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    REMERAS NEGRAS

    Prof. Mario R. Féliz

    “Mirá hermano… yo sé lo que te digo!... Si la historia y el patriotismo, manejados con cierta malicia, no te pueden abrir cancha, es porqu´estás destinado a vivir de tu trabajo… ¡Pero, es bueno que tentés!.. La historia…”

    -Como pa historia´ndo yo… que de pobre me voy quedando hasta miope.

    Patriotismo… y caldo gordo, de Fray Mocho

    Habían recorrido la distancia que separa Gualeguaychú de Concordia en una combi blanca. Incluidos los fotógrafos y periodistas, el grupo estaba formado por no más de veinte personas. La mayoría de ellos eran saludables cincuentonas y sexagenarios de pelos grises, todos pacífi-cos ciudadanos, gente mansa. En pocos minutos desembarcaron sus bártulos (equipo de soni-do, pancartas, banderas argentinas, etc), sin prisa montaron la escenografía y comenzaron el “escrache”, uniformados por sus remeras negras. Sobre la cerca de la vivienda instalaron un gran cartel que hacía elocuente su propósito: “Mauro Real traidor a su país fuera del nuestro”. Después de amenazar a toda la familia de varias formas y de arrojar huevos podridos hacia la casa, el acto concluyó cantando, con simulada unción, el Himno Nacional Argentino.

    -Entonces, ¿La tarea de inteligencia previa y la eficaz organización, fueron las causas del éxito de la operación? .

    - ¡Afirmativo! .

    Escrachar es una palabra ingresada a la lengua de los argentinos por la ventana del lunfardo. Tiene varios significa-dos que, de algún modo, establecen los límites dentro de los cuales puede moverse el escrachador y determinan, a su vez, las consecuencias que habrá de sufrir el escrachado. De tal forma, se puede escrachar con una cámara fotografiando al sujeto subrepticiamente o se puede escrachar al miserable rompiéndole la cara. Sin embargo, la acepción que hoy parece más popular es la de poner a alguien en evidencia, delatarlo abierta y públicamente. No obstante, conviene no olvidar su etimología italiana (schiacciare) que significa aplastar.

    Se aprecia, a simple vista, que el alcance del escrache dependerá de la voluntad e intención del escrachador. Aun-que, tal vez, también dependa de la actitud del escrachado. ¿Qué tal si éste enfrenta al escrachador con epítetos y frases también intimidantes? ¿Cómo se resuelve la pulseada?, por la fuerza. ¿Y quién gana?, el más fuerte. Si ésta es la lógica aplicable, ¿cómo se evita la contienda? Sólo es posible eludirla si el escrachado es suficientemente débil como para responder al ataque. Es por eso que la mecánica del escrache se sustenta en la dinámica de grupo contra individuo. La patota, la barrabrava, la brigada de choque, el grupo comando o la turba contra el culpable. Se garanti-za de esa forma el éxito del escrache.

    La sucesión, delación-intimidación-linchamiento, se interrumpe o se completa dependiendo de las circunstancias. El grupo avanza hasta donde lo indica su sensación de impunidad, la convicción de que no tendrá castigo alguno, de que él representa la ley.

    “Crece la movilización. La Asamblea escracha a directivo de Botnia”, tituló, en primera plana El Día de Guale-guaychú.

    “Teníamos miedo de Concordia, pero la policía apareció cuando ya nos íbamos”, declaraba uno de los remeras negras. Son indicios de que estás protegido, te sentís seguro.

    “No te vamos a dejar en paz, vamos a volver”, vociferaba frente a la casa de Mauro una saludable señora detrás del megáfono. Y como si no fuera suficiente, le reclaman que piense en sus hijas cuyos nombres mencionan. ¡Una canallada!

    La Asamblea de Gualeguaychú tiene en su haber varios escraches: la casa del asambleísta Héctor Rubio, la del vecino Guillermo Fazzio, la del ex-vicegobernador Guastavino y ahora la de Mauro Real de Azúa. Todos por distintas causas recibieron el mote de traidores. Estos no han sido, sin embargo, los únicos episodios donde la patota ha exteriorizado su prepotencia.

    Es evidente que la elección del sujeto del escrache debe ser realizada de alguna forma. Algún simulacro de jui-cio –público o secreto- habrá de llevarse a cabo, sin derecho a defensa por la obvia culpabilidad del acusado. Cada grupo escrachador tendrá sus propias reglas para elegir el candidato y establecer el alcance de la ope-ración.

    Se ha dicho que el escrache es un invento argentino. Sin duda, el procedimiento se ha convertido en un hábito local. No obstante, como el dulce de leche, aquel tampoco es un invento argentino.

    Humillar y denigrar al enemigo ha sido, y es, un procedimiento habitual en el mundo. Nuestra Santa Inquisición, quien llevara a un alto grado de sofisticación y sistematización los métodos de tortura y de ejecución de con-denados, nos muestra también como tratarlos si estos, a juicio del tribunal inquisidor, no merecieran la pena capital.

    Así es que, a los reos que no hubieran hecho suficientes méritos para consumirse en la hoguera, se les solía vestir con una túnica de arpillera, un capirote sobre la cabeza y un escapulario con la cruz de San Andrés colgado del cuello -un sambenito- y se los exponía así vestidos a la humillación pública. Hoy se le “cuelga el sambenito” a quién es objeto de difamación y desacreditación.

    “Señores vecinos sepan que están viviendo con el traidor al lado de sus casas”, se desgañitaba en la despedida la generosa dama de remera negra.

    Para no ensañarnos con el Santo Oficio, es justo recordar que, durante los años de terror de la Revolución Francesa, el escarnio público –escrache– precedía a la filosa labor de la guillotina. De tal forma desfilaron por las calles de París, en un carro y en medio de la multitud que los vituperaba, primero María Antonieta, tiempo después Dantón y finalmente el mismísimo "incorruptible", Robespierre. Una asamblea, el Comité de Seguridad Pública, tomaba las decisiones sin demasiados prolegómenos y consideraciones.

    Hay quienes se sienten incómodos cuando al analizar ciertos métodos de acción política, se lo hace a la luz de la historia de los totalitarismos contemporáneos. Sin embargo, hacerlo es inevitablemente correcto.

    En el principio están las Sturm Abteilung (camisas pardas) escribiendo “Juden” sobre la vidriera de aquel co-mercio de Berlín y exhibiendo un cartel que reza: “¡Alemanes resistan! ¡No compren a los judíos!” Pacífico y simple escrache dirigido a los enemigos de la causa nacional. Luego siguieron los campos de exterminio y la solución final.

    ¿Exageración, basada en historias ajenas y lejanas? ¿Nada nos dice nuestra historia próxima?.

    Ese año de 1977, casi a diario se tropezaba, en alguna de las calles de La Plata, con “la patota”. Aquella siniestra caravana de autos variopintos llenos de sujetos malentrazados y armados. Casi no se hablaba del asunto. La vida, para la gran mayoría, transcurría sin mayores sobresaltos.

    Una mañana de febrero como otras, estacionaba el auto en la puerta de su casa. En un minuto reco-gería a su esposa y a los pibes para iniciar la jornada. Al levantar la vista los vio salir por el pasillo. Venían de su departamento.

    Ante su pregunta dijeron que llevar documentos no era necesario. Lo hicieron acurrucar en el suelo, detrás del conductor, lo cubrieron con una frazada y partieron. Esto no era el principio y tampoco sería el final.

    Decía Hanna Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo: “el firme concepto jacobino de la nación fundamentado en los derechos humanos, esa concepción republicana de la vida comunitaria es el que afirma, en palabras de Clemenceau, que infringiendo los derechos de uno se infringen los derechos de todos.”

    En consecuencia, estas reflexiones, que aquí hago, deben considerarse casi como un ineludible alegato en defensa propia. No callo y me levanto porque no quiero llegar al fin de mis días y responder como Clemenceau: “¿Esperanza? ¡Imposible! ¿Cómo puedo esperar algo cuando ya no tengo fe en lo que me alzó, es decir, en la democracia.”.

    Mario R. Féliz
    La Plata, Noviembre 2013



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