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LA LEÑA COMO RECURSO ENERGÉTICO
ALGUNAS DUDAS Y OBJECIONES
AL ARTÍCULO DEL ING GIANFRANCO PREMUDA

En “Los Principios On Line” del 8 de agosto de 2005 se reprodujo un interesante artículo publicado días antes en el Semanario Crónicas de Montevideo – Uruguay; el que se refiere a las potencialidades de la leña como combustible sustituto del petróleo, lo cual revestiría gran interés dada la inexistencia yacimientos conocidos de hidrocarburos en la hermana república; que fuera La Banda Oriental en épocas del Virreinato e incluso intermitente-mente después, hasta el fin de los tiempos de Juan Manuel de Rosas.

Las casi tres carillas del artículo ofrecen “mucha tela para cortar” y sin duda varios datos interesantes. Inicialmente afirma que utilizando el 10 % de los bosques plantados existen-tes en Uruguay, podría generarse tanta electricidad como las que producen las cuatro hidroeléctricas que posee Uruguay (el 50 % de Salto Grande, Baygorria, Palmar y Rincón del Bonete). Lamentablemente no da precisiones acerca del rendimiento energético pro-medio por hectárea del bosque implantado. Adicionalmente afirma que cada cinco años se pueden cortar nuevos árboles para leña, lo cual es un período muy reducido respecto a zonas frías, pero es comparable al período de raleo (primer corte de árboles jóvenes) de Misiones y Corrientes.

Menciona que existen cuatro tecnologías para la quema de leña:

  1. Quema directa,

  2. Gasógeno y cámara torsional de gases,

  3. Chipiado y cámara torsional de sólidos,

  4. Quema de materia prima verde.

De estas cuatro, tres están operables y la cuarta (precisamente la que al final el Ing. propone) está en sus fases de desarrollo.

Seguidamente se muestra de hecho favorable al sempiterno rol de productores y exporta-dores primarios de los latinoamericanos; pues afirma enfáticamente que para Uruguay es más fácil (virtualmente descalifica otras opciones) exportar materias primas que productos industriales de mediana o alta tecnología.

De hecho discrepo con esa concepción, que muchos retrógradamente mantienen también de este lado del río Uruguay, y que tanto daño nos ha hecho. No es mi intención discutir es-tas concepciones con los hermanos orientales, pero los países con economías más pujantes han hecho lo contrario, como Brasil, México, y en menor grado hoy Argentina. También se tiene el caso de Finlandia, país pequeño y de poca población (similar en cierta forma a Uruguay) que goza de un notable grado de bienestar gracias al desarrollo de la industria electrónica; además del alto grado de desarrollo tecnológico de sus plantas fabriles de celulosa y papel.

Afirma el citado Ingeniero que producir energía con leña cuesta la mitad que el combustible más barato que dispone Uruguay, el cual es el gas de origen argentino. Es sin duda un dato interesante, pero sería muy positivo constatar si en dichos costos de la generación a leña, se incluyen los gastos logísticos que implica producir esta energía a gran escala industrial.

En Misiones –donde no disponemos del servicio de gas natural (es decir que energética-mente somos “argentinos kelpers”), la leña se usa como combustible para los secaderos de yerba mate y té, y también se está instalando una usina que funcionará con los residuos de una planta celulósica. Pero debe advertirse que:

  1. No disponemos de la alternativa del gas natural (que en cambio sí posee Uruguay;

  2. Los desechos de madera se producen diariamente, y en un área muy pequeña, por lo que la logística se simplifica y abarata mucho, en el caso de la termoeléctrica instalada en la empresa celulósica;

  3. La usina eléctrica es de poco más de 10 MW, una pequeña escala no rentable para competir con grandes generadoras.

Compara la superficie de bosques implantados con la de los embalses de las presas hidro-eléctricas uruguayas, sacando de ello conclusiones supuestamente generales a favor de las centrales térmicas a leña. Ese razonamiento puede ser objetado por los siguientes hechos:

  1. Los embalses no son “superficies perdidas” pues bien pueden utilizarse para la cría de peces, para la recreación y el turismo, además de los efectos benéficos secundarios, como disponer de agua para riego, para el consumo humano e industrial, y en algunos casos las regulaciones de caudales;

  2. Ignora que en cambio las superficies forestadas no pueden ser utilizadas para ningún otro uso, como por ejemplo la agricultura, la ganadería, ni el turismo;

  3. No considera que las superficies de los embalses no son necesariamente proporcionales a las potencias instaladas ni a las generaciones de las hidroeléctricas, lo que invalida toda generalización de esa comparación entre térmicas a leña e hidroeléctricas.

Afirma el Ingeniero que una central térmica a leña “gana lejos” si se la comparan sus costos “con una hidroeléctrica con su lago”. ¿A que costos se refiere? ¿A los de instalación? ¿A los de generación por KWh? Lamentablemente la redacción de dicho artículo no aporta clari-dad al respecto. Al respecto, cabe afirmar que sin duda los costos de instalación de una usina térmica (cualquiera sea ella) son menores a los de una hidroeléctrica. Eso es una verdad de Perogrullo. Pero de ahí a suponer que los costos por KWh sean menores, es al menos muy dudoso.

En Uruguay tienen la experiencia de Salto Grande, ya totalmente pagados sus costos de construcción, sus costos operativos son bajísimos. Lo propio sucede en Argentina con el centenar de hidroeléctricas cuyas construcciones ya se han amortizado financieramente, y en Brasil con sus casi seis centenares de usinas hidroeléctricas, o en todo el mundo con los varios miles en eficiente y limpio funcionamiento. Todo permite suponer que la afirmación del Ingeniero G. Premuda es muy imprecisa, muy poco fundamentada y de muy dudosa certeza.

La siguiente enfática afirmación del citado opinante es sin duda errónea. Afirma el citado Ingeniero que una central térmica a leña es “menos contaminante que una hidroeléctrica por el metano que se genera en los lagos de las represas”. Todo proceso de combustión (como el de la leña) produce gases contaminantes, que son volcados a la atmósfera irremi-siblemente, produciendo el efecto invernadero, y en algunos casos la lluvia ácida. Esos efectos negativos pueden ser disminuidos, pero sobre de ningún modo totalmente elimi-nados.

En cambio, me baso en informes de CACIER para afirmar que las emisiones de metano sólo son significativas en los dos o tres primeros años del llenado de las presas ubicadas en zonas tropicales cuyos vasos no hayan sido prolijamente “limpiados” (desmontados) previamente. Al cabo del 5º o 6º año, dichas emisiones se reducen drásticamente, al terminar de produ-cirse la descomposición de la masa arbórea y vegetal inundada por el respectivo embalse (término más correcto que el de “lago”).

También afirmó el citado Ingeniero opinante que Uruguay no puede construir nuevas cen-trales hidroeléctricas. El dato es inexacto, pues resta construirse la central compensadora de Salto Grande, cuya potencia total podrá ser entre el 15 al 20 % de la de esta central, lo cual es una magnitud interesante para Argentina, y mucho más para un mercado consumi-dor bastante menor como el de Uruguay.

Al fin del artículo analizado el analista se manifiesta a favor de utilizar precisamente la leña verde, que según sus propios dichos es una tecnología aún en estudio. En buen romance, si está en estudio aún no es operativa. ¿En que quedamos entonces?

Finalmente –y no es un tema menor- el artículo no abunda en precisiones acerca de cómo solucionar los serios problemas operativos y los altos costos que significan el transporte, acondicionamiento previo, almacenaje y posterior utilización de la leña; sobre todo para centrales eléctricas de gran porte, del orden de 100 MW o más.

C.P.N. Carlos Andrés Ortiz
Docente – Investigador
Facultad de Ciencias Económicas
Universidad Nacional de Misiones


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