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Teorías para salvar al mundo

por Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC

El mundo siempre estuvo lleno de peligros de toda clase imaginable. Todo aquello que pueda causar la muerte o daños físicos importantes es un peligro. Estar expuesto a un peligro se considera un “riesgo”. Es lógico que la gente se asuste de los peligros y busque alguna manera de protegerse de ellos y reducir los riesgos, es decir, su exposición a posibles peligros.

Esta preocupación de los hombres ha causado que desde los primeros días de la historia, hayan aparecido los providenciales salvadores de sociedades y, más tarde, de la humanidad y finalmente, del planeta entero. En el negocio de ofrecer protección ya no resulta muy rentable operar a escala individual, y sólo los guardaespaldas de millonarios y personajes políticos importantes y las organizaciones que proveen esos servicios hacen pequeñas diferencias.

Un poco más rentable en el negocio de ofrecer protección es operar a nivel municipal para arriba, provincial o mejor aún, nacional. Cuando se trabaja a escala de mercado, el negocio se hace verdaderamente interesante. Cuando se lo lleva a escala global, las cifras en danza causan mareos al tratar de leer la cantidad de ceros a la izquierda de la coma.

Pero hay un problema: hay peligros muy visibles y evidentes que la gente reconoce a simple vista, como algunas enfermedades comunes, o actividades riesgosas como viajar en automóvil o transporte público, ir a estadios de fútbol, caminar por calles oscuras en vecindades poco recomendables, abrirle la puerta de calle a alguien desco-nocido, enfrentar piquetes de huelguistas enfurecidos, y hasta ducharse en una bañera con piso cubierto por jabón. Estos y miles más son problemas visibles y reales, y la gente paga buen dinero en dispositivos de seguri-dad, o sigue buenas recomendaciones para evitarlos.

Pero hay muchos riesgos y peligros que no son tan visibles o aparentes y allí es donde intervienen los expertos en peligros, especialistas en amargarle la vida a la gente mostrándole que si está vivo es por pura casualidad. Las estadísticas dicen que ya debería haber muerto hace mucho tiempo por el simple hecho de no conocer esos terribles peligros y no haber seguido las recomendaciones de los expertos para evitarlos. Las recomendaciones nunca resultan ser gratis, y a la larga la gente termina pagando por esas recomendaciones para evitar peligros imaginarios, inventados por los “expertos” en riesgo, bajo la forma de mayores impuestos, o mayores costos de todos los productos causados por leyes y regulaciones que no debería de haberse implementado. No deberían implementarse regulaciones que protegen contra peligros imaginados.

La Parte Oscura de los Peligros

Con los peligros reales y evidentes no hay problema para que la gente los acepte, suena a perogrullada pero es así, y no es necesario hacer campañas ni desarrollar teorías extrañas. Pero para lograr que la gente acepte como reales peligros imaginarios es necesario –condición sine qua non- crear una teoría que demuestre la existencia de algún peligro y así conseguir que la gente acepte primero al peligro como real, y que luego acepte las conclu-siones de los expertos y las recomendaciones para evitarlos –sin rechistar.

El gran inconveniente de esta costumbre tan extendida es que la gente no está informada de que las teorías tienen que ser demostradas mediante métodos científicos, la prueba ácida de la experimentación y replicación de los experimentos y de las observaciones de los investigadores. La gente cree que, una vez enunciada alguna teoría, ya tiene vida propia, todo lo que está incluido allí es verdad, y hay que seguir las recomendaciones de los “exper-tos” creadores de teorías –por más falsas que sean. Para lograr que la gente acepte teorías falsas se recurre siempre a la falacia de la Autoridad Científica de los personajes, o de las venerables instituciones científicas y fundaciones que apoyan el invento. Y quienes cometen la torpeza de hacer escuchar una voz de advertencia pidiendo mayores explicaciones o mostrando los puntos débiles o falsos en la teoría, son declarados herejes, se los compara con los “negadores del Holocausto”; se los convierte en réprobos, y se los acusa de estar pagados por industrias del tabaco, nucleares, compañías petroleras, químicas, o por la mafia.

Por eso es necesario –imprescindible e imperioso- revisar la historia y aprender de los errores cometidos cuando se aceptaron teorías que no debieron aceptarse sin haberlas revisado mejor. Me gustaría mostrarles lo que el escritor Michael Crichton dice sobre este tema, que me parece de un sentido común abrumador. Lo expone como Apéndice 1 de su extraodinario best-seller, “Estado de Miedo”. Este tema lo hemos tratado ya con mucha ampli-tud en estas páginas, pero nunca está de más refrescar la memoria. Porque mi opinión es que las crisis actuales no son crisis de recursos naturales o económicos, sino que son Crisis de Memoria. La memoria de los pueblos parece haberse acortado a sólo algunos pocos años, algunas veces apenas a meses.

Dice Michael Crichton:

Imaginemos que aparece una nueva teoría científica que nos advierte de una crisis inminente y señala una posible salida. La teoría atrae de inmediato el apoyo de los principales científicos, políticos y celebridades del mundo. Financian la investigación destacados filántropos y la llevan a cabo prestigiosas universidades. Se informa de la crisis con frecuencia en los medios de comunica-ción. Los conocimientos científicos pertinentes se enseñan en las aulas de institutos y universida-des.

No me refiero al calentamiento del planeta. Hablo de otra teoría, que cobró prominencia hace un siglo.

Entre quienes la apoyaron se incluían Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson y Winston Churchill. Fue aprobada por los jueces del Tribunal Supremo Oliver Wendell Holmes y Louis Brandeis, que se pronunciaron a favor. Entre los famosos personajes que la respaldaron estaban Alexander Graham Bell, inventor del teléfono; la activista Margaret Sanger; el botánico Luther Burbank; Leland Stanford, fundador de la Universidad de Stanford; el novelista H. G. Wells; el dramaturgo George Bernard Shaw, y muchos más.

Dieron su apoyo numerosos premios Nobel. Contribuyeron a financiarla las fundaciones Carnegie y Rockefeller. El Cold Springs Harbor Institute se construyó para llevar a cabo la investigación, pero también se realizaron aportaciones importantes en Harvard, Yale, Princeton, Stanford y Johns Hopkins. Se aprobaron leyes para afrontar la crisis en muchos estados desde Nueva York hasta California.

Estos esfuerzos recibieron el apoyo de la Academia Nacional de las Ciencias, la Asociación Médica Americana y el Consejo Nacional de Investigación. Se dijo que si Jesús hubiese vivido, habría respaldado este esfuerzo. En total, la investigación, la legislación y el encauzamiento de la opinión pública en torno a la teoría se prolongaron durante casi medio siglo. Quienes se opusieron fueron obligados a callar y tachados de reaccionarios, ciegos a la realidad o simplemente ignoran-tes. Pero en retrospectiva lo sorprendente es que plantease objeciones tan poca gente.

Hoy día sabemos que esta famosa teoría que tanto apoyo recibió era de hecho seudociencia. La crisis que postulaba no existía. Y las medidas tomadas en nombre de esa teoría eran incorrectas desde un punto de vista moral y penal. En última instancia provocaron la muerte de millones de personas.

La teoría era la eugenesia, y su historia es tan espantosa –y para quienes se vieron envueltos en ella, tan vergonzosa– que en la actualidad apenas se habla. Pero debería ser conocida por todos los ciudadanos para que sus errores no se repitan.

La teoría de la eugenesia postulaba una crisis de la dotación genética que conducía al deterioro de la especie humana. Los mejores seres humanos no se reproducían con la misma rapidez que los inferiores: los extranjeros, los inmigrantes, los judíos, los degenerados, los incapacitados y los «débiles mentales». Francis Galton, un respetado científico británico, fue el primero que especuló en este terreno, pero sus ideas se llevaron mucho más lejos de lo que él preveía.

Las adoptaron los norteamericanos con formación científica, así como aquellos sin el menor interés en las ciencias pero preocupados por la inmigración de razas inferiores a principios del Siglo XX: «peligrosas plagas humanas» que representaban «la creciente marea de imbéciles» y que contaminaban lo mejor de la especie humana.

Los eugenistas y los inmigracionistas aunaron fuerzas para poner remedio a esta situación. El proyecto consistía en identificar a los individuos que eran débiles mentales -existía acuerdo en que los judíos eran en su mayor parte débiles mentales, pero también muchos extranjeros, así como los negros- e impedir su reproducción mediante el aislamiento en instituciones o la esterilización.

Como dijo Margaret Sanger, «acoger a los inútiles a costa de los buenos es una crueldad extre-ma ... no hay mayor maldición para la posteridad que legarle una creciente población de imbéci-les». Habló de la carga que representaba ocuparse de «este peso muerto de desechos humanos».

Estos puntos de vista fueron compartidos por muchos:

H. G. Wells se opuso a los «enjambres mal preparados de ciudadanos inferiores».
Theodore Roosevelt dijo que «la sociedad no debe permitir que los degenerados se reproduzcan».
Luther Burbank: «No debe permitirse que los criminales ni los débiles se reproduzcan».
George Bernard Shaw declaró que sólo la eugenesia podía salvar a la humanidad.

Este movimiento contenía un manifiesto racismo, ejemplificado en textos como La Creciente Marea de Color Contra la Supremacía Mundial Blanca, del autor estadounidense Lothrop Stoddard. Pero en su día el racismo se consideró un aspecto irrelevante del esfuerzo por alcanzar un maravilloso objetivo, la mejora de la especie humana en el futuro. Fue esta idea vanguardista la que atrajo a las mentes más liberales y progresistas de una generación. California fue uno de los veintinueve estados que aprobaron leyes autorizando la esterilización, pero resultó ser el más optimista y entusiasta: se practicaron más esterilizaciones en California que en ningún otro lugar de Estados Unidos.

NOTA de FAEC: De hecho, la ley de eugenesia promulgada por Hitler para la eliminación de los “indeseables” en los campos de exterminio fue copiada, párrafo por párrafo de la ley de eugenesia del Estado de Virginia, EEUU, unos de los primeros estados en adoptar esta espantosa teoría, antes que lo hiciese California.

La investigación eugenésica recibió financiación de la Fundación Carnegie y posteriormente de la Fundación Rockefeller. Esta última demostró tal entusiasmo que incluso después de trasladarse el centro de los esfuerzos eugenésicos a Alemania e implicar la muerte en la cámara de gas de los internos de los sanatorios mentales, siguió financiando a investigadores alemanes a muy alto nivel. (La fundación lo llevó en secreto, pero aún financiaba esa investigación en 1939, solo unos meses antes de desatarse la Segunda Guerra Mundial.)

Desde la década de los veinte, los eugenistas norteamericanos sintieron envidia porque los alema-nes habían pasado a encabezar el movimiento. Los alemanes eran de un progresismo admirable. Establecieron casas de aspecto corriente donde se llevaba e interrogaba uno por uno a los «defi-cientes mentales», antes de conducirlos a una habitación trasera, que era, de hecho, una cámara de gas. Allí los gaseaban con monóxido de carbono, y sus cadáveres se eliminaban en un cre-matorio situado en la finca.

Con el tiempo, este programa se amplió a una vasta red de campos de concentración ubicados cerca de las líneas de ferrocarril, lo que permitió el eficaz transporte y sacrificio de diez millones de indeseables. Después de la Segunda Guerra Mundial, nadie era eugenista, y nadie lo había sido. Los biógrafos de los personajes célebres y poderosos no se explayaron sobre la atracción ejercida por esta filosofía en sus biografiados, y en ocasiones ni siquiera lo mencionaban. La eugenesia dejó de ser tema en las aulas universitarias, aunque algunos sostienen que sus ideas siguen vigentes bajo una forma distinta.

Pero en retrospectiva destacan tres puntos. Primero, pese a la construcción del Cold Springs Harbor Laboratory, pese a los esfuerzos de las universidades y los alegatos de los abogados, la eugenesia carecía de fundamento científico. De hecho, en la época nadie sabía qué era realmente un gen. El movimiento pudo desarrollarse porque utilizaba términos vagos que jamás se definieron con rigor. La «debilidad mental» podía significar cualquier cosa, desde pobreza y analfabetismo hasta epilepsia. Análogamente, no existían definiciones claras de «degenerado» o «incapacitado».

En segundo lugar, el movimiento eugenésico fue en realidad un programa social disfrazado de programa científico. Lo impulsaban el racismo, la preocupación por la inmigración y el hecho de que gente indeseable se trasladase al barrio o al país de uno. Una vez más, una terminología vaga contribuyó a ocultar lo que ocurría realmente.

En tercer lugar, y lo más lamentable, las instituciones científicas de Estados Unidos y Alemania no organizaron ninguna protesta continuada. Todo lo contrario. En Alemania, los científicos se apresu-raron a incorporarse al programa. Los investigadores alemanes modernos han vuelto a revisar los documentos nazis de la década de los treinta. Esperaban encontrar instrucciones indicando a los científicos qué debían investigar. Pero eso no fue necesario.

En palabras de Ute Deichman, «los científicos, incluidos aquellos que no pertenecían al partido [nazi], procuraron obtener financiación para su trabajo mediante la modificación de su comporta-miento y la cooperación directa con el Estado». Deichman hace alusión al «papel activo de los científicos respecto a la política racial nazi... donde [la investigación] tuvo el objetivo de confir-mar la doctrina racial… no puede documentarse ninguna presión externa». Los científicos alema-nes adaptaron sus intereses como investigadores a las nuevas políticas. Y los pocos que no se adaptaron desaparecieron.

Un segundo ejemplo de ciencia politizada posee un carácter muy distinto, pero ilustra los riesgos presentes en el hecho de que la ideología de un gobierno controle la labor de la ciencia, y de que unos medios de comunicación poco críticos promuevan falsos conceptos.

Trofim Denisovich Lisenko fue un campesino con gran aptitud para la autopromoción que, según se decía, «resolvió el problema de la fertilización de los campos sin fertilizantes ni minerales». En 1928 declaró haber inventado un procedimiento llamado «vernalización» mediante el cual las semillas se humedecían y enfriaban para potenciar el posterior crecimiento de los cultivos.

Los métodos de Lisenko nunca se sometieron a un ensayo riguroso, pero su afirmación de que estas semillas tratadas transmitían sus características a la siguiente generación representó un resurgimiento de las ideas de Lamarck en una época en que el resto del mundo acogía la genética de Mendel. Josef Stalin se sintió atraído por las ideas de Lamarck, que implicaban un futuro sin los condicionamientos de las restricciones hereditarias; quería asimismo mejorar la producción agrícola.

Lisenko prometía tanto lo uno como lo otro, y se convirtió en el niño mimado de unos medios de comunicación soviéticos que andaban buscando noticias sobre campesinos inteligentes que desa-rrollaban procedimientos revolucionarios.

Se presentó a Lisenko como genio, y él sacó el máximo provecho de su celebridad. Tenía especial habilidad para denunciar a sus opositores. Utilizó cuestionarios de granjeros para demostrar que la vernalización incrementaba el rendimiento de los cultivos y eludió así cualquier ensayo directo. Impulsado por el entusiasmo estatal, su ascensión fue rápida. En 1937 pertenecía ya al Sóviet Supremo.

Para entonces, Lisenko y sus teorías dominaban la biología rusa. El resultado fueron las hambrunas que acabaron con millones de vidas y las purgas que llevaron a cientos de científicos soviéticos disidentes a los gulags o los pelotones de fusilamiento. Lisenko llevó a cabo un agresivo ataque contra la genética, que finalmente se prohibió por considerarse «seudociencia burguesa» en 1948. Las ideas de Lisenko carecían de toda base, y sin embargo controlaron la investigación soviética durante treinta años. El lisenkoísmo terminó en la década de los sesenta, pero la ideología rusa aún no se ha recuperado por completo de esa etapa.

Ahora participamos en una nueva gran teoría, que una vez más ha captado el apoyo de políti-cos, científicos y celebridades de todo el mundo. Una vez más, la teoría es promovida por las principales fundaciones. Una vez más, la investigación corre a cargo de prestigiosas universi-dades. Una vez más, se aprueban leyes y se aplican con carácter de urgencia programas sociales en su nombre. Una vez más, los críticos son pocos y reciben un mal trato.

Una vez más, las medidas que se aplican tienen poca base en la realidad o la ciencia. Una vez más, grupos con otras agendas se esconden tras un movimiento que parece tener elevadas miras. Una vez más, la superioridad moral se utiliza como argumento para justificar acciones extremas. Una vez más, el hecho de que algunas personas salgan perjudicadas es considerado un mal menor porque se afirma que una causa abstracta es más importante que cualquier consecuencia humana.

Una vez más, términos vagos como «sostenibilidad» y «justicia generacional» -términos sin una definición establecida- se emplean al servicio de una nueva crisis.

No sostengo que el calentamiento global sea lo mismo que la eugenesia. Pero las afinidades no son solo superficiales.

Y sí afirmo que se está reprimiendo la discusión abierta y franca de los datos y de los resultados. Destacadas publicaciones científicas se han declarado con rotundidad a favor del calentamiento global, lo cual no es competencia suya. Dadas las circunstancias, cualquier científico escéptico comprenderá que lo más sensato es callarse sus opiniones.

Una prueba de esta represión es el hecho de que muchos de los críticos declarados del calenta-miento del planeta son profesores jubilados. Estos ya no buscan becas, ni tienen que enfren-tarse a colegas cuyas solicitudes de beca y cuya promoción académica puede verse en peligro a causa de sus críticas.

En la ciencia, los ancianos suelen equivocarse. Pero en la política, los ancianos son sabios, acon-sejan cautela y al final tienen razón a menudo.

La historia pasada de la fe humana es un cuento con moraleja. Hemos matado a miles de congéne-res porque creíamos que habían firmado un pacto con el diablo y se habían convertido en brujos. Aún matamos más de mil personas al año por brujería. En mi opinión, sólo hay una esperanza para que la humanidad salga de lo que Carl Sagan llamó «el mundo demonizado» de nuestro pasado. Esa esperanza es la ciencia.

Pero como dijo Alston Chase, «cuando la búsqueda de la verdad se confunde con la defensa política, la búsqueda del conocimiento se reduce a la búsqueda de poder».

A ese peligro nos enfrentamos ahora. Y por eso la mezcla de ciencia y política es una mala combinación, con una mala historia. Debemos recordar la historia y aseguramos de que lo que le presentamos al mundo como conocimiento es desinteresado y honesto.

Michael Crichton
Estado de Miedo
Plaza y Janés ©2001



CONCLUSIÓN

Hace más de 5 años que en este sitio web hemos venido mostrando y tratando de desenmascarar las teorías que los “expertos” creadores de mitos han venido elaborando para reemplazar a los esfuerzos fallidos de la eugenesia. Tanto la eugenesia como las demás teorías que hacen foco sobre los problemas que representa la población de la tierra y su aumento, abrevan en la también fallida teoría de Thomas Malthus, pobre plagiario de las teorías del veneciano Giammaría Ortes, del renacimiento.

Una rápida conclusión sería que deberíamos recordar que “en boca del mentiroso, lo cierto se hace dudo-so,” y las opiniones de quienes se han equivocado tan espantosamente han perdido toda autoridad y no pueden ser consideradas –a priori- como representantes de conocimientos científicos o de sensatez. Es cierto que la inmensa mayoría de los que apoyaron a la teoría de la eugenesia han muerto ya, y los integrantes de las Acade-mias de Ciencia e instituciones han variado. Sin embargo, el pensamiento de la elite científica, los que habitan la Torre de Marfil del Establishment seudo científico, sigue siendo el mismo y sus opiniones están siempre teñidas del prejuicio eugenista que siempre la ha caracterizado. La eugenesia viste hoy otros ropajes provistos por los mismos popes del Establishment.

Cada vez que vea que la "Academia de Ciencias" apoya alguna teoría con tufillo político, piense: "Sí, también apoyó la eugenesia -¿porque ahora tendría que estar en lo cierto?" Es el mismo circo con payasos renovados.

El problema ha sido, desde un inicio, el uso que la población mundial hace de los recursos naturales y materias primas de sus países, y con ello la menor disponibilidad o mayor precio de esos recursos para las naciones industrializadas de hoy que, curiosamente, fueron todas las grandes potencias coloniales de antaño: Gran Bretaña, Alemania, Italia, España, Francia, Holanda, Bélgica, y en menor medida Portugal, nación esta que no participa desde hace mucho en la continuidad del colonialismo bajo su nueva forma, el neo-colonialismo de las Naciones Unidas y sus múltiples organizaciones.

Todas las teorías inventadas para lograr la reducción de la población del mundo tienen el fin de mantener al antiguo mundo colonial de pobreza y retraso industrial. Una de las condiciones para lograr esto es el control del crecimiento de la población y si fuese posible, lo ideal es la reducción de la misma a los niveles del Siglo 19.

La eugenesia era un proyecto ambicioso, y estuvo a punto de tener un éxito total, dado que de haber triunfado Alemania Nazi en su proyecto político hegemónico, todos los no arios del mundo hubiesen pasado a la categoría de esclavos en la gran mina de sal del 3er Reich. Se les (o mejor, se NOS) habría permitido seguir existiendo –sobreviviendo- pero bajo la condición de esclavos, mano de obra casi gratis, que procesaríamos nuestros recur-sos materiales para beneficio de la Metrópoli Nazi. De un rápido análisis se comprueba que en la actualidad no hay mucha diferencia entre el triunfo de los Nazis o de los Conservadores Británicos, o los Demócratas norteame-ricanos o los liberales franceses. El Tercer Mundo estuvo durante mucho tiempo manteniendo con sus recursos naturales y su trabajo de esclavos a los países industrializados del norte.

Pero el desarrollo y el progreso no es fácil de detener por la simple razón de que quien ve a los demás vivir de una manera fácil y agradable tiene ganas de vivir de la misma manera. De alguna manera, difícil al principio, pero más aceleradamente después, varios países de Asia consiguieron acceder a la industrialización, primero como base de fábricas occidentales con operarios de ínfimo salario y casi nulo costo y, eventualmente se convirtieron en com-petidores de Occidente. Y los países industrializados tuvieron que hallar una manera de contrarrestar esta marea de progreso y desarrollo de sus antiguas colonias. Y eligieron como excelente herramienta la creación de mitos y teorías sobre supuestos peligros inadvertidos por la gente tonta e ignorante, que estaban listos para arrojarse sobre ellos y devorarlos. Por supuesto, estos mitos estuvieron –siempre- apoyados por célebres personalidades científicas, las Academias de Ciencia necesarias, las instituciones de pensadores, las fundaciones caritativas y “humanitarias”, y como eso no era suficiente, se añadieron al cortejo una miríada de ONGs de todos tipo, pero en su mayoría “ecologistas” salvadoras de cualquier cosa en el planeta.

Así fue relanzada la eugenesia, un refrito del veneciano Giammaría Ortes y el clérigo inglés Thomas Malthus, adornada con añadidos y parches de H.G. Wells, Julian Huxley, y otros “pensadores” de su calaña, entre los que sorprende a muchos hallar a martín Heiddeger, salvado del juicio de Nuremberg por sus amigos de Inglaterra y EEUU. No sirvió. Su racismo era demasiado franco y transparente. Había que cubrir al lobo con otros ropajes, y entonces se comenzó el lanzamiento de diversas teorías y campañas que llevaron, por ejemplo, a la prohibición del DDT.

Rachel Carson y su “Primavera Silenciosa” consiguieron lo que la eugenesia de Hitler no había conseguido. Hitler consiguió eliminar a 10 millones de personas indeseables de este mundo, en apenas 7 años de campos de exter-minio, es decir a razón de 1.428.000 personas anuales. Rachel Carson y su ansiada prohibición del DDT mataron (y lo siguen haciendo) a 2,5 millones de personas anuales desde 1975. Calculando 30 años de muertes innecesarias, la cifra resulta ser de 75 millones de “indeseables” erradicados del mundo.

A pesar de ello, la población seguía creciendo, porque no en todas partes del mundo la malaria y otras enferme-dades transmitidas por los mosquitos y otros insectos matan la misma cantidad de gente. Se probaron guerras apoyadas por teorías de “seguridad nacional”, se pretendió reducir a la mitad a la población de El Salvador, Nicaragua, Colombia, mediante las guerras civiles –pero no fue suficiente, de acuerdo a las declaraciones en esa época, de funcionarios del Departamento de Estado quienes decían que mientras haya mujeres fértiles en condi-ción de procrear hijos, los pueblos del Tercer Mundo seguirán “reproduciéndose descontroladamente como animales”. Las guerras no sirven, según ellos, para disminuir la población de los países. Un trabajo mejor lo hacen las pestes y las enfermedades.

La prohibición del DDT vino como anillo al dedo, como también es excelente la prohibición de los CFC, y más aún –ya que la mortandad no es bastante alta aún, la inminente prohibición del fumigante de cosechas, el bromuro de metilo, por su presunta acción para destruir la capa de ozono. Sin el bromuro de metilo se perderán más del 50% de las cosechas de grano del mundo y la cosecha de frutas caerá a niveles de escasez alarmantes. Dado que si hoy mismo se dejase de usar el bromuro de metilo en todo el mundo, el bromuro de metilo seguiría estando en la atmósfera –pero al 80% de la actual concentración, porque la naturaleza produce el 80% del bromuro de metilo que anualmente se incorpora a la atmósfera, y no haya nada que los humanos podamos hacer para impedirlo –nada.

¿La razón para seguir adelante con este genocidio? La peor de las predicciones (profecías) anunciadas para prohi-bir a los CFC y el bromuro de metilo era que la destrucción de la capa de ozono sería del 20%. El aumento de los rayos UV-B sería del 10% y causarían un incremento fenomenal de los cánceres de piel –mito con el que todavía siguen inistiendo desde 1990. La verdad científica es que un aumento del 10% de la capa de ozono la encontramos sobre nuestras cabezas cada vez que viajamos 50 kilómetros hacia el norte, es decir, desde La Plata hasta Olivos, o desde Córdoba hasta Jesús María.

Las teorías sin comprobación científica válida son la manera en que las elites que se mueven en bambalinas, las que nombran y controlan a los principales gobiernos del mundo, van manejando a la opinión pública mediante la promoción de esas teorías por medio de los más importantes medios de prensa –de las que son dueñas. Financia la elite a universidades e institutos para promover estudios que “demuestren” esas teorías destinadas a instigar el miedo en la sociedad, miedo que le hará a la gente acudir a las autoridades para una protección contra las próximas “catástrofes”. Las campañas sirven también para que las leyes y recortes de libertades de la población -“necesarios” para lograr la “salvación”- sea aceptada mansa y resignadamente por la población.

Eduardo Ferreyra

Presidente de FAEC
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