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Introducción

“El cielo se cae!, el cielo se cae!” grita Pepe Pollito cuando una bellota le cae en la cabeza. Pepe Pollito desparrama la alarma entre Juanita Gallina, Pedro Pavo y otros que le acompañan para avisarle al rey. En el camino se encuentran con Tito Zorro que, haciéndoles creer que les enseñará el camino mas corto hasta el rey, les conduce a su cueva – y directo a la olla de su cena. Así termina la versión original del cuento para niños.

Si cualquiera de los personajes de este cuento le hubiese preguntado a Pepe Pollito si tenía alguna evidencia científica par su alarma, el zorro no habría conseguido tan espléndido banquete.

Este libro está destinado a aquellas personas que desean hacer esa importante pregunta: ¿Dónde está la evidencia científica? ¿Está el cielo realmente cayendo? ¿Están los CFC (cloro fluoro carbonos) realmente destruyendo a la Capa de Ozono? – O somos las víctimas de algún sofisticado Tito Zorro?

Esta es, precisamente, la situación que los autores enfrentaron en 1988. Uno de los autores (Roger Maduro), por entonces un creyente de la teoría de la destrucción del ozono, estaba reuniendo evidencia para escribir un artículo demostrando que la teoría del calentamiento global era un fraude científico. Durante una entrevista con Reid Bryson, jefe del Instituto de Estudios Ambientales en Madison, Wisconsin, el autor se sorprendió cuando le dijeron que no prestara atención a la teoría de la disminución del ozono porque en la Antártida existía un volcán que inyectaba a la atmósfera más cloro que lo que podía hacerlo la entera producción anual de CFCs de toda la Tierra, Bryson dijo que si el cloro era acusado de causar a destrucción del ozono dentro del agujero de la Antártida, entonces este volcán era el verdadero responsable, y no los CFCs.

Esta información puso a1 autor, geólogo entrenado, en una cruzada. Después de algunas llamadas telefónicas a los más destacados volcanólogos de los EEUU confirmaron lo que Bryson decía: el Monte Erebus, en la Antártida, bombea más de 1000 toneladas diarias de cloro al aire. Esto significa que el Erebus acumula en la atmósfera más cloro en una semana que toda la producción de CFC lo haría en un año.

Este libro es el resultado de aquella búsqueda de la verdad científica sobre el ozono. Como el material presentado cuestionará la mayoría de las suposiciones básicas del lector, hemos citado de manera extensa a los científicos y sus trabajos publicados que demuestran por qué la Teoría de la Destrucción del Ozono es un fraude científico.

La mayoría de 1a información aquí presentada puede ser confirmada por medio de una visita a la más cercana biblioteca que tenga publicaciones científicas. Como los lectores se darán cuenta, la nueva variante en el cuento de Pepe Pollito, es que hoy Pepe Pollito y Tito Zorro parecen estar trabajando juntos para convencer a la gente que el cielo se les está cayendo encima.

Las gigantescas corporaciones químicas, candidatas a ganar miles de millones de dólares con 1a venta de los reemplazos de los ahora prohibidos CFC, están trabajando con el movimiento ecologista – que ya recaudó millones de dólares con el miedo a la destrucción de la capa de ozono. Los grupos ecologistas de EEUU pueden financiar la promoción de sus fraudes como la destrucción del ozono, gracias a los más de 500 millones de dólares anuales que recibe de las principales fundaciones filantrópicas manejadas por la élite financiera de EEUU – Rockefeller, Ford, MacArthur y otras fundaciones.

Pero el dinero no es el único motivo que impulsa al fraude del ozono. Detrás del accionar para prohibir a los CFC - y suprimir la refrigeración – está la idea Maltusiana de que el mundo necesita menos gente. de que el mundo necesita menos gente. El costo para el público, causado por la prohibición de los CFC y otros gases beneficiosos, serán mucho mayores que la inmensa ganancia de aquellos que venderán los reemplazos para estos productos químicos. La próxima vez que los titulares de prensa anuncien: ”El cielo se está cayendo!” la gente debería preguntar: ”cui bono?” – ¿Quién se beneficia?, y comience a buscar las bellotas que caen.


¿Qué Son Los CFC?

Para comprender la importancia de los CFC debemos echar una ojeada a su historia. El advenimiento de la electricidad al final del siglo 19 cambió dramáticamente el modo de vida de la gente. Paralelo al uso extendido de la electricidad y los descubrimientos científicos, tecnológicos y medicinales que ocurrieron hacia finales del siglo, se registró un rápido incremento en el término de vida de las poblaciones americanas y europeas. La electricidad proveyó energía, no sólo para iluminación, sino para tecnologías totalmente nuevas como la refrigeración de los alimentos, para casas de familia, la industria y la agricultura.

Alimentos que antes se echaban a perder con el calor, ahora estaban disponibles en cualquier época del año y podían ser transportadas bajo refrigeración. La electricidad hizo posible que los ciudadanos comunes pudiesen tener refrigeradoras en sus hogares.

Las Fuentes Naturales de Cloro Son Mayores que los CFC

La teoría de la destrucción del ozono no afirma que los CFC destruyen al ozono; sostiene que un átomo de cloro desprendido de la disociación de los CFC es el que destruye al ozono. Si fuese cierto que el cloro de los CFC pudiese barrer con la capa de ozono, entonces parecerá que la Madre Naturaleza fuese suicida. El cloro es uno de las substancias químicas más abundantes de la atmósfera.

Las fuentes naturales del cloro atmosférico convierten en pigmeos a las minúsculas cantidades de cloro que podrían, eventualmente, provenir de la liberación de todos los CFC de la Tierra. Basados en las evidencias científicas, si en verdad el cloro fuese una amenaza para la capa de ozono, entonces los gobiernos deberían poner una tapa a los volcanes y prohibir que se evapore el agua de mar.

La producción anual de CFC se estima actualmente en aproximadamente 1.100.000 toneladas, lo que incluye una 750.000 toneladas de cloro. Compare esto con las fuentes naturales de gases de cloro, como se muestra en la Tabla 1.1 y en la Figura 1.1.

Más de 600 millones de toneladas de cloro son liberadas cada año a la atmósfera, por la evaporación del agua de mar, que contiene sal (cloruro de sodio, NaCl). Aunque la mayor parte de este cloro es lavado por las lluvias, grandes cantidades de él llegan hasta la estratosfera a través de la acción bombeadora de las tormentas, huracanes, tifones y otras actividades ciclónicas.

Los volcanes que emiten gases pasivamente inyectan a la atmósfera más de 36 millones de toneladas de cloro en los años ordinarios, cuando no hay erupciones volcánicas. Las grandes erupciones emiten de algunos pocos millones hasta cientos de millones de toneladas de cloro. Más importante, las erupciones violentas inyectan gases y partículas directamente a la estratosfera.


Tabla 1.1

FUENTES DE CLORO ATMOSFÉRICO
(millones de toneladas por año)


Agua de mar
600.0
Volcanes
36.0
Quemazón de biomasa
8.4
Biota oceánica
5.0
Cloro en los CFCs
0.75
Cloro teóricamente liberado
por la supuesta disociación
de las moléculas de los CFC
0.0075

Hay 8.4 millones de toneladas de gases de cloro producidas por la quemazón de biomasa, en gran medida como resultado de métodos agrícolas primitivos, como el corte-y-quema, y la falta de fuentes de energía moderna en los países es en desarrollo.

Se ha medido que la biota oceánica, incluyendo algas, kelp y plancton emite más de 5 millones de toneladas de cloruro de metilo a la atmósfera, y grandes cantidades de esta fuente biótica de cloro se han medido muy alto en la estratosfera Recientes estudios indican que las plantas terrestres pueden también contribuir con vastas cantidades de cloruro de metilo a la atmósfera.

Además, cantidades desconocidas de cloro ingresan a la Tierra provenientes del espacio exterior, como resultado de las lluvias de meteoritos y polvo cósmico que se queman al entrar a la atmósfera.

Estas comparaciones resultan mucho más sorprendentes cuando se hacen entre las cantidades de cloro supuestamente liberadas por las CFC y las de origen natural. De acuerdo a la teoría, aproximadamente sólo el 1% de la producción anual es disociada en la estratosfera (La razón es que los CFC, por ser químicamente inertes, tienen un tiempo de vida de más de 100 años en la atmósfera). En consecuencia, la producción de un año de CFC contribuiría como máximo, con 7.500 toneladas de cloro a la atmósfera. En un español más ortodoxo, la contribución de cloro hecha por los CFC es apenas la décima parte del 1% del cloro producido por la Naturaleza. Esto, por supuesto, se apoya en la presunción de que los CFC son disociados en la estratosfera, suposición para la cual no existe ninguna evidencia observada.

FUENTES DE CLORO ATMOSFÉRICO
(millones de toneladas)

cloro aportado por diversas fuentes

El Cloro de la Antártida y El Agujero de Ozono

Uno de los únicos hechos documentados entre las historias de miedo del ozono, es que las concentraciones de formas activas de cloro en la región del mal llamado Agujero del Ozono Antártico son de 100 a 1.000 veces mayores que al mismo nivel en las zonas adyacentes. Por consiguiente – concluyen los propagandistas – los CFC están llegando a la Antártida en enormes cantidades y están siendo disociados por los rayos ultravioletas y liberando su asesino átomo de cloro que perfora un agujero en la capa de ozono.

Este cloro de la Antártida proviene únicamente de los CFC, dicen los propagandistas del Agujero, usando esto como la pruebo final de que la teoría de Rowland y Molina es correcta. Ignorado por los teorizadores de la destrucción del ozono es el hecho que a menos de 10 kilómetros viento arriba de la estación de observación en McMurdo Sound, en la Antártida, en donde las mediciones de concentración de cloro son tomadas, existe un volcán – el Monte Erebus – que comenzó un activo ciclo de erupciones en 1972.

Monte Erebus en la Antártida
                               Bill Rose/Michigan Technological University
Culpable de emitir 1.000 toneladas de cloro diarias a la atmósfera: el Monte Erebus en la Antártida, ubicado a sólo 10 kilómetros viento arriba de la estación McMurdo Sound, donde se realizan las mediciones del ozono.
A diferencia de otros volcanes, el Erebus no entra en erupción y luego pasa por largos períodos de inactividad. En lugar de tener una caldera de lava de 2 o 8 kilómetros de profundidad dentro del cono volcánico, la caldera del Erebus está en la superficie, lo que significa que el volcán está en erupción constante. Por las observaciones realizadas en 1988 por el vulcanólogo William Rose de la Universidad Tecnológica de Michigan, trabajo publicado en la revista Nature, se ha estimado que el Erebus emite más de 1.000 toneladas diarias de cloro a la atmósfera. Esto son más de 370.000 toneladas anuales de cloro, lo que por si mismo, representa casi la mitad de producción anual de CFC en el mundo (cerca de 750.000 toneladas.)

Las emisiones del Monte Erebus resultan mucho más dramáticas si se las compara con la cantidad de cloro presuntamente resultantes de la disociación de los CFC liberados a la atmósfera (7.500 ton.) Por su cuenta, el Erebus inyecta a la atmósfera 50 veces más cloro que la entera producción anual de CFC de todo el mundo. (Ver la Figura 1.2).

Resumiendo, el cloro medido en la Antártida no debería ser ningún misterio. El Monte Erebus está emitiendo de manera constante una densa nube de cloro y otros gases volcánicos; el viento los recoge y los transporta unos míseros 10 kilómetros hasta McMurdo Sound. Allí, los científicos lo miden con equipos muy sofisticados desde tierra, y con complicados equipos enviados al cielo en globos sondas. Los globos pasan directamente a través de la nube volcánica. Lo más asombroso de todo es que ningún informe de los científicos ha mencionado la existencia de este volcán! El público ha sido impulsado a creer que la existencia del cloro de la Antártida proviene de los CFC.

EMISIÓN DE CLORO DEL MT. EREBUS
COMPARADA CON EL CLORO LIBERADO
POR LA DISOCIACIÓN DE LOS CFC
(toneladas)

cloro aportado por océanos

Figura 1.2
El Monte Erebus es aún de más interés en la historia del ozono. Está ubicado en el área de la fuerte corriente de chorro estratosférica polar, o ”jet stream”. Con su gran altura - 4.300 metros - una enorme porción de los cientos de miles de toneladas de cloro expelidas por el Erebus son tomadas y enviadas viento abajo por la corriente de chorro, que transporta al cloro miles de kilómetros a medida que circula por el polo. Esta veloz corriente de chorro, con vientos de hasta 400 km por meses del año, creando las condiciones dinámicas para el ciclo natural que conduce al adelgazamiento de la capa de ozono sobre la Antártida, durante un período de 80 a 60 días del año – el mal llamado Agujero de Ozono. (Este tema será estudiado con más profundidad en el Capítulo 5).

El cloro de muchos volcanes activos tiene una vida en la atmósfera de unas pocas semanas hasta varios meses porque el cloro se disuelve en el agua y regresa a tierra con la lluvia. La atmósfera de la Antártida, sin embargo, es extremadamente seca, de modo que los compuestos del Erebus tienen un período de vida más largo, antes de ser precipitados a tierra. No existe evidencia alguna de que el cloro medido en McMurdo provenga de la disociación de los CFCs.

La luz del sol alcanza a la Antártida sólo durante seis meses al año, y durante los otros seis meses es sumamente oscuro. Durante el apogeo de la estación veraniega, el Sol está apenas a unos pocos grados por encima del horizonte. De hecho, la radiación ultravioleta que llega hasta la estratosfera antártica durante la mayor parte del año es muy débil porque debe viajar grandes distancias horizontalmente a través de la atmósfera. Por lo tanto, no tiene la energía necesaria para destruir las fuertes ligazones moleculares de los CFCs en estos niveles.

El Rol de los Volcanes y el Cloro en el Mundo

El asunto del Monte Erebus nos lleva a considerar el muy amplio tema de los flujos globales de cloro. ¿Cuánto cloro es inyectado por los volcanes a la atmósfera, y cuánto de esto consigue llegar hasta la estratosfera? Durante los '70, la estimación standard para las emisiones de cloro de los volcanes eran de 7.6 millones de toneladas anuales, de acuerdo a los cálculos del vulcanólogo O.G. Bartels, publicado en 1972. Algunos vulcanólogos sostenían que los volcanes emitían cantidades mucho mayores, pero no había una evidencia concreta de ello.

El problema de medir la emisión de los volcanes es doble: primero, el cloro en la atmósfera es, como muchos otros gases, extremadamente difícil de medir. Segundo: acercarse a un volcán para medir lo que está saliendo de él, es un asunto sumamente peligroso. Por consiguiente, todas las estimaciones sobre el flujo de gases de los volcanes son solamente ”conjeturas educadas”.

Uno de los procedimientos usados para medir la cantidad de cloro y otros gases emitidos por los volcanes, es estimar la composición química del magma caliente antes de una erupción y luego examinar la composición química de las rocas volcánicas luego que la lava se ha enfriado. Los científicos calculan entonces la diferencia entre los contenidos químicos y lo multiplican por la lava que se calcula que fue expulsada por el volcán; el resultado es la estimación de los gases liberados por el volcán.

Otro procedimiento es analizar el contenido de muestras de los gases obtenidos directamente de la columna de humo. Esto es tan difícil de medir, en el caso del cloro, que los científicos miden primero el contenido de azufre y luego calculan la cantidad de cloro como una relación a las emisiones de azufre.

Las primeras mediciones sistemáticas del cloro contenido en las erupciones volcánicas fueron realizadas en los años 70 por un volcanólogo del US Geological Survey, David A. Johnston. En un trabajo publicado en la revista Science, de julio de 1980, (“Contribuciones de Cloro Volcánico a la Estratosfera: ¿Más Significativo Para el ozono que las Previamente Estimadas?”), Johnston afirma que las verdaderas cantidades de cloro liberadas por los volcanes pueden ser de 20 a 40 veces más grandes que lo estimado hasta entonces y vastamente superiores al contenido de todo el cloro de los CFC. Aun estas estimaciones pueden ser demasiado bajas, y Johnston dice:

“... si la tasa de liberación de gases debajo de la superficie de rápida en comparación a la tasa del ascenso de magma y la erupción, entonces los gases pueden haber escapado en anteriores explosiones del magma que no había hecho erupción hasta más tarde o quizás no lo hizo en absoluto. En tal caso, las inyecciones totales de HCl a la atmósfera y estratosfera pueden haber sido muy superiores a estas estimaciones [pág. 492]”

Específicamente, dice Johnston, una sola erupción volcánica en 1976 puso más cloro en la atmósfera que la cantidad total de cloro contenido en todos los CFC producidos en el mundo en 1976.

Hasta la publicación del trabajo de Johnston, la emisión de cloro de los volcanes se había estimado suponiendo que el magma contiene 0,02 a 0,025 por ciento (en peso) de cloro ante de la erupción, y que esta cantidad era emitida durante la erupción. En sus cuidadosas mediciones, Johnston encontró que el porcentaje de cloro en el magma era en realidad de 20 a 40 veces superior – 0,5 a 1.0 por ciento.

Al discutir el efecto de los volcanes sobre la capa de ozono y el clima, Johnston, dice que las grandes erupciones pueden tener un impacto a largo plazo sobre el ozono de la estratosfera. Cita como ejemplo a la erupción del Bishop Tuff, de Long Valley Caldera, California, unos 700,000 años atrás. Esta erupción puede haber inyectado a la estratosfera unas 289 millones de toneladas de HC1, nos dice, el equivalente de unas 570 veces más que la producción total de cloro en los CFC fabricados en 1975, en todo el mundo'. Johnston dice ”Claramente, las fuentes naturales de cloro pueden ser muy significativas en comparación con las fuentes creadas por el hombre.”

Los océanos

El agua de mar libera más de 600 millones de toneladas de cloro a la atmósfera cada año vía evaporación. La mayor parte del cloro es lavado por las lluvias, pero enormes cantidades de cloro aún llegan a la estratosfera.
Johnston intentaba medir las emisiones reales de los volcanes de todas partes del mundo pero, desgra-ciadamente, murió en su puesto de observación durante la erupción del Monte St. Helens, en el estado de Washington, en 1980.

¿Cuál es el flujo global de cloro de los volcanes'? Usando el análisis del cloro más detallado realizado por David Johnston y multiplicando las estimaciones previas (7.6 millones ton) produce una estimación que indica que la emisión anual de cloro de los volcanes puede estar entre 152 y 812 millones de toneladas por año. Como las cantidades reales de medidas directas son desconocidas, los principales vulcanólogos del mundo estiman conservadoramente que las emisiones anuales de cloro de los volcanes son de 36 millones de toneladas, en los años que no existen grandes erupciones volcánicas. No importa la cifra que se use, el hecho básico se mantiene y es que el cloro emitido por la Madre Naturaleza, a través de los volcanes, ridiculiza a las cantidades de cloro en los CFC, de origen humano.

Más aún, cuando suceden erupciones violentas, se inyecta mucho más cloro directamente en la estratosfera Uno de tales volcanes era el Krakatoa, cercano a la isla de Java, en el océano índico. A través de una serie de erupciones en 1883, el Krakatoa envió una onda de choque que viajó siete veces alrededor de la Tierra, y cubrió un área de cientos de miles de kilómetros cuadrados con cenizas. Las gigantescas olas creadas por la explosión ahogaron más de 30.000 personas en Java. Usando cálculos muy conservadores, los vulcanólogos J. Devine, H. Sigurdson, A.N. Davis y S. Self (1984) estimaron que el Krakatoa escupió más de 8.6 millones de toneladas de cloro a la atmósfera. Otros volcanólogos estiman que la cantidad debe haber sido diez veces mayor.

Pero aún el poderoso Krakatoa es pequeño comparado con otro volcán del arco volcánico de Sunda, en Indonesia - el Tambora. Cuando el Tambora hizo explosión en 1815, unos 30 kilómetros cúbicos de su parte superior fue pulverizada, inyectando enormes cantidades de restos y cenizas directamente en la estratosfera La nube volcánica redujo la luz solar que llegaba a la superficie de la Tierra, bajando las temperaturas. En las latitudes boreales, los años de 1815 y 1816 se conocieron como los ”años sin verano”, y nevó en los EEUU en el medio de lo que normalmente es la parte más caliente del año.

El Tambora depositó una capa de cenizas de casi un metro de es- pesor hasta 70 kilómetros de distancia, y liberó un mínimo de 211 millones de toneladas de gases de cloro a la atmósfera. A la actual tasa de producción de CFC, le llevaría a la humanidad unos 318 años poner tanto cloro en la atmósfera como lo hizo el Tambora. La naturaleza explosiva de las erupciones del Krakatoa y del Tambora aseguraron que una enorme porción del cloro fuese enviado directamente a la estratosfera.

Entonces, si la teoría de la destrucción del ozono por parte del cloro fuese cierta, tal liberación catastrófica de cloro en 1815 debería haber barrido completamente con la capa de ozono, inundando a la Tierra con rayos ultravioletas, los llamados ”causantes de cánceres de piel”. Todos y cada uno de los hombres, mujeres y niños sobre la Tierra deberían haber sufrido cáncer de piel. Sin embargo, no existe ningún registro en la primera parte del siglo 19 de extinciones en masa de vida humana, animal o vegetal causada por cáncer de piel u otros efectos de la radiación ultravioleta.

La erupción del Chichón, un volcán en la Península de Yucatán, en Méjico, es un indicador que grandes aumentos del cloro estratosférico no tienen un efecto significativo sobre la capa de ozono. En marzo y abril de 1982, ocurrieron erupciones grandes en El Chichón, que inyectaron grandes cantidades de gas y partículas en la parte baja de la estratosfera. Una coherente nube volcánica se estableció muy pronto en una banda alrededor de la Tierra. Varios meses después de la erupción, varios aviones volaron a través de la nube volcánica midiendo las concentraciones de gases en la estratosfera.

William G. Mankin y M.T. Coffey, del Centro Nacional de Investigación Atmosférica publicaron los resultados de algunos de estos vuelos en la edición del 12 de Octubre de 1984 de la revista Science. Informaron que El Chichón había introducido directamente a la estratosfera más de 40.000 toneladas de cloruro de hidrógeno (HC1), lo que equivalía ”a cerca del 9% de la carga g!obal de HCI” (p. 171). En la ancha banda donde se extendía la nube volcánica, las cantidades de HC1 estratosférico se incrementaron un 40% sobre valores previos.

Richard Stolarski y Ralph Cicerone, dos de los primeros proponentes del miedo a la disminución del ozono, habían sugerido originalmente en 1973 que la inyección directa de cloro en la estratosfera por parte de los volcanes podría resultar en una sustancial destrucción de ozono. En 1974, sin embargo, ellos desecharon esta teoría para lanzar el nuevo miedo que el cloro de los ”boosters” del taxi Espacial iban a barrer con la capa de ozono. En el artículo de Science mencionado más arriba, Manchón y Coffin notan este cambio de rumbo, concluyendo que sus propios descubrimientos ”deberían conducir a una re-evaluación del rol que tienen los volcanes en la química del cloro estratosférico.” (pág. 172).

El 14 de Diciembre de 1984, el Monte Redoubt, en Alaska, hizo erupción y su nube de cenizas perturbó el tráfico aéreo, forzando la cancelación de cientos de vuelos. Un Jumbo 747 que volaba a 9.000 metros de altura con 250 personas a bordo, perdió sus cuatro motores y estuvo a punto de estrellarse antes de que el piloto consiguiese reencender los motores y aterrizar a salvo en Anchorage.

El volcán tuvo una series de 24 erupciones entre Diciembre 14 del 89 y el 21 de Abril del 90. Cada erupción creaba enormes nubes de ceniza, muchas de las cuales se cree que penetraron en la estratosfera colocando a los desechos volcánicos muy alto en la atmósfera. Aunque fue imposible medir la emisión de los gases volcánicos hasta el 20 de Marzo de 1990 (a causa de la oscuridad reinante en Alaska), algunas estimaciones se hicieron en base a las nubes de ceniza y ácido sulfúrico que se distribuyeron por los EEUU: el volcán envió al aire más de 880.000 toneladas de bióxido de azufre (SO,,) y un estimado de 1 millón de toneladas de gases de cloro. Aunque no hubo más erupciones explosivas desde Abril de 1990, el Mt. Redoubt está aún activo, lanzando de 300 a 500 toneladas de dióxido de carbono y aproximadamente 330 a 500 toneladas de cloro por día.

Estas cifras de gases de las erupciones explosivas son extremadamente conservadoras (las estimaciones originales estaban en el orden de los 2 millones de toneladas de bióxido de azufre, sólo para la erupción de Diciembre), pero ellas sirven para demostrar que la Madre Naturaleza es la peor de las contaminadoras. La cantidad de cloro sopladas a la atmósfera por el volcán, es significativamente mayor que toda la producción anual de CFC del mundo. Como se ha notado anteriormente, la nube de gas del volcán se elevó completamente hasta la tropopausa en las erupciones más explosivas, y penetró en la estratosfera varias veces, una cantidad que es incierta debido a la oscuridad reinante.

Sin embargo, observaciones de la erupción del Mt. Redoubt indicaron que una cantidad significativa de cloro volcánicos fue inyectada a la atmósfera del Hemisferio Norte a fines de 1989 y comienzos de 1990. El cloro volcánico, por consiguiente, alcanzó a la capa de ozono y, por ende, las predicciones de la teoría de Rowland/Molina deberían haberse convertido en realidad bajo la forma de masiva destrucción de ozono en latitudes del norte, acompañadas por un letal incremento de la radiación ultravioleta para los habitantes de -por lo menos - Canadá, Nueva York, y Nueva Inglaterra en general. No se registró ningún aumento de la radiación ultravioleta que llegó hasta la superficie de esas áreas. Y ahí se fue la Teoría de la destrucción del Ozono.

Sin embargo, todas estas erupciones volcánicas empalidecen en comparación de una serie más reciente que comenzó en Noviembre 17 de 1990, con la erupción del Mt. Unzen en Japón, seguido de la erupción del Mt. Pinatubo, en las Filipinas en Abril de 1991. Una de las más grandes erupciones del siglo, el Mt. Pinatubo comenzó como una serie de terremotos, pequeñas columnas de humo y fuertes explosiones que culminaron con la erupción del 15-16 de Junio, que duró 15 horas. La nube volcánica llegó a más de 30 kilómetros de altura, casi hasta la mitad de la estratosfera , creando una gigantesca nube de cenizas que aún continuaba dando la vuelta a la Tierra en 1992.

Otra gran erupción volcánica que también penetró en la estratosfera fue la del volcán Hudson en Chile, entre el 12 y el 15 de Agosto de 1991. De manera curiosa, la erupción del Hudson casi no fue mencionada en los medios de comunicación. Aunque ocurrió en una desolada región de los Andes, provocó un daño ecológico masivo, depositando más de un kilómetro cúbico de cenizas en la región Patagónica de Argentina. Los depósitos de más de 15 centímetros de espesor transformaron en desierto a casi una tercera parte de Argentina, barriendo con cosechas y matando a más de 1 millón de ovejas.

Monte Pinatubo

El Monte Pinatubo en las Filipinas, Abril de 1991: una de las mayores erupciones volcánicas del siglo.

En un trabajo publicado en la edición de EOS del 5 de Noviembre de 1991, Scott Doiron y sus colaboradores estimaron que el Hudson había lanzado a la atmósfera más de 2.75 millones de toneladas de dióxido de azufre. Sus estimaciones para la erupción del Pinatubo fueron casi diez veces más grandes: 20 millones de toneladas de SO, Aunque las cifras para el cloro no están aún disponibles [1992], ambos volcanes tenían magmas ricos en cloro y flúor, lo que indica que cientos de millones de toneladas de cloro y flúor fueron inyectadas de manera directa en la estratosfera por estos volcanes.

Más aún, la erupción del Mt. Hudson creó una nube volcánica de más de 2 millones de kilómetros cuadrados que viajó directamente hasta la Antártida. Cargada de cloro y flúor, la nube llegó justo en tiempo de circular por el vórtice polar, en el momento crítico en que el agujero anual del ozono se estaba formando: en la prensa no se mencionó ni una palabra acerca de esta nube.

Como resultado de la erupción del Pinatubo hubo una inundación de nuevas predicciones catastróficas, alertando algunos científicos que el volcán provocaría una reducción del 15% de la capa de ozono para ese invierno. El villano de esta historia era ahora el bióxido de azufre. En 1990, Guy Brasseur, director de la división de química de la atmósfera del Centro Nacional de Investigación Atmosférica, de Boulder, Colorado, adelantó una nueva teoría de la destrucción del ozono. De acuerdo a esta nueva apuesta en el concurso de la destrucción del ozono, las partículas de bióxido de azufre del volcán sufrirán una serie de complejas reacciones químicas con otras moléculas, al final de las cuales, las moléculas de los reservorios estratosféricos de cloro – supuestamente provenientes de los CFC - serían destruidas liberando al cloro para que engullesen vastas cantidades de ozono.

Nunca fue mencionado por Brasseur el hecho que la misma nube volcánica que transportaba al bióxido de azufre hasta la estratosfera estaba llevando una cantidad de moléculas de cloro muchísimo mayor - moléculas de cloro naturales. También es omitido el hecho que cada año existen erupciones volcánicas que provocan grandes destrucciones de ozono - nada más que un fenómeno natural, bastante frecuente.

Los Volcanes y el Clima

Regresemos ahora al cloro que llega hasta la estratosfera a través de erupciones más pequeñas o de volcanes que emiten gases de manera pasiva. Este es un aspecto importante porque, como se notó antes, aún en años sin grandes erupciones volcánicas, los volcanes emiten más de 86 millones de toneladas de cloro a la atmósfera - 4800 veces más cloro que el teóricamente liberado por la supuesta disociación de los CPC en la estratosfera.

Los propulsores de la teoría de la destrucción del ozono desprecian al cloro de origen natural argumentando que ni una sola onza llega hasta la estratosfera. El profundo asunto científico aquí no es sólo cuánto de este cloro llega hasta la estratosfera sino también cómo los volcanes juegan un papel muy grande en la modulación del clima, al cambiar las propiedades ”ópticas” de la atmósfera y por consiguiente la cantidad de luz solar que puede llegar a la Tierra.

Benjamín Franklin fue el primero en proponer que los volcanes juegan un rol importante en el clima. En un trabajo leído ante la Sociedad Filosófica de Manchester, Inglaterra, el 22 de Diciembre de 1784, Franklin informó que había observado reducción de la intensidad de la luz solar en la superficie de la Tierra durante el invierno de 1783, y había desarrollado la hipótesis que la erupción del cráter Laki en Islandia, al comienzo del verano, había creado una ”bruma seca” que estaba bloqueando la luz solar. Franklin postuló que el severo invierno de 1788 -84 en el este de los EE.UU. y Europa Occidental, había sido el resultado de la reducción de la intensidad solar, impidiendo que ocurriese el nor- mal calentamiento de la corteza terrestre durante el verano.

La hipótesis de Franklin era que la ”bruma seca” de gran altitud había sido formada por el ”sólido” polvillo volcánico eyectado por la fuerza explosiva del volcán de Islandia. Dijo también que el volumen y altura alcanzada por el polvo eyectado estaban en proporción directa a la fuerza explosiva del volcán, la estructura vertical del viento en ese momento, y la ubicación de la erupción. Como Franklin expuso este trabajo en el Siglo 18, los científicos han supuesto que sólo las más grandes y violentamente explosivas erupciones podrían causar un impacto mensurable en el clima. A medida que en las dos últimas décadas se hizo posible la obtención de muestras directamente de la estratosfera estas suposiciones se han visto refutadas.

Uno de los refutadores es J.D. Devine, de la Escuela de Graduados en Oceanografía de la Universidad de Rhode Island, EEUU. Su trabajo de 1984 – que marca un jalón en la ciencia - publicado en el Journal of Geophysical Research, propone que los aerosoles de sulfato tienen un impacto climático mucho mayor que el ”polvo” volcánico. Junto a sus coautores H. Sigurdson y A.N. Davis encontró una muy estrecha correlación entre los cambios de temperatura en la superficie de la Tierra y la cantidad de azufre liberado por las erupciones volcánicas- correlación que no encontraron con otros materiales expulsados por las explosiones volcánicas. Este estudio contenía exámenes detallados de la presencia de gases que se estimaban habían sido liberadas por varias grandes erupciones volcánicas, incluyendo al cloro.

Uno de los puntos más importantes del trabajo de Devine es que no es necesario que hayan erupciones volcánicas explosivas para poner todo este material, incluido el cloro, en la estratosfera para afectar al clima. La teoría de Devine y sus colaboradores sostiene que la estructura térmica de la atmósfera sobre un gran campo de lava puede ser perturbada por el calor liberado por la superficie del volcán en erupción, de manera que algo de los gases liberados pueden subir hasta la estratosfera - un fenómeno que ellos describen como ”análogo a la iniciación de la libre convección de un fluido sobre una plancha que es calentada desde abajo”. [p. 6321].

En 1984 fue presentada otra teoría por Brian Goodman, del Centro de Investigación Climática de la Universidad de Wisconsin. Su tesis doctoral hace una revisión de la historia del asunto y sugiere que la actividad volcánica de baja intensidad tiene un impacto sobre el clima a través de fuentes ”difusas” de gases volcánicos. También sugiere que los registros climáticos reflejan la existencia de ciclos armónicos de actividad volcánica, influenciados por las mareas solares y lunares. Antes de 1970, dice Goodman, se pensaba comúnmente que sólo las partículas sólidas de polvo volcánico, llamado ”tefra” podrían llegar has- ta la estratosfera vía erupciones violentas. Por ello, los estudios pre-1970 se fijaban solamente en las erupciones más violentas para determinar el impacto sobre el clima. Sin embargo, él dice:
”... una erupción activa más moderada puede producir el mismo volumen total de emisiones compensando una baja tasa de emisión con una duración mayor de la actividad. En esta situación, las emisiones gaseosas no son inyectadas directamente en la estratosfera sino que son enviadas a menudo a la alta troposfera donde pueden permanecer durante varias semanas. Esto permite que algunas fracciones de la erupción original sean transportados indirectamente a la estratosfera a través de alguno de los varios procesos de intercambio entre la troposfera y la estratosfera .”(p. 14)

La seguna parte del capítulo continúa en: Segunda Parte

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Capítulo 1: Las Fuentes Naturales
de Cloro Son Mayores que los CFC
Los Agujeros en el
Miedo del Ozono


por Roger Maduro y Ralf Schauerhammer
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Traducción de Eduardo Ferreyra*

Publicado por 21st Century Science Associates © 1992
Traducción al Español del libro que en 1992 provocó la ira y el furor de la corporación ecologista internacional