La ecosistectomía en Cuba:
su agenda bosque.

“El niño que pierde el gusto por el trabajo en la escuela
corre gran peligro de no poder adquirirlo cuando deje la escuela.”

Albert Binet*

Tercera parte

por Carlos Wotzkow**

¿Cuál es el incentivo de quemarse el pellejo en una escuela al campo, recolectando tabaco para una empresa extranjera y no recibir nada a cambio? ¿Cómo puede un muchacho de 13 o 14 años aceptar que en su país haya extranjeros con derechos a los que el propio pueblo no puede siquiera aspirar? En las respuestas a estas dos preguntas radica la mejor respuesta al dilema que plantea el título. Si las generaciones futuras de Cuba crecen en el esclavismo extraterritorial instaurado para beneficiar a los inversores extranjeros (y ese abuso contra el ser humano se institucionaliza con el apoyo del capitalista oportunista), no habrá mano de obra que, en las siguientes décadas, se interese en trabajar para mejorar las condiciones de vida de nuestro país.

Si un pueblo carece de las necesidades básicas para vivir y se alimenta peor que como se alimentaban a los negros en la época de la esclavitud, ¿cómo pedirle a nadie que no le caiga a pedradas a un “Shopping”, o se coma un Tocororo? ¿Cómo exigir a nadie que no busque leña si el estado no le proporciona el imprescindible combustible para cocinar? ¿Cómo retener en Cuba a los especialistas más capacitados para proteger la economía y la naturaleza de la nación si el objetivo principal es destruirla, si la dictadura imperante les niega un buen futuro, y si es ese mismo desgobierno el que secuestra sus derechos para dárselos a los recién llegados extranjeros?

Había una vez un programa de forestal llamado “Plan Manatí” al que el pueblo prestó en 1987 toda su atención y a través del cual se plantaron miles de árboles con la intención de reforestar el país. Sin embargo, al estímulo que movía a la población se opuso el propio gobierno que no prestó ningún tipo de apoyo a preservar lo sembrado y un año más tarde, aquel arduo trabajo de reforestar frustró para siempre a sus participantes. En 1995, según se sabe hoy, el proyecto encaminado a plantar bosques durante 8 años fue reducido a 8 meses y los 3 mil millones de árboles que se aseguraban se irían a plantar para reforestar el 30% del territorio nacional, no se llegó ni a las 300.000 posturas, quedando cubiertas unas 70.000 hectáreas que hoy día ya no existen.

Este ejemplo de voluntariado no es nuevo en la Cuba de Fidel Castro. Pero veamos aquí otra historia: hubo una vez un modelo intensivo de agricultura que acabó con la propiedad privada e hizo que el campesino dejara de preocuparse por atender una tierra que no le pertenecía. Era la época en la que se talaban las arboledas de mameyes, mangos y aguacates para no tener que desviar los surcos, donde se dispersaba en grado técnico cualquier tipo de pesticida, y donde el sostenido apoyo soviético produjo una auténtica catástrofe ecológica. Después, se le dijo a la población que había sido la falta de agua, el mal natural de tener ríos cortos y de pobre caudal y por tanto, la inevitable salinización a la que Cuba estaba condenada.

Entonces comenzaron la construcción de presas allá por los años 60 en aquellos años en los que la Columna Invasora Che Guevara acabara con las palmas de occidente e impidiera la proliferación del fresco y agradable bohío cubano. Era la época en que a Fidel se le metió en la cabeza la famosa “voluntad hidráulica” (antes había drenado la mayoría de los embalses naturales de donde el guajiro se abastecía de agua) para llenar de embalses artificiales toda la geografía de Cuba.
“Construir obras hidráulicas – decía el barbudo allá por 1963 – hasta el día en que aquí no se escape al mar una gota. ¡El Mar no podrá contar con una sola gota de agua dulce que caiga aquí en la tierra del país! ¡Tenemos que llegar al día en el que no perdamos una gota!”

Y llegó el mal día en que no cayó una mísera gota de agua por culpa de la deforestación. La transformación total de los sistemas cavernarios y la explotación del manto freático contribuyeron a ello, pero también, a que se perdían más de mil millones de metros cúbicos en los planes de riego masivo, los salideros de todas las ciudades y el bajo aprovechamiento de todos los recursos hídricos. A tal grado llega la sequía en la Cuba de los años 80 que desde ese mismo año nadie puede llevar para la casa la placa de radiografía que le han hecho en el hospital. El motivo, es que ahora Fidel Castro quiere hacer llover a la fuerza y va a bombardear con yoduro de plata todas las nubes del país.

Es posible que alguien que no sea cubano me lea y crea que estoy bromeando, pero les juro que no, que lo que estoy es llorando
por haber sufrido durante 30 años esa idiota política de masas. La dieta del cubano pobre, que siempre había sido una dieta variada y que permitía a la población celebrar semana santa y algunas costumbres culinarias de fin de año, se convirtió de la noche a la mañana en una población alimentada con azúcar (“azúcar, para crecer”, como decía la televisión cubana). Había grandes faltantes de frutas, de viandas y verduras, y la escasa producción que ahora se extraía del campo gracias a la cooperativa campesina, se perdía generalmente en el camión al que obligaban a parar entre 4 y 7 veces por controles y bajo un ardiente sol.

Había una vez un plan ganadero al que Ramón Castro dedicó todo su tiempo y recursos con el visto bueno de su hermano. En este plan, situado en la franja norte de la carretera monumental y bautizado más tarde con el nombre de un toro al que dos veterinarios le robaron sus perniles, deberían producirse los mejores quesos del mundo, la mayor cantidad de leche del planeta, y la mejor carne del globo terráqueo.
Rosa Fe, que así se llamó el toro canadiense, dio paso (vía la inseminación artificial) a otra aberración bovina llamada Ubre Blanca y al éxito extraordinario de ser parte de un país en el que la avanzada ingeniería genética nos hizo dependientes en un 57% de la carne en lata importada desde el CAME.

Después que quedara demostrado que el gobierno de la isla era un total inepto en la producción de bienes de consumo para la población, surgen en la maltratada Cuba las Unidades Básicas de Producción Campesina. A ellas, el régimen se ve obligado años más tarde a devolver las tierras, con el fin de frenar la protesta popular a favor de la oferta y la demanda en los dinámicos mercados libres campesinos. Sin embargo, todavía en 1990, el lunático de Castro sigue haciendo una defensa a la agricultura extensiva, altamente mecanizada y a que
“nosotros tenemos ideas muy sólidas y una convicción total de qué es lo que hay que hacer en la agricultura”.

En 1991, ya no había tanto producto químico en Cuba como para tratar más del 44 % de nuestras tierras con pesticidas, y los tractores estaban paralizados por falta de petróleo y repuestos. Pero Cuba, seguía cantando victoria por ser el primer país del mundo (y el único pues no hay quien compre tamaña porquería) en utilizar masivamente un biofertilizante llamado “
azotobácter”. Los logros revolucionarios hablaban de la creación nacional de 170 centros para criar lombrices de tierra y producir con ellas 100 mil toneladas de abono a partir de su bendita caca. De forma tal que brotan en Cuba las denominadas “bioempresas”, “biofábricas”, los “bioplaguicidas” y los ya mencionados “biofertilizantes” bio-tecno-lógica-mente producidos.

O sea, se descubre el agua caliente y empiezan a modificar bacterias para que estas acaben con las larvas. Se crean hongos que envenenan a los insectos (y otros animalitos más). Se reproducen parásitos que parasitan a otros parásitos que no cuentan con antiparasitarios y finalmente, surgen las famosísimas
vitroplantas sin virus (antes las plantas de Cuba al parecer eran todas virulentas) para mejorar la caña de azúcar que ahora va a crecer hasta el diámetro de una yerba de Guinea, o se fabrican piñas del tamaño de un frijol, pero con la proteína concentrada (no se sabe todavía donde). Y no estoy bromeando, pero en 1992 nacen en Cuba tilapias a las que se las hace crecer un 80% más rápido de tiempo, o lechones, a los que vacunan sus madres por la vía del calostro.

Y como era de esperarse, esta nueva
“revolución agroecológica” no nace de la ciencia analítica, sino de la crisis y por ello, deja a un lado los métodos tradicionales de cortar la lombriz en dos con la guataca, o de tirar las cáscaras de la calabaza al sembrado de al lado para que el abono se haga solo. Olvida la cultura campesina y añora que los malos tiempos pasen para “traer nuevamente un montón de arados y tractores” y de paso, dar un viajecito a esos ministros a los que la mecanización agrícola le han surcado demasiado la conciencia.

Para que los energúmenos no pierdan nunca el embullo, hay quien todavía afirma en Cuba que una revolución ecológica pondría entre 3 y 7 años las cosas en su sitio
(1). Si las estaciones y los ciclos naturales son como los planes quinquenales, está bien, pero como no es así, y las urgencias de la revolución política aumentan cada vez más la destrucción del medio ambiente, dudo que haya en Cuba quien llegue a ver el fruto del “azotobácter” como perla de esa agricultura revolucionada. La prueba lo constituye la zafra del 96, para la cual el país solicitó prestamos a altos intereses con tal de aumentar, gracias a la aplicación de fertilizantes químicos altamente tóxicos, la producción de azúcar.

¿Necesitaba Cuba verdaderamente superar los 4.4 millones de toneladas de azúcar a tan alto coste? ¿Haría el azúcar flotar la economía cubana? ¿Valía la pena regresar a la época del voluntariado ahora que algunas tierras empezaban a restaurar (con la ayuda de los bueyes, sus cagadas y su poco peso) el equilibrio ecológico entre insectos dañinos y los beneficiosos? Pues la respuesta a todas estas interrogantes sigue siendo
NO. Por el contrario, se perdía así la primera batalla en la que una crisis económica inactiva a todo un contingente de energúmenos, y vuelven los trogloditas a dispersar plaguicidas desde los aviones con el apoyo de extraños Amigos Norteamericanos y un flamante Comité.

Carlos Wotzkow
Viene, Suiza, Diciembre, 2001

Referencias

*Binet, Albert
(1909) “La escala de Binet y el nacimiento del Coeficiente de Inteligencia”.
** Carlos Wotzkow es ornitólogo y autor del libro “Natumaleza Cubana”. Ha escrito decenas de trabajos encaminados a denunciar la destrucción del medio ambiente en Cuba.

1.- López, María (2000): Cuba 20 temas para una agenda verde. American Friends Service Committee. 34 pp.

Nota:
Esta serie de artículos son una respuesta al voluntarismo ecologista que invade a Cuba por la vía del American Friends Service Committee. Asociación dirigida desde los Estados Unidos por Richard Erstal que, por motivos aún desconocidos, defiende la política ambiental del desgobierno cubano.



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