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La luz solar reflejada por la Tierra desde 1983
aporta claves inéditas del cambio climático


Gentil aporte de nuestro amigo en España:
Rafael Truan Silva, Barcelona, España

Madrid, 31 mayo (Abc): A lo largo de la semana pasada, el teléfono del astrofísico Enric Pallé en el Observatorio Solar Big Bear de California no paró de sonar. Junto a la también española Pilar Montañés-Rodríguez, Pallé es coautor de un estudio publicado el pasado viernes en la revista 'Science' que avivará el debate en Estados Unidos sobre la influencia humana en el acelerado calentamiento del planeta, cuestionado por la Casa Blanca para justificar su rechazo al Protocolo de Kioto.

Al margen de su posible uso político, este trabajo que combina astronomía y clima es relevante porque es el primero que evalúa los cambios a largo plazo en la cantidad de energía solar reflejada por la Tierra hacia el espacio. Para sorpresa de la comunidad científica, el nivel de luz solar rebotada disminuyó desde 1983 hasta hace sólo tres años, cuando esa tendencia comenzó a invertirse. Para medir este fenómeno de refractancia llamado albedo terrestre, estos científicos recurrieron a un método peculiar pero fiable: la observación nocturna del brillo de la Tierra reflejada en el lado oscuro de la Luna. Es la luz solar que se proyecta en nuestro satélite tras rebotar en las nubes terrestres, las partículas lanzadas por los volcanes y las emitidas a la atmósfera por actividades humanas contaminantes.

La explicación de Leonardo da Vinci

Durante miles de años, sin poder comprender su origen, la Humanidad observó con extrañeza que la Luna en su fase creciente exhibe una pequeña franja iluminada, mientras que el resto del disco lunar desprende un fantasmal resplandor que dibuja su contorno. Fue Leonardo da Vinci quien, fascinado por el brillo nocturno de los océanos, explicó en el siglo XVI la causa de ese enigmático fenómeno: la porción iluminada de la Luna recibe directamente luz del Sol; el débil resplandor en el lado oscuro es el brillo de la Tierra, la luz solar que el planeta rebota.

Con la observación de ese fenómeno durante ocho años con un telescopio en California, combinado con datos de satélites sobre las nubes del planeta durante veinte años, este grupo contrastó el descenso de la energía solar reflejada al espacio, lo que empezó a cambiar completamente en 2001. Este equipo dirigido por Philip Goode, del Instituto Tecnológico de New Jersey, precisa que la causa de esa drástica fluctuación de la intensidad del albedo no está clara, aunque guardaría relación con la variabilidad natural de las nubes.

Esta incógnita es crítica para analizar el cambio climático. Pallé explicó a ABC que el factor fundamental que gobierna el clima terrestre es la cantidad de energía recibida del Sol, que puede variar si nuestra estrella aumenta su brillo o si cambia la cantidad de nubes que reflejan esa energía hacia el espacio.

"Si el albedo ha estado decreciendo en los últimos veinte años, y el Sol ha estado emitiendo la misma cantidad de energía todo este tiempo, significa que ha llegado más energía a nues-tra superficie, provocando un calentamiento"
, matiza Enric Pallé. "Esa energía solar puede ser repartida, compensada o interactuar con la radiación infrarroja. Eso no lo sabemos. Pero en principio, el que el albedo haya decrecido significa que hay más energía y calentamiento de la Tierra", explica.

Estos resultados son especialmente importantes porque suponen que la contribución de facto-res naturales al rápido incremento de la temperatura mundial -en este caso el aumento de las nubes entre 1983 y 2001- es mayor de la esperada. 'Nuestros resultados seguramente serán usados ideológicamente. Pero creo que ni niegan ni sostienen el cambio climático inducido por las emisiones de dióxido de carbono. Nos dicen que hay más factores en juego, como las nubes, que en mi opinión gobiernan el clima terrestre, y que esos factores adicionales deber tenerse en cuenta y medirse', añade.

En los informes científicos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas
no pudo tenerse en cuenta la evolución del albedo por la variabilidad natural de las nubes. Sencillamente porque no había datos. El equipo de Goode es el único que hace este seguimiento a largo plazo de la energía reflejada por la Tierra.

Canarias, Irlanda y California

La pasada semana, Enric Pallé y Pilar Montañés-Rodríguez acaban de ver renovadas sus becas postdoctorales en el Observatorio Solar Big Bear para continuar con este proyecto durante tres años. Pallés es licenciado por la Universidad Autónoma de Barcelona. Tras dos años de trabajo en Canarias se trasladó al Armagh Observatory, en Irlanda. En Canarias conoció a Pilar Monta-ñés-Rodríguez, natural de Tenerife, que obtuvo también una beca en el centro astronómico irlandés.



Comentario de FAEC:

Sería lógico y sensato que Enric y Pilar cotejen sus observaciones con otros factores ya observa-dos en el mundo real por otros científicos. Concretamente, la variación en la actividad solar, res-ponsable del viento solar que llega a la Tierra y desvía los rayos cósmicos que inciden de manera directa sobre la formación de las nubes.

Pero aquí se presenta un problema serio: hay un fuerte conflicto entre lo que sostienen Pallé y Montañés-Martínez, y lo observado y registrado por otros científicos desde hacen muchos años. ¿Estarán Pallé et al., haciendo bien las cosas? ¿Son confiables sus resultados? Recordemos que por ahora se trata de una teoría que tiene que ser demostrada, y que debemos ser cautos al respecto. También tiene que ver con la gran incógnita de las ciencias climáticas:

¿Cuál es el verdadero rol de las nubes en el clima?

Aunque parezca mentira, los climatólogos no se han puesto de acuerdo sobre este aspecto FUNDAMENTAL de la climatología. La mayor parte de los modelos del clima suponen que las nubes contribuyen a calentar al planeta al actuar como una manta que impide la irradiación de la energía hacia el espacio. Estas personas no consideran el aspecto relacionado con el movimien-to de la atmósfera llamado convección.

Otros creen que las nubes actúan como enfriador del planeta al rechazar hacia el espacio la energía que proviene del Sol. ¿Quién tiene razón? Unos introducen a las nubes en sus modelos como una variable negativa, y los otros como una variable positiva. Es fácil imaginar que los modelos de clima no concuerdan entre ellos, y por ello no son confiables ni para predecir siquiera el tiempo de la semana que viene.

Veamos si podemos desarmar a este Nudo Gordiano.

Por ejemplo, si nos fijamos en el actual ciclo solar de 11 años (el No. 23), podemos ver que se inicia una fuerte actividad de manchas de Sol hacia el inicio del ciclo en 1996. Trate de analizar el gráfico usted mismo y vea si sus conclusiones son las mismas que las nuestras.



Si ha leído usted los estudios científicos del Dr. Theodor Landscheidt (fallecido el 28 de marzo pasado) sobre la variación de los ciclos solares, y el viento solar cercano a la Tierra, podría llegar a una conclusión muy fácilmente. El estudio del Dr. Landscheidt relativo al viento solar está en castellano en nuestro sitio en: "Viento Solar Cerca de la Tierra”, de donde hemos extractado una pequeña parte para despertar su curiosidad, y que comienza con el “Abstracto”:
Abstracto

El flujo magnético total que abandona al Sol, arrastrado por el viento solar, ha crecido por un factor de 2,3 desde 1901 (Lockwood et al., 1999). De manera concomitante, la temperatura global ha crecido en 0,5º C. La energía del flujo solar es transferida al ambiente cercano a la Tierra por la reconexión magnética y directamente a la atmósfera por las partículas cargadas. Existen indicaciones de que esta energía tiene efectos meteorológicos a pocos días después de las erupciones solares que generan corrientes de alta velocidad en el viento solar (Robert y Olson, 1973; King, 1974; Stolov y Shapiro, 1974; Schuurmans, 1979; Prohaska y Willett, 1983; Neubauer, 1983; Bucha, 1983; Herman y Gold-berg, 1985; Tinsley, 1996).

Vemos que existe una estrecha correlación entre el aumento del flujo magnético solar arrastrado por el viento solar y el calentamiento de 0,5º C experimentado desde 1901.

Svensmark y Friis-Christensen (1997) han demostrado que la cobertura de nubes global, observada por los satélites, está ligada a la fuerza de los rayos cósmicos galácticos modulados por el viento solar (r = 0,95). Este efecto, atribuido al sembrado de las nubes por partículas secundarias ionizadas (Pruppacher y Klett, 1997), indujeron un cambio en la cobertura nubosa de más del 3% en 3 ½ años. El correspondiente cambio en fuerza radiativa está en el rango de 0,8 a 1,7 W m-2. Esto es significativo, ya que el forzamiento radiativo total del CO2 acumulado en la atmósfera desde los tiempos pre-industriales es de unos 1.5 W m-2. Las mediciones del flujo de rayos cósmicos que registran miones en lugar de neutrones se remontan a 1937.

Cuando Svensmark (1988) comparó esta información con las temperaturas del hemisferio Norte, sus resultados fueron corroborados. Esta conexión está confir-mada por observaciones a corto plazo. Las disminuciones Forbush - súbitas caídas en el flujo de rayos cósmicos después de 2 días de las enérgicas erupcio-nes solares - coinciden con una reducción local de la cobertura de nubes del 3% (Pudovkin y Veretenenko (1995). En el largo plazo, el clima no debería ser afectado si la amplitud del efecto indirecto del viento solar sobre las nubes no cambiase. La fuerza del viento solar, sin embargo, se ha incrementado por un factor de 2,3 desde 1901.


En breves palabras, un aumento del viento solar (manchas de sol, erupciones, etc) significa menos nubes. ¿Por qué? Porque el viento solar "barre" con los rayos cósmicos que son los que favorecen la formación de nubes.

En el gráfico del Ciclo 23 se puede ver que la actividad solar (la cantidad de manchas) se incrementó a partir de 1996, y tuvo una tendencia ascendente hasta junio de1999, cuando sufrió una breve disminución del número de manchas, para recuperarse y seguir como “Sol activo” hasta Julio de 2000, momento en el que la actividad del Sol comienza a disminuir. Esto significa que el aumento de la actividad solar (y del viento solar) "barrió" todos esos años con los rayos cósmicos, y por ende hubo una menor cobertura de nubes, una mayor cantidad de energía llegó hasta la superficie y calentó al planeta.

Pero Enric Pallé y Pilar Montañés dan la fecha de junio de 2000 como el fin del aumento de la cobertura nubosa y el inicio de "cielos claros", sin nubes que atrapen al calor irradiado. En realidad, parecería que, de acuerdo a todos los estudios nombrados por el Dr. Landscheidt, publicados en muy serias revistas científicas, el asunto habría sido al revés. La actividad solar fuerte hace desaparecer las nubes, al barrer con los rayos cósmicos. ¿Quién tendrá la razón?

El tema se presta a confusión porque en la exposición del proceso, tal como la hace Pallé, hay expresiones negativas consecutivas, y luego positivas y negativas que se anulan entre sí, por ello trataremos de ordenar las piezas sobre el tablero para ver si podemos empezar a jugar.

Dicen Pallá y Montañés que la cobertura nubosa estuvo aumentando desde 1983, y que ello coincide con un aumento del calentamiento, y que en el 2000 este proceso se detuvo y se ha invertido. Según Pallé, la cobertura nubosa ha disminuido y la Tierra se ha enfriado. Esto haría que las nubes se consideren "calentadoras" del planeta. Muchas nubes = planeta caliente; Pocas nubes = planeta frío. Esta teoría se encuadra dentro del mantra del IPCC.

Pero, ¿qué pasa si las nubes en realidad enfrían al planeta? Exploremos esa posibilidad, y perdón por tener que repetir algo que muchos ya habrán comprendido.

De acuerdo a los estudios de Landscheidt, y muchos otros astrónomos y astrofísicos,
  1. El aumento de la actividad solar provoca un aumento en la intensidad del viento solar,

  2. El viento solar protege a la Tierra de los rayos cósmicos desviándolos de su curso.

  3. A su vez, la disminución de los rayos cósmicos dificulta la formación de nubes y la cobertura nubosa disminuye.

  4. Por ende, por un lado aumenta el ingreso de la radiación solar y se incrementa la absorción de energía por parte de las superficies oscuras de la Tierra,

  5. Y por el otro lado disminuye la reflexión hacia el espacio de la radiación que incide desde el Sol, provocada por la cobertura de nubes de color blanco.

  6. La Tierra se calienta por mayor absorción de energía recibida por falta del "escudo" de nubes.
¿Los gases de invernadero? Bien gracias. Casi no tienen nada que ver.

Más interesante todavía, Landscheidt escribe en su estudio:

Herman y Goldberg (1978) han demostrado que la energía del viento solar se con-centra en las latitudes de un estrecho cinturón circumpolar cerca de la zona de las auroras. En adición, tomando en cuenta la incidencia sesgada del flujo radiante del Sol, ellos calcularon que la potencia disponible del viento solar llegaría al 20% del flujo electromagnético del Sol.

Si Svensmark pudiese mostrar en detalle, en sus experimentos de laboratorio planeados en cooperación con el CERN, la manera en que los rayos cósmicos galácticos, regulados por el viento solar, afectan al desarrollo de las nubes, entonces hasta deberíamos conceder que la energía de la luz de las estrellas es suficiente para afectar al clima. Los rayos cósmicos y la luz de las estrellas inyectan casi la misma cantidad de energía en la atmósfera.

Por lo tanto, el aumento de la reflectividad de la energía de vuelta al espacio está causada por el aumento de la cobertura nubosa, hecho provocado por un aumento de los rayos cósmicos llegando a la atmósfera, a su vez resultado de la disminución del viento solar, consecuencia de la disminución de la actividad solar hacia fines del ciclo 23. Como vemos, es una larga serie concatenada de causas y efectos que controlan la temperatura de la Tierra – algo que ya ha sido demostrado por los astrofísicos que estudian la actividad del Sol, pero que los climatólogos siguen mirando con desdén (¿O quizás sospechan que esto podría poner fin a sus carreras como modelistas del clima? En realidad, los climatólogos consideran a los astrónomos y astrofísicos como intrusos en un campo que no es de su incumbencia. (¿Soberbios, nosotros?)

CONCLUSIÓN

El Dr. Landscheidt predice en sus estudios - y las observaciones de muchos científicos parecen confirmar que su razonamiento es el correcto – la actividad del Sol continuará disminuyendo, y hacia el año 2030 se producirá un
Doble Mínimo Gleissberg de similares características y consecuencias a las que tuvo el Doble Mínimo Maunder del siglo 16. El Doble Mínimo Maunder sumió a la Tierra en la Pequeña Edad de Hielo, un descenso de temperatura media global que, sin llegar a constituirse en una Edad de Hielo completa, hizo descender la temperatura del planeta en unos 2º C, cubriendo nuevamente de hielo a Groenlandia, que entre el 800 y el 1300 era una tierra cubierta de vegetación, fértil y de cultivo, como lo atestiguan los antiguos vikingos. Un descenso de temperatura de esa magnitud hará que se registren heladas más muy severas hasta en regiones mediterráneas que hoy están dentro de la franja tropical, entre los 12ºN y 12ºS.

¿Y el Protocolo de Kioto? Para el calentamiento global sería como “una Curita para un cáncer”, pero de implementarse habrá causado una hecatombe económica tan importante que la humanidad estará desarmada e indefensa para afrontar el problema de una cuasi glaciación. Esta es la única oportunidad que la humanidad tiene de aplicar atinadamente el Principio de Precaución: es tan catastrófico el riesgo que impone una Edad de Hielo a la humanidad, que no tenemos que correr ningún riesgo al respecto. No a la resurrección del protocolo de Kioto. Nos jugamos la vida.

Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC


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