Hora de Córdoba
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Genocidios y gobiernos de políticos

Por Eduardo Ferreyra

El 24 de abril pasado se cumplieron 92 años del primer genocidio del Siglo 20: el gobierno Turco masacró a casi un millón y medio de armenios desar-mados. La palabra clave aquí es: "desarmados".


Los turcos se salieron con la suya porque había una guerra en marcha. Tampoco sufrieron represalias ni castigos en la posguerra por este espantoso genocidio, como si no se hubiese cometido un asesinato masivo sobre un pueblo pacífico. Los demás gobiernos tomaron debida cuenta de este hecho: no hubo castigo ni condena. Parecería ser un precedente internacional muy conveniente para los tiempos que se avecinaban.

La segunda guerra mundial demostró cómo un pueblo desarmado fue conducido a las cámaras de gas y los hornos crematorios –desarmados. Cuando los judíos del ghetto de Varsovia se rebelaron, lo hicieron con muy pocas armas que habían conseguido robar a las fuerzas de ocupación y a las muy viejas armas que los polacos siempre tuvieron en sus casas. Los civiles armados fueron un dolor de cabeza para las tropas de ocupación nazis, cualquiera fuese el país en donde estuvieron. La resistencia fue hecha por civiles armados, ardientes defensores de su libertad.

Poco antes del espantoso genocidio en Ruanda de los Hutus sobre los Tutsis, la revista Harper's publicó un artículo sobre una inminente masacre por una razón: los Hutus tenían ametralladoras, los Tutsis no. Quizás los Tutsis no creían en la vieja frase de los antiguos romanos: “Si vis pacem parabellum,” que resulta ser el mejor consejo para vivir en paz: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra,” o puesto de una manera más práctica: “Si quieres vivir tranquilo, ármate –pero entrénate para usar las armas,” porque si no te la meterán allí mismo...

Malas noticias para los civiles: Hay políticos
que quieren el control de armas!

Dicen que el Siglo 20, más que cualquier otro siglo de la historia, fue el siglo de la “inhumanidad del hombre sobre el hombre.” Una frase memorable, pero engañosa. Es necesario modificarla: “La inhumanidad de gobiernos sobre civiles desarmados.” En el caso de los genocidios, sin embargo, esto no puede ser despreciado como un “daño colateral” sobre un enemigo en tiempo de guerra. Es una exterminación deliberada.

Lenin desarmó a los rusos. Stalin cometió genocidio sobre los Kulaks en los años 30. Murieron por lo menos 6 millones. La República de Weimar y más tarde Hitler desarmaron al pueblo alemán y además les convenció para que siguieran confiando en él. Cuando las tropas de Mao Tse Tung tomaban una aldea raptaban a los ricos y pedían rescate en dinero. Cuando les liberaban, los volvían a secuestrar y pedían otra vez rescate –pero esta vez en armas de fuego. Los rehenes eran siempre liberados, y esto hacía que el trato pareciera justo para las familias de las próximas víctimas. Pero una vez que tenían todas las armas de la comunidad, y ésta se encontraba indefensa, comenzaban los arrestos y las ejecuciones en masa.

Curiosamente, el Acta de Control de Armas de los Estados Unidos de 1968, contiene las mismas frases y provisiones que la legislación de Hitler de 1938, que fue una revisión de la ley de armas del gobierno de Wiemar de 1928. Tanto unas como otras reformas siempre tuvieron una agenda política por detrás. Nada sano, porque tanto en Alemania como en los Estados Unidos, la eugenesia estaba de moda y dominaba las visiones políticas de los "pensadores" influyentes. Sí, "pensadores" entre comillas.

Sin embargo, la historia de los Estados Unidos muestra que nunca fue presa de gobiernos dictatoriales ni opresores de su pueblo. El pueblo no se lo habría permitido –y no mediante el voto sino por me-dio de la resistencia armada. Una de las ideas más profundamente enraizada en los americanos es la Segunda Enmienda de su Constitución: el derecho a tener armas para la auto defensa. Los historiadores dicen que la Revolución Americana fue exitosa porque los civiles norteamericanos poseían armas que eran comparables a las que tenían las tropas inglesas. Por ello, dicen los historia-dores, hubo durante el siglo 17 una serie de revueltas armadas contra gobiernos locales despóticos.

También nos muestra la historia que las armas en manos de civiles y la resistencia que los civiles opusieron fueron claves para repeler las Invasiones Inglesas a Buenos Aires en 1806 y 1807. Pero cuando las armas de los gobiernos se hicieron más poderosas que las de los civiles, el natural movi-miento hacia la formación de gobiernos más pequeños, menos autoritarios y con menos poder sobre los hombres libres, dejó de tener éxito. Para desgracia de la gente, se perdió su poder de decisión en la cosa pública, que pasó a ser patromonio exclusivo del político de Partido.

Hay una razón por la que los gobiernos están decididos a desarmar a sus ciudadanos. Quieren mante-ner el monopolio de la violencia, sin importar los medios. La idea de una ciudadanía armada es aterradora para la mayoría de los demagogos. Los delincuentes armados no representan para ellos un peligro porque a los criminales no les interesa el poder político sino el dinero de los ciudadanos en las calles o en sus hogares. Y si están desarmados, mejor. Hay como una alianza tácita entre los demago-gos y los bandidos: cada uno en su campo de acción y sin molestarnos mutuamente.

Después de todo, ¿para qué sirve un monopolio si no es para usarlo? Y el monopolio de la fuerza y la violencia lo usan los políticos en su exclusivo beneficio. Las guardias militares y policiales siempre están en los edificios donde hay políticos adentro, no en las puertas de las carnicerías que han sido asaltadas 32 veces en un año, o en las farmacias que son saqueadas dos veces por semana. Los senadores, minis-tros, funcionarios gordos, sindicalistas, etc, todos tienen guardias y guardaespaldas. Van armadas hasta los dientes. Y hasta los piqueteros de D'Elía han sido provistos por el RENAR de permisos de tenencia y portación de armas. ¿Por qué ellos sí pueden tener armas y nosotros no? ¿Por qué no se les pide a los piqueteros que entreguen sus armas?

Sabemos la razón, pero el gobierno mira para otro lado y nos ofrece $100 pesitos para que voluntaria-mente nos pongamos a merced de los delincuentes. Cien pesitos es poca plata; no alcanzan para pagar el entierro de un hijo. En la Granja Orwelliana que han convertido a nuestra pobre Argentina, es notable como “todos los animales son presuntamente iguales, pero algunos ciertamente son más iguales que los demás.”

Primera Conclusión

Los genocidios y los asaltos domiciliarios suceden. Pero no suceden cuando las posibles vícti-mas y blancos tienen armas –y las saben usar. Todos los policías de EEUU, y también los convictos en las cárceles están de acuerdo en decir que los asaltantes les tienen más miedo a los civiles armados en sus casas que a la policía en las calles. La policía siempre tiene que avisar antes de usar el arma, los civiles disparan primero y después le preguntan al cadáver en qué le pueden ser útiles.

Y si hay alguna máxima que jamás debemos olvidar es: "Mejor que te juzguen tres y no que te carguen seis." Del lugar al que te llevan "los seis" no hay salida posible. Con "los tres" se puede discutir porque estamos vivos.

Reprimir el delito: Un caballo muerto en el living

Un viejo cuento habla sobre un matrimonio recién llegado al barrio e invitado a cenar a casa de sus vecinos. Vestidos de gala para la ocasión, entraron a la casa y vieron con sorpresa que había un caballo muerto en el piso de la sala. Los dueños de casa parecían ignorar la presencia del caballo, y pasaban por encima suyo para ir a la cocina a buscar las bebidas y bocadillos, y más tarde cuando pasaron al comedor para la cena. La velada transcurrió sin problemas, aunque el caballo muerto era una pre-sencia concreta que nadie parecía haber caído en cuenta.

A la hora de retirarse, cuando pasaban una vez más por encima del caballo muerto, la invitada no pudo contenerse y preguntó:

“¿Se han dado cuenta de que hay un caballo muerto en la sala?”
–La dueña de casa respondió amablemente,
“Por supuesto, querida, pero no nos gusta hablar de eso.”

El caballo muerto en la sala. Está allí, y todos nos damos cuenta de que está allí, que tarde o temprano tendremos que hacer algo para solucionar el problema, pero pretendemos que el caballo no está allí. ¿Por qué?

Primero que nada porque si aceptamos que tenemos un caballo muerto en medio de la sala tendremos que tomar una decisión concreta y tangible. Tendremos que deshacernos de él, y lo más rápido posible antes de que comience a oler feo. Segundo, porque es algo desagradable de hacer y deshacernos del caballo puede ser una tarea superior a nuestras fuerzas o nuestras posibilidades. Los avestruces es-conden su cabeza en la arena; nosotros ignoramos a los caballos muertos en la sala.

Nos escondemos de la verdad porque nos puede mostrar una imagen de nosotros que no nos gusta. Si aceptamos la verdad del caballo muerto, es posible que hasta cambiemos nuestra manera de vernos a nosotros mismos –y eso es demasiado peligroso para las mentes inferiores que se han estado engañando a ellas mismas durante toda la vida, y al resto de la gente durante los últimos años.

La violencia criminal que se ha abatido sobre los argentinos, no sólo en las grandes ciudades sino en el campo y ciudades que antiguamente eran un paraíso de aburrimiento, es el caballo muerto del que el gobierno no quiere hablar ni discutir. Ha elegido el simplista argumento de que el pro-blema son las armas de fuego en manos de los civiles, que los “justicieros y vengadores” deben dejar de hacer justicia por mano propia, y que si no hay armas los hogares, la violencia disminuirá. Esta excusa tan burda e infantil les permite evadir el análisis y el reconocimiento de que la violencia de los criminales no está generada por las armas en poder de los civiles sino en la casi absoluta libertad con que los delincuentes operan -y la tradicional imposibilidad de las fuerzas policiales de ponerle coto, o de brindar protección a la ciudadanía.

Ignoran que las armas son apenas herramientas o instrumentos en manos de la gente. Las herramien-tas e instrumentos no piensan, no hablan ni se mueven, ni actúan si no es mediante la mano del hombre. Y si hay muertes causadas por esos instrumentos la solución no es prohibir los instrumentos sino controlar estrictamente a quienes los usan.

Los usuarios legales de armas están debidamente controlados y registrados; cumplen con las leyes de manera correcta y muchas veces impiden que se cometan delitos en su vecindario. Las autoridades saben cuáles son esas armas, su calibre, su número de serie, su estado de funcionamiento, quiénes son sus dueños, y la calidad moral y psíquica de los mismos.

¿Por qué, entonces, es contra los usuarios honestos y obedientes de la ley que el gobierno dirige sus esfuerzos represores? ¿Por qué no considera a esos usuarios honestos como verdaderos ayudantes y colaboradores en su lucha contra los delincuentes? ¿O quizás sea porque no está realmente luchando contra la delincuencia, sino ignorando al caballo muerto en el despacho Presidencial?

Tan irracional excusa también le permite al gobierno seguir ignorando al caballo muerto que ya no está sólo en la sala sino que ahora está en todas las calles del país, permitiéndole así seguir ignorando que hay leyes y códigos penales que debe poner en práctica de una vez por todas, pero que por su neurótica fobia a la palabra “represión” permite que en el país se sigan cometiendo toda clase de deli-tos violentos contra la gente común, porque las autoridades parecen tenerle más miedo a las Asam-bleas que defienden a los Desechos Humanos (con S, no con R) que a la opinión de todo el pueblo argentino.

Creen las autoridades que la “represión” del delito –palabra que existe en las leyes argentinas- es una mala palabra, porque les recuerdan la época en que ellos delinquían actuando contra un gobierno cons-titucional, y las fuerzas del orden –siguiendo expresas órdenes de la entones presidente argentina, “reprimían” esos delitos de lesa humanidad. Porque los terroristas también cometían, cometen y seguirán cometiendo delitos de lesa humanidad cuando atentan y asesinan a la población civil.

El caballo muerto seguirá estando en medio de la sala hasta que el gobierno se decida a cumplir con su obligación constitucional de reprimir el delito, de cualquier clase que éste sea, mediante la aplicación de todos y cada uno de los artículos e incisos de nuestra Constitución Nacional, documento que hoy parece estar impreso en todos los rollos de Higienol de los funcionarios de gobierno.


Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC


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