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    'Comer sin miedo: mitos, falacias y mentiras sobre la alimentación en el siglo XXI´ de J. M. Mulet

    Sergio Parra

    Papelenblanco

    No he hecho las cuentas, pero así, a ojo cubero, estimo que por cada cien libros de nutrición y temas asociados que se publican en España, noventa y nueve son pseudocientíficos, fraudulentos, carentes de fuentes sólidas o sencillamente producto de una mente delirante. El uno de cada cien que se salva es el libro objeto de esta reseña: Comer sin miedo.

    Eso no se traduce en que estemos ante un libro aburrido, árido, nota-rial, perogrullesco o cualquier otro epíteto que, como el cloroformo, induce a la modorra. Al contrario, el texto es fresco, ágil, cercano, y rezuma buen humor y continúas chanzas pop; y, por si fuera poco, vierte afirmaciones que contradicen la mayoría de lo que cre-emos saber sobre la comida. Lo mejor es que Comer sin miedo, como he dicho, pertenece a ese 1 % que evita la superchería, así que, podéis estar o no de acuerdo con lo que se expone, pero todo está apoyado en estudios, y por tanto el único modo que tendréis de cuestionar lo leído es tirando de estudios publicados en revistas cien-tíficas serias.

    No en vano, J. M. Mulet es licenciado en química y doctor en bioquí-mica y biología molecular por la Universidad de Valencia; y actualmen-te es profesor de biotecnología en la Universidad Politécnica de Valen-cia y dirige una línea de investigación en el Instituto de Biología Mole-cular y Celular de Plantas.

    Quienes seguimos la activa trayectoria como divulgador de Mulet, entre los que me encuentro, sabemos que ésta se ha ido convirtiendo en la cabeza visible de la crítica científica hacia las sandeces vertidas por publica-ciones sobre vida sana, agoreros de los cultivos modificados genéticamente, la parte más flowerpower de Greenpeace y demás voceros que sustentan casi todos sus argumentos en dos falacias fundamentales (y bastente ingenuas): que lo natural es mejor y más sano que lo artificial, y que Monsanto aspira a dominar el mundo (mezclando la legítima crítica al copyright de las semillas con la salubridad de las semillas transgéni-cas). (De hecho, el propio Mulet debe soportar cada día cómo algún lector/troll le señala como vendido a Mon-santo en su blog Tomates con genes: Mulet, un tipo bonachón y simpático, suele tomárselo con deportividad, e incluso con humor).
    Tras haber leído tantos artículos de Mulet acerca de que los cultivos biológicos no son necesariamente mejores, que la química no es mala, que los aditivos no envenenan, que no hay evidencia de que los transgénicos sean malos para el ser humano o la Tierra, que no existen dietas milagro, que no hay píldoras para adelgazar o que la mayoría de las bondades que se cuentan sobre productos que compramos en el supermercado nacen de una mezcla de ignorancia, mitos, tergiversaciones y el simple tocomocho, no sabéis las ganas que tenía que una gran editorial le fichara para publicar este libro. Un libro que es una suerte de síntesis, mejorada y amplifi-cada, de todo lo que yo había ido leyendo deslavazadamente en su blog. Si no conocíais a Mulet, pues, ésta es vuestra mejor oportunidad.

    E, insisto, lo haréis con una sonrisa en los labios tras leer guiños como “después de millones de años de evolu-ción, el metabolismo tiene más recursos que MacGyver con un chicle y un tornillo” mezclados con senten-cias que deberéis leer más de una vez para ser asimiladas convenientemente (van en contra de lo que creemos saber y hasta de nuestra intuición), como “No somos lo que comemos ni de lo que comemos criamos. La comida es lo que nosotros somos y lo que nosotros criamos” o “Toda la comida es fruto de la selección artificial, de la mejora genética y por tanto de la tecnología. Por eso, en un tomate tienes más tecnología que un iPhone 5”.

    Tras leer a Mulet, sabréis, por ejemplo, por qué a todos nos parece que los tomates tienen menos gusto o calidad que los tomates que comíamos antes (y por qué eso no tiene nada que ver con los transgénicos ni de cómo se cultivan los tomates) .

    También aclararéis muchos conceptos erróneos en torno a los transgénicos. Aunque lo de transgénico suene a laboratorio y a experimentos prohibidos por el Gobierno, todas las plantas de cultivo que nos rodean, casi por definición, están “genéticamente modificadas” desde hace siglos. Aunque de una manera un poco tosca y rudimentaria. Por ejemplo, las zanahorias son anaranjadas por la selección de una mutación descubierta en Holanda en el siglo XVI, tal y como os expliqué en 'Las zanahorias son de color naranja gracias al patriotismo de Holanda'. Por su parte, los plátanos son estériles e incapaces de dar semilla. El trigo posee 3 genomas diploi-des (dobles) enteros en cada una de sus células, los cuales descienden de tres tipos de hierba silvestre, y simplemente no puede sobrevivir como planta silvestre. Y así con muchos otros ejemplos, porque los primeros agricultores, casi sin darse cuenta, seleccionaron estas mutaciones mientras sembraban y cosechaban (muta-ciones antinaturales, además, porque dependen de la intervención humana para sobrevivir). ¿Y los alimentos transgénicos que ahora se ponen en duda son iguales a esos alimentos modificados genéticamente durante siglos? Sí, salvo en una cosa: para la modificación genética moderna, se usan genes particulares y son más seguros.

    En términos nutricionales, pues, Comer sin miedo pudiera parecer, por su estilo, una vianda de fácil digestión, un producto barato y de consumo rápido, puro fast food. Pero eso sólo es el envoltorio. Si lo abrimos e hincamos el diente, y digerimos convenientemente todo lo leído, chequeando fuentes y referencias, entonces descubri-remos que estamos ante un delicatessen. Una rareza gastronómica al nivel de la trufa o el caviar iraní, como corresponde a un libro de nutrición que en nada se parece al 99% de los libros de nutrición que se editan, ase-quible para todos, barato, científico y saludable como los mejores alimentos transgénicos. (Y no, Mon-santo no financia esta reseña, pero si está interesada, que me escriba por privado y le facilitaré una cuenta corriente donde hacer el ingreso).

    En las etiquetas de cualquier alimento tenemos un juego de tabú: hay palabras que dan puntos y palabras prohibidas. Por ejemplo: es prácticamente imposible encontrar palabras como “sintético”, “artificial” o “química” en una etiqueta, aunque realmente describan la comida. En cambio, otras palabras o expresiones son mágicas, por ejemplo, “de la abuela”. Muchos productos aparecen etiquetados como si fuera tu propia abuela la que estuviera en la fábrica elaborando mermelada o pizzas (por cierto, mi abuela no preparó ni comió una pizza en su vida; ahí lo dejo). Parece que en toda la historia de la humanidad no ha habido ningún caso de abuela que cocinara mal. Además, esto debe de ser algún efecto genético que los científicos todavía no han descifrado. Hay madres que pueden preparar mejunjes infumables que nos obligan a comer como lentejas o espinacas, pero en el momento en que esa madre es abuela es como si del cielo bajara una lengua de fuego Pente-costal y le regalara un título de máster chef por ciencia infusa. A veces no hace falta personalizar en la abuela. A todos nos gusta la tecnología, por eso las compañías de móviles saben que es mejor ofrecerte 4G que un 3G, para encontrarte el punto ídem a tu cartera, ya que todos queremos lo más nuevo. Lo mismo sucede con cualquier otro producto de consumo, menos en la comida, donde nos gusta que aparezca la palabra “vieja” o “antigua”. Marcas como “La vieja fábrica” o eslóganes como “A la antigua usanza” triunfan en el etiquetado alimentario, pero lo tendrían muy difícil si vendieran televisores.


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