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¡Salvemos a los tigres!
¡Comámoslos!

Por John Stossel
Fuente: LibertadDigital

En la India, China y Rusia hubo una vez 100.000 tigres. Hoy, nomás que unos millares. Semejante merma se debe a que los furtivos van por ellos para vender sus huesos, con los que se prepara una pasta que, al parecer, alivia los dolores.

La solución usual a este problema consiste en prohibir la venta de tales productos. "Si no hay compra, tampoco hay matanzas. ¡Caso cerrado!", dice Harrison Ford en un anuncio. Pero no, el caso no está ni mucho menos cerrado. Porque resulta que, luego de 33 años de prohibición, los tigres siguen desapareciendo.

"Si continuamos con el enfoque actual, el tigre está condenado", me dijo Terry Anderson, del Property and Environment Research Center, para mi programa especial “Ni se te ocurra comentarlo”. Anderson añadió que los gobiernos no han hecho más que fracasar a la hora de proteger a los animales prohibiendo su venta.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo podríamos salvarlos? Humm. Aquí va una idea: ¡Vendámoslos! ¡Comámoslos!

Hace cien años, el bisonte americano estaba prácticamente extinguido. ¿Por qué? Porque no eran de nadie, por lo que nadie tenía incentivo alguno para protegerlos. Así que la gente, simplemente, los mataba. Sin embargo, llegó un momento en que los rancheros empezaron a domesticarlos y a explotarlos. Hoy, América alberga medio millón de bisontes.

¿Padece América escasez de pollos? No. ¿Por qué? Porque nos los comemos.

Sí, me doy perfecta cuenta de que esto suena contraintuitivo. ¿Cómo va a aumentar el número de animales si a la gente le da por comérselos? El razonamiento convencional parece mucho más sensato... y sensible.

E ingenuo. En África, los rinocerontes estaban desapareciendo porque los furtivos los mataban para vender sus cuernos, por sus presuntas virtudes afrodisíacas. Los gobiernos del continente prohibieron su comercialización, pero de nada sirvió. Emergió un poderoso mercado negro, engrasado por la corrupción oficial. Los vigilantes aceptaban sobornos o se ausentaban de sus puestos.

"Fue un fracaso estrepitoso", afirma el doctor Brian Child, que estuvo 20 años en África tratando de salvar especies en peligro de extinción.

Al final, lo que funcionó fue permitir a los propietarios de tierras serlo también de los rinocerontes, y lucrarse con ellos. De la noche a la mañana, las tribus tenían algo que ganar con la supervivencia de esos animales.

Así funciona la naturaleza humana. Ningún gobierno protege los recursos con tanta eficacia como un propie-tario. En África, apunta Anderson, esos guardas que nada guardaban pasaron a ser fieros valedores de los rinocerontes de su tribu. A uno de ellos le preguntó: "¿Qué pasa cuando sorprende a un furtivo? ¿Lo mata?". Y ésta fue la respuesta que obtuvo: "No. Simplemente, le damos una paliza. Se van a sus aldeas y no vuel-ven más por aquí".

"Esta gente no tolera la caza furtiva porque quiere a los animales vivos," –afirma Anderson–. "Permiten que se los cace. Permiten que se los fotografíe. Y así protegen la vida salvaje".

En China, los pocos miles de tigres existentes sobreviven gracias a las granjas que velan por ellos. Sus pro-pietarios esperan que el gobierno chino levante el embargo que pesa sobre la venta de productos derivados del tigre el año que viene. Y entonces podrán ganar dinero con el sector de la medicina tradicional.

Según los ecologistas americanos, eso sería una noticia terrible. "No hay necesidad alguna de criar tigres", sostiene Judy Mills, de Conservation Internacional. "De acuerdo con un reciente estudio que hicimos en China (...), el 90% de los chinos es (...) partidario de la prohibición".

Qué bonito que dijeran eso, los chinos encuestados. Pero resulta que la mitad de esos mismos chinos dijeron también que habían consumido productos que pensaban contenían tigre. De hecho, la propia Mills reconocía: "Sabemos que los chinos creen que viene bien tener a mano una botella de vino de hueso de tigre, para los dolores y achaques".

"Nuestro método está funcionando" –dice la gente como Mills– "Pero el caso es que, hasta cierto punto, no ha tenido oportunidad de funcionar." ¡Venga ya! Treinta y tres años llevamos con lo mismo. ¿Cuánto tiempo más hay que esperar? Así proceden quienes piensan que un decreto gubernamental puede cambiar de un porrazo miles de años de costumbres.

Repito: lo que ha funcionado es permitir a la gente ser propietaria de y lucrarse con los animales exóticos. Ha funcionado con los elefantes en Zimbabue, con los rinocerontes en el sur de África y con los bisontes en América. Como dice Anderson, "si convertimos los animales en productos comercializables, se salvarán".

© JFS Productions Inc. Distributed by Creators Syndicate Inc.
© Copyright Libertad Digital SA.



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