Hora de Córdoba
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La Paranoia Sojera del
Ecologismo Multinacional

por Eduardo Ferreyra
12 de abril, 2008

Nos ha llegado un escrito firmado por un tal “Doctor” Raúl Montenegro, y tenemos razones para creer que se trata del conocido biólogo de la Universidad de Córdoba y alarmista profesional de FUNAM, Fundación para la Protección del Ambiente. Sin embargo, el biólogo Montenegro nunca elaboró ni rindió su tesis para doctorado –lo que le habilitaría para usar el título de “doctor”. Sí tiene, sin embargo, un doctorado “Honoris Causa”, pero no en biología sino en “Trayectoria y Lucha” otorgado por la Universidad de San Luis. Los títulos Honoris Causa no autorizan –éticamente- a usar el título de “doctor”, pero cuando se añaden a un currículum se hace mencionando a la institución que lo ha otorgado.

También gusta el Sr. Montenegro de publicitarse como “Premio Nobel Alternativo”, calificativo que le adjudi-cara el creador del premio Right Livelihood (o Award ('Manera Correcta de Vivir”), el filántropo y ultraeco-logista Jakob von Uexkull, antiguo miembro de Greenpeace (como Montenegro), patrocinador de Amigos de la Tierra, y promovido a miembro del Parlamento Europeo como representante del Partido Verde Alemán. Tiene un doctorado en Política, Filosofía y Economía de la Christ Church, de Gran Bretaña. Verde, que te quiero verde, pero verde dólar en lo posible.

En 1980 Von Uexkull le propuso a la Fundación Nobel la creación de dos nuevas categorías: una dedicada a la ecología y otra que considerara a la gente pobre del mundo. La Fundación Nobel no le prestó atención. Enton-ces vendió unas cuantas estampillas raras de su colección y consiguió 1 millón de dólares para iniciar su Fundación Manera Correcta de Vivir que actualmente recibe donaciones de otros muchos ecologistas para otorgar todos los años un premio de entre 270 y 380 mil dólares para quienes se hayan destacado en su actividad anti-industria, anti-desarrollo, y anti-progreso. Montenegro compartió su premio de 2004 con una organización ecologista rusa y con Bianca Jagger. Muy chic. Muy fashion entre los verdes. Unos $40.000 dólares de su parte del premio le han permitido invertir en la compra de una hermosa camioneta 4x4 “todo terreno”, marca Land Rover, modelo “Defender”, diesel, color verde oscuro, que maneja con placer y orgullo. Quién no! Aunque contamine con particulado de hollín microscópico. CO2, óxidos nitrosos varios, y contribu-ya al smog y a una contaminación que combate con tanto ardor ecologista…

Curiosa dualidad que, sin embargo, le permite pontificar sobre el anti-desarrollo tecnológico y el uso de pro-ductos de tecnología avanzada. Quizás, parafraseando al lobo feroz de Caperucita, “para combatirte mejor…

El Sr. Von Uexkull dice en su página web “El Premio Nobel es el más alto honor que nuestra sociedad pueda conceder a un individuo,” como para justificar y hacer que su premio Right Livelihood, al ser desvergonzada-mente bautizado como “Nobel Alternativo” por él mismo, tenga la misma estatura de seriedad y honorabili-dad que el Nobel Original. Sin embargo, a pesar de que después de los muchos ejemplos de un uso netamente político y arbitrario del Premio Nobel de la Paz, (otorgado a personajes tan poco merecedores del mismo como conocidos terroristas y ex terroristas, algunos políticos bastante nefastos, y científicos bastante dudo-sos), el Nobel sigue teniendo el respeto de la mayoría de la sociedad y casi todos los científicos ganadores son buenas personas y honestos benefactores de la humanidad.

Pero en realidad, el Nobel Alternativo debe ser llamado con total acierto el Anti-Nobel, porque premia y distingue a todos aquellos que están en contra de lo que Alfred Nobel quiso premiar y distinguir cuando instituyó su premio. Nobel quiso premiar a quienes hubiesen contribuido con sus esfuerzos y su trabajo –durante el año anterior- al desarrollo de la industria, la tecnología y al progreso de la sociedad. El Anti-Nobel premia todo lo contrario.

El Anti-Nobel Alternativo se otorgaba en una sala especial ubicada en el Parlamento Sueco, dando la impresión de que era otorgado por el mismo parlamento que otorga el Premio Nobel de verdad, pero desde hace más o menos dos años el Parlamento consideró que no era conveniente verse relacionado con Von Uexkull y su Right Livelihood Award, y canceló el permiso para que el premio se otorgase allí. Sus bien fundadas razones tendrían…

Pero lo importante es el documento escrito por Montenegro, referido al cultivo de la soja y el reciente paro agropecuario. Es una apelación emocional, como toda expresión ecologista, basada en muy poca ciencia dura –y la poca que se percibe está muy distorsionada, exagerada o directamente inventada. Nuestra opinión es que se trata de una expresión de resentimiento, de ignorancia de muchos factores, casi todos ellos técnicos y científicos; de un profundo odio por todo lo que represente adelanto y desarrollo de una nación, mejoras en las condiciones de vida de sus habitantes. Resentimiento quizás porque en el negocio de la soja Montenegro y su Funam parecen haber quedado fuera del mismo, mientras que miles de argentinos están viendo como sus vidas han mejorado, aún a pesar de todo lo que los gobiernos han hecho, hacen y seguirán haciendo para dificultar su trabajo y rapiñar sus ganancias. Es un documento que pretende tener un alto vuelo poético pero apenas se arrastra entre la demagogia más fácil, primitiva, simplista y retrógrada y la desinformación más elemental donde se dan como hechos verídicos suposiciones o sospechas sin base o comprobación alguna.

El escrito de Montenegro puede leerse al final, completo, pero iremos analizando las partes más destacadas del documento, donde dice cosas como:

Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías.
Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.
Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero.

La Biblia y el Calefón. Hace mucho que sabemos que en Argentina las mayorías han sido falsas desde siempre. Que el concepto democrático de mayoría sólo es la expresión de la fuerza bruta del número y no de la inteli-gencia aplicada. Pero los ruralistas no son cómplices del gobierno sino apenas las víctimas obligadas de un saqueo que lleva muchas décadas. Y desde que el país se volvió “sojero” el campo se convirtió en el gran salvador de la catástrofe a la que los gobiernos se han empecinado en llevar a los argentinos. Gracias soja, gracias trigo, gracias novillos y terneros. Gracias gente del campo.

La comparación de cacerolas brillantes de Buenos Aires y las renegridas y sin tierra de Santiago del Estero es demasiado rebuscado. ¿Sin tierra? ¿Querrá insinuar que los campesinos de Santiago no son dueños de las tie-rras que cultivan? ¿Una emulación de las “vaquitas son ajenas” del Yupanqui? Si no son los dueños entonces queda claro que quienes protestaban en Santiago eran arrendatarios que veían que el aumento en las reten-ciones significaba que poca ganancia les quedaría debido a los menores rindes que se obtienen en una región con menores lluvias y mayores costos. Queda claro que eran trabajadores quienes protestaban en Santiago y no los gerentes de los “pool” de siembra, o los señores Grobocopatel.

Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.
Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del abastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.

Extraño intento de relacionar al más exitoso promotor de venta de remeras, posters y libros biógráficos con una empresa de química e insumos para el agro –entre muchos otros productos de enorme utilidad para la gente común. Como podría decirse sin temor a equivocarse: “¿Qué tendrá que ver el piano con la alpargata?”. Una tontería muy común como “Sí a la Vida, No a las Papeleras”, como si una cosa negara o fuese incompati-ble con la otra. Pero el Ché Guevara, insigne fusilador y violador de todos y cada uno de los Derechos Huma-nos conocidos, es un comodín y caballito de batalla de la izquierda que se usa para promocionar cualquier cosa que se quiera vender. El aprovechamiento comercial de la ideología.

Es una lástima que en las escenas que mostró la televisión durante los 21 días del paro agropecuario los “terra-tenientes” que pudimos ver tenían todo el aspecto de muy simples y sufridos hombres de campo, con rostros de piel curtida por el sol y las inclemencias del tiempo. Manos que jamás supieron de los cuidados de una manicura o de sostener copas de champagne Pomery, el mismo que se bebe en las reuniones donde se discu-ten los impuestos y que se crearán para salvar al planeta del cambio climático, o donde se hacen entregas de premios Anti-Nobel.

Parece un torpe intento de traer al ruedo la leyenda negra de la conquista española y las atrocidades que se cometieron con los indígenas de América. Parece insinuar que todos los campos donde se siembra soja fueron tomados a sangre y fuego de arcabuz y golpe de espada de los pobres comechingones por los terratenientes de la actualmente impulsada nueva Leyenda Negra de la Soja. Sólo vimos en los piquetes de los ruralistas a descendientes de piamonteses, friulanos, gallegos, vascos, catalanes, andaluces, sirios y libaneses, y algunos suecos, alemanes, polacos, franceses…

“Su soja maldita” dice Montenegro. La misma que permitió una fantástica recuperación de la república, aún a pesar de insólitos impuestos a la exportación de materias renovables y mano de obra argentina. Soja bendita, deberían decir los argentinos y estar agradecidos a que una favorable circunstancia internacional de creci-miento se uniese al trabajo duro de la gente del campo para permitir una recuperación económica que nada tuvo que ver con algún plan económico (inexistente, por otra parte) de algún gobierno de los últimos 50 años.

Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel.
Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja.

Pareciera que Funam no ha podido llegar a un acuerdo con los Grobocopatel para bajar los decibeles en su campaña antisoja, o mantener la boca callada. Nadie expulsó a Doña Juana, ni doña Juana tiene muertos debajo de la soja. Los camposantos siguen aún sin ser sembrados con soja –apenas con algunas margaritas y lirios, quizás algunos cipreses y naranjos. La poesía forzada, artificial, impulsada a pedal no surte el efecto enardecedor y subversivo deseado.

Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.

Montenegro ha perdido totalmente de vista –como casi siempre que sigue libretos que le llegan desde la Fun-dación Gaia o de Greenpeace Londres- que la protesta del campo no fue para que China no se quedara sin soja, ni Monsanto siguiera vendiendo semillas y agroquímicos. Despierte Pierrot! La discusión pasa por otro lado, y los elementos extraños a la discusión introducidos para distraer la atención no surten el efecto deseado. Por otra parte, algo que demuestra la mala fe con que ha sido escrito la oda antisoja de Montenegro, es que el 95% de la soja argentina es transgénica, y en Europa está prohibida la importación, producción y venta de soja transgénica.

Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.

Montenegro se refiere a algunos casos aislados en el noreste de Córdoba, donde hubo antiguos pobladores de campos que fueron desalojados de sus tierras por decisión judicial, en algunos casos por la actuación nada clara de aprovechados que aprovecharon la sempiterna situación de confusión en los títulos y escrituras de tierras. Pero lo que se está discutiendo no es la acción sospechosa de algunos jueces, ni la injusticia en algunos casos del desalojo de los campos por los nuevos dueños. Se discutía la escandalosa situación de confiscación, saqueo, robo, chantaje –y otros delitos contra la propiedad y la libertad de trabajo- que significa una reten-ción del 44% de los ingresos duramente ganados por los productores.

Gracias al endosulfán y al glifosato es que los productores han podido disminuir la cantidad y variedad de plaguicidas tan cuestionados por el mismo Montenegro. Nos preguntamos que desaire le habrán hecho a Montenegro las promotoras de Basf para que sienta tanto resentimiento. ¿Alguna invitación a cenar rechazada, quizás? ¿Un paseíto a la luz de la luna en una 4x4 Land Rover Defender, verde oscura?

Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas.

El cóctel de plaguicidas es tema viejo. Es sabido que muchos cócteles hacen hablar pavadas. Esta es una ellas.

Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.
Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo.

¡¡¿Qué clase de disparate es este?!! Es costumbre ecologista hablar por hablar, casi siempre sin reales bases científicas. Los cultivos (¿¿industriales??) están compuestos por vegetales, que reaccionan exactamente igual que las plantas “nativas”. La soja no romperá ningún suelo sino que contribuirá a crear suelo fértil. Las nuevas técnicas de sembrado por siembra directa introducidas por la soja y extendidas a otros cultivos, han logrado que la pérdida de tierra fértil haya disminuido notablemente. Antes se araba a 40 centímetros de profundidad lo que causaba una remoción inútil de la tierra que quedaba expuesta a la acción de la erosión eólica y a una hiperoxigenación de la Chernozia. Hoy se incorpora el rastrojo de la cosecha anterior al suelo, en una especie de compostación del suelo, logrando que el mismo sea constantemente fertilizado de manera natural.

Resulta curioso que la “destrucción del suelo” por la soja esté ocurriendo sólo en Argentina, mientras que en Estaos Unidos y Brasil no se observa nada en ese sentido. Tenemos que comprender que lo postulado por Montenegro debería de haber extinguido las tierras fértiles de China, donde la soja se viene sembrando desde tiempos inmemoriales. ¿O postulará ahora que la destrucción del suelo es causada nada más que por la soja transgénica –y argentina por añadidura?

¿Pero, lleva a la naturaleza de 700 a 1200 años para fabricar 2,5 centímetros de tierra fértil? Está Montengro hablando de “chernozia”, o lo que conocemos más comúnmente como humus? ¿Está hablando en serio? ¿De dónde habrá sacado tamaña tontería? En las fotos de más abajo podremos ver lo que sucede en un jardín cualquiera, como lo habrán podido comprobar millones de amas de casa que tienen un jardincito en el frente o el fondo de su casa. En la foto número 1 se ve un camino de laja tendido en un jardín de la región pampeana de Córdoba, donde se asentaron lajas formando un camino de entrada a la casa.

Izquierda: Foto 1. Lajas parcialmente cubiertas de pasto (primer plano) y otras que han sido mante-nidas más limpias. (fondo).

El proceso se hizo asentando las lajas en la superfi-cie aplanada, sin hacer huecos para alojar a las lajas en su lugar, esto es, la superficie del suelo quedaba a un nivel unos dos centímetros más abajo que la parte superior de la laja. Se dejó que la champa na-tural creciera de manera normal, haciendo cortes periódicos del césped, uno por semana en prima-vera y verano, y ninguno durante el invierno porque la champa “muere” a la primera helada de otoño.

Después de 5 años la tierra producida por la des-composición del césped ha elevado el nivel en unos 5 centímetros. En otros casos, si no se realiza un mantenimiento y limpieza anual, los caminos de lajas quedan totalmente cubiertos después de pocos años.

El proceso de descomposición del césped cortado va creando “tierra” nueva –tal como se comprueba en la foto número 2 de abajo, donde recién después de tres años se retiró la tierra y champa acumulada en ese período dejando al descubierto la superficie de las lajas que estaban enterradas bajo 5 centíme-tros de tierra.

Foto 2: No pasaron 700 a 1200 años para formar 2,5 centímetros de tierra –apenas hicieron falta dos o tres años.

Por otro lado, las toneladas de rastrojo de soja (o de maíz, trigo, sorgo, y otros cultivos) van agregando material al suelo de los cultivos. El material incorporado había obtenido algunos gramos por hectárea de nutrientes del suelo, mientras que las toneladas restantes la produjeron transformando al CO2 del ambiente en materia orgánica a través de la fotosíntesis. Son varios centímetros de suelo nuevo por año, no en 700-1200 años. Nos sorprende que un biólogo lo haya ignorado o lo haya olvidado.

Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funciona-rios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más susten-table es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.

Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destru-yendo ese monte.

El 80% de los bosques nativos fue reemplazado por cultivos que sirven para alimentar a la creciente población de un país que todavía está subpoblado. Cuando la población llegue a los niveles de 150 o 200 millones (como Brasil) será necesario que las tecnologías agrícolas hayan progresado bastante para obtener los granos o la carne que serán necesarios para alimentar a tantas bocas. La gran destrucción de los bosques nativos se produjo entre fines del siglo 19 y mediados del Siglo 20, cuando la madera se talaba en el chaco y Formosa para durmientes de ferrocarril, postes de teléfonos y de alambrados de estancias y campos. Otra parte fue a parar a la industria de la construcción y de la mueblería. Después de eso, los bosques “nativos” han servido de poco porque la mayor parte de lo que quedó se trata de bosques degradados, o lo que los técnicos forestales conocen como “bosques de segunda”. La riqueza que se puede extraer de allí es casi nula, aunque sirve de albergue a especies autóctonas de mamíferos y aves, y sirve para el pastaje de ganado de baja calidad, lo que no aporta mucha ganancia para los productores. Apenas sirve para una producción de mera supervivencia.

Destruir ese tipo de “monte de segunda” para transformarlo en campos de cultivo productivos de soja, algodón, sorgo, maíz, trigo, girasol, colza, caña de azúcar, etc, sólo servirá para traer mayor prosperidad a la gente de la región. La prosperidad que se ve en todos las pequeñas ciudades de la pampa húmeda, de Córdoba, Santa Fe, La Pampa, Entre Ríos, Corrientes, Santiago del Estero, etc, que están dedicadas a la producción de granos o de ganado. Resulta contradictorio que un personaje de izquierda se olvide de que los rojos bolcheviques pregonaban “destruir para construir sobre las ruinas,” pero que en este caso lo que se “destruye” son sólo las ruinas de algo destruido, no por los sojeros y agricultores, sino por empresas forestales británicas del pasado.

No estamos ya en el siglo 19 o el 20. Estamos en el 21 y es mejor que comprendamos que la poesía y el romanticis-mo del campesino que convivía con el monte está obsoleta y persistir en esa idea es condenar al hambre y a la extinción a las generaciones futuras.

Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.

Que yo sepa, la mayoría de los granjeros rotan sus cultivos de manera constante, sembrando soja un año, sorgo al año siguiente, maíz, o girasol, trigo, alfalfa, o el cultivo que mejor se de en la región. Quienes sólo hacen soja, año tras año, enfrentan un costo mayor y un rendimiento menor porque deben fertilizar más, y los precios en dólares de fertilizantes e insumos han subido más que los precios en pesos. Pero como hay dos cosechas por año, un mismo lote por lo menos se planta siempre con soja y la otra cosecha será del grano que mejor cotice en Chicago en ese momento.

Es sabido que el monocultivo de cerebros es algo natural y corriente en la administración pública y en los gobier-nos de turno, de modo que no nos hemos enterado de nada nuevo. Y la gente buena no se ha quedado en silencio –por el contrario, no sólo salieron a las rutas a defender sus derechos sino que hubo gente buena en las ciudades que también lo hicieron –por lo menos hasta que el eterno grupo de gorilas K'Elía salieron a “defender” al gobierno haciendo uso de la “libertad de expresión de la democracia” tal como ellos la entienden.

Qué duro es saber que miles de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de plagui-cidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.

Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos.

La mención de "bebés, niños y adolescentes" podría haber haber sido abreviada como "gente" o "personas", dado que al final incluye a los adultos. Pero el toque emocional, tierno, de los bebés y los niños parece tener más fuerza. Ya que la ciencia no apoya al argumento, la emoción la reemplaza. Pero primero hay que demostrar cuántas personas enferman y mueren por el uso del glifosato, el endosulfán y el 2,4-D. Estudios epidemiológicos serios, de reconocida calidad de diseño, duración y cantidad de población evaluada, y no simples estimaciones a ojo de bueno cubero basadas en recuentos anecdóticos o chismes de viejas de barrio, como lo acontecido en Barrio Ituzaingó Anexo que quedó en un escándalo mediático y el papelón científico de un epide-miólogo que se tragó el cuento, prometió regresar para publicar sus resultados y jamás apareció.

Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.

¿El agua se fabrica? ¿Dónde, quién? El ciclo del agua nos dice que el agua se evapora de los mares, otro poco de los lagos y ríos, otro poco del follaje y de la vegetación, sube en forma de vapor de agua hasta la atmósfera media, allí se condensa en nubes que descargan lluvia o nieve en las montañas. Las fábricas de agua son los mares, o las montañas donde cae la nieve y se originan los ríos. Allí no se siembra soja –en todo caso un poco de coca en los faldeos de los Andes bolivianos, peruanos, ecuatorianos y colombianos. También papas, yuca, maíz, bananos, plátanos, maní, y muchas cosas más. Pero no soja.

De acuerdo con las últimas noticias, la constitución boliviana de Evo Morales recién promulgada contempla la prohibición del sembrado, cosecha y uso de cualquier producto transgénico. Hay que informarse, “doctor” Mon-tenegro, y no desinformar con tanta soltura.

Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo.

¿Qué tendrán que ver las cacerolas relucientes con los monocultivos? ¿El piano con las alpargatas; el culo con la memoria? ¿Y las topadoras? La Biblia y el calefón ecologista. La confusión conceptual en evidencia. El resenti-miento, el odio por el desarrollo, la frustración de saber que la prédica contra lo transgénico ha sido inútil y les ha llevado valiosos dineros que podrían haber sido invertidos en algo más redituable o agradable. Champagne Pomery, por ejemplo, o gomas nuevas para los Land Rover Defender y las motos cross country disfrazadas de jaguar. Payasos.

Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron.

En eso estamos de acuerdo, pero no estamos de acuerdo en cuáles son los derechos que se violan y quiénes son los violadores. Con la prohibición irracional del DDT en 1972, los ecologistas han venido violando constantemente los derechos a seguir vivos de millones de hombres, niños, mujeres y ancianos que han muerto a causa de la malaria y otras muchas enfermedades transmitidas por mosquitos y otros insectos. Nos parecen mucho más importantes los derechos de generaciones que murieron, mueren y seguirán muriendo, que los derechos de generaciones futuras afectadas por presuntas y nunca demostrados efectos malévolos de los productos transgénicos o de los herbicidas y pesticidas usados para los cultivos de soja.

Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.

¿Cómo? Si hay alguien que tuvo, tiene y tendrá cámara e imágenes por televisión es el “amigo de los pobres y opri-midos por los terratenientes”, el más despreciado personaje de la política argentina de hoy, el infame piquetero Luis D'Elia – o Luis K'Elía- quien tiene el insólito caradurismo de decir que TN y Clarín son “una pistola puesta en la cabeza de la democracia”! ¿Cuál democracia? Todos sabemos que desde hace muchos años –demasia-dos- en Argentina no existe democracia sino “partidocracia”, una perversión del sistema democrático que permite que un reducido grupo de personas, de bandas mafiosas, se hagan dueños de un partido político, se apoderen del gobierno y se llenen los bolsillos con los dineros de la nación. Y K'Elía es un agente provocador al servicio de la partidocracia de turno. Partidocracia a la que parece desagradarle el hecho que una prensa libre y sin mordazas es la espuela que en movimiento la idea de democracia y libertad.

Los indígenas no tienen cacerolas que los defiendan, es cierto, como tampoco gobiernos que alguna vez hayan deseado hacerlo. Sólo bastaba que les garantizaran los derechos ciudadanos de nuestra constitución Nacional desde 1853. Pero los intereses de la partidocracia sí que tienen buenas cachiporras y palos en manos de los gorilas del kirchneirsmo, de quien Montenegro parece estar saliendo en apoyo. ¿Esperará algún subsidio de la Nación?

Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las to-padoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argen-tinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca de ellos las cacerolas abo-lladas vuelven a la cocina.

El panfleto pergeñado a medianoche tendrá publicidad en todas las webs verdes de la Argentina y será reproducido por numerosas gacetillas del activismo ultraecologista nacional y latinoamericano, y hasta conocidos diarios no dudarán en publicarlo de manera destacada. No circulará clandestinamente.

Montenegro está muy enojado con Monsanto. Es que Monsanto parece ser Duro de Matar –o de “arreglar”. Mon-santo está curado de espanto. No le molestan ya los grititos histéricos de Greenpeace y su legión de activistas anti-transgénicos. Debe ser molesto para Montenegro los fondos que Monsanto gira a EEUU, pero no parecen resultarle molestos los fondos que Greenpeace Argentina gira a su central en Holanda (un royalty del 26% de las recaudacio-nes logradas durante el año por uso de la marca registrada “Greenpeace”). Tampoco parece molestarle el saqueo que hacen las compañías mineras del oro de Santa Cruz –gracias a una reforma de la ley de minería impulsada por sus amigos K a mediados de los años 90- que mientras pagan un 3% de cánon por la extracción del oro, reciben una compensación del 5% por exportarlo por puertos al sur del paralelo 38. Sólo que el 5% es sobre el precio del oro refinado y el 3% es por el precio en boca de mina.

Si el chaco semiárido es convertido en terreno cultivado, los beneficios para el país son extraordinarios. ¿Qué mejor que convertir tierras improductivas en fuente de ganancias para quienes trabajan la tierra y la hacen producir? Espero que no nos vengan con el pobre argumento de las “reservas ecológicas”. Reservas ¿de qué? Reserva quiere decir ahorro, ahorro que se acumulará y podrá ser usado más tarde. Pero el concepto de reserva que tienen los ecologistas es de impedir el uso de esa “reserva” para siempre jamás.

No se trata de una “reserva” sino de un “vedado”, el concepto que tenían los reyes de Inglaterra sobre sus bosques y praderas, donde nadie más que ellos podían cazar. Concepto que trasladaron al África en el siglo 19 para provo-car la expulsión de las tribus aborígenes de vastas regiones –como el cráter del Ngorongoro, en Kenya- para que sus lords y funcionarios coloniales pudieran ejercer la caza deportiva de elefantes, leones, rinocerontes, leopardos, búfalos, hipopótamos, cocodrilos…

Montenegro está en contra de los transgénicos, por ello odia a la soja. Pero más por ser transgénica la odia por haber sido un elemento de progreso y adelanto para el país. Para una mejora en las condiciones de vida de millones de argentinos que se han visto beneficiados por el boom del consumo de soja por parte de China. China la usa para el ganado, para proveer carne por primera vez a un pueblo que a la carne sólo la veía caminando por las calles, repartida en los huesos de sus vecinos.

Por supuesto, en su pseudo poético panfleto Montenegro está respirando por la herida. Por el fracaso en sus esfuer-zos por impedir el desarrollo del país, o por lo menos de la parte que dentro de la organización ecologista nacional le corresponde retrasar el desarrollo, el progreso, la industrialización, la extensión del tendido de líneas eléctricas, del desarrollo nuclear, del desarrollo de la industria y las labores agrícolas; el uso de pesticidas, fertilizantes y pro-ductos del campo. Un país con el estómago lleno y contento es un peligro para el ecologismo de denuncia porque la gente no hace caso de las falsas denuncias de imaginarios peligros que los ecologistas, por supuesto, son los únicos capaces de impedir que se hagan verdad. Los salvadores –pero de sus propias fortunas y modos de vida.

En verdad, debe ser duro haber transcurrido toda una vida intentando entorpecer, detener, prohibir o eliminar la mayor parte de las cosas de sirven para que la gente viva mejor. Debería ser duro vivir conspirando contra el progreso y el desarrollo de una tierra que lo ha visto nacer, y a la que tanto le debe. Pero no parece que lo sea. Sólo es duro comprobar que la soja continúa su camino exitoso aportando bienestar a la población argentina.

Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC



El documento de protesta del Sr. Raúl Montenegro.

Qué duro es sentirse minoría en un país de falsas mayorías.
Qué duro es ver que el gobierno nacional y los ruralistas luchan entre sí cuando son cómplices necesarios del país sojero.
Qué duro es ver cacerolas relucientes y llenas de soja RR en el asfalto civilizado de Buenos Aires. Que duro es ver las cacerolas renegridas y sin tierra de los campesinos de Santiago del Estero.
Que duro es ver a los estudiantes de universidades argentinas con sus carteles de apoyo a los ruralistas en huelga, como si Monsanto y el Che Guevara pudieran darse la mano.
Que duro es recordar que esas cacerolas relucientes, esos estudiantes movilizados y esas familias temerosas del abastecimiento no salieron a la calle cuando los terratenientes de este siglo XXI expulsaron a familias y pueblos enteros para plantar su soja maldita.
Qué duro es ver la furia ruralista al amparo de reyes sojeros como el Grupo Grobocopatel.
Qué duro es ver el rostro reseco de Doña Juana expulsada, de doña Juana sin tierra, de doña Juana con sus muertos bajo la soja.
Qué duro es ver que se cortan las rutas para que China y Europa no dejen de tener soja fresca, y para que Monsanto no deje de vender sus semillas y sus agroquímicos.
Qué duro es comprobar, con los dientes apretados, y con el corazón desierto y sin bosques, que nadie habló en nombre de los indígenas expulsados de sus territorios, de sus plantas medicinales, de su cultura y de su tiempo para que la soja y el glifosato sean los nuevos algarrobos y los nuevos duendes del monte.
Qué duro es ver con las manos y tocar con los ojos que nadie habló en nombre de los campesinos echados a topadora limpia, a bastonazos y a decisiones judiciales sin justicia para que ingresen el endosulfán, las promotoras de Basf y las palas mecánicas con aire acondicionado.
Qué duro es saber que nadie habló en nombre del suelo destruido por la soja y por el cóctel de plaguicidas.
Qué duro es comprobar que muchos productores, gobiernos y ciudadanos no saben que los suelos solo son fabricados por los bosques y ambientes nativos, y nunca por los cultivos industriales.
Qué duro es saber que para fabricar 2,5 centímetros de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1200 años, y que la soja los romperá en mucho menos tiempo.
Qué duro es recordar que el 80% de los bosques nativos ya fue destrozado, y que funcionarios y productores no ven o no quieren ver que la única forma de tener un país más sustentable es conservar al mismo tiempo superficies equivalentes de ambientes naturales y de cultivos diversificados.
Qué duro es observar cómo se extingue el campesino que convivía con el monte, y cómo lo reemplaza una gran empresa agrícola que empieza irónicamente sus actividades destruyendo ese monte.
Qué duro es ver que el monocultivo de la soja refleja el monocultivo de cerebros, la ineptitud de los funcionarios públicos y el silencio de la gente buena.
Qué duro es saber que miles de Argentinos están expuestos a las bajas dosis de plaguicidas, y que miles de personas enferman y mueren para que China y Europa puedan alimentar su ganado con soja.
Qué duro es saber que las bajas dosis de glifosato, endosulfán, 2,4 D y otros plaguicidas pueden alterar el sistema hormonal de bebés, niños, adolescentes y adultos, y que no sabemos cuántos de ellos enfermaron y murieron por culpa de las bajas dosis porque el estado no hace estudios epidemiológicos.
Qué duro es saber que los bosques y ambientes nativos se desmoronan, que las cuencas hídricas donde se fabrica el agua son invadidas por cultivos, y que Argentina está exportando su genocidio sojero a la Amazonia Boliviana.
Qué duro es comprobar que las cacerolas relucientes son más fáciles de sacar que las topadoras y el monocultivo.
Qué duro es comprobar que en nombre de las exportaciones se violan todos los días, impunemente, los derechos de generaciones de Argentinos que todavía no nacieron.
Qué duro es ver las imágenes por televisión, los piquetes y las cacerolas mientras las almas sin tierra de los campesinos y los indígenas no tienen imágenes, ni piquetes, ni cacerolas que los defiendan.
Qué duro es comprobar que estas reflexiones escritas a medianoche solo circularán en la casi clandestinidad mientras Monsanto gira sus divisas a Estados Unidos, mientras las topadoras desmontan miles de hectáreas en nuestro chaco semiárido para que rápidamente tengamos 19 millones de hectáreas plantadas con soja, y mientras miles de niños argentinos duermen sin saber que su sangre tiene plaguicidas, y que su país alguna vez tuvo bosques que fabricaban suelo y conservaban agua. Muy cerca de ellos las cacerolas abolladas vuelven a la cocina.

Dr. Raul A. Montenegro, Biólogo
Presidente de FUNAM
Premio Nobel Alternativo 2004 (RLA-Estocolmo, Suecia).
Profesor Titular de Biologia Evolutiva,
Universidad Nacional de Cordoba (Argentina)

Responder a: montenegro@funam.org.ar


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