Hora de Córdoba
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Cambio Climático: ¿Política del Calor o del Frío?

Por Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC

El tema del calentamiento global –catastrófico, por supuesto- se ha convertido en un tema que ha alcanzado dimensiones desproporcionadas con respecto a su real importancia. Es un tema donde la ciencia de los hechos comprobados apenas ocupa una parte minúscula, y el uso politizado de innumerables suposiciones y conjeturas ocupa totalmente la escena desplazando al sentido común y a los razonamientos científicos.

En los últimos 5 o 6 años se han venido realizando una enorme cantidad de “Conferencias sobre el Clima” que tienen lugar en exóticos lugares del mundo, y que en promedio ocurren a una por mes –todas patrocinadas y financiadas por alguna combinación de asociación entre el Panel Interguberna-mental del Cambio climático (IPCC), gobiernos, agencias científicas de esos gobiernos, embajadas y asociaciones de industrias conectadas con el floreciente negocio de las energías alternativas. Todas esas conferencias y congresos dan por supuesto que el hombre es el causante del calentamiento, y que hay una manera de reducir ese calentamiento –y evitar el cambio climático- y es reducir las emisiones de dióxido de carbono causadas por la quema de combustibles fósiles. Como esas emisiones son producto de la actividad industrial y otras actividades productivas, como el agro, y el transporte de esos bienes de consumo imprescindibles para la vida, las metas de reducción propuestas implican una reducción de todas esas actividades a niveles de producción de principios del Siglo 20 –sólo que con una población de 6500 millones de habitantes y no de 2000 como entonces.

Las metas propuestas por el Protocolo de Kioto significará la muerte por inanición, o cuando menos extensas hambrunas, de varios miles de millones de habitantes del mundo, en especial de aquellos países en donde el color de la piel sea más oscuro que lo “políticamente correcto”. Nos cuenta Wikipedia que T.M. Wigley, del National Center for Atmospheric Research (NCAR), publicó en 1998 los resultados de la aplicación de un modelo climático a los efectos del Protocolo de Kioto, distinguiendo tres casos en el comportamiento de los países del anexo B del protocolo (los industrializados):

  1. Que el cumplimiento del protocolo fuera seguido por una sujeción a sus límites, pero sin nuevas medidas de reducción;


  2. Que el protocolo fuera cumplido, pero no seguido de ninguna limitación (lo que se llama en inglés bussiness as usual);


  3. Que el protocolo, una vez cumplido, se continuara con una reducción de las emisiones del 1% anual.

Las reducciones del calentamiento previsto por el modelo para 2050 (2,5°C) eran respectivamente de entre 0,11 a 0,21 °C (aproximadamente 6%), 0,06 a 0,11 °C (3%) y alrededor de 0,35 °C (14%). En todos los casos los resultados son muy modestos. Esto se traduce también a que el retraso en el tiempo para llegar a los 2,5ºC predichos por los modelos será de apenas 16 años. Una conclusión es que, según estos dudosos modelos climáticos, a pesar de que las emisiones de CO2 de las activi-dades humanas se redujeran a CERO, la reducción sería la ínfima cantidad mencionada más arriba: 0,06ºC para el año 2050, como lo muestra un gráfico del Hadley Center de Gran Bretaña:

Figura 1: Resultado de la disminución de temperatura obtenida por las provisiones del Tratado de Kioto y la temperatura que habría sin aplicar la reducción de emisiones de CO2.
Fuente: Hadley Center, G.B.

Sin embargo, en nombre de alcanzar tan minúsculos resultados se lanzará a la humanidad de regreso a los modos de vida del siglo 19, tan apreciados por los románticos ecologistas. Volveremos a vivir a la manera del “noble salvaje” de Jean-Jacques Rousseau.

La publicidad y el tratamiento mediático que esas conferencias reciben las presentan como si fuesen “conferencias científicas”. En verdad, casi todas ellas son eventos políticos cuidadosamente planeados y los científicos que asisten a ellas van por motivos de constitución de redes de acción política. Pre-sentar estudios y escuchar nuevos descubrimientos no es el objetivo primordial –dado que la Internet ofrece hoy el mejor de los métodos de distribución de información al instante, sin necesidad de viajar miles de kilómetros y perder una semana de trabajo en lujosos hoteles bebiendo sabroso champagne- y sintomática y significativamente, los científicos racionales y escépticos de la calidad catastrófica del cambio climático, son universalmente excluidos de las deliberaciones.

Los científicos conocedores, responsables y activos en la investigación profunda de los fenómenos naturales, entienden los alcances y significados de esta Oktoberfest de pseudo-ciencia politizada y saben que su propia credibilidad científica descansa sobre el envío de sus estudios a genuinos con-gresos de científicos tales como el encuentro anual de la Unión Americana de Geofísicos, en San Fran-cisco cada diciembre, o a encuentros regionales de grupos especializados o de intereses especiales.

Una vez visto el carácter político y poco científico de todas esas reuniones, incluida la presentación de los conocido Informes de Evaluación del IPCC, y la catarata de desinformación que la prensa le provee al público de la calle, surgen las lógicas preguntas que ese público hace y que hasta hoy los medios no han sabido responderla con seriedad: “¿El cambio climático será tan malo como lo anuncian? ¿En ver-dad la tierra se ha calentado de manera catastrófica? ¿Salvaremos al planeta reduciendo el consumo de petróleo –aunque la humanidad resulta perjudicada gravemente? ¿Quién está ganando miles de millones con este asunto de salvar al planeta?"

Pero muchas de las preguntas más importantes no las hacen el público sino los miles de científicos a quienes la famosa teoría del invernadero y el calentamiento global no les cierra –para nada. La primera objeción de los “escépticos” es que el clima es algo que ha variado durante toda la historia de la Tierra, y que lo seguirá haciendo así el hombre esté presente o ausente. Dicen que en tiempos relativamente recientes, como entre los años 800 y 1250 de nuestra era, durante el llamado Período Cálido Medieval o también Pequeño Óptimo Climático, la temperatura global de la Tierra era hasta de 2,5ºC más caliente que hoy –perdón, hasta el año 1998. En su informe de 1991, el IPCC mostraba un gráfico como este:

Figura 2: Las temperaturas obtenidas por medio de estudios proxy (anillos de árboles, estomas en hojas fósiles del fonde de lagos, etc), demuestran que la temperatura durante los años que van entre los años 800 al 1250 llegaron a ser hasta 2º C más alta que hoy.

Demuestran los escépticos que no hay registros históricos de que esa mayor temperatura haya causa-do una subida de los niveles de los océanos cubriendo la isla de Manhattan, o sumergiendo islas en el Pacífico. Los registros que se conservan hablan del enorme impulso que el calor de la época le dio a las economías europeas y de oriente, facilitando y promoviendo el intercambio comercial entre naciones, viajes como los de Marco Polo, la extensión de las áreas de cultivo y el alargamiento de las temporadas de cosechas, y hasta incluye la colonización vikinga de Groenlandia (según Eric el Rojo, Tierra Verde!). En ese período era normal el cultivo de viñedos en Inglaterra, y la minería en las alturas de los Alpes –actividad cancelada más tarde con la llegada de la Pequeña Edad de Hielo que la sepulta bajo el hielo de los glaciares. Esos glaciares, al retirarse hoy, dejan al descubierto la evidencia de que en esa época la temperatura era mucho más alta que hoy.

La Pequeña Edad de Hielo comienza alrededor del 1280, y se profundiza a partir de 1640, cuando ocurre el famoso Doble Mínimo Solar de Maunder, un período de 70 años en el que no se observaron manchas en la superficie del sol. La actividad solar se había reducido a su mínima expresión en muchos siglos. Hoy está sucediendo exactamente lo mismo.

Es el Sol, amigo mío!

Analizando los registros históricos de la actividad de las manchas solares, los climatólogos han podido establecer una correlación muy estrecha entre la variabilidad del sol y la temperatura de la Tierra, algo que instintivamente nos suena como algo lógico: después de todo, de dónde proviene el calor que permite la vida en la Tierra? Si esa fuente de calor tiene variaciones, lógicamente eso se reflejará en el clima del planeta.


Figura 3: Variaciones modeladas del flujo solar y de las desviaciones
de la temperatura en el hemisferio norte (curva fina, media de 11 años.)


Y los astrofísicos han descubierto que hay una muy estrecha relación entre el largo del ciclo solar y la temperatura global de la tierra. Nadie conoce el mecanismo por el que una variación en el largo del ciclo solar influye sobre las corrientes marinas, y las oscilaciones cíclicas que presentan los océanos Pacifico y el Atlántico Norte, pero se sabe que cuando la Oscilación Decadal del Pacífico y la Oscilación del Atlántico Norte están en su fase cálida, la Tierra se calienta, y cuando entran en la fase fría, la Tierra se enfría. Curiosamente –o no tanto- esas variaciones en las corrientes marinas coinciden con las variaciones de la actividad solar.

El CO2 es inocente de los cargos

En realidad, y como todas las evidencias científicas lo demuestran, la correlación entre los niveles de dióxido de carbono, o CO2, de la que Al Gore habla apasionadamente en su documental Oscarizada y Nobelizada, es simplemente inexistente en cualquiera escala de tiempo que se investigue! Científicos de reconocido renombre como Eric Monnin o Jan Vezier han demostrado más allá de toda duda que la rela-ción que el CO2 tiene con la temperatura, es que el aumento de esta última es quien provoca el au-mento de los niveles de CO2 en la atmósfera. No hay que remontarse demasiado en la historia para comprobarlo: entre los años 1940 y 1980, la actividad industrial emitía cantidades cada vez mayores de CO2 al ambiente, como nunca antes, las temperaturas descendieron provocando una gran alarma entre los científicos que pregonaban una "nueva edad de hielo”. Pero, lo mismo que la actual alarma por el calentamiento, el inminente enfriamiento era atribuido a las emisiones de CO2 del hombre.

De manera similar, el hecho de que el vapor de agua constituye el 95% por volumen de los gases llama-dos de invernadero, es ignorado de manera conveniente por la documental Nóbel de Al Gore. Mientras que la humanidad anualmente contribuye al CO2 de la atmósfera con unas 5 a 7 Gigatoneladas (o miles de millones de toneladas) de CO2, algo que a escala humana parece ser enorme, en realidad es menos del 0,5% del CO2 que actualmente existe en la atmósfera de la Tierra. Las emisiones humanas son mini-mizadas hasta lo ridículo por las emisiones naturales de la biosfera del planeta, que anualmente produce unas 210 Gigatoneladas de CO2 todos los años. Quizás lo más importante es que la imprecisión en la manera y las tecnologías disponibles para medir o calcular las emisiones naturales es que la incertidum-bre y el margen de error es de unas 80 GT, lo que hace que las 5 o 7 Gt humanas no merezcan ser mencionadas.

La influencia del CO2 sobre el clima de la Tierra ha sido exagerada de manera catastrófica, y no tiene bases científicas serias para seguir considerando que su aumento será un peligro para la vida sobre la Tierra. Por el contrario, los mayores niveles de CO2 han contribuido a una mayor producción de biomasa en el reino vegetal: el CO2 es el alimento básico de las plantas, y una duplicación de los niveles de dióxido de carbono provocará un aumento de entre el 20 y el 45% de los rendimientos en la producción de cosechas, en los cereales tipo C3 y C4, y de hasta el 49% en tubérculos y otras raíces.

Un beneficio extra que causaría un calentamiento de 2º C más es la extensión de las tierras de cultivo hacia los polos y un alargamiento de las estaciones de siembra y cosecha, aumentando de manera significativa la producción de alimentos para la humanidad, justo en momentos en los que la crisis alimentaria parece estar rogando por que algo así suceda lo más pronto posible. Desgraciadamente, las perspectivas no son nada buenas viendo las predicciones de los astrónomos y astrofísicos sobre el futuro comportamiento del sol. Una nueva pequeña edad de hielo sumiría a la humanidad en las condi-ciones de cortas temporadas de siembra y menos áreas de cultivos en el Hemisferio norte, y una con-siguiente escasez de alimentos a escala mundial.

Sólo un avance en las tecnologías agrarias, un mayor desarrollo y aceptación de especies transgénicas de cereales, frutas, verduras, legumbres y otros vegetales podrán ayudar a que la humanidad pueda sobrellevar, con no tantas penurias como antaño, una nueva edad de hielo. Es imperioso que los gobiernos consideren planes de adaptación a las nuevas condiciones que este cambio de clima que se avecina –que ha cambiado su curso de calentamiento a enfriamiento- para que los fríos no tomen de sorpresa a sus ciudadanos. Si aplicasen de manera correcta el llamado Principio de Precaución, no deberían pasar por alto los indicios que hemos venido teniendo desde 1998 a la fecha, y que se han agravado desde Enero 2007 a hoy, Junio 2008. En ese período de 17 meses la Tierra se ha enfriado globalmente 0,774ºC – siete décimas de grado, sí, pero son las mismas décimas que se había calen-tando durante los últimos 150 años.


Fig. 4: Anomalías de temperatura de la baja troposfera entre 1979 y Mayo 31, 2008,
de acuerdo con las mediciones de los satélites de la NASA.

Fuente: UAH, Drs. Roy Spencer & John Christy, Universidad de Alabama, Huntsville.

Hemos tardado 150 años en calentarnos 0,7º C, pero nos hemos enfriado en 17 meses esa misma can-tidad. Sería mejor prevenir antes que curar mientras nos lamentamos… Entones vale la pena escuchar algunas opiniones de científicos que disienten con el alarmismo cataclísmico del calentamiento global:

El Nivel de Mar Sube, Los Osos Polares Estables, Las Capas de Hielo se Engrosan…

Para terminar, no hay un significativo calentamiento global causado por el hombre. Tampoco hubo ninguno en el pasado, no lo hay ahora y no hay razón alguna para creer que habrá uno en el futuro. El clima de la Tierra está cambiando. Siempre estuvo cambiando, y lo seguirá haciendo hasta el fin de la historia. Pero las actividades del hombre no han abrumado ni modificado de manera sustancial a las fuerzas naturales.

Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC