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Por Howard Bloom

Psychology Today.com
Diciembre 3, 2009

Por qué el mundo acabará en 2012
¿Está la catástrofe innata en su cerebro?

¿Qué tienen en común:

  • La película 2012.
  • Los más de 100 libros en Amazon.com obsesionados con el calendario Maya
  • La noción Islámica del 12º Imán
  • El primitivo Cristianismo
  • El Movimiento Danza del Fantasma de los Indios Americanos
  • El Movimiento Aum Shinrikyo japonés
  • Los Adventistas del Séptimo Día
  • El movimiento del cambio Climático

Son todos movimientos del Fin del Mundo. Todos ellos predican el Apocalipsis

¿Por qué la visión del Apocalipsis es tan compulsiva? ¿Por qué funciona como un anzuelo para el espíritu humano una y otra vez? ¿Por qué la susceptibilidad a tan extraña fascinación se hace tan básica en nosotros que muy bien pudiera estar asentada en nuestros genes, impregnada en nuestra biología? ¿Por qué la evolución mantendría viva a la creencia en las catástrofes, generación tras generación y en culturas desparramadas por todo el planeta?

De todos modos, ¿cuán extendidas están las obsesiones por las catástrofes? ¿Realmente el dulce deseo por las catástrofes se extiende por eras y continentes? ¿O simplemente es sólo una de nuestras excentricidades autodestructivas de Occidente?

Primero, la obsesión por el Apocalipsis se remonta mucho en la historia. Los primitivos Cristia-nos estaban seguros de que Jesús había predicho el fin del mundo tal como lo conocemos; estaban seguros de que Jesús había previsto enormes desastres que nos conducirían al Reino de Dios.

Estos creyentes cristianos del primer siglo esperaban ver retornar a Jesús desde la tumba trayendo un nuevo orden mundial en cualquier día o semana. Eso fue hace casi 2000 años y a 5700 millas de distancia en el corazón del territorio judío en el Medio Oriente. Pero cuando Cristo no se presentó, eso no desacreditó a su religión. De hecho, el sistema de creencias basado en predicciones fallidas ha crecido a saltos y al galope.

Dos mil años más tarde y a 8200 millas de distancia, en la costa oeste de los Estados Uni-dos, en Hollywood, surgió otra predicción similar. E instantáneamente se demostró aún más popular que la de los primitivos cristianos. Fue lanzada sobre nosotros en la forma de una película -2012- cuyo productor, Sony Pictures, afirma que es la película número uno hoy en el mundo. 2012 resume su mensaje en su slogan: “¿Quién sobrevivirá al fin del mundo?

Pero 2012 no es el único ítem de la cultura occidental centrada en el Apocalipsis que goza de un éxito desbocado. Si usted consigue abrirse paso entre los más de 100 libros sobre 2012 en Amazon.com y sigue hambriento de Armagedón, podrá saciar su sed de fuego y añicos con las 16 novelas de Tim LaHaye, de la derecha cristiana, la serie “Dejados Atrás”, libros que han vendido 65 millones de copias en un mercado editor que siente que le fue muy bien si vendió 50.000 libros.

¿De dónde viene el concepto de que el mundo terminará en 2012? ¿Por qué 2012? La fecha proviene del calendario Maya y de la mitología Maya. De acuerdo con los Mayas, los dioses intentaron tres creaciones del hombre y fracasaron las tres veces. Luego ellos se aficionaron a hacer hombres y se dedicaron a la creación de criaturas como usted y yo, criaturas capa-ces de cantarles alabanzas. Eso fue el 11 de agosto de 3114 antes de Cristo. Pero según los Maya, una creación puede sobrevivir nada más que 5126 años, luego colapsa y deja lugar a un nuevo intento de los dioses. La nuestra, la cuarta creación, deberá terminar el 20 de diciembre de 2012, O por lo menos así dice el cuento. Algunos expertos en los Maya dicen que esto es un loco y frenético invento. En otras palabras, hay una muy buena chance de que nosotros, conocedores occidentales de las calamidades hemos fabricado el concepto de una Apocalíptico 2012 usando a los Maya como excusa.

Para un historiador de la religión, todo esto le sonará sumamente familiar. Los norteamerica-nos estuvieron durante mucho tiempo hambrientos de la excitación del desastre inminente. A principios del Siglo 19 un granjero del estado de Nueva York, William Miller, predicó que el mundo colapsaría en un cataclismo en 1843. Luego, cuando el fin del mundo falló en llegar a tiempo, los seguidores de Miller reelaboraron su predicción y afirmaron que el mundo termina-ría su cómoda existencia en 1844. Esto debería de haber terminado con la credibilidad de Miller. Pero no. las predicciones de Miller eran tan convincentes y atractivas que sus segui-dores hoy suman 16 millones. Se los conoce como los Adventistas del Séptimo Día.

Pero eso es nada más que nuestra loca civilización occidental. Con seguridad otras culturas no están obsesionadas con los cataclismos tanto como nosotros. Especialmente la culturas más sabias, aquellas de las sociedades indígenas. Pero una vez existió una cultura indígena en Meso-América, gente totalmente aislada de la influencia occidental. Tan aislada que los occidentales no tenían la menor idea de que existía. Tampoco estos indígenas tenían sospe-chas de que había otros continentes al otro lado del mar. Estos indígenas eran sofisticados constructores de ciudades y organizadores de imperios. Pero estaban tan obsesionados con el fin del mundo que ayudaron a traer un real Apocalipsis a su mundo tal como lo conocían.

Lo hicieron con la propia autodestructiva predicción de su religión que predecía que dioses blancos vendrían desde el este trayendo las desgracias que terminarían con los tiempos. Cuando Hernán Cortez y sus conquistadores llegaron los pálidos extranjeros parecieron cumplir con la predicción. Al principio el emperador indígena Moctezuma cometió el error de darles la bienvenida a estos asesinos españoles y admitirlos en el corazón de su ciudad. ¿El nombre de la civilización que cometió este enorme error? Los Aztecas. Y sus propias auto-derrotistas predicciones eran tan poderosas que no quedan hoy más Aztecas.

¿Pero qué hay sobre las gentes que se oponen activamente al estilo de vida de Occidente? Gente que creen en verdades radicalmente diferentes. Es seguro que no son tan retorcidas como para que los escenarios de desastres les resulten atractivos. ¿Cierto? Una de las dos grandes culturas que hoy se oponen a las maneras occidentales es el imperio del Islam, un imperio cuyas conquistas abarcan un territorio once veces más amplio que las conquistas de Alejandro Magno, cinco veces el tamaño del Imperio Romano, y siete veces el tamaño de los Estados Unidos. Desde el año 622 en adelante el Islam militante unió al imperio más grande de la historia de la mundo, uno que mantiene su poder sobre los creyentes desde Nigeria y Argelia a Indonesia y Malasia, separadas 18.000 kilómetros entre sí, con o sin una estructura política unida. Seguramente, una sistema de creencias que ha conseguido logros tan asom-brosos no estría debilitada por la fijación con las catástrofes. ¿O no es así?

El 85% de los Musulmanes Shiítas –los Islamistas del Doce- creen en la aparición de un 12avo Imán que desapareció en el siglo IX y que volverá en cualquier momento para raer la luz y la verdad del Islam a todo el mundo. ¿Cómo hará ese Imán para limpiar al planeta de sus viejas e incorrectas ideas-pecados como la democracia, secularismo, derechos humanos occidenta-les, y tolerancia? Con una catástrofe de Fin del Mundo.

Catástrofe seguida de un nuevo orden mundial donde las leyes del Islam regirán de un extre-mo al otro del planeta. Levándonos a usted y a mí al Islam… o eliminándonos completamente. Lo que es escalofriante es que uno de estos creyentes en la catástrofe es Ahmad Ahmadine-jad, el actual presidente de irán, un hombre que parece en carrera para embolsarse una de las claves para el armamento nuclear apocalíptico.

No veremos a la religión de la Danza del Fantasma de los Nativos Americanos. O el Aum Shinrikyo japonés. Tienen mi palabra. Ellos son creyentes en las catástrofes. En vez de ello permítanme llevarles de nuevo a la pregunta que me está confundiendo. Por qué estamos tan enganchados con los movimientos del milenio, movimientos que dicen que el mundo está a punto de terminar? ¿Cuál es la biología subyacente en esa aparentemente loca y contrapro-ducente adicción? Una creencia que absorbe nuestras energías, desgasta nuestros recursos y casi siempre termina mostrándose equivocada. Con seguridad, en un mundo donde todos los organismos están sintonizados con la supervivencia, una creencia tan nefasta no debería existir. ¿Verdad?

Ensaye esto como respuesta a la número uno. Algunas veces las predicciones de desastres se cumplen. Tienen que hacerlo. Guerras, terremotos, y hambrunas ocurren con cierta regu-laridad en esta débil y amenazante Tierra. De modo que, aún si usted lanza los dados para ver cuándo terminará el mundo, su tirada algunas veces darán en el blanco. Esa tirada afor-tunada de los dados le ocurrió al profeta del siglo 19 de Pittsburgh, un predicador llamado Charles Taze Russell, que predijo que el colapso y el desastre llegaría antes de 1910 y cul-minaría en 1914.

En cierto sentido Russel estaba en lo cierto. En 1914 Europa entró en la Primera Guerra Mun-dial, la primera guerra industrial que abarcó al mundo. Esa guerra mató a un sin precedentes 40 millones de personas. Y en la visión de muchos historiadores, esa “Guerra Para Terminar con Todas las Guerras”, barrió con las viejas visiones europeas del mundo y llevó a una muy nueva cosmovisión.

Pero había una pega. Una muy grande. La catástrofe no condujo al gobierno de Cristo como Russel había predicho. Sin embargo, este pequeño inconveniente no detuvo al sistema del milenio de Russel de seguir con sus predicciones de una catástrofe inminente. Hoy sus segui-dores son llamados los Testigos de Jehová. Y hay 17 millones de ellos.

Una precisión accidental no parece ser una razón lo bastante fuerte para mantener una fijación por la catástrofe viva en los humanos durante todo el tiempo histórico y en culturas asentadas en lugares opuestos de un planeta. Seguramente la bilogía y la evolución deben de tener una razón más grande para mantenernos en una pasión tan profunda por las catás-trofes.

Analice esto como la respuesta al acertijo número dos de las visiones de “un fin del mundo en una bola de fuego”. Es un experimento de 60 años que juega un papel clave en mi primer libro, “El Principio Lucifer: Una Expedición Científica en las Fuerzas de la Historia.” Esta es la descripción del Principio Lucifer:

A fines de la década de los 40 el investigador alemán F. Steiniger puso 15 ratas marrones, que jamás se habían encontrado antes, en una jaula. Al principio las criaturas se acobar-daron en los rincones, asustadas y aprensivas. Si accidentalmente chocaban entre ellas, descubrían sus dientes, amenazantes. Gradualmente, sin embargo, nació entre los machos la idea de que entre este conjunto de extraños había unas hembras jóvenes atractivas. Los caballeros roedores se convirtieron en noveles Don Juanes y se dieron al cortejo.

El primer macho y la hembra que rindieron sus corazones tenían ahora algo que a los demás les faltaba: un aliado. La pareja aprovechó esa gran ventaja de la situación: aterrorizaron a sus compañeros de jaula. Al principio, los amantes simplemente ahuyentaban a sus colegas roedores de la comida, enviándolos a la seguridad del extremos alejado de la jaula. Más tarde, el dúo romántico comenzó a cazarlos uno tras otro. La hembra era una asesina parti-cularmente veloz. Se aproximaba sigilosamente a una víctima mientras estaba mordiendo un trozo de alimento, saltando súbitamente y mordiendo a la infortunada en un costado del cuello, a menudo abriendo una herida en la carótida. Algunos de las atacados morían por una infección. Otros, perseguidos y desgastados por los frenéticos esfuerzos por escapar, morían exhaustos. Cuando la feliz pareja hubo terminado, eran los únicos sobrevivientes.

Las ratas habían limpiado el nuevo territorio de competidores, transformando a la jaula en una tierra espaciosa de leche y miel, sólo para ellos. Una nueva tierra prometida. Ahora ellos podían fundar una tribu que, dejada a sus propios medios, florecer durante generaciones a venir. Una tribu que llevaría la línea de genes familiar.

¿Cómo se relaciona esto con las nociones populares de que el mundo está a punto de acabar? Piense durante un segundo. Cada movimiento milenario de Fin del Mundo tienen un “gancho”. Todos seremos asados, fritos, o cazados en el fuego cruzado de batallas apoca-lípticas y plagas. Todos seremos barridos, eliminados. Pero no los verdaderos creyentes. Ellos serán salvados. Tendrán un nuevo mundo fresco, un mundo purgado de nosotros, un mundo que ellos podrán convertir en su propio paraíso privado.

Sospecho que las creencias a los Apocalipsis son sueños de limpieza y apoderamiento de terreno con un disfraz –sueños que quedaron desde nuestro tiempo como bestias.

Ahora algunas sospechas para terminar. Uno de los sistemas de creencias más popular de los últimos 30 años ha sido la idea de que, nosotros los humanos, estamos trayendo la destruc-ción del planeta. El escenario de los gases de invernadero es parte una hipótesis científica y parte un mito profundamente atrayente. Las creencias del cambio climático son una expre-sión secular de un antiguo patrón… quizás un patrón instintivo. Son una nueva forma de de-cir que el fin se está aproximando y que sólo los creyentes podrán salvarse. Sólo se salvarán aquellos que abracen al dios correcto, o a la filosofía correcta. Sólo ellos sabrán de la verdad por detrás del Nuevo Orden Mundial. Y harán más que permanecer vivos: ellos estarán en la parte de arriba. Ellos florecerán y progresarán.

Lo que nos deja tres preguntas simples. Preguntas cuyas respuestas pueden tener un efecto poderoso sobre su vida y la mía:

  1. ¿Están acertados los creyentes en la cambio climático? ¿O nos forzarán a incapacitar a nuestra civilización tan gravemente que la segunda gran civilización con la que esta-mos compitiendo hoy –el Imperio Chino de 2200 años- se ubicará en la parte de arriba?

  2. ¿Podría esta obsesión con el Apocalipsis que hoy rige en Irán terminar en el fuego de una guerra nuclear?



Y finalmente 3): ¿Cómo evadir el destino de los Aztecas? ¿O cómo asegurarnos de que nues-tras predicciones del Fin del Mundo no se conviertan en realidad? ¿Cómo haremos para ase-gurarnos de que sobreviva la clase de mundo que nos gusta?



Howard Bloom es un académico visitante en la Universidad de Nueva York; fundador del Proyecto Internacional de Paleopsicología, director ejecutivo de la serie de libros Nuevo Paradigma; miembro fundador de la Sociedad Épica de la Evolución, y un miembro de la Academia de Ciencias de Nueva york, la Sociedad Americana de Psicología, la Sociedad de Comportamiento Humano y Sociedad, la Sociedad Internacional de Ethología Humana, y la Academia de Ciencias Políticas. Estuvo incluido en todas las ediciones del “Quién es Quién” en Ciencia e Ingeniería desde el nacimiento de la publicación.



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