HECHOS VERSUS MIEDOS:
UNA REVISION DE LOS MAYORES E INFUNDADOS MIEDOS
SOBRE LA SALUD EN LOS TIEMPOS RECIENTES

(PÁGINA 2)

Por ADAM J. LIEBERMAN (1967-1997) SIMONA C. KWON, M.P.H.

Traducción de Eduardo Ferreyra


CONTENIDO
(Click para ir al tema)

7.    Sacarina, 1977
8.   Tinturas para el Cabello, 1977
9.   Tris, 1977
10. Love Canal, 1978
11. Three Mile Island, 1979




7. Sacarina, 1977

Antecedentes

La sacarina, un polvo blanco cristalino, no calórico, 300 veces más dulce que el azúcar, fue sintetizado en 1879. Fue el primer edulcorante artificial en el mercado de los Estados Unidos y se ha producido de manera comercial por más de 80 años. En 1958 la sacarina fue declarada como “generalmente reconocida como segura” (GRAS, por sus iniciales en inglés).[1] Al igual que los ciclamatos, su uso por parte de la población en general aumentó rápidamente durante la década de los 60, aunque su popularidad no fue tan grande como la de los ciclamatos, debido a su sabor amargo y su resabio metálico residual.[2] Después de la prohibición de los ciclamatos, el uso de la sacarina aumentó de manera dramática.

El Miedo

Casi inmediatamente después del miedo a los ciclamatos (ver ciclamatos), la sacarina fue el próximo blanco. Un estudio de 1970 sugería que la sacarina provocaba cáncer de vejiga en ratones.
[2] Cuando un estudio de 1972 mostraba que también provocaba cáncer de vejiga en las ratas, la FDA la retiró de la lista GRAS.[3] Luego, cuando un estudio canadiense mostró resultados similares, la FDA se puso en marcha para prohibirla aduciendo que la cláusula Delaney prohíbe el uso de aditivos para alimentos que causen cáncer en los animales. Nuevamente, la cantidad ingerida por los roedores era fabulosa, hasta un 5% de su dieta total.[4]

La Reacción

Al revés de la aceptación general que sucedió con la prohibición de los ciclamatos, la reacción pública a la propuesta de la FDA contra la sacarina fue abrumadoramente negativa. Los consumidores votaron primero con sus billeteras, “limpiando los estantes”, como recuerda una ama de casa, de los rosados paquetes de sacarina y cualquier producto que contuviese sacarina, en un intento de hacer un stock en previsión de la próxima prohibición.
[5]

Los diabéticos hicieron su ”lobby” en el Congreso para revertir la prohibición, dado que no existía ningún otro edulcorante sin azúcar disponible. Y a los diabéticos se unieron muchos miembros de la población que cuidaban su peso: Durante 1977, el Congreso recibió más correo sobre el tema que sobre cualquier otro tópico.[6]

Bajo la presión de la población, el Congreso impuso una moratoria sobre la prohibición, requiriendo en su lugar, que los productos con sacarina llevasen una etiqueta de advertencia. La moratoria ha sido extendida seis veces.[1] Mientras tanto, los continuados estudios sobre la sacarina mostraban que, si bien es claramente un cancerígeno para las ratas machos (aunque uno muy débil, en términos de la dosis requerida para provocar tumores), ha demostrado que no produce tumores en las ratas hembras o en ninguna otra especie.[7-10] Muchos científicos creen que estos tumores se deben a dos proteínas que hay en la orina de las ratas machos, pero que no se encuentra en los seres humanos u otros animales, y que reacciona con los elevados niveles de sacarina produciendo cristales que dañan a la vejiga.[11-13]

Más aún, estudios epidemiológicos sobre humanos no han podido demostrar ninguna conexión entre el cáncer de vejiga y un excesivo uso de la sacarina.
[14-16] Por ejemplo, la gente nacida en Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial (cuando el azúcar era muy escaso) y los diabéticos que han sido constantes usuarios de este edulcorante durante décadas, no han mostrado mayores niveles de cáncer de vejiga que lo normal.[17, 18] En otro estudio, 3000 individuos diagnosticado recientemente con cáncer de vejiga, no mostraron tener un mayor uso de la sacarina que los miembros de un grupo de control que no tenía cáncer de vejiga.[19]

Como resultado de estos descubrimientos, la FDA retiró su propuesta para prohibir a la sacarina, aunque la etiqueta de advertencia impuesta por el Congreso aún se mantiene.
[19] La sacarina continúa estando disponible, pero su uso en los Estados Unidos ha disminuído desde 1983, cuando la FDA aprobó al aspartame, un substituto del azúcar sin sabor residual. [21]

Conclusión

Los cargos que se le hicieron a la sacarina y la investigación usada para justificar su prohibición ilustran los muchos problemas que tienen los que diseñan las políticas cuando extrapolan indiscriminadamente los resultados de los ensayos en animales a los seres humanos. Estos problemas incluyen:

  • las enormes dosis necesarias para tales experimentos – dosis tan enormes que pueden abrumar a las defensas naturales del animal - y,

  • la cuestión de que si una sustancia es cancerígena para una especie sea necesariamente cancerígena en otras, vistas las diferencias fisiológicas entre las especies, especialmente entre los roedores y los seres humanos.

También existe una “doble norma” reguladora implícita en el hecho que muchas substancias “naturales” – items diarios como la pimienta y la vitamina A y D, entre muchas otros - también han demostrado ser cancerígenos para los roedores bajo tales regímenes de ensayo; pero estas substancias naturales no están sujetas a la suerte de acción reguladora que se toma contra los aditivos sintéticos.
[22]

Debido a la acumulación de más de dos décadas de extensos estudios que niegan el riesgo de cáncer de vejiga debido al uso de las sacarina, el entonces director del National Cancer Institute declaró en 1988 que “para ser dañado por la sacarina, uno tendría que tomar tanta como para convertirse usted mismo (sic) en un gigantesco cristal de sacarina.” [23] En su Lineamientos Dietarios de 1996, la American Cancer Society afirmó lo siguiente: “Muchos años atrás, los experimentos en ratas sugerían que la sacarina podría causar cáncer. Desde entonces, sin embargo, los estudios sobre primates y seres humanos han demostrado que no hay un aumento en el riesgo de cáncer, ya sea de la sacarina o del aspartame.” [24]

La marea parecía haberse vuelto a favor de la sacarina. En Septiembre de 1996, el grupo industrial Calorie Control Council peticionó para que la sacarina fuese quitada de la lista de cancerígenos “anticipados” del Programa Nacional de Toxicología (NTP), un ala del Instituto Nacional de la Salud.

Pero la controversia continuó. A pesar de lo expuesto por dos subcomités del NTP a favor de retirar a la sacarina de la lista, las siete personas del Comité del NTP – ignorando la enorme cantidad de información que había apuntando a lo contrario- votaron 4 a 3 en Octubre 31, 1996, para continuar listando a la sacarina como “razonablemente anticipada de ser un cancerígeno humano.”
[25]

El comité aún prefirió ignorar el testimonio del Dr. Samuel Cohen, un patólogo humano de la Universidad de Nebraska que había realizado extensas investigaciones sobre la sacarina. El Dr. Cohen declaró que la orina humana es inmensamente diferente a la de las ratas y que no reacciona con la sacarina de la misma manera. ”Actualmente tenemos la suficiente comprensión para saber que esto es un fenómeno específico de las ratas”
[26]

Sin embargo, la continuación del listado de la sacarina como un “anticipado cancerígeno humano” es difícil que tenga algún efecto sobre su disponibilidad. El edulcorante sigue siendo usado ampliamente en los alimentos de bajas calorías o libres de azúcar; y su supuesta conexión con el cáncer humano se mantiene como uno de los miedos infundados más grandes de los últimos 20 años.

Lo que fue diferente en el caso de la sacarina era que el público veía a la sacarina – al revés que muchos otros productos ”artificiales”- como un producto necesario y deseado. La sacarina servía un propósito en la vida de la gente – y se opusieron ardientemente a los esfuerzos tendientes a retirarla del mercado. Esto contrasta con otras substancias prohibidas que fueron acusadas de cancerígenas en base a evidencias igualmente dudosas, pero que no habían provocado tanta comprensión del público sobre su propósito o su uso. La gente altamente urbanizada de hoy tiene muy poco conocimiento del sistema productor de alimentos, por ejemplo, o del rol vital que cumplen en el sistema los pesticidas y otros productos químicos para el agro. Por lo tanto, la gente está presta para creer lo peor cuando una de esas substancias se la acusa de provocar cáncer.

Referencias

1. Meister K. “Low-Calories Sweeteners,” New York: American Council on Science and Health; 1993:18
2. Bryan GT, Erturk E, Yoshida O. “Production of urinary bladder carcinomas in mice by sodium saccharin.” Science. 1970; 168:1238-1240.
3. Whelan E, Stare FJ. Panic in the Pantry. Buffalo NY: Prometheus Books; 1992:146.
4 Whelan E, Stare FJ. The 100Yo All Natural Nutrition Hoax. New York: Atheneum; 1984:161.
5. Conversaciones enire el Dr. Adam Lieberman y la Dra. Elizabeth Whelan, Enero de 1996.
6. Panic in the Pantry. 1992:147.
7. Schoenig GP, Goldenthal EI, Geil RG, Frith CH, Richter WR, Carlborg FW. Evaluation of the dose-response and in utero exposure to saccharin in the rat. Food Chem Toxicol. 1985; 23(4-5) A75490.
8. Cohen SM, Ellwein LB. Risk assessment based on high-dose animal exposure experiments. Chem Res Toxicol. 1992: 5:742-748.
9. Whysner J, Williams GM. Saccharin mechanistic data and risk assessment:. urine composition, enhanced cell proliferation, and tumor promotion. Pharmacol. Ther. 1996; 71:225-252
10. Takayama S, Sieber SM, Adamson RH, Thorgeirsson UP, Dalgard DW, Arnold LL, Cano M, Eklund S, Cohen SM. Long-term feedings of sodium saccharin to non-human pri- mates: implicationes for urinary tract cancer. Journal of the National CancerInstitute. 1998; 90:19-25.
11. Cohen SM, Cano M, Earl RA, Carson SD, Garland EM. A proposed role for silicates and protein in the proliferative effects of saccharin on the male rat urothelium. Carcinogene- sis. 1991; 12.1551-1555.
12. Olson MJ et al. A comparison of male rat and human urinary proteins: implications for human resistance to hyaline droplet nephropathy. Toxicol Appl Pharmacol. 1990; 102:524-536.
13. Zurlo J, Squire RA. is saccharin safe? Animal testing revisited. Journal of the National Cancer Institute. 1998; 90(1):2-3.
14. Armstrong B, Doll R,. Bladder cancer mortality in England and Wales in relation to cigarette smoking and saccharin consumption Br. J Prev Soc Med. 1974; 28(4):233-240.
15. Wynder EL, Stellman SD. Artificial sweetener use and bladder cancer: a case-control study. Science. 1980; 207(4436): 1214-1216.
16. Morrison AS, Werhoeck WG, Leck I, Aoki K, Ohno Y, Obata K. Artificial sweeteners and bladder cancer in Manchester, U.K., and Nagoya, Jaoan, Br J Cancer. 1982; 45(3):332-336.
17. Ellwein LB, Cohen SM. The helath risks of saccharin revisited. Crit Rev Toxicol. 1990; 20:311-326.
18. Jensen OM, Kamby C. Intra-uterine exposure to saccharine and risk of bladder cancer in man. Int J Cancer. 1982; 29:507-509
19. Hoover RN, Strasser PH. Artificial sweeteners and human bladder cancer. (preliminary results). Lancet. 1980; 1(8173): 837-840.
20. Low-calorie sweeteners:19.
21. Low-calorie sweeteners:6
22. Havender W, Whelan E. Sweet truth. Reason. Octubre 19S4: 33-38
23. De Vita V, Jr. Director del National Cancer Institute -Presentación al foro de escritores sobre ciencia de la American Cancer Society, Marzo de 1988.
24. American Cancer Society. 1996 Guidelines on Diet, Nutrition and Cancer Prevention. Atlanta, GA. The American Cancer Society 1996 dietary Guidelines Advisory Committee, 1996.
25. Food Chemical News. Noviembre 10, 1997:31-33.
26. Stolberg SG. Bid to absolve saccharin is rebuked by US Panel. New York Times. 1997.


8. Tinturas para cabellos, 1977

Antecedentes

Las tinturas comerciales para el cabello han estado en el mercado desde más o menos 1920. Los ingredientes clave en la mayoría de las tinturas permanentes (colores que permanecen hasta que el cabello se cae) son los llamados “alquitranes de petróleo”, en realidad, derivados del petróleo. Bajo el Acta de Alimentos, Drogas y Cosméticos de 1938 que ubicó a los productos cosméticos bajo regulación federal, los que contienen tinturas de alquitrán de petróleo deben llevar una etiqueta de advertencia haciendo notar que pueden provocar irritación en la piel de algunas personas.
[1] En la actualidad, se estima que entre 20% a 60% de los norteamericanos usan algún tipo de tintura colorante para cabello; la mayoría contiene tinturas de alquitrán de petróleo. [2]

El Miedo

Los estudiantes de una clase de bioquímica de la Universidad de California, en Berkeley, iniciaron un proyecto donde se analizaban productos de uso casero y se los probaba sobre bacterias para comprobar si provocaban mutaciones genéticas. Una tintura permanente para cabellos fue la única sustancia, fuera del alquitrán del tabaco, que causaba una mutación genética. Ensayos posteriores mostraron similares reacciones mutagénicas en bacterias provocadas por muchas otras tinturas. [3] El National Cancer Institute comenzó probando 13 productos químicos de alquitrán de petróleo en ratas de laboratorio. A fines de 1977 publicaron un estudio informando que 7 de los 13 productos causaban tumores en los animales. El más potente de los productos químicos ensayados era el sulfato de 4-metoxy-m- parafenilenediamina (4MMPD), que causaba tumores de piel y de tiroides en el 24% de las ratas. ' La FDA anunció a principios de 1978 que todas las tinturas que contuviesen al 4-MMPD deberían llevar una etiqueta que hiciese notar que se trataba de un cancerígeno animal. Sin embargo, antes de que la orden para imponer las etiquetas entrara en vigor, los fabricantes de tinturas para cabellos respondieron reformulando sus productos, retirando al 4-MMPD y otros productos químicos usados para fabricar las tinturas e implicados en los ensayos sobre ratas.” [1]

La reacción

Esto no fue suficiente para algunos activistas, que acusaron a las compañías fabricantes de productos para el cuidado del cabello, de estar usando productos substitutos que eran tan peligrosos como las sustancias retiradas. El Dr. Benjamin Van Durren, del Instituto de Medicina Ambiental de la Universidad de New York, afirmó que no había ni “jota” de diferencia entre los productos reemplazantes y los reemplazados, aún cuando los reemplazos hubiesen dado resultados negativos como cancerígenos animales en los ensayos.

Las compañías de cosméticos hicieron objeciones a la metodología usada en los ensayos originales, haciendo notar que los roedores bebían las tinturas – lo que obviamente no era el modo de exposición de los humanos. Aunque las tinturas aplicadas sobre el cuero cabelludo pueden penetrar la piel, un ensayo anterior de la FDA había demostrado que sólo el 3% de la tintura era absorbida, y que más de la mitad de esta cantidad era excretada en la orina. Todavía más, las dosis usadas en los roedores de laboratorio eran el equivalente a la ingestión diaria de 25 botellas de tinturas durante toda una vida.”
[2]

Al mismo tiempo, se lanzaron estudios epidemiológicos para evaluar si los usuarios regulares de tinturas sufrían de una incidencia mayor de cáncer. Dos estudios de Canadá e Inglaterra no consiguieron demostrar que las mujeres que usaban regularmente tinturas para el cabello tuviesen un riesgo mayor de desarrollar cáncer; un tercer estudio indicó que las mujeres mayores de 50 años que habían usado tinturas durante 10 años o más tenían una mayor incidencia de cáncer de mama. Los tres estudios estaban muy limitados debido a la pequeña cantidad de sujetos estudiados. [3] La preocupación pública acerca del tema fue muriendo de a poco, aunque el ”henna” y otros colorante “naturales” extraídos de plantas, se fueron haciendo gradualmente más populares.

Conclusión

Se continuaron haciendo estudios epidemiológicos para determinar si las tinturas – viejas o nuevas - imponían algún riesgo de cáncer. En un estudio de 1992 de 373 mujeres con linfomas no-Hodgkins, los investigadores llegaron a la conclusión que las mujeres que usaban tinturas para el cabello tenían un 50% más probabilidad de desarrollar la enfermedad
[4]; pero la FDA dijo que ese estudio ”no permite establecer una conexión causal entre las tinturas y el aumento del cáncer” [5] de manera que se rehusó a imponer una etiqueta de advertencia sobre los productos para el cuidado del cabello.

Un estudio mucho más extenso llevado a cabo por la FDA y la American Cancer Society demostró que ”las mujeres que usan tinturas para el cabello no tienen un mayor riesgo de morir de cáncer, ” aunque un subgrupo mucho más pequeño – aquellas que usaban tinturas negras para el cabello durante más de 20 años – mostraban un aumento en linfomas no-Hodgkin y mieloma múltiple.
[4]

Más reciente, el Bringham and Women's Hospital condujo un estudio involucrando a 99.000 mujeres, y específicamente diseñado para determinar si existía una conexión entre las tinturas y el cáncer. El estudio demostró que no existe ningún mayor riesgo de cáncer de sangre o linfáticos entre los usuarios de tinturas para el cabello. [6] El National Cancer Institute ha declarado que, si bien es necesario más investigación en esta área, ”no se puede hacer en estos momentos ninguna recomendación para cambiar el uso de tinturas para el cabello.”

Referencias

  1. Are Hair Dyes Safe? Consumer Reports. Agosto 1979:456-459
  2. National Cancer Institute. Personal use of hair coloring products. NCI CancerFax. National Cancer Institute; Agosto l, 1996:1
  3. Gwynne P, Copeland JB. “Household worries,” Newsweek. Octubre 31, 1977:109.
  4. Zahm SH, Weisenburger DD, Babbit PAA, et al. “Use of hair coloring products and the risk of lymphoma, multiple myeloma, and chronic lymphocytic leukemia,” Am J Public Health. 1992; 82:990-997.
  5. Newman J., “Hair dyes distress,” American Health. Noviembre 1992:39
  6. Grodstein F, Hennekens CH, Colditz GA, et al. «A prospective study of permanent hair dye use and hematopoietic cancer,”. JNCI. 1994; 86:1466-1470.

9. Tris, 1977

Antecedentes

En 1953, para proteger al público de irrazonables riesgos de incendio, el gobierno promulgó leyes destinadas a regular la fabricación de vestimentas altamente inflamables. El Acta fue enmendada varias veces durante los años 60 y los 70 para establecer normas de inflamabilidad para productos adicionales. La primera de esas normas fue establecida en 1972, y se refería a la ropa para dormir de los niños. Para conformar a las nuevas normas, los fabricantes decidieron producir ropas para dormir hechas de poliéster o acetato, sobre cuya superficie se le agregaba el retardante fosfato de tris(2-3-dibromopropil), familiarmente conocido como “tris”. En esta área, el cambio de los patrones de consumo y fabricación fueron dramáticos: en 1971, el 56% de la ropa de dormir de los niños se hacía de algodón y 27% de poliéster-algodón; en 1975, el 87% se fabricaba con varios sintéticos.
[1]

El Miedo

En Enero de 1977, Bruce Ames, profesor de bioquímica de la Universidad de California, en Berkeley, publicó una artículo en la revista Science donde declaraba que el Tris era un mutágeno (una sustancia capaz de causar cambios en el material genético) en las bacterias. Basaba su sus conclusiones en el test salmonella/microsoma que él había desarrollado (un test que también se usó en el estudio de las tinturas para el cabello de 1975). El test demostraba que el Tris era más mutagénico que muchos cancerígenos conocidos. Ames hizo notar que el 90% de los cancerígenos conocidos también eran mutágenos, y que pocos no-cancerígenos lo son.

Además, Ames hizo notar que el Tris podía ser absorbido por la piel (basaba esta sugestión en estudios previos que comprendían ratas y conejos que se les aplicaba Tris directamente sobre la piel) y que ciertas impurezas halladas hasta en el Tris de “gran pureza” causaba carcinoma escamoso cuando se les daba de comer a las ratas y ratones. Aunque reconoció que no había ninguna evidencia de que los humanos pudiesen absorber al Tris a través de la piel (el único experimento al efecto, realizado sobre dos voluntarios había resultado negativo), Ames concluyó, sin embargo, que “el riesgo del cáncer podría ser mayor que el riesgo a morir quemado... el uso de un producto químico no ensayado como aditivo a los pijamas es inaceptable, en vista de los enormes riesgos posibles.”
[1]

La Reacción

La respuesta a este único estudio fue increíblemente rápida: ningún fabricante de pijamas quería ser acusado de desparramar el cáncer entre los niños, y todos ellos cesaron de inmediato la fabricación de prendas conteniendo Tris. Tres meses más tarde, después de la publicación de un estudio que mostraba que el Tris causaba cáncer de riñón cuando era ingerido por ratas y ratones, la Comisión de Seguridad en Productos de Consumo impuso la prohibición de venta de tales prendas.
[2] Las exportaciones de prendas que contenían Tris fueron prohibidas al año siguiente. [3]

Irónicamente, una de las críticas más fuertes en contra de esta acción provino de la página editorial de la misma Science. El editor Phillip Abelson hizo notar que no existía ninguna evidencia de que el Tris horneado en fibra (como lo eran las fibras usadas en la fabricación de las prendas), en vez de ser aplicado de manera directa sobre la piel causaba cáncer. También remarcó Abelson que los roedores que habían desarrollado cáncer de riñón habían sido criadas para ser especialmente propensas al cáncer.

Conclusión

En ese momento, la prohibición del Tris fue tomada por la prensa científica y popular como un ejemplo de la manera en que un solo científico puede hacer una diferencia en las políticas públicas. Pero el test de bacterias que el Dr. Ames utilizó en 1977 para demostrar que el Tris era un mutágeno – ha estado siendo sujeto de crecientes críticas. Posteriores estudios del National Cancer Institute y del Programa Nacional de Toxicología mostraron que existe sólo un 50 al 70% de correlación entre carcinogenicidad y mutagenicidad.
[4] Y el mismo Dr. Ames no recibió el mismo grado de atención de los medios de difusión masiva o la admiración del público cuando en 1983 publicó en Science un estudio que marcó un hito, declarando que los cancerígenos de origen natural eran unas 10.000 veces más prevalentes en el ambiene humano que los de origen sintético – y que cualquier política reguladora que se centrara únicamente en los cancerígenos producidos por el hombre carecería, en consecuencia, de bases científicas. [5,6]

Nota de FAEC: dicho estudio fue publicado por la Academia nacional de ciencias de EEUU y su traducción aparece en este sitio. Haga click aquí para leerlo.

De manera que el arquitecto de la prohibición del Tris – quien en ese momento hablaba también del peligro de una variedad de substancias sintéticas [7] - se ha convertido hoy en quizás el principal vocero científico de la creencia que los productos de la tecnología moderna no están ni cerca de ser peligrosos para la salud humana, tal como los medios de comunicación y la comunidad ecologista nos han llevado a creer.

Referencias

1. Ames B, Blum A. Flame-retardant additives as possible cancer hazards. Science. F.nero 7, 1977:17-22.
2. Abelson P. The Tris controversy. Science, Julio 8, 19977:13
3. Hinds M deC. Reagan signs law on pajamas makers. The New York Times, Enero l, 1983.
4. Proctor R. Cancer Wars, New york: Basic Books; 1995:300-301
5. Cancer W'ars:133-137.
6. Ames BN. Science, 1983:221-1256
7. Cancer 8'ars:137.


10. Love Canal, 1978

Antecedentes

Love Canal tomó su nombre de William Love, un empresario que en los años de 1890 tuvo un fracasado plan para construir una ciudad masiva cerca de las cataratas del Niágara. El canal sin finalizar que fue cavado en el área en la época de Love fue usado entre 1942 y 1953 por la Hooker Chemical Company y los militares norteamericanos para repositorio de residuos químicos e industriales, que fueron sellados bajo un aislamiento de arcilla. En 1957, a medida de que el área circundante creció, la Hooker vendió la propiedad que estaba sobre el canal a la Junta de la escuela local para edificar una escuela en el sitio, con la advertencia de que no se deberían efectuar excavaciones debido a los residuos que estaban enterrados allí. A pesar de la advertencia de la Hooker, la ciudad de Niagara Falls construyó más tarde desagües pluviales y cloacales en el lugar, perturbando a los residuos.”[1]

El Miedo

A partir de 1976, los residentes del lugar comenzaron a quejarse de fuertes olores que provenían del relleno, y de productos químicos que se filtraban en los sótanos. Un periodista local comenzó a escribir sobre sospechados casos de enfermedades entre los residentes del área del canal. En respuesta a los informes, el Comisionado para la Salud del Estado de New York reclamó en 1978 la evacuación de las familias, las mujeres embarazadas y los niños fuera de la zona que circundaba al canal.

Más tarde, ese mismo año, el Estado anunció la reubicación de todas las familias que vivían en un radio de dos cuadras del canal. Estos anuncios provocaron un efecto sobre la comunidad que hizo perder valor a las propiedades que estaban fuera de área inmediatamente vecina. Los residentes llevaron a cabo sus propias investigaciones, que aparecían mostrando elevada incidencia de numerosos problemas de salud.
[2] En 1979, un informe de la Dra. Beverly Paigan encontró una alta tasa de defectos de nacimientos y abortos espontáneos entre los residentes de Love Canal.

El estudio no era ni científico ni controlado, sin embargo; se basaba únicamente en informes anecdóticos de entrevistas con familias en el área.
[3] En Mayo de 1980, un estudio de la EPA informaba de un posible daño a los cromosomas entre los residentes de Love Canal; dos días más tarde, otro estudio de la EPA concluyó que existía un cierto grado de daño en los nervios periféricos entre los residentes del lugar.

La Reacción

Los dos estudios de la EPA se convirtieron de inmediato en noticias nacionales. En el mismo Love Canal se desató la histeria, llegándose a “detener involuntariamente” a dos funcionarios de la EPA por algunas horas. Pocos días después, la EPA anunció que 2500 residentes serian momentáneamente rebuscados, a un costo de entre 3 y 5 millones de dólares. (Eventualmente, la reubicación se hizo permanente a un costo de $30 millones).
[4]

Existía una justificación de salud pública para estas acciones? Desde entonces, ambos estudios de la EPA han sido criticados por otras autoridades científicas y de la salud, no sólo por haber sido dadas a conocer antes de su revisión por los pares (o ”peer- review), sino por sus errores en el análisis estadístico, por el pequeño tamaño de sus muestras, y por sus impropias conclusiones que, en algunos casos, se contradecían con las evidencias. (El estudio de los cromosomas, por ejemplo, en realidad encontró que los casos de daño en los cromosomas entre los residentes de Love Canal era inferior al del grupo de control).

Estudios posteriores, sujetos a ”peer-review” y llevados a cabo por el Departamento de Salud del Estado de New York no pudo encontrar ninguna tendencia anormal en salud entre los residentes de Love Canal. Y estudios adicionales que se hicieron en años posteriores por el Centro de Control y Prevención de Enfermedades, la American Medical Association,
[5] y el National Research Council llegaron a las mismas conclusiones. [6]

Conclusión

En 1982, la EPA realizó un estudio que demostró que fuera del área inmediatamente circundante al canal no existía ningún nivel desusadamente alto de contaminación química. En 1990, después de muchas batallas legales contra grupos ambientalistas, una agencia del estado de New York – creada para gerenciar las casas cercanas al canal - comenzó a poner casas en el mercado. A pesar del obstáculo representado por la publicidad negativa y el rechazo de los bancos a otorgar hipotecas por miedo a ser considerados responsables por contaminación ambiental,
[7] en Junio de 1994 se habían vendido 194 de las 280 casas disponibles. Los tasadores dedujeron originalmente el 20% del precio de las casas a causa de su ubicación, pero más tarde esto se redujo al 15% a medida de que la demanda se incrementó. Un 30% de los compradores eran antiguos residentes, pre-1980. [8]

Las batallas legales que se libraban desde 1980, también parecen aquietándose. En Marzo de 1988, un juez federal rechazó una demanda por $250 millones en daños punitivos presentada por el estado de New York contra la Occidental Chemical, que había comprado a la Hooker en 1968. [9] Extrajudicialmente, la Occidental acordó con la EPA en Diciembre de 1995, en pagar $129 millones para cubrir los costos de limpieza del lugar a cambio del retiro, por parte del estado, de todos los cargos en contra de la compañía. [10]

Un resultado inmediato del pánico de 1980 – un resultado que permanece, no sólo como un legado continuado, sino como una pesada carga- es el llamado “superfondo” (Superfund). Autorizado por el Congreso sólo meses después que Love Canal llegase a los titulares, el Superfund gasta anualmente $1,7 mil millones – lo que el National Cancer Institute gasta en investigación y desarrollo - para limpiar unos 2000 repositorios de residuos. Hoy, unos 15 años después, la mayoría de los sitios del Superfund no han sido reclamados; y la mayoría del presupuesto se ha gastado en consultorías legales. No está claro si habrá algún beneficio para la salud pública una vez que los sitios sean limpiados – si alguna vez sucede. [11]

Se han realizado esfuerzos para reformar al programa Superfund, pero como todos los esfuerzos son vistos como un medio para “sacar del gancho” a los contaminadores, como ha acusado recientemente la jefa de la EPA, Carol Browner, [12] – más que un intento de poner a los riesgos públicos de tales sitios en una perspectiva científica, tales reformas no parecen ser posibles por el momento.

Referencias

1. Whelan E.. Toxic Terror. 2' ed. Buffalo, NY, Prometheus Books, ; 1992:.125-129.
2. Wider Range of Illness Suspected. Niagara Gazette, Agosto 4, 1978.
3. Panel del Gobernador de New York, Octubre 1980.
4. Toxic Terror.131-132.
5. American Medical Association News Release. “Love Canal Residents Not at Risk, Says CDC.” Marzo 16, 1984.
6. Toxic Terror:134-140. 7. Toxic Terror141-142, 144-145.
8. Kirschner E. “Love Canal settlement”. Chemical dc Engineering News, Junio 27, 1994:4-5.
9. Reisch M. “Court rejects punitive damages for Love Canal”. Chemical & Engineering News, March 28, 1994:7
10. Love “Canal settlements highlights Superfund debate”. Chemical Marketing Reporter. Enero l, 1996:3.
11. Toxic Terror: 69-70

11. Three Mile Island, 1979

Antecedentes

Ubicada a 16 km. al sur de Harrisburg, Pennsylvania, la central nuclear de Three Mile Island (TMI), comenzó sus operaciones comerciales en Septiembre de 1974. En 1978 comenzó a operar un segundo reactor, la Unidad 2. Más de 800.000 personas se benefician de los servicios eléctricos que provee la estación. En los Estados Unidos, la idea de la radiación ha inspirado aprensión y falta de entendimiento desde hace mucho tiempo. A menudo, la gente asocia la radiación con los efectos devastadores de la bomba atómica. Desgraciadamente, también la prensa tiende a publicitar los riesgos para la salud que provienen de la energía nuclear; como resultado, los medios han generado en la mente de la gente miedo a la energía de radiación. Lo que mucha gente no sabe es que todas las formas vivientes del planeta han evolucionado en presencia de la radiación natural de fondo.

Tal radiación se encuentra presente en todas partes en pequeñas cantidades. Las dosis de radiación que recibe la gente a partir de las centrales nucleares pueden, de hecho, ser menores que las dosis asociadas con actividades no-nucleares tales como fumar, volar, o quemar carbón para generar electricidad. Estos bajos niveles de radiación no producen los efectos sobre la salud que se observan después de largas exposiciones a elevados niveles de radiación – efectos tales como daño a genes y cromosomas, daño a desarrollo de embriones humanos y fetos, y daño a células que pueden incrementar el riesgo a convertirse en cancerosas.

El Miedo

El miércoles 28 de Marzo de 1979, a las 4:00 AM, lo que normalmente sería un problema menor en las cañerías, ocurrió en el sistema de enfriamiento de Three Mile Island. Aunque la Unidad 2 fue inmediatamente apagada por el sistema de seguridad, el núcleo del reactor continuó produciendo lo que se conoce como “calor de descomposición” (o “decay heat”), y necesitaba ser enfriado.

A causa de que los instrumentos de la sala de control no les daba a los operadores un entendimiento actualizado de la situación de la planta, se detuvieron a las bombas principales, que hubiesen suministrado el enfriamiento al núcleo del reactor. El problema se exacerbó porque la válvula de alivio de presión estaba trabada en posición abierta, lo que condujo a la pérdida de unos 120.000 litros de agua necesarias para el sistema primario de refrigeración. Esta pérdida llevó a que se destapase la parte superior del reactor y se fundiese una parte del combustible nuclear.

Debido al aumento de la lectura en la radiación de varios lugares fuera de la planta, los operadores declararon el “estado de emergencia del sitio” a las 7:00 AM y una “emergencia general” unos 30 minutos más tarde. Durante la semana que siguió al accidente inicial, se escaparon a la atmósfera entre 2,5 a 10 millones de curies en forma de vapor y gas – una cantidad ligeramente mayor que el fondo natural de radiación.

La Reacción

Los reportes iniciales en los medios eran calmos en su tono y se le informaba a los ciudadanos que la situación en TMI estaba bajo control. La preocupación del público inmediatamente después del accidente fue insignificante. Sin embargo, el temor a la contaminación radioactiva aumentó gradualmente entre la población local. Cinco días después del accidente, el gobernador aconsejó a las mujeres embarazadas y a los niños de edad pre-escolar que viviesen en un radio de 7 km. de la planta de TMI, que evacuasen el área.

En total, el 60% de los que residían dentro del límite de los 7 km. se fueron. Dentro de un radio de 24 km. la evacuación alcanzó al 39% de la población. El mayor número de los que se fueron, lo hicieron el 30 de Marzo; las estimaciones sobre los que evacuaron ese día varían del 55 al 72 por ciento del total de evacuados. El pueblo de Hershey, Pennsylvania, fue declarado centro oficial de evacuación; en más de una ocasión había en Hershey más reporteros que evacuados.
[1]

El consejo de evacuar, dado por el gobernador, se levantó el 4 de Abril, pero la fecha en que los residentes comenzaron a regresar al área afectada fue el 2 de Abril. Las escuelas que estaban dentro del radio de 7,5 km. de TMI reabrieron el 11 de Abril.
[1]

Aunque se establecieron monitores tanto adentro como afuera de la planta, surgieron interrogantes sobre si esos monitores suministraban información correcta sobre el nivel de radiación recibido por el público. A consecuencia de estos interrogantes, el Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los EEUU comenzó a recolectar rollos de películas fotográficas sin revelar de los comercios del área. La agencia los usó para dar una estimación independiente de las exposiciones.

El Departamento de Energía trajo al área contadores de cuerpo-entero y revisó a unas 2.000 personas para descubrir cualquier material radioactivo que se hubiese depositado en sus cuerpos. El Dpto. de Salud, Educación y Bienestar, la Agencia de Protección del Ambiente, y la Comisión Reguladora Nuclear de los Estados Unidos organizaron un Grupo Ad Hoc de Evaluación de Dosis de la Población, para determinar una cuidadosa evaluación de las dosis recibidas por los residentes del área. La revisión del grupo ”ad hoc” de los registros, suplementada por la información generada por los análisis de los rollos fotográficos y los contadores de cuerpo entero, llevaron a los investigadores a concluir que la máxima dosis posible recibida por un individuo situado al borde de la planta durante los 10 días que siguieron al accidente, era de unos 80 milirems.
[2]

Esta dosis es comparable a la exposición a la radiación natural de fondo que, excluyendo al radón del interior de las casas, es de unos 100 milirems/año. La dosis promedio recibida por los residentes dentro del radio de 7,5 km de la planta se estimó en unos 9 milirems, una cantidad similar a la que recibe el pasajero de un avión en viaje transcontinental. Y estas dosis son una sobrestimación de las dosis realmente recibidas: las cifras se calcularon en base a una persona que hubiese permanecido los 10 días de manera constante, desde el 28 de marzo hasta el 7 de abril.[3, 4]

A pesar de los bajos niveles de radiación estimados, respondiendo a las historias de miedo aparecidas en los medios de comunicación, los residentes permanecieron aprensivos a los riesgos. Para apaciguar los miedos de la comunidad y reducir su    confusión, la Comunidad de Pennsylvania y el gobierno federal anunciaron que seguirían y estudiarían a la población expuesta en los años que vendrían, para monitorear cualquier posible cambio en su salud física y mental.
[5]

Las agencias involucradas en el estudio conducido, incluyeron al Departamento de Salud (DOH) de Pennsylvania, Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), y la Oficina de Censos de los Estados Unidos. Concurrentemente, cada cinco años desde el accidente el DOH de Pennsylvania ha conducido investigaciones especiales en la población afectada por TMI.

Conclusión

¿Cuál es el legado del accidente de Three Mile Island? El efecto principal parece darse sobre la salud mental. El director de la Fuerza de Tareas de Salud Pública y Seguridad, de la Comisión Presidencial sobre el Accidente de TMI declaró que ”el mayor efecto del accidente de Three Mile Island fue la pronunciada desmoralización de la población en general en el área de Three Mile Island.” Identificó a los adolescentes y madres de niños en edad escolar que vivían dentro del área de los 7.5 km de TMI como los más susceptibles miembros de la población afectada.

En consecuencia, el factor de desmoralización – la sensación de ser capaz de manejar el estrés impuesto por el ambiente -fue el principal riesgo residual del accidente.
[6] Por otro lado, los estudios diseñados para determinar los efectos físicos del accidente no indicaron cambios. Los estudios sobre los grupos de alto riesgo, como las mujeres embarazadas, no mostraron ningún efecto. [7, 8] Los estudios del Departamento de Salud de Pennsylvania confirmaron que las mujeres embarazadas expuestas al accidente no mostraron diferencias que pudiesen medirse para prematuridad, para anormalidades congénitas, para muertes de recién nacidos, o para el hipotiroidismo infantil. [9, 10] Tampoco se encontró ningún aumento en el riesgo al cáncer debido a las emisiones de radiación. [11]

El Fondo de Salud de Three Mile Island – un fondo supervisado por los tribunales creado para dedicarse a las preocupaciones sobre salud de la población- comisionó a la División de Epidemiología de la Universidad de Columbia para realizar un extenso estudio sobre la incidencia del cáncer en los alrededores de Three Mile Island. Los investigadores informaron en 1990 que no habían encontrado un exceso de cánceres debido a la liberación de radiación de la estación nuclear de TMI. [12]

Agregado a esto, a pedido del senador Edward M. Kennedy, el National Cancer Institute condujo su propio estudio, que fue publicado en 1990. Nuevamente, no se encontró evidencia de un exceso de cánceres en la gente que residía en las inmediaciones de la central nuclear de TMI.
[9]

El 7 de Junio de 1996, la Juez Sylvia H. Rambo, del U.S. District Court of Pennsylvania rechazó todas las 1.200 demandas que reclamaban compensaciones por el accidente de TMI. La Juez basó su decisión en ”la insufciencia de las pruebas presentadas como apoyo” del caso en contra de la Central Nuclear de Three Mile Island. [13]

Pero, aunque existen docenas de grandes estudios independientes (incluidos más de 30 hechos por el DOH de Pennsylvania) que muestran una ausencia de asociación entre las liberaciones de radiación en TMI y los efectos sobre la salud de la población y el ambiente alrededor de TMI, la aprensión y la desconfianza aún persisten.

Recientemente unos investigadores de la Universidad de North Carolina reevaluaron la información del estudio del Fondo de Salud Pública.
[14] El estudio de reevaluación confirmó los resultados de las estadísticas originales, pero ofrecieron una diferente interpretación de los resultados. El estudio original había elegido concentrarse en los cánceres que se creen más radiosensibles – y especialmente en la leucemia, que se genera por bajas dosis de radiación con un corto período de latencia.[15]

A causa de que los investigadores originales no encontraron un aumento de los cánceres más susceptibles a la radiación, llegaron a la conclusión de que la radiación liberada por el accidente no provocó un exceso de cánceres. Los investigadores de North Carolina prefirieron mirar, por su lado, en todos los cánceres. Como vieron un pequeño incremento del cáncer de pulmón y del linfoma no-Hodgkin, los investigadores llegaron a la conclusión de que los riesgos se habían incrementado. El linfoma no-Hodgkin no se considera como un cáncer comúnmente inducido por la radiación, sin embargo; y los descubrimientos de los investigadores de North Carolina sobre el cáncer de pulmón son inconsistentes con la magnitud de la exposición.

Además, el cáncer de pulmón asociado con la radiación requiere de muchos años para desarrollarse; es altamente improbable que los cánceres encontrados por los investigadores de North Carolina fueran causados por la exposición a la radiación liberada por TMI. (Dos recientes estudios sobre poblaciones que viven cerca de instalaciones nucleares en Inglaterra y Gales no encontraron un aumento de los riesgos para el cáncer de pulmón o el linfoma no-Hodgkin.
[16, 17] El peso de la evidencia científica continúa, por lo tanto, apoyando la conclusión de no-efecto de la radiación liberada por el accidente de TMI.

Aunque la dosis máxima estimada que se haya recibido en TMI es menor que la recibida por una persona en un año por la radiación natural de fondo, el accidente de Three Mile Island continúa evocando a los temores públicos. El recuerdo del accidente sigue impulsando la oposición a la energía nuclear en los Estados Unidos.
[18] Es particularmente notable, sin embargo, que el único efecto medido del accidente de TMI es el incrementado nivel de estrés de la población afectada – estrés provocado por sus temores infundados a haber estado expuestos a niveles perjudiciales de radiación.

La Unidad 2 de TMI permanece hoy bajo almacenamiento monitoreado, después de un programa de limpieza que costó $973 millones. La Unidad Uno de TMI reanudó sus operaciones en Octubre de 1985 y aún presta servicio a partes de Pennsylvania y New Jersey. En 1989, la Unidad Uno de TMI recibió un “rating” de eficiencia del 100%, que lo hace el reactor No. 1 del mundo en términos costo/eficiencia.
[19]

Referencias

1. Flynn CB. Local public opinion. Ann NYAcad Sci. 1981: 146-151
2. Ad Hoc Population Dose Assessment Group. “Preliminary dose and health impact of the accident at the Three Mile Island nuclear station”, Nuclear Safety. 1979; 20:591-594.
3. Maxon HR. “Fallout at Three Mile Island”. Ann Internal Med. 1979; 91(3):486.
4. Upton AC. “Health impact of the Three Mile Island accident”, Ann NY Acad Med. 1981:63-75.
5. Committee on Federal Research into the Biological Effects of Ionizing Radiation. Follow-up studies on biological and health effects resulting from the Three Mile Island nuclear power plant accident of March 28, 1979. NIH Publication No. 79-2065. Washington, DC: US Department of Health, Education and Welfare, 1979.
6. Fabrikant JI. “Health effects of the nuclear accident at Three Mile Island”, Health Phys. 1981; 40:151-158.
7. Goldhaber MK, Staub SL, Tokuhata Gk. “Spontaneous abortions after the Three Mile Island nuclear accident: a life table analysis”, Am J Public Health. 1983; 73(7):752-759.
8. Bratz, JR, Tokuhata GK, Kim JS, et al. « Three Mile Island Pregnancy outcome study: Final report (abstarct)”. Presentado al 116° Encuentro Anual de la American Public Health Association, Boston, MA. Noviembre 16, 1988.
9. “Health study finds no cancer link”, GPU Backgrounder. Julio 1996.
10. Houts PS, Tokuhata GK, Bratz J, Batholomew MJ, Sheffer KW. “Effect of pregnancy during TMI crisis on mothers' mental health and their child's development”, Am J Public Health. 1991; 81(3):384-386.
11. Hatch MC, Wallenstein S, Beyea J, Nieves SW, Susser M. “Cancer rates after the Three Mile Island nuclear accident and proximity of residence to the plant”, Am J Public Health. 1991; 81(6) :719-724.
12. Hatch MC, Beyea J. Nieves JW, Susser M. “Cancer near the Three Mile Island nuclear plant: Radiation emissions”, Am J Epidemiol. 1990; 132(3):3397-412.
13. Rambo SH. “Order and Judgment”, Chief Judge, U.S. District court for the Middle district of Pennsylvania, Harrisburg, PA. Junio 7, 1996.
14. Wing S, Richardson D, Armstrong D, Crawford-Brown D. “A reevaluation of cancer incidence near the Three Mile Island Nuclear Plant: The collision of evidence and assumptions”, Environ Health Perspectives. 1997; 105(1):52-57.
15. Commitee on the Biological Effects of Ionizing Radiation. The effects on population for exposures to low levels of ionizing radiation: 1980 (BEIR III). Washington, DC: National Academy Press, 1980.
16. Forman D, Cook-Mozaffari PH, Darby S, et al. “Cancer near nuclear installations”, Nature. 1987; 329:499-505.
17. Cook-Mozaffari PH, Darby SC, Doll R, et al. “Geographical variation in mortality from leukemia and other cancers in England and Wales in relation to proximity to nuclear installations,” 1969-78. Br J. Cancer. 1989; 59:476-485.
18. Shulman S. “Legacy of Three Mile Island”, Nature, 1989; 338:190
19. GPU Nuclear. “TMI-1 Operations Fact sheet. Julio, 1996.


Próxima página del Informe (NO. 3)

Primera página     Tercera página    Cuarta página    Quinta página   



Volver arriba       Volver a la página Artículos       Volver a la página Pesticidas

Usted es el visitante No.:

desde Enero de 2002
FastCounter by bCentral

Vea aquí otras
estadísiticas del sitio


¿Desde qué paises nos visitan?
¿Quienes son los visitantes?