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El 13 de Diciembre, la Zoncera del Agua
y la Soberanía Energética

PARTE I

Por Federico Bernal *

“No hay fuerza mayor en la historia, que una idea a la que le ha llegado su hora”.
Víctor Hugo

La Zoncera del Agua: la madre que las parió a todas

Arturo Jauretche enseñó que la zoncera madre Civilización y Barbarie aplicable a América latina, ha engendrado a todas las demás: hijas, nietas, bisnietas y tataranietas, integrantes de la vasta familia de la colonización pedagógica y la dependencia cultural. En materia energética, el equivalente a Civili-zación y Barbarie es la Zoncera del Agua.

A los argentinos nos enseñaron que el descubrimiento de petróleo ocurrido en Comodoro Rivadavia el 13 de diciembre de 1907, se debió exclusivamente a un hecho azaroso, una simple coincidencia. La creencia dictamina se buscaba agua y apareció petróleo; aquí, muy concisamente, la zoncera del Agua. El desprestigio y la tergiversación (politización) del hallazgo, por cierto nada casual, se propuso cuatro grandes objetivos. Primero, desvirtuar el nacimiento de nuestra vida petrolera, y al hacerlo, ocultar los protagonistas del descubrimiento, sus ideas, acciones y el modelo de país que profesaban.

Segundo, atentar contra la gestión, planificación y control estatales en materia energética, pilar fundamental de un Estado rector de la economía e industrialista (verdadera ley que preside el desarrollo en un país semicolonial).

Tercero, inhibir el desenvolvimiento de una conciencia nacional colectiva acerca de la importancia de tan estratégicos recursos (incluyendo al gas natural).

Cuarto y último, eliminar el prestigio mediante el cual la ciencia en acción, y produciendo excelentes resultados, provoca en las nuevas generaciones el estímulo fundamental (vocación) por las profesio-nes de mayor importancia para el desarrollo independiente de nuestra ciencia y tecnología.

Resta menos de dos años para el bicentenario, y de no mediar en el muy corto plazo un cambio en el modelo energético vigente, los argentinos del siglo XXI estaremos como nuestros compatriotas de 1810: sin electricidad, calefacción, gas natural, ni combustibles; en pocas palabras, sin energía eléc-trica. En realidad, habiendo transcurrido casi doscientos años de adelantos científicos y tecnológi-cos, el balance nos ubica relativamente mucho peor. A la luz de dicha encrucijada energética, el análisis de los cuatro objetivos que subyacen detrás de la zoncera acuífera reviste crucial interés. Veamos por qué.

Si bien la intervención estatal en materia mineralógica data del artículo sexto del Plan de Operaciones de Mariano Moreno y Manuel Belgrano, la iniciativa petrolífera nació puntualmente en 1902, bajo el segundo gobierno de Roca. A partir de ese año y bajo la Comisión de Estudios de Napas de Agua, Yacimientos Carboníferos e Investigaciones Geológicas, se planificó e investigó la geología y mineralogía del subsuelo argentino con el expreso y documentado propósito de encontrar petróleo, carbón mineral y agua. No obstante, los acontecimientos generatrices que desembocaron en el descubrimiento de 1907, se remontan a la unificación del Estado Nacional y la derrota transitoria del mitrismo con la federalización de la provincia de Buenos Aires, en 1880.

Unidad nacional y energía para la Nación

“A este paso nos convertiremos en la granja
de las grandes naciones manufactureras”.
Carlos Pellegrini, 1876.

Entonces se puso en marcha un país que con altibajos y catapultado por las crisis cíclicas del capitalismo mundial, sentía como necesidad dominar los resortes básicos de la economía, entre ellos el energético. Algunos años antes de la unifica-ción nacional, la sanción de la Ley de Aduanas de 1877 marcaría un hito en la política proteccionista (industrial) argentina, la cual posibilitó, como señala Adolfo Dorfman, el establecimiento de las primeras fábricas modernas del país en las déca-das de 1880 y 1890.

El triunfo de Avellaneda por los votos y por las armas (luego de aplastar la intentona golpista de 1874, conducida por Bartolomé Mitre, director del Diario “La Nación”, y José C. Paz, director de “La Prensa”), ponía fin a la hegemonía porteña que ya duraba desde la caída de Juan Manuel de Rosas, esto es, un cuarto de siglo. Por consiguiente, era totalmente lógico para los vencedores y el modelo de país que encaraban, su preocupación por hacerse de recursos energéticos propios, esto es, transitar el camino de la soberanía energética. ¡La flamante unidad nacional así lo demandaba!

Pero, ¿quiénes pusieron término al cuarto de siglo mitrista? Los hombres de la generación del 80, integrantes del movi-miento industrialista de fines de siglo XIX: José y Rafael Hernández, Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, Roque Sáenz Peña, Estanislao S. Zeballos, Ezequiel Ramos Mejía, Dardo Rocha, Miguel Cané, David Peña, Eduardo Wilde, Florentino Ameghino, Osvaldo Magnasco, Juan Bialet Massé, Enrique Hermitte, entre otros.

Las ideas progresistas en relación a la intervención del Estado en la economía, la tradición nacionalista democrática, el antimitrismo, el antiroquismo (una vez que Julio A. Roca se funde con la oligarquía porteña, traiciona a Pellegrini y a Magnasco) así como el apoyo a Hipólito Yrigoyen, los embebía a todos. El descubrimiento del petróleo y la intervención estatal como productor a partir de 1910 bajo la Dirección General de Explotación de Petróleo de Comodoro Rivadavia predecesora de YPF, fueron consecuencia directa de las ideas y el accionar revolucionario de estos hombres, coetáneos de la transformación mundial del capitalismo en imperialismo.

El síndrome Jauretche-Kusch y la enfermedad recurrente del “mitrismo”

Ahora bien, desde 1907 hasta 1989, la política fiscal hidrocarburífera argentina ha sido precursora y modelo en el mundo entero. De la misma manera ha demostrado superior eficiencia que la iniciativa privada en prácticamente todas las épocas y en todos los niveles de los segmentos petróleo y gas natural. Por ejemplo, el número de pozos perforados entre 1907 y 1926 arroja la siguiente diferencia porcentual: 70 para YPF y 30 para los privados. Pocos saben además que en 1916, cuando el Estado ya había construido su primera destilería (1914), comprado el primer buque tanque (1914), iniciado la venta de crudo en el mercado interno (gracias a una producción de 43.795 m3) y comenzado a autofinanciarse, la inicia-tiva privada recién descubriría su primer pozo.

Si nos remitimos a los pozos de petróleo y gas natural perforados durante los últimos años de la YPF estatal, veremos que ésta descubrió en 1985 y 1990 148 y 98, respectivamente; mientras que los descubiertos por la gestión privada en 2000, 2003 y 2004 fueron 31, 17 y 21, respectivamente. Cabe destacar asimismo, que la depredación (y no explotación) de los hidrocarburos realizada por las compañías privadas durante la década menemista y el primer lustro del nuevo siglo se ha producido gracias a la inversión y a los descubrimientos realizados por la “ineficiente” YPF SE antes de ser privatizada. ¿Se habrán enterado los argentinos de estos antecedentes?

De igual forma los niveles de reservas señalaban en 1985 una disponibilidad de gas natural de 35 años y 14 en el caso del petróleo. Antes de la privatización (1989) disponíamos de 34 años para el primero e igual cantidad para el segundo. A fines de 2004, la Secretaría de Energía de la Nación indicaba un horizonte de reservas de 10,2 años para el gas natural y 9,5 años para el petróleo. Queda claro la diferencia en el modelo energético antes y después de la privatización.

Gracias a una eficiente y adecuada gestión y planificación estatal el país lograba mantener las reservas de petróleo estabili-zadas desde 1975 (en alrededor de 380 millones de m3). Esto por supuesto significaba que todos los años YPF descubría al menos reservas por la producción que se consumía anualmente. Pero desde la irrupción del oligopolio privado en el mercado de los hidrocarburos, la Argentina vive una suerte de anarquía energética que la proyecta sin pausa a un colapso energético a fines del presente decenio.

Todo ello sumado al agravante de convivir con una concentración del 90% en la extracción petrolera y gasífera, repartido en tres empresas extranjeras (Repsol-YPF, Total, Pan American Energy), una latinoamericana (Petrobras) y dos nacionales (Techint y Sociedad Comercial del Plata). ¿Sabrán los argentinos qué significa ser energéticamente dependientes?

La situación reinante es por cierto insostenible, más aún si se la contrasta con los años de la YPF SE y de Gas del Estado. Actualmente, el 90% de las necesidades energéticas del país se satisfacen con petróleo (43%) y gas natural (46%). Somos hidrocarburo-dependientes en el suministro de energía (mayoritariamente gasífera con un 55% en el 2004). En cambio, entre 1950 y 1984 si bien el porcentaje del total del consumo energético para el gas natural había aumentado del 4 al 30%, las reservas de gas natural en 1980 (640 mil millones de metros cúbicos) como las de 1982 (700 mil millones de m3) superaban considerablemente para menores niveles de consumo gasífero las actuales y paupérrimas de 534 mil millones de m3. ¿Sabrán los argentinos de su atraso energético?

Frente a estas cifras, el gobernador de la provincia de Neuquén, Jorge Sobisch, quien anhela retornar a los años deleitosos de las décadas infames de 1930, 1976 y 1990, ostenta a nivel país el 24% de las reservas totales y el 30% de la producción de petróleo, y un 47% de las reservas totales y el 55,4% de la producción de gas natural. ¿Apreciarán los argentinos la gravedad de este hecho, es decir, de un neoliberalismo con ingentes recursos estratégicos en su poder?

La campaña privatizadora iniciada ferozmente con los golpistas de 1976 y el apoyo de los grandes medios de prensa, fue surtiendo un efecto demoledor e hipnótico en la sociedad toda. Los argentinos no supimos nada de nada y fue justamente por esa ignorancia que acompañamos la orgía desnacionalizadora, porque nos hicieron zonzos desde el momento del na-cimiento (a no confundirse que zonzos no nacemos). La culpable número uno, la zoncera Civilización y Barbarie, actuaría simultáneamente de partera, obstetra y madre de cuanta criatura coronara a la vida. Cortaría el cordón umbilical para intercambiarlo por el colonial.

La historia que habría de mamar el pequeño compatriota había sido politizada, falsificada. Se comenzó por el mismísimo descubrimiento de 1907 (Zoncera del Agua), continuado con la desvirtuación de la brillante gestión y los logros de YPF SE, censurado las campañas integracionistas sanmartinianas en materia petrolera de Enrique Mosconi, disminuido la fe en el país y en sus empresas y hasta destruido los prestigios políticos intelectuales y morales de centenares de grandes hombres. En suma, no nacemos zonzos pero padecemos desde el nacimiento del Síndrome Jauretche-Kusch, síndrome patológico que daña la corteza cerebral y que, parafraseando a don Arturo, nos predispone a la dependencia y a la imposibilidad de construir nuestra economía en razón de nuestras verdaderas posibilidades que nos conducen a la liberación.

Expresado en pocas palabras: civilizar consistió en desnacionalizar (Jauretche) y como la primera solución para los problemas [de América] apunta siempre a remediar la suciedad e implantar la pulcritud (Kusch), al desnacionalizar nos baldeábamos el alma e higienizábamos nuestras ansias de no haber nacido anglosajones ni europeos.

En efecto, la Zoncera del Agua, madre que las parió a las zonceras hidrocarburíferas hijas, fue el instrumento privatizador primigenio. No sólo se ocultó la naturaleza misma del hallazgo al catalogarlo como un hecho puramente azaroso, sino que al obrar de esta manera se eliminó de un plumazo la significación histórico-política de los hombres y los hechos que lo posibilitaron.

La Zoncera del Agua oculta un modelo de país que nacía con la derrota momentánea del mitrismo, país con ideas indus-trialistas (proteccionistas) que se oponía a la división internacional del trabajo impuesta desde Londres y Washington, iniciada con Bernardino Rivadavia y sostenida con su mejor discípulo: Mitre. Oculta una generación de argentinos gestores del nacionalismo democrático que tras años de paciente fermentación y evolución conduciría al genio de Manuel Ugarte, al radicalismo popular de Yrigoyen y a la justicia social e independencia económica de Juan Domingo Perón.

Pero la zoncera energética madre oculta asimismo un hecho estratégico, hecho que provocaría tanto la dilución del yrigoyenismo como la imposibilidad de profundizar el proceso revolucionario comprendido entre 1945 y 1955: si bien en 1880 el separatismo porteño había sido vencido para siempre, el modelo agropecuario exportador saldría ileso. Es decir, la superestructura de dominación cultural, el esquema básico del país importador y exportador predeterminado por el suelo prolífico, la política imperialista y sus resortes estratégicos no lograrían ser erradicados. Está claro que la Argentina del bicentenario sufre la enfermedad recurrente del mitrismo, hoy devenida en neoliberalismo. Y hasta tanto no se cure, la cuestión “nacional” interna y la externa (latinoamericana) permanecerán irresueltas, imposibilitando una y otra vez abandonemos el status de semicolonia.



*Federico Bernal es Bioquímico especializado en biotecnología y microbiología industrial por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se desempeño como Investigador en el Instituto Nacional de Alimentos (INAL) y en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), 2000-2002, y también en el Instituto Nacional de Medicamentos (INAME), 2002-2003. Actualmente es Director de Planeamiento y Gestión de la Sociedad Iberoamericana de Información Científica (SIIC), desde 2004, e Investigador del Área de Recursos Energéticos y Planificación para el Desarrollo del IDICSO, desde 2005. Es autor del libro: “Petróleo, Estado y Soberanía", Editorial Biblos, Buenos Aires, 2005. Email: flia_bernal@arnet.com.ar


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