Hora de Córdoba
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Castidad Carbónica
El Primer Mandamiento
de la Iglesia del Ambiente

Por Charles Krauthammer
30 de mayo, 2008

No soy un creyente del calentamiento global. No soy un negador del calentamiento global. Soy un agnóstico del calentamiento global que instintivamente cree que no puede ser muy bueno bombear mucho CO2 a la atmósfe-ra, pro que está convencido que quienes presumen de saber exactamente adónde nos lleva eso, están hablando tonterías.

Las predicciones de catástrofes dependen del modelo. Los modelos dependen de las suposiciones que se hacen sobre sistemas planetarios complejos –desde corrientes oceánicas a la formación de nubes- que nadie compren-de perfectamente. Y esta es la razón por la que los modelos están inherentemente errados y cambiando cons-tantemente. Los escenarios apocalípticos imaginan a una serie de eventos, cada uno con una cierta probabili-dad. Las múltiples improbabilidades de sus ocurrencias simultáneas convierten a esas predicciones en salvajes especulaciones.

Y sin embargo, en base a estas especulaciones, los activistas ambientales, ayudados por complacientes científicos y políticos oportunistas, están proponiendo radicales cambios económicos y regulación social. “La más grande amenaza para la libertad, democracia, la economía de mercado y la prosperidad,” advierte el Presidente de la República Checa Vaclav Klaus, “ya no es más el socialismo. En vez de ello es la ambiciosa, arrogante, compleja y especulativa filosofía del ecologismo.”

Si usted duda sobre la arrogancia, es que no visto esa historia de tapa de Neewsweek que declara que el debate sobre el calentamiento global está terminado. Considere: Si las leyes del movimiento de Newton, después de 200 años de infalibles confirmaciones experimentales y observaciones fuesen descartadas, requiere de un fervor religioso para creer que el calentamiento global –infinitamente menos probado, complejo y especula-tivo- es un asunto cerrado.

Pero declarar el debate cerrado tiene sus recompensas. No sólo desecha a la escépticos como los perros sarnosos de la reacción, por ejemplo, Exxon, Cheny, y ahora Klaus. De paso, también vuelve enormemente a darle poder a la izquierda intelectual.

Durante un siglo, una arrogante, ambiciosa e inescrupulosa clase de conocedores –planificadores sociales, científicos, intelectuales, expertos y sus aliados de la izquierda- se arrogaron el derecho de gobernar ya sea en nombre de la oprimida clase obrera (comunismo) o, en su forma más benigna, en virtud de su experiencia superior en alcanzar el progreso social más alto por medio de la planificación del estado (socialismo).

Hace dos décadas, sin embargo, el socialismo y el comunismo murieron rudamente, y luego fueron enterrados definitivamente por la demostración empírica de la superioridad del capitalismo de mercado en todas partes, desde la Inglaterra de Tatcher hasta la China de Deng, donde apenas la abolición parcial del socialismo elevó fuera de la pobreza a más gente y más rápidamente que jamás antes en la historia humana.

Justo cuando las cenizas de la historia lo exigió, a la izquierda intelectual se le brindó la última salvación: el ecologismo. Ahora los expertos regularán su vida no en nombre del proletariado o el socialismo Fabiano sino –mucho mejor- en el nombre de la tierra misma.

Los ecologistas son los sacerdotes de Gaia, instruyéndonos para su propio servicio y expulsando a quienes se rehúsan a arrodillarse. Y habiendo proclamado el definitivo mandamiento –castidad carbónica- ellos están preparando la legislación canónica de apoyo que le dirá a usted cuánto puede viajar, qué tipo de luz usará para leer, y a qué temperatura deberá ajustar el termostato de su dormitorio.

El Lunes pasado, un comité del Parlamento Británico propuso que a cada ciudadano se le exija llevar una “tarjeta de carbono” que debe ser presentada, bajo pena de la ley, cuando se adquiera gasolina, tomando un avión, o usando electricidad. La tarjeta contiene el balance de su ración anual de carbono que debe ser registrado con cada compra, cada viaje, cada compra.

No hay poder social más grande que el poder de racionar. Y fuera del racionamiento de la comida, no hay instrumento más grande de control social que el racionamiento de la energía, la moneda o casi cualquier cosa que uno usa en una sociedad avanzada.

Entonces, ¿Qué propone como alternativa el agnóstico del calentamiento global? Primero, más investigación –sin manchas y confiable – para determinar (a) si la huella de carbono está perdida o no entre las masivas fuerzas naturales (desde la actividad de las manchas solares hasta las corrientes oceánicas) que afectan al clima, y (b) si el efecto humano es realmente significativo, si el sistema climático planetario tiene los mecanismos homeostáti-cos (como los bucles de realimentación en el cuerpo humano, por ejemplo) con los que lo puede compensar.

Segundo, reducir la huella de carbono en el ínterin haciendo lo puede hacerse, más que algo económicamente ruinoso y socialmente destructivo. El paso más obvio es un movimiento grande hacia la energía nuclear que, para la atmósfera, es lo más limpio de lo limpio.

Pero sus futuros amos han previsto esa contingencia. La Iglesia del Ambiente también promulga Dogmas Secundarios. Uno de esos dogmas es un estricto Tabú Nuclear.

¿Muy conveniente, no es verdad? Saque de la mesa esta alternativa reemplazante del carbón y estaremos racionando todo lo demás. Adivine quiénes dictarán el racionamiento –y quienes lo sufrirán.

letters@charleskrauthammer.com