Hora de Córdoba
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AURUM METALLICUM (I)

por Mario R.Féliz
mfeliz@ciudad.com.ar

Sacra codicia.

“Salía del Edén un río que regaba el jardín y de allí
se partía en cuatro brazos. El primero se llamaba Pisón,
y es el que rodea toda la tierra de Evila, donde abunda el oro,
un oro muy fino, y a más también bedelio y ágata.”

Génesis 2-10.

Es muy probable que los primeros hombres, más de 80.000 [1] años atrás y antes de iniciar- en el África oriental- su aún inconcluso viaje, hubieran conocido el oro. Seguramente, al encontrar pepitas en suelos y arenas de arroyos y ríos debieron sentirse inevitablemente atraídos por el brillo, maleabilidad y virtual indestructibilidad del metal.

Desde entonces, para bien y para mal, el oro ha sido parte de la vida de los hombres. Fue inevitable que, con el tiempo, gracias a sus inigualables cualidades, el oro adquiriera condición de sagrado. Se comprende que faraones, guerreros celtas o nobles mochicas fabricaran sus máscaras mortuo-rias, torques o pectorales con el metal sagrado. No en vano, además, el oro es el metal que con mayor frecuencia se menciona en el Antiguo Testamento.

Ciertamente, los metales han sido muy importantes en la evolución social del hombre. Así, a la Edad de Piedra siguió la de Cobre y a ésta la de Bronce (aleación de cobre y estaño) y finalmente la Edad de Hierro. Y la razón por la cual estos metales han merecido el honor de dar nombre a perío-dos de la prehistoria debe buscarse en su virtud. Con ellos se fabrican herramientas y armas que proveen al hombre de especiales habilidades produciendo, con su difusión, modificaciones nota-bles y duraderas en la cultura.

En cambio, el metal dorado- escaso y demasiado blando- no ha dado lugar a una Edad de Oro sino a arcaicas y perdurables controversias filosóficas. Porque ha sido, además de sagrado, maldito; el oro de todas las edades.

Por ello se quejaba Virgilio: “¡Maldita sed por oro! ¿Qué no has obligado hacer a los mortales?” Aunque, Eurípides hubiera celebrado el oro recordando que “Plutón es el dios de los hombres sabios; que todo lo demás es mera estupidez y al mismo tiempo palabras engañosas.” Sin embar-go, Ovidio no podría sino sentenciar que, entonces “llegó el hierro destructivo, y el oro, más destructivo aún; y luego llegó la guerra.” Pero, al poeta romano, le retrucaría- Aristodemus, el espartano-, clarificando que “el dinero hace al hombre; ya que quién es pobre no será bueno ni honorable.”

A pesar de Eurípides y Aristodemus será otro griego, Phocyclides, quien nos deje la más clara condena, estableciendo que “el oro y la plata son injuriosos para los mortales; que el oro es fuente del crimen, plaga de la vida y ruina de todas las cosas.”

Sin embargo, a pesar de su contundencia, encontramos que las críticas dirigidas al oro y otros metales no se limitaron a acusarlos de alimentar la codicia con su estela de calamidades.

Será Agrícola [2] (siglo XVI), quién nos haga saber que por aquel entonces ya había detractores “cuyo argumento más fuerte era que los campos son devastados por las operaciones de minería, y por tales razones los italianos habían sido advertidos, por ley, que ninguno debería cavar la tierra en busca de metales, dañando los muy fértiles campos, sus viñedos y olivares.”

Sorprende que, hace más de cuatrocientos años hubiera, quienes- en Europa- acusasen a la minería de dañar el ambiente. Afortunadamente aquellos temores fueron infundados, por lo cual aún hoy es posible disfrutar- en Italia- de sabrosos spaghetti al Pesto- preparados con aceite de oliva-, acompañados por un delicioso Chianti, ambos criados al pie de la Colline Metallifere. [3]

Guardianes elementales.

Difícilmente encontremos quien no haya escuchado la historia de Blancanieves, sin embargo, no muchos saben que los siete enanos, en realidad, representan distintos aspectos de la materia mineral, de los siete metales: plomo, estaño, hierro, cobre, mercurio, plata y oro. Y que, además, aquellos son parte de esos gnomos y enanos que, en opinión de Paracelso [4], tienen por misión proteger los tesoros de la tierra, es decir, los metales y otros objetos.

Aquella afirmación encuentra en la Alemania meridional del siglo XIII, en el Cantar de los Nibe-lungos [5], un sólido sostén. Allí se cuenta que en el reino de esa raza de enanos existían grandes tesoros que su rey, Alberich, supo entregar al príncipe Sigfrido, para su desgracia.

En verdad, tales relatos podrían ser simples reelaboraciones de viejas tradiciones. Pero, hete aquí que el abate de Villars [6] nos reafirma que “la Tierra está llena, casi hasta su centro, de gnomos, seres de escasa estatura, guardianes de las minas y de las piedras preciosas”.

Por si aún tuviéramos dudas, es bueno saber que- incluso hoy- se escuchan en los túneles repique-teos o tamborileos lejanos. Y que tales ruidos se deben a la actividad de los knockers, enanos mineros y picadores, en su búsqueda incesante de oro y otros materiales preciosos del subsuelo. Estos elfos de las minas son bajos, arrugados, feos y evitan a los humanos. [7] A tales knockers tam-bién se los encuentra en España a donde, según dicen, habrían llegado de mano de los invasores germanos.

En el submundo andino, por otra parte, habitan hombres de pequeña estatura y de piel blanca, barbudos, que llevan frecuentemente un poncho de vicuña. Es el Muqui. [8] “Casi siempre vestidito de minerito pero que tiene todo de oro, su lamparita, su casquito, todito de oro. Tiene dos cuernos y los ojos rojos y, cuando hace frío, se pone su poncho de vicuña”, dirá un minero.

El Muqui es considerado por los mineros peruanos como el dueño del mineral y de la mina. Es la divinidad de la mina. No genera el mineral sino que lo hace aparecer y desaparecer al transpor-tarlo de un lugar a otro. Exige ofrendas que los mineros entregan antes de entrar al socavón. En Bolivia se lo conoce como Tio [9] y más al sur como Ukako.

A mi juicio, existe una gran similitud entre los muquis andinos y los enanos europeos. Es probable que los germanos (los godos) los hayan transportado hasta los Andes durante la Conquista. La otra alternativa es que esos seres mágicos estuvieran comunicados unos con otros a través de los intrincados caminos del submundo.

Polvo de estrellas

Los seres pequeños no son, entonces, los creadores del oro sino solamente sus custodios. Y, esto es así, ya se trate de muquis andinos o nibelungos germanos. Por lo tanto, parece pertinente indagar un poco sobre la génesis del metal.

Al respecto, Paracelso –gran sabio del renacimiento– nos dice, que “los tesoros de la tierra han sido distribuidos de tal modo, que los metales que son encontrados, como plata, oro, hierro, etc., son los mismos que fueron puestos a principio de la creación y para toda la eternidad, de ahí que sean vigilados y conservados…, para que no salgan a relucir a la superficie en un solo día, sino paulatinamente, poco a poco, ora en un país, y después en otro. Por lo que las minas cambian de lugares con el tiempo…”

Debo decir que tal versión es bastante acertada, como veremos enseguida. No obstante, no todos veían el asunto con la misma lente.

Así es que Barba [10]- siglo XVIII- afirma, sin hesitación, que “una mina agotada es capaz de rehacer su yacimiento si se la tapona convenientemente. Porque, añade, los que creen que los metales han sido oreados desde el principio del tiempo se engañan groseramente: los metales crecen en la mina.”

En relación con este punto, vale la pena traer a colación que, en la edad media, existía una creencia –muy extendida por cierto- que Fribergius [11] nos explica de esta manera: “el oro, como es natural, crece bajo la influencia del sol. Según la opinión de los sabios, el oro es engendrado por un azufre del color más claro posible y bien purificado y rectificado en la tierra, bajo la acción del cielo, principalmente del sol…” Como en este párrafo no se dice nada al respecto, es oportuno recordar que además del azufre es necesaria la conjunción del mercurio para una efectiva transmutación del mineral en oro.

Por lo tanto, como hemos visto, el oro se producía naturalmente en el seno de la Terra mater (Pacha mama).

Efectivamente, todos los minerales- dejados en reposo en sus matrices telúricas- habrían acabado por convertirse en oro pero después de centenares o miles de siglos.

Por ello en la Summa Perfectionis,[12] obra alquímica del siglo XIV, se lee que “lo que la Naturaleza no puede perfeccionar en un largo espacio de tiempo, nosotros lo acabamos en breve lapso, con nuestro arte”. ¡He aquí el sueño filosofal del alquimista! Liberar a la naturaleza del tiempo.

El alquimista está convencido de que trabaja con el concurso de Dios, por ello considera su obra como un perfeccionamiento de la Naturaleza, que es consentido- o más aún- alentado por Dios.

A partir de allí el hombre asume el duro trabajo de hacer las cosas mejor y más rápido que la Natu-raleza. Y esto, que descubro leyendo a Elíade, explica, para mí, el afán incontrolable del hombre por superar sus limitaciones naturales. Por ello se afana en convertir las mieses en pan y las uvas en vino, en volar sin alas, en modificar plantas y animales, en hacer real el sueño del alquimista.

Elocuente, Elíade [13] dirá- resaltando la mística alquímica-: “El vas mirabile del alquimista, sus pequeños hornos, sus retortas, juegan un papel aún más ambicioso: todos estos aparatos representan el lugar de un retorno al Caos primordial, de una repetición de la Cosmogonía; allí mueren y resucitan las sustancias para ser finalmente transmutadas en oro.”

Sin embargo, el verdadero vas mirabile, en el cual se sintetizan todos los elementos, son las estrellas. Allí, núcleos de hidrógeno y helio – hijos del “big-bang"– se fusionan para formar núcleos de átomos más grandes y estos se funden uno con otro para formar elementos cada vez más pesados. En la mayoría de las estrellas la nucleosíntesis logra elementos no más pesados que el hierro.

Para fusionar núcleos atómicos cada vez más grandes se necesitan presiones y energías crecientes. De tal forma que la síntesis del oro y otros elementos pesados sólo se consigue en ciertos milagro-sos calderos estelares, donde aquellas condiciones se cumplen. Según dicen, ello se logra en algu-nas estrellas que alcanzan la etapa de supernova donde se genera un proceso de captura de neutro-nes que da lugar a los elementos más pesados. Estos son dispersados por el espacio, convertidos en polvo de estrellas que posteriormente formará parte de una nueva nebulosa donde surgirán otras estrellas, algunas de las cuales criarán a su alrededor, tal vez, algún planeta como el nuestro.

En fin, como curiosidad, talvez innecesaria, agrego que, recientemente, investigadores de la Uni-versidad de Basel [14] publicaron que el mejor escenario para la formación de elementos pesados es el choque entre estrellas de neutrones. Sea como fuere, supernovas o matrimonios de estrellas neu-trónicas, estos son episodios infrecuentes en el escenario celestial. La consecuencia es que los elementos pesados tiene una pequeña participación en la composición química del universo.

El oro es uno de los seis o siete elementos más pesados estables- no radiactivos- de la tabla perió-dica. Por lo tanto, es también uno de los menos abundantes.

Considerando cuanto oro se ha extraído desde el principio hasta el presente [15] es posible calcular que sólo alcanzaría para fabricar un cubo de 20,2 metros de arista, es decir aproximadamente 8.290 metros cúbicos. Un pequeño volumen, por cierto, para tantas tribulaciones sufridas durante 5000 años.

Finalmente, es interesante saber que- de continuar la explotación minera al ritmo presente- en menos de 50 años no habrá más metal para extraer. Para entonces no tendremos minas contra las cuales pelear. Habrá, entonces, un par de cosas para extrañar. Para algunos serán las minas, para muchos más será el oro. Sin embargo, no hay mal que por bien no venga, ya que- a partir de ese momento- sólo existirá el oro reciclado. ¡Un sueño ecologista hecho realidad!

Continuará...

Referencias

  1. La sexta extinción. R. Leakey y R. Lewin. Ed. Metatemas.
  2. De Re Metallica. Georgius Agrícola (1556).
  3. Montañas del antiApenino Toscano.
  4. El libro de las ninfas, los silfos, los pigmeos, las salamandras y demás espíritus. Paracelso (1592).Ed. Indigo.
  5. Enanos y Elfos en la Edad Media. Claude Lecouteux. Medievalia.
  6. Aberraciones psíquicas del sexo o el Conde de Gabalis. Ed.J.Morata. Madrid.
  7. GNOMOS. Guía de los seres mágicos de España. Jesús Callejo.
  8. La Divinidad de las Tinieblas. C. Salazar-Soler. Bull.Inst.fr..ètudes andines. 26(3) [1997]
  9. El señor de la oscuridad. La leyenda del Tio y otros…Prof.F.J.Soto Roland. UNMdP.
  10. Barba, A. A., El Arte de los Metales. Madrid, 1640.
  11. Autor de Bergbüchlein, 1505.
  12. Obra del alquimista árabe Geber (Abu Musa Jâbir ibn Hayyân), 721-815.
  13. Herreros y Alquimistas. Mircea Elíade. Ed.Alianza.
  14. r-Process in Neutron Star Mergers. C.Freiburghaus, S. Rosswog and F.K. Thielemann. Astrophy.J.Lett 525[1999]121-124.
  15. United States Geologycal Survey. Historical Statistics.


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