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LA PÁGINA DE ANTÓN URIARTE

El anticientífico culebrón novelado de Al Gore, "Una Verdad Inconveniente" ha hecho énfasis sobre la catástrofe Apocalíptica que significaría el deshielo de la Antártida. Aunque no ha afirmado que el continente blanco se derretirá, el contexto dentro del que se desarrolla toda argumentación catastrofista, así lo sugiere. Dirá él: "Nunca lo afirmé" -pero a la posibilidad la ha dejado "picando" de tal forma que los descuidados o los muy ingenuos terminarán haciéndose "un gol en contra".

Para permitir que los lectores de este sitio puedan tener una base científica seria -y no de "película de Gore"- les presentamos la segunda parte del material que publica en su sitio web Historia del Clima de la Tierra, el climatólogo español, Dr. Antón Uriarte, para que puedan tener material para despejar dudas y miedos -que es la intención que tiene Mr. Al Gore al presentar su escandalosa pieza de desinformación seudocientífica.



El hielo de la Antártida

Más del 85 % del área terrestre ocupada por hielos permanentes se encuentra en la Antártida. Un 10 % corresponde al hielo de Groenlandia y el resto, menos de un 5 %, al conjunto de todos los otros glaciares y pequeños casquetes helados.

el hielo continental

El espesor medio del hielo en la Antártida es de 2,4 kilómetros y en algunos luga-res llega casi a los 5 kilómetros. Su volumen es tan grande que su descongelación completa elevaría el nivel del mar unos 60 metros. La mayor parte de la masa de hielo, casi el 90 %, se encuentra en la Antártida Oriental.

Análisis satelitarios de la evolución del espesor del manto en el período 1992-2003 indican un incremento en la mayor parte de la Antártida Oriental y un adel-gazamiento en la mayor parte de la Antártida Occidental. En el balance global se ha producido un leve aumento de 1,4 cm/año (Davis, 2005).

Mapa de la Antártida en la actualidad. Topografía aproximada en metros.

la banquisa de hielo marino

La banquisa de hielo que rodea la Antártida experimenta una gran variación en su extensión estacional (unos 3 millones de km2 en verano y 18 millones de km2 en invierno). Las mediciones satelitarias indican que ha tenido una ligera tendencia al aumento durante el período 1979-1999 (Parkinson, 2002).

Una zona delicada es la Península de la Antártida, ya casi fuera del círculo polar. Recientemente se ha producido allí, a unos 65ºS, una fusión parcial de la plata-forma marina de Larsen B, que ha venido unida a un calentamiento del aire en el transcurso de las últimas décadas. La repercusión en el nivel del mar es casi nula, ya que es hielo marino flotante y que no sujeta apenas ninguna masa de hielo continental (Vaughan, 1995). Además, el análisis de la historia de la plataforma de Larsen B indica avances y retrocesos importantes durante el transcurso del Holoceno (Domack, 2001). Durante varios períodos del Holoceno algunas de las otras plataformas de hielo que rodean la Península han estado ausentes (Hodgson, 2006).

Se cree cada vez con más certeza de que este proceso de disminución del hielo en esa región va ligado los cambios de circulación atmosférica que determinan el movimiento y deriva del hielo flotante (Harangozo, 2006).

 

Arriba, la banquisa de hielo de la Antártida en Septiembre (izquierda) y en Febrero (derecha),

la temperatura

Las series termométricas de las escasas estaciones meteorológicas situadas en la Antártida no han mostrado durante el siglo XX ningún tendencia apreciable en su conjunto, ni de calentamiento ni de enfriamiento (Turner et al. 2002). Esta falta de calentamiento en superficie contradice los resultados de los modelos climáti-cos, según los cuales allí debería haberse producido ya un calentamiento mayor que en el resto del globo. Algunos autores creen incluso que por interpolación se puede deducir un ligero enfriamiento del continente durante las últimas décadas (Doran, 2002; Blanchard, 2002). Sin embargo, recientes reanálisis de los datos de los radiosondeos obtenidos con globos indican en altura un significativo calentamiento invernal entre 1971 y 2003 (Turner, 2006).

Analizando las series con más detalle, se observa, por ejemplo, que desde 1960 la estación Amundsen-Scott del Polo Sur indica un enfriamiento de 0,20ºC por déca-da, y la estación costera Halley no muestra ninguna tendencia significativa. Por el contrario, la temperatura del aire troposférico sobre estas dos estaciones me-dida con globos sonda indican más bien una tendencia al calentamiento.

Temperatura anual en la estación Amundsen-Scott
situada en el Polo Sur durante el período 1957-2001.

Hay que destacar la excepción de la Península de la Antártida, en donde se ha producido un calentamiento neto del orden de 2,5 ºC en los últimos cincuenta años, relacionado probablemente con la ruptura y descongelación de la plata-forma de hielo marino Larsen B, y probablemente motivado, como hemos dicho, por una variación del régimen de vientos (Orr, 2004). La mayor parte de los gla-ciares de esta península muestran en los últimos años una tendencia al retroceso, aunque no está claro que la causa única sea ese calentamiento (Cook, 2005).

el futuro

Aunque —según vaticinan los modelos numéricos—, se produjese en la Antártida un calentamiento en las próximas décadas, el deshielo directo provocado por esta causa sería mínimo. Ocurre que en la mayor parte del continente, excepto en algunas regiones costeras —y especialmente en la Península de la Antártida—, las temperaturas están casi siempre muy por debajo del punto de congelación, por lo que un incremento de 2ºC o 3ºC no provocaría apenas ninguna fusión del hielo. Por el contrario, este incremento térmico podría hacer aumentar la capacidad higrométrica del aire y consecuentemente las precipitaciones de nieve, provocando una mayor acumulación de hielo en la Antártida, lo que haría bajar en unos cuantos centímetros el nivel del mar (IPCC, 2001). Sea lo que sea, el análisis en la acumulación de nieve durante la segunda mitad del siglo XX no muestra ningún cambio significativo (Monaghan, 2006).

Otro problema diferente, y más complicado de vaticinar, es el posible colapso del manto de hielo que recubre la Antártida Occidental. Gran parte del manto de hie-lo en esta zona occidental se apoya en las plataformas de hielo costero de Ronne (en el mar de Wedell) y de Ross.

Estas plataformas de hielo flotante, de varios cientos de metros de espesor, actúan de contrafuertes del hielo continental. Uno de los temores para el futuro, si el calentamiento global se confirma y se hace más intenso, es que podrían deshelarse y provocar grandes deslizamientos de hielo desde el continente al mar (Oppenheimer, 1998). Ocurre que estas plataformas de hielo no se apoyan en el fondo marino, sino que, por el contrario, tienen agua por debajo que socava su base. Si el mar se calentase, podrían sufrir una fusión suficiente como para que se desgajasen en icebergs que las corrientes alejarían mar adentro. Tras menguar o desaparecer estas plataformas marinas, es posible que, a continuación, se acelerase la caída del hielo continental que sujetan. Algunos estudios indican una aceleración de la caída de los frentes de algunos glaciares en los últimos años en el mar de Amundsen (Thomas, 2004). Sin embargo, otras mediciones recientes del hielo en la zona de Ross indican que en los últimos tiempos lo que se produce allí es lo contrario, más acumulación de hielo, y desaceleración de las corrientes de hielo que descienden hacia la plataforma marina (Joughin, 2002 y 2005; Raymond, 2002).

referencias: