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¿Cómo explicar a Darwin?

por Carlos Wotzkow

La pregunta puede parecer a algunos una meta imposible, para otros sin embargo, resultará algo sen-cillo e incluso necesario. Antes del 11 de septiembre del 2001, cerca del 76% de los norteamericanos creían en la existencia de, al menos, un Dios. La Universidad de Harvard (y muchas otras universidades norteamericanas) tomaban ya desde los años 60 una dirección ideológica netamente marxista, pero los hombres y mujeres de fe en aquel país sólo se preocupaban por la prohibición de un libro: “El origen de las especies”. Después de los atentados terroristas en Washington DC y Nueva York, el Corán y la religión islámica cobra un auge inusitado en los EEUU, pero el único autor que sigue preocupando a los católicos y a los evangelistas norteamericanos es Darwin. Por ende, después de la fatídica fecha del 11/9, la cifra de creyentes en aquel gigantesco país se eleva al 94%. O sea, gracias a los musulmanes que, sin una oposición católica que los detenga, salen por la libre del armario.

Una querida amiga e inestimable compatriota de la Internet, nos envió hace unos días un texto intitula-do “The reactionarian utopian, the philosopher and the fossils” y al e-mail, Chachi (que es como todos la conocemos) agregó, en el browser del “subject” la siguiente pregunta: Does Darwin make any sense? Si no fuera porque esta gran cubana desempeña un role importantísimo en toda nuestra comu-nidad del exilio, yo no me hubiera dignado a responder esa pregunta. Pero Chachi, por encima de todas (y aquí soy categórico) las páginas de Internet del exilio, tiene la indiscutible influencia de llegar a nues-tros buzones (decenas de miles, me imagino) sin que tengamos que efectuar la consabida búsqueda de noticias por la enmarañada jungla del World Wide Web. Chachi además, se caracteriza por seleccionar de manera inteligente textos que, de ser tomados en cuenta, convertirían nuestras lecturas en un placer generalmente sabio y seguramente cotidiano.

Yo, por azares de la época y el país en el que me tocó nacer, no creo ni en Dios ni en la santísima Trini-dad. A mi me convencen las transcripciones de genes porque soy capaz de verlas y puedo comprobar que tienen lugar en el tiempo y el espacio. En cambio, no me preocupa mucho si a la explicación de esos procesos de intercambio de nucleótidos se le agrega la palabra “milagro”. Y aclaro, que no me preocupe algo no implica que lo acepte, sino que no le doy más importancia de la que en realidad tiene. De la misma forma considero estúpido pensar que el 94 % de la población norteamericana crea en Dios por vía de la tradición, la cultura, o el respeto a la autoridad. Se cree, hoy más que nunca, porque cada cual fomenta sus creencias en base a experiencias personales. Pero si Dios es creíble gracias a esas expe-riencias, Dios debería existir para explicarle a esta gente lo inexplicable. O sea, ¿quién creó al creador y, por qué este creador es cada día menos coherente tradicionalmente hablando?

Si los animales y las plantas fueron todos creados por un Dios, ¿a quién debiéramos culpar del “injusto” proceso de la extinción? El hombre no puede ser el responsable de la extinción de los dinosaurios, puesto que antes que el hombre existiera, estos ya habían desaparecido. ¿Por qué llamamos entonces Creador a alguien que tanto ha destruido? ¿Sería acaso un mero capricho de Dios ese de jugar a la discontinuidad biológica destruyendo seres vivos? Yo no me atrevería a tanto. La evolución se explica coherentemente por si sola. Desde que Darwin pensó su teoría, no ha habido un sólo revés que la contradiga, sino malas interpretaciones. Cada día nuevos descubrimientos demuestran el gran valor de su pensamiento. Engels por el contrario, nunca creyó en la existencia de los genes y por ende, estaría hoy más cerca de esos hacedores de criaturas que las religiones nos intentan imponer. Es sabido que la ciencia tolera a las religiones como las supersticiones más antiguas de los seres humanos. ¿Por qué entonces la religión no tolera que la ciencia base su prédica en las evidencias de la evolución?

¿Por qué se molestan tanto los religiosos cuando los arqueólogos descubren un fósil que es 20 millones de años más antiguo que el más viejo de los milagros del cristianismo? ¿Era Dios un ser egocéntrico que creó al ser humano con la capacidad de escribir y hablar para que le adorara en público y en privado? ¿Por qué Darwin sigue siendo hoy día más peligroso en los Estados Unidos que los mismísimos imanes de la terrible religión de la cual se sirve Al-Qaeda? La ciencia intenta buscar cura a miles de enferme-dades que padecen las “criaturas de Dios”. En eso trabajan los científicos, podríamos decir, porque nuestro Creador se pasó por alto, aparentemente, algunos exámenes de la ingeniería genética.

La ciencia no pide que se decapite a nadie por sus creencias religiosas, pero los católicos estadouniden-ses están más cerca de Bin Laden que de Charles Darwin. ¿Cómo no van a vivir hermanados entonces esos creyentes que tan poco han respetado la vida humana? A la madre de Darwin la han pintado como una mona en cientos de miles de caricaturas, pero todavía, no he visto manifestaciones en contra de semejante payasada. A la Virgen María la caricaturizan a diario en Turquía y en España. Por el contra-rio, la prohibición de las caricaturas de Mahoma ha gozado en los EEUU de un acuerdo tácito (debiera decir cómplice) entre la prensa y los católicos de todo el territorio.

Muy mal están los cristianos del mundo cuando politizan de forma tan forzada un texto que hablaba de fósiles en el New York Times. Mal digo, porque ese mismo rotativo publica propaganda marxista a diario y nada pasa. Para colmo, más del 40 % de la prensa escrita en los EEUU es extremadamente tolerante con el fundamentalismo islámico y hasta alaban la propaganda castrista sin el menor rechazo por parte de sus crédulos lectores.

Es como si la lectura de las ideas científicas que estimulan el escepticismo fuera más peligrosa que el terrorismo islámico que tantas vidas norteamericanas se ha cobrado. Es duro creerlo, pero las eviden-cias demuestran que el lobby político en nuestra comunidad del exilio se nos está poniendo obsoleto.

Pregunto: ¿estará en proceso de extinción? Nadie se pregunta quién pudiera parar el despilfarro que representa Radio y TV Martí. Y ¿quién pudiera detener la política de contubernio del FBI con la segu-ridad cubana? ¿Es acaso Darwin el culpable de todo esto? Y si así fuera, ¿cómo es posible que un católico como Payá lo inserte en su caricatura de constitución y nadie lo saque a relucir?

¿Podrían decirme los católicos cubanos cuándo es que Dios va a decirle a Bush que tiene que eliminar a Fidel Castro? Hago la pregunta porque la mayoría del público norteamericano aceptó, como algo normal, que Bush dijera en un discurso público que Dios le había instruido de eliminar a Sadam.

Hago la pregunta, porque ahora tenemos en Cuba a un mesiánico presidente del Movimiento Cristiano de Liberación, redactándonos una constitución seudo-marxista que para lo único que serviría es para limpiar 135 traseros sucios, su número de folios.

Hago la pregunta porque recientemente, un connotado antisemita norteamericano llamado Joseph Sobran ha lanzado un ataque contra ciertas interpretaciones científicas basadas en evidencias fósiles y la comunidad cubana del exilio se ha tragado la bazofia como si fuese un elixir que desacreditara a Darwin. Acabáramos, ¿cómo puede alguien que desconoce tan siquiera las bases de la teoría de la evolución entender los fundamentos genéticos de un discípulo como Dawkins?

Cualquier biólogo evolucionista sabe que nada en la naturaleza conduce a un comportamiento humano ejemplar. Eso es tarea de los moralistas y no es una adaptación evolutiva sino un proceso adaptativo cotidiano. O sea, la selección natural es un proceso indiferente a la moralidad en la cual los mejores replicadores tienden a hacer prevalecer sus características genéticas dentro de una población. Las críticas de Sobran a Charles Darwin y a Richard Dawkins son por ende de índole político en un debate en el que, los genes egoístas, no son concebidos como lo que son: una metáfora.

La adaptación evolutiva de cualquier especie es todo aquello que le permita a sus genes llevar a cabo su metafórica obsesión. La elección, la dignidad, la responsabilidad, son ciertamente regalos que la evolu-ción nos ha dado hasta hacernos exclusivos en el universo, pero muy errados están los que crean que ello nada tiene que ver con una buena colección de moléculas en el cerebro. Lo bueno y lo malo es asimétrico y en la historia natural hay más ejemplos negativos que bondad.

Para aquellos que no lo sepan, tengo el inmenso placer de informarles que Joe Sobran, el autor del artículo de marras, es además un tránsfuga conservador que ha devenido en los últimos 10 años un furibundo anarquista al servicio de la izquierda norteamericana. Un extremista religioso que está más cerca de los principios antisemitas del Corán que de los mismísimos orígenes de las sagradas escrituras de la Biblia.

Un tipejo que ha dicho que el holocausto de los judíos nunca tuvo lugar. Un islamista camuflado al que no le molesta la amenaza nuclear de Irán, porque para él, el verdadero demonio gobierna en Jerusalén. Es posible que Darwin siga sin tener sentido para algunos, pero lo cierto es que, aún sin comprenderlo, el legado de Darwin es más noble, más civilizado y más humano que ese que nos propone Sobran. Este antisemita me recuerda a nuestro satánico Oswaldo Payá, un cristiano (porque así se autodenomina él mismo) y del que muchos sospechamos tiene más vínculos con Satán que con su inexistente creador.

Carlos Wotzkow
Bienne, Suiza, Mayo 14, 2001


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