos y cenizas directamente en la estratosfera
La nube volcánica redujo la luz solar que llegaba a la superficie de la Tierra,
bajando las temperaturas. En las latitudes boreales, los años de 1815 y 1816
se conocieron como los años sin verano, y nevó en los EEUU en
el medio de lo que normalmente es la parte más caliente del año.
El Tambora depositó una capa de cenizas de casi un metro de es- pesor hasta
70 kilómetros de distancia, y liberó un mínimo de 211 millones
de toneladas de gases de cloro a la atmósfera. A la actual tasa de producción
de CFC, le llevaría a la humanidad unos 318 años poner tanto cloro en la atmósfera
como lo hizo el Tambora. La naturaleza explosiva de las erupciones del Krakatoa
y del Tambora aseguraron que una enorme porción del cloro fuese enviado directamente
a la estratosfera.
Entonces, si la teoría de la destrucción del ozono por parte del cloro fuese
cierta, tal liberación catastrófica de cloro en 1815 debería haber barrido
completamente con la capa de ozono, inundando a la Tierra con rayos ultravioletas,
los llamados causantes de cánceres de piel. Todos y cada uno de
los hombres, mujeres y niños sobre la Tierra deberían haber sufrido cáncer
de piel. Sin embargo, no existe ningún registro en la primera parte del siglo
19 de extinciones en masa de vida humana, animal o vegetal causada por cáncer
de piel u otros efectos de la radiación ultravioleta.
La erupción del Chichón, un volcán en la Península de Yucatán, en Méjico,
es un indicador que grandes aumentos del cloro estratosférico no tienen un
efecto significativo sobre la capa de ozono. En marzo y abril de 1982, ocurrieron
erupciones grandes en El Chichón, que inyectaron grandes cantidades de gas
y partículas en la parte baja de la estratosfera. Una coherente nube volcánica
se estableció muy pronto en una banda alrededor de la Tierra. Varios meses
después de la erupción, varios aviones volaron a través de la nube volcánica
midiendo las concentraciones de gases en la estratosfera.
William G. Mankin y M.T. Coffey, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica
publicaron los resultados de algunos de estos vuelos en la edición del 12
de Octubre de 1984 de la revista Science. Informaron que El Chichón
había introducido directamente a la estratosfera más de 40.000 toneladas de
cloruro de hidrógeno (HC1), lo que equivalía a cerca del 9% de la
carga g!obal de HCI (p. 171). En la ancha banda donde se extendía
la nube volcánica, las cantidades de HC1 estratosférico se incrementaron un
40% sobre valores previos.
Richard Stolarski y Ralph Cicerone, dos de los primeros proponentes del miedo
a la disminución del ozono, habían sugerido originalmente en 1973 que la inyección
directa de cloro en la estratosfera por parte de los volcanes podría resultar
en una sustancial destrucción de ozono. En 1974, sin embargo, ellos desecharon
esta teoría para lanzar el nuevo miedo que el cloro de los boosters
del taxi Espacial iban a barrer con la capa de ozono. En el artículo de
Science mencionado más arriba, Manchón y Coffin notan este cambio de rumbo,
concluyendo que sus propios descubrimientos deberían conducir a una
re-evaluación del rol que tienen los volcanes en la química del cloro estratosférico.
(pág. 172).
El 14 de Diciembre de 1984, el Monte Redoubt, en Alaska, hizo erupción y su
nube de cenizas perturbó el tráfico aéreo, forzando la cancelación de cientos
de vuelos. Un Jumbo 747 que volaba a 9.000 metros de altura con 250 personas
a bordo, perdió sus cuatro motores y estuvo a punto de estrellarse antes de
que el piloto consiguiese reencender los motores y aterrizar a salvo en Anchorage.
El volcán tuvo una series de 24 erupciones entre Diciembre 14 del 89 y el
21 de Abril del 90. Cada erupción creaba enormes nubes de ceniza, muchas de
las cuales se cree que penetraron en la estratosfera colocando a los desechos
volcánicos muy alto en la atmósfera. Aunque fue imposible medir la emisión
de los gases volcánicos hasta el 20 de Marzo de 1990 (a causa de la oscuridad
reinante en Alaska), algunas estimaciones se hicieron en base a las nubes
de ceniza y ácido sulfúrico que se distribuyeron por los EEUU: el volcán envió
al aire más de 880.000 toneladas de bióxido de azufre (SO,,) y un estimado
de 1 millón de toneladas de gases de cloro. Aunque no hubo más erupciones
explosivas desde Abril de 1990, el Mt. Redoubt está aún activo, lanzando de
300 a 500 toneladas de dióxido de carbono y aproximadamente 330 a 500 toneladas
de cloro por día.
Estas cifras de gases de las erupciones explosivas son extremadamente conservadoras
(las estimaciones originales estaban en el orden de los 2 millones de toneladas
de bióxido de azufre, sólo para la erupción de Diciembre), pero ellas sirven
para demostrar que la Madre Naturaleza es la peor de las contaminadoras. La
cantidad de cloro sopladas a la atmósfera por el volcán, es significativamente
mayor que toda la producción anual de CFC del mundo. Como se ha notado anteriormente,
la nube de gas del volcán se elevó completamente hasta la tropopausa en las
erupciones más explosivas, y penetró en la estratosfera varias veces, una
cantidad que es incierta debido a la oscuridad reinante.
Sin embargo, observaciones de la erupción del Mt. Redoubt indicaron que una
cantidad significativa de cloro volcánicos fue inyectada a la atmósfera del
Hemisferio Norte a fines de 1989 y comienzos de 1990. El cloro volcánico,
por consiguiente, alcanzó a la capa de ozono y, por ende, las predicciones
de la teoría de Rowland/Molina deberían haberse convertido en realidad bajo
la forma de masiva destrucción de ozono en latitudes del norte, acompañadas
por un letal incremento de la radiación ultravioleta para los habitantes de
-por lo menos - Canadá, Nueva York, y Nueva Inglaterra en general. No se registró
ningún aumento de la radiación ultravioleta que llegó hasta la superficie
de esas áreas. Y ahí se fue la Teoría de la destrucción del Ozono.
Sin embargo, todas estas erupciones volcánicas empalidecen en comparación
de una serie más reciente que comenzó en Noviembre 17 de 1990, con la erupción
del Mt. Unzen en Japón, seguido de la erupción del Mt. Pinatubo, en las Filipinas
en Abril de 1991. Una de las más grandes erupciones del siglo, el Mt. Pinatubo
comenzó como una serie de terremotos, pequeñas columnas de humo y fuertes
explosiones que culminaron con la erupción del 15-16 de Junio, que duró 15
horas. La nube volcánica llegó a más de 30 kilómetros de altura, casi hasta
la mitad de la estratosfera , creando una gigantesca nube de cenizas que aún
continuaba dando la vuelta a la Tierra en 1992.
Otra gran erupción volcánica que también penetró en la estratosfera fue la
del volcán Hudson en Chile, entre el 12 y el 15 de Agosto de 1991. De manera
curiosa, la erupción del Hudson casi no fue mencionada en los medios de comunicación.
Aunque ocurrió en una desolada región de los Andes, provocó un daño ecológico
masivo, depositando más de un kilómetro cúbico de cenizas en la región Patagónica
de Argentina. Los depósitos de más de 15 centímetros de espesor transformaron
en desierto a casi una tercera parte de Argentina, barriendo con cosechas
y matando a más de 1 millón de ovejas.
El Monte Pinatubo en las Filipinas, Abril de 1991:
una de las mayores erupciones volcánicas del siglo.
En un trabajo publicado en
la edición de EOS del 5 de Noviembre de 1991, Scott Doiron y sus colaboradores
estimaron que el Hudson había lanzado a la atmósfera más de 2.75 millones
de toneladas de dióxido de azufre. Sus estimaciones para la erupción del Pinatubo
fueron casi diez veces más grandes: 20 millones de toneladas de SO, Aunque
las cifras para el cloro no están aún disponibles [1992], ambos volcanes tenían
magmas ricos en cloro y flúor, lo que indica que cientos de millones de toneladas
de cloro y flúor fueron inyectadas de manera directa en la estratosfera por
estos volcanes.
Más aún, la erupción del Mt. Hudson creó una nube volcánica de más de 2 millones
de kilómetros cuadrados que viajó directamente hasta la Antártida. Cargada
de cloro y flúor, la nube llegó justo en tiempo de circular por el vórtice
polar, en el momento crítico en que el agujero anual del ozono se estaba formando:
en la prensa no se mencionó ni una palabra acerca de esta nube.
Como resultado de la erupción del Pinatubo hubo una inundación de nuevas predicciones
catastróficas, alertando algunos científicos que el volcán provocaría una
reducción del 15% de la capa de ozono para ese invierno. El villano
de esta historia era ahora el bióxido de azufre. En 1990, Guy Brasseur, director
de la división de química de la atmósfera del Centro Nacional de Investigación
Atmosférica, de Boulder, Colorado, adelantó una nueva teoría de la destrucción
del ozono. De acuerdo a esta nueva apuesta en el concurso de la destrucción
del ozono, las partículas de bióxido de azufre del volcán sufrirán una serie
de complejas reacciones químicas con otras moléculas, al final de las cuales,
las moléculas de los reservorios estratosféricos de cloro supuestamente
provenientes de los CFC - serían destruidas liberando al cloro para que engullesen
vastas cantidades de ozono.
Nunca fue mencionado por Brasseur el hecho que la misma nube volcánica que
transportaba al bióxido de azufre hasta la estratosfera estaba llevando una
cantidad de moléculas de cloro muchísimo mayor - moléculas de cloro naturales.
También es omitido el hecho que cada año existen erupciones volcánicas que
provocan grandes destrucciones de ozono - nada más que un fenómeno natural,
bastante frecuente.
Los Volcanes
y el Clima
Regresemos
ahora al cloro que llega hasta la estratosfera a través de erupciones más
pequeñas o de volcanes que emiten gases de manera pasiva. Este es un aspecto
importante porque, como se notó antes, aún en años sin grandes erupciones
volcánicas, los volcanes emiten más de 86 millones de toneladas de cloro a
la atmósfera - 4800 veces más cloro que el teóricamente liberado por la supuesta
disociación de los CPC en la estratosfera .
Los propulsores de la teoría de la destrucción del ozono desprecian al cloro
de origen natural argumentando que ni una sola onza llega hasta la estratosfera
. El profundo asunto científico aquí no es sólo cuánto de este cloro llega
hasta la estratosfera sino también cómo los volcanes juegan un papel muy grande
en la modulación del clima, al cambiar las propiedades ópticas
de la atmósfera y por consiguiente la cantidad de luz solar que puede llegar
a la Tierra.
Benjamín Franklin fue el primero en proponer que los volcanes juegan un rol
importante en el clima. En un trabajo leído ante la Sociedad Filosófica de
Manchester, Inglaterra, el 22 de Diciembre de 1784, Franklin informó que había
observado reducción de la intensidad de la luz solar en la superficie de la
Tierra durante el invierno de 1783, y había desarrollado la hipótesis que
la erupción del cráter Laki en Islandia, al comienzo del verano, había creado
una bruma seca que estaba bloqueando la luz solar. Franklin postuló
que el severo invierno de 1788 -84 en el este de los EE.UU. y Europa Occidental,
había sido el resultado de la reducción de la intensidad solar, impidiendo
que ocurriese el nor- mal calentamiento de la corteza terrestre durante el
verano.
La hipótesis de Franklin era que la bruma seca de gran altitud
había sido formada por el sólido polvillo volcánico eyectado por
la fuerza explosiva del volcán de Islandia. Dijo también que el volumen y
altura alcanzada por el polvo eyectado estaban en proporción directa a la
fuerza explosiva del volcán, la estructura vertical del viento en ese momento,
y la ubicación de la erupción. Como Franklin expuso este trabajo en el Siglo
18, los científicos han supuesto que sólo las más grandes y violentamente
explosivas erupciones podrían causar un impacto mensurable en el clima. A
medida que en las dos últimas décadas se hizo posible la obtención de muestras
directamente de la estratosfera estas suposiciones se han visto refutadas.
Uno de los refutadores es J.D. Devine, de la Escuela de Graduados en Oceanografía
de la Universidad de Rhode Island, EEUU. Su trabajo de 1984 que marca
un jalón en la ciencia - publicado en el Journal of Geophysical Research,
propone que los aerosoles de sulfato tienen un impacto climático mucho mayor
que el polvo volcánico. Junto a sus coautores H. Sigurdson y A.N.
Davis encontró una muy estrecha correlación entre los cambios de temperatura
en la superficie de la Tierra y la cantidad de azufre liberado por las erupciones
volcánicas- correlación que no encontraron con otros materiales expulsados
por las explosiones volcánicas. Este estudio contenía exámenes detallados
de la presencia de gases que se estimaban habían sido liberadas por varias
grandes erupciones volcánicas, incluyendo al cloro.
Uno de los puntos más importantes del trabajo de Devine es que no es necesario
que hayan erupciones volcánicas explosivas para poner todo este material,
incluido el cloro, en la estratosfera para afectar al clima. La teoría de
Devine y sus colaboradores sostiene que la estructura térmica de la atmósfera
sobre un gran campo de lava puede ser perturbada por el calor liberado por
la superficie del volcán en erupción, de manera que algo de los gases liberados
pueden subir hasta la estratosfera - un fenómeno que ellos describen como
análogo a la iniciación de la libre convección de un fluido sobre una
plancha que es calentada desde abajo. [p. 6321].
En 1984 fue presentada otra teoría por Brian Goodman, del Centro de Investigación
Climática de la Universidad de Wisconsin. Su tesis doctoral hace una revisión
de la historia del asunto y sugiere que la actividad volcánica de baja intensidad
tiene un impacto sobre el clima a través de fuentes difusas de
gases volcánicos. También sugiere que los registros climáticos reflejan la
existencia de ciclos armónicos de actividad volcánica, influenciados por las
mareas solares y lunares. Antes de 1970, dice Goodman, se pensaba comúnmente
que sólo las partículas sólidas de polvo volcánico, llamado tefra
podrían llegar has- ta la estratosfera vía erupciones violentas. Por ello,
los estudios pre-1970 se fijaban solamente en las erupciones más violentas
para determinar el impacto sobre el clima. Sin embargo, él dice:
... una erupción activa más moderada puede producir el mismo volumen total de emisiones compensando una baja tasa de emisión con una duración mayor de la actividad. En esta situación, las emisiones gaseosas no son inyectadas directamente en la estratosfera sino que son enviadas a menudo a la alta troposfera donde pueden permanecer durante varias semanas. Esto permite que algunas fracciones de la erupción original sean transportados indirectamente a la estratosfera a través de alguno de los varios procesos de intercambio entre la troposfera y la estratosfera .(p. 14)
La seguna parte del capítulo continúa en: Segunda Parte