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    Volkswagen podría ayudar a
    que los escépticos sigan dudando

    Kelly McPartland

    The National Post
    Septiembre 25, 2015

    Naomi Klein y sus apóstoles en la teología ambiental tienen que estar dando saltos de alegría por el escándalo en Volkswagen. ¿Qué podría ser mejor?: una multinacional gigante pescada in fraganti haciendo trampas a los tests de emisiones, poniendo al comercio y las ganancias antes que la protección del planeta –sin mencionar la violación de leyes y una serie de normas éticas.

    Wow! El último libro de Naomi Klein sobre las maldades de las corporaciones estarán volando de los estantes, su propia pequeña aventura en el desastre del capitalismo. Pero, mientras que el escándalo es una incuestionable muestra de corrupción al más alto nivel, también es una demostración de las fallas que minan a la alternativa al capitalismo preferida por los activistas: que el gobierno podría hacerlo mejor. Como lo delinea muy bien Clive Crook de Bloomberg en cierto detalla aquí, el lío del Volkswagen se deriva no sólo de la codicia y deshonestidad en una de las corporaciones más grandes del planeta, sino también de los mal informados políticos que andan cazando políticas equivocadas en sus afán de alinearse con los bandas de populistas. Es la clase de cosas que se obtiene cuando los gobiernos permiten que las celebridades y los activistas se apoderen del control de la agenda pública. Malas ideas, apoyadas por un clamor público, no se convierten en buenas idas.

    Hay una verdadera similitud entre el escándalo de Volkswagen y la burbuja hipotecaria que terminó con el crash económico de 2008. En el caso de las viviendas hipotecadas, políticos “progresistas” de Esta-dos Unidos determinados a hacer posible la propiedad de sus casas a una amplia porción de la socie-dad, abrieron la posibilidad para que los bancos e instituciones les vendieran productos financieros de altísimo riesgo a gente mal equipada para comprender los riesgos. Los prestamistas se apresuran a ingresar al negocio obteniendo enormes réditos de productos fraudulentos vendidos a personas que no supieron comprender la trampa que les habían armado. Los políticos se felicitaron entre ellos por su benevolencia cívica mientras los financistas recogían sus ganancias, hasta que todo el lío se desplomó sobre todos.

    En Europa, los líderes políticos ayudaron al engaño de Volkswagen con una bien intencionada ignoran-cia. En el nombre del calentamiento global, ellos adoptaron políticas promoviendo al “diesel limpio” en lugar de la gasolina. Fue un éxito tan grande, hace notar Crook, que hoy los vehículos diesel toan cuenta de más de la mitad del mercado, y 80% en Francia. El problema es que el diesel no es en reali-dad más limpio. En su afán de reducir los gases invernadero ellos permitieron emisiones más altas de otros contaminantes, y redujeron las normas para medirlos. El menor costo del gasoil para diesel –gracias a una exención de impuestos- promovió mayor tránsito produciendo emisiones adicionales, y mayor demanda llevó a una creciente importación desde Rusia, que significó aún mayores emisiones. Gran Bretaña, Francia y Alemania hicieron lobby a los funcionarios de la Unión Europea para mantener los agujeros de escape en los tests que podrían aumentar las emisiones de dióxido de carbono por encima de los niveles reclamados.

    Escribe Crook:

    "Como mucho, la estrategia del diesel limpio redujo a las emisiones de carbono mucho menos de lo esperado, y a un costo ridículo; como peor, como lo demuestra un estudio, la política añadió al calentamiento global.”

    Eso es lo que sucede cuando los gobiernos tratan de manipular a los negocios para satisfacer a las agendas políticas: no son buenos haciéndolo; fracasan en reconocer las implicancias o anticiparse a las trampas y reveses; son lentos para reaccionar a lo inesperado y no pueden admitir que estaban equi-vocados. Los gobiernos de Europa querían ponerse del lado del movimiento ambiental, jugaron con las leyes para alentar a políticas bien intencionadas pero inefectivas, y al final hicieron las cosas mucho peores. La burbuja de ls estados Unidos llevó a que miles de personas perdieran sus hogares, y la economía global al borde del colapso; la estratagema de Europa podría paralizar a una de las grandes empresas del mundo, de la que dependen millones de puestos de trabajo, habiendo hecho nada para producir los beneficios esperados para el ambiente.

    Otros ejemplos abundan. El mundo está saturado con granjas eólicas erigidas con gran costo para producir energía altamente subsidiada que hizo poco y nada para reducir la necesidad de electricidad producida por fuentes convencionales, todo porque los políticos creyeron que ganarían aplausos y atraerían votos. El presidente Obama está muy seguro de matar a la propuesta del oleoducto Keystone XL, aun cuando es mucho menos peligroso o perjudicial que trenes de tanques de petróleo una milla de largo que son la principal alternativa. No porque sea la mejor cosa para hacer sin porque es popular con los Demócratas de la izquierda americana.

    La imprevisión política y la ineptitud es una buena razón para la existencia continuada de los “escépti-cos” –no porque ellos no crean que el clima esté cambiando, sino porque sospechan que los líderes elegidos no lo comprenden, que no tienen ni idea sobre qué hacer, que son fáciles de llevar por las voces más fuertes y presentaciones más vistosas, y que tratando de ayudar harán las cosas mucho peores.

    Volkswagen es nada más que otra confirmación que su desconfianza está muy bien fundada.



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