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La Ortorexia y el Estado Terapéutico

El Caso de Las Campañas Antitabaco

Claudio Altisen
Lic. en Ciencias Sociales y Humanidades,
Prof. en Filosofía y Ciencias de la Educación

1) Vivir una buena vida, es vivir una vida buena

La vida humana debe ser respetada. Esto significa, en primer lugar, que nadie, bajo ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente. Pero, en un sentido más amplio, significa que se ha de custodiar la dignidad de las personas. Y el respeto de la dignidad de las per-sonas exige atender racionalmente también al cuidado de la salud física, teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. En tal sentido, el cuidado de la salud física de los ciudadanos requiere el com-promiso de toda sociedad organizada. Sin embargo, el debido respeto de la vida corporal no hace de ella un valor absoluto. El fin de la existencia humana se cifra en un bien más alto. Un ser humano, en tanto que ser pensante, está llamado a una categoría de realización superior a la del mero animal sano.

En su búsqueda de una vida agradable los hombres han desplegado todo el potencial de su pensamiento y de su capacidad para gozar. En efecto, el cálculo y la pasión tienen un mismo origen: la voluntad racional de pasarlo bien, el deseo de vivir una buena vida. La exploración de la verdad y la búsqueda de la felicidad han marcado la historia del hombre en procura de vivir una buena vida.

El objetivo de la vida es la vida misma. Como ser físico, como animal, el hombre tiene sed de existir, busca la vida, el placer, y busca huir del sufrimiento y de la muerte. Pero como hombre busca todavía más: quiere el bien, lo bello, el esplendor de lo verdadero. Una palabra reúne todas esas búsquedas: amor. Y el amor supo-ne la capacidad de atemperarse, de guardar mesura, de moderar excesos y de refrenar avideces y apetitos, para poder abrirse a compartir.

Cuidar la integridad física es importante. En efecto, el respeto a la vida implica no destruir mutilando, maltratando o envileciendo los miembros físicos, ni lesionando la salud. Para ello el hombre debe cosechar los be-neficios de una higiene física basada en mantener el cuerpo mediante el ejercicio, la alimentación y el descanso, evitando los excesos por medio de la templanza y desterrando los venenos. Eso es cierto, pero no basta. El cuidado y cultivo de una vida humana dignamente vivida, implica mucho más que asegurar el co-rrecto funcionamiento del cuerpo en su concreción física y estructural. Las dimensiones del vivir son varia-das. Y sobre todo hay que conservar una mente activa y cultivar un espíritu delicado. Lo que Blas Pascal llamaba un «esprit de finesse», contrapuesto al afán calculador y utilitario del «esprit geométrique» (Cfr. Pensamientos N° 512).

La templanza es condición insoslayable de la salud física y moral. Es el arte de usar las cosas sin daño para nosotros ni para los otros. Spinoza ha dicho que la templanza es una sana afirmación de nuestra fuerza de vivir.

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco dice que el temperante guarda una justa medida, no busca voluptuosida-des... sólo desea con moderación, sin excesos y oportunamente las satisfacciones agradables y susceptibles de mantener la salud. Se comporta según razón, con miras al bien.

Vive bien quien busca el bien; es decir, quien se cuida de discernir todas las cosas para no dejarse sorpren-der por la mentira, y quien modera sobriamente sus deseos para que sus apetitos sensibles no apaguen la luz de su conciencia. En tal sentido, el hombre puede gozar honestamente de todos los placeres que se le ofre-cen, en la medida en que sirvan a su peculiar dignidad; es decir, en la medida en que no ofusquen su capaci-dad de discernimiento ni representen un riesgo severo y próximo para su salud física. Como se ve, no se trata de gozar menos, sino de gozar mejor. El placer no es cosa prohibida, solo que es tanto más grande cuanto más puro y libre; es decir, cuando no es impuesto por el impulso del deseo. La templanza, precisamente, sirve para no padecer, ni en un sentido (carencia) ni en otro (exceso). La templanza es el arte de saber gozar. Pero sucede que vivimos en una sociedad de consumo que parece desconocer que el hombre, al no estar so-metido como los animales a las normas moderadoras de sus instintos, se siente tentado a dejarse llevar hasta el límite de sus deseos. Sin pensar, prisionero de su imaginación, corre el riesgo de extraviarse en sus exce-sos y de malograr el mismo gozo que pretende.

En nuestro tiempo se observa que el placer ufano de una burguesía autocomplaciente busca la felicidad procurando alcanzar la placidez de un publicitado ocio sin fronteras. Un ocio opiáceo, adormecedor. Pero la felicidad planteada en esos términos es una trampa hueca y letal. Es casi como un suicidio encubierto que se muestra en dos caras:

a) La cara dionisiaca:

La intemperancia de una embriaguez hasta la pérdida de la conciencia.

Cuando niños jugábamos a girar como un trompo para provocamos una momentánea pérdida de conciencia a través de la sensación de mareo. Al crecer, muchos seres humanos buscan experimentar un efecto similar tomando sustancias químicas que provocan el espejismo de la desaparición. Así, la felicidad silenciosa de los narcóticos apaga la luz de la conciencia. El tormento cotidiano de muchas existencias busca redimirse martiri-zándose en un acto obsceno y sagrado de búsqueda de un absoluto sin fisuras. Narcotizarse es así una eter-na hibernación en el paraíso de las sombras, que expresa el deseo cruel y enloquecido de acabar cuanto antes con una vida sin propósito y sin sentido, que no vale la pena ser vivida. Las drogas esconden un evi-dente deseo de extinción.

En los 60 la moda hippy consumió drogas para demostrar el rechazo al exceso de racionalización y tecnifica-ción de la sociedad. Pretendió ser una proclama alternativa, una vía química de protesta social ante el orden imperante. Las drogas se consideraron entonces un remedio para aliviar las grietas de la conciencia contem-poránea. Pero un experimento semejante no podía conducir a nada bueno. De hecho sucedió que ese intento de expansión de la conciencia buscando reencontrar una espiritualidad perdida más allá de la manipulación calculadora y utilitaria, sólo logró perder la conciencia en los vaivenes de la sensualidad y no encontrar nada valedero ni duradero; pero permitió que, en las décadas siguientes, ellos mismos fueran encontrados como clientes para el mercado del narcotráfico.

Pretendiendo romper el sistema se rompieron a sí mismos y sus pedazos fueron reprocesados en el lado oscuro del sistema.

b) La cara apolínea:

La intemperancia de un afán de control hasta la pérdida de la sensatez.

Así como la falta de templanza conduce al espejismo de la inconciencia, su trayectoria rigorista conduce a entender la austeridad, la disciplina y la planificación como una estrategia para intentar obtener más placer en el futuro. De esta manera sirve de modelo para la aparición de una especie de hedonismo perverso que multiplica las ganas a través del aplazamiento. Estamos diciendo que el rigorismo es un hedonismo retardado. Luego, la actual búsqueda de una satisfacción inmediata resulta ser el comportamiento reflejo y primitivo del hombre contemporáneo ante la rigidez técnica que se le impone. Ese comportamiento es un hedonismo infan-til: inmediatista, banal, regido por el principio de placer. Pero contenido y controlado por la discursividad pu-blicitaria. Extrañamente hemos venido a dar en un nuevo «cálculo» de la felicidad. Se nos dice que tenemos que invertir todas nuestras fuerzas en dar la vida por moldear un cuerpo saludable, de manera que podamos obtener un cuerpo sano para la vida. Es un absurdo que muestra nuestra incapacidad para comprender lo que generamos. La estética actual ha condenado el cuerpo al bondage (esclavitud, servidumbre, sujeción). El objeto ha devorado a un hombre sin atributos, sin hogar metafísico, sin casa, sin comunidad. La vida saluda-ble comienza a replegarse sobre sí misma, con un silencio de puertas cerradas que la preserve incontaminada. El cuerpo saludable no se expone, se disfruta en un aséptico autismo. Es objeto de exhibición para voyeris-tas, pero no es lugar de contacto. Así, la batalla por una vida saludable a toda costa, se desarrolla incluso a costa de los otros seres humanos.

Se observa que existe actualmente una cierta tendencia a promover el culto del cuerpo, sacrificando todo a él e idolatrando la perfección física en nombre de la salud. Semejante actitud tiende a suscitar injustas dis-criminaciones entre las personas y puede conducir a la perversión de las relaciones humanas en la sociedad.

Esta obsesión por la vida sana ha sido denominada por algunos autores como ortorexia (del griego orthós: recto o íntegro, y exiáomai: sanar completamente).

2) Ortorexia

Desde mediados del siglo XX se discutieron nuevas definiciones de salud, y se afirmó que para el logro del crecimiento económico es indispensable mejorar las condiciones de salud de la población. Entendiéndola como el completo estado de bienestar físico, mental y social, y no sólo como la ausencia de malestar. Este modelo acompañó el desarrollo de la concepción de salud presente en el así denominado Estado Benefactor.

En los años setenta se realizaron investigaciones en Estados Unidos y en Europa para estudiar los estilos de vida de la gente y establecer los determinantes más relacionados con el gasto público en materia de salud.

Muchas de esas investigaciones confirmaron la importancia de los diferentes estilos de vida como determi-nante del nivel de salud de la población. El estudio de los estilos de vida indicó la presencia de una gran variedad de conductas que se denominaron "insanas", las cuales determinan el grado de salud de una po-blación, como por ejemplo: el consumo excesivo por mero placer de sustancias legales, la adicción a sus-tancias ilegales, la falta de ejercicio físico, el estrés, el consumo excesivo de grasas saturadas, la mala alimentación, las conductas sexuales de riesgo y la falta de cumplimiento terapéutico, entre otras.

Muchos de estos estudios demostraron cómo las conductas denominadas insanas potencian un incremento significativo en el número de muertes prematuras y de enfermos. En consecuencia, demostraron que las con-ductas denominadas insanas, provocan un importante costo al Sistema de Asistencia Sanitaria.

Estos estudios fueron los que ocasionaron los cambios en la gestión sanitaria de muchos países, que en la década de los setenta comenzaron a dedicar mayor porcentaje de recursos a la prevención y a la Educación para la Salud.

Sin embargo, las gestiones realizadas no resultaron exitosas. En opinión de algunos autores, la causa principal del fracaso de muchos de los Programas de Educación para la Salud desarrollados por los diferentes gobiernos y asociaciones en aquel tiempo, fue la ignorancia respecto de los factores externos que conforman el medio ambiente social del individuo dentro de la comunidad y el no haber establecido la promoción de su modifica-ción en sentido positivo. En efecto, la concepción acerca de la salud y de la enfermedad no depende sólo de los avances registrados en el conocimiento médico y científico, y en la tecnología; sino que está fuertemente ligada a las diferentes cosmovisiones histórico-culturales prevalecientes en una sociedad. Los críticos señalan el carácter biologista, ahistórico, asocial, individualista y autoritario de esos Programas, los cuales dieron lugar a un tipo de práctica médica centrada en lo curativo más que en lo preventivo.

Por otra parte, los críticos también señalan que mediante los Programas de Salud Pública los médicos tienden a adentrarse en algunos campos de la vida humana que les son ajenos. En efecto, no es su función ni su competencia controlar y castigar aspectos de la vida humana que dependen exclusivamente del libre albedrío de las personas. No obstante, la mano de la Medicina se extiende sobre el cuerpo de los ciudadanos mediante el incremento de la esfera de poder del Estado Terapéutico. Es así que los políticos y los médicos han des-bordado sus competencias tradicionales y, tanto la Medicina como el Estado Terapéutico se presentan como una suerte de ángeles tutelares, bienintencionadamente dispuestos a defender y garantizar el bienestar y la longevidad de los ciudadanos si se acepta su Decálogo con la fe debida. Ese Decálogo supone olvidar que el Estado Terapéutico se dedica a solucionar los problemas que él mismo produce. En efecto, lo que enferma y mata a la población es la imparable fabricación de un mundo vertiginoso e insensato. Un mundo estrecho, con escaso horizonte para el despliegue de la vida.

Por eso los Programas fracasan y terminan siendo un evidente despilfarro. Porque sus supuestas soluciones resultan inútiles e insignificantes contra las demoledoras construcciones de la enfermedad y el desasosiego de la población. Es un juego extraño. Por un lado, en nombre del Desarrollo se envenena primero a las pobla-ciones con la contaminación, se les reseca la vida en la soledad de multitudes consumidas por el afán de po-seer y por el miedo. Pero por otro lado, después o a la vez, se acude a la población con vendas reparadoras.

En esta hora de la punta del Progreso del Régimen Demotecnocrático Global, se invierten dinerales multimillo-narios en Programas de Salud. No es de extrañar que la Medicina se encuentre hoy enredada e incapacitada para desprenderse de toda la política económica poderosa y demoledora que la envuelve, y ante la cual su primordial fundamento curativo y de servicio público para la salud y el bienestar de la vida humana quede sofocado y perdido.

Esta situación plantea para la población el peligro o la paranoia de una excesiva valoración de la salud, tan esclavizante como la enfermedad misma.

Deberíamos reflexionar más serenamente sobre un hecho ineludible: que la vida es inimaginable sin dolor, ya que la utopía de una humanidad libre de sufrimientos e inmune al dolor ha sido la excusa para hacer recaer sobre el individuo el peso del aparato sanitario. La población se enferma de ortorexia y no advierte que esa obsesividad sirve al consumo de la Medicina como mercancía y da piedra libre al avance autoritario del Estado Terapéutico sobre la vida privada de la población.

Deberíamos analizan los factores culturales y económicos que han llevado a la Medicina a convertirse en el negocio hospitalario-farmacéutico que controla nuestros organismos con la anuencia del Estado.

vFinalmente, de la mano de los publicitados discursos ecologistas -generalmente más emocionales que cientí-ficos [1]- quienes lucran con la ortorexia han concentrado sus esfuerzos en dar batalla a dos artículos de consumo que sirven para no cuestionar la responsabilidad del Estado en materia de salud:

  1. El consumo de la denominada "comida chatarra", como causa de muertes prematuras por obesidad.

  2. El consumo del tabaco, como causa de la muerte por cáncer de pulmón. Las batallas legales contra la "comida chatarra" aún no obtienen el éxito que ya van consiguiendo contra el tabaco. Quienes llevan actualmente estas acciones en los Estados Unidos han diseñado una estrategia contra las cadenas de comida rápida que procede en tres etapas:

  3. La primera consiste en casos relativamente fáciles, como el de las papas fritas de McDonald's.

  4. La cadena promocionaba sus papas subrayando que se freían en puro aceite vegetal, lo cual era técni-camente cierto. Pero los abogados señalan que millones de vegetarianos se aficionaron a las papas fritas de McDonald's sin saber que previamente se las bañaba de grasa animal.

    Otra de las demandas en marcha ataca la campaña en la que se habla de la carne de cerdo como la otra carne blanca, ignorando que su contenido en grasa y colesterol está más próximo a la ternera que al pollo. En esta fase se encuentran la mayor parte de las' demandas. Los abogados involucrados espe-ran que el éxito de las mismas haga cambiar a la opinión pública su forma de ver a las grandes cadenas, pues sostienen que ese cambio de visión es lo que realmente inclinó la balanza en la guerra que van librando contra el tabaco.

  5. En una segunda etapa se trataría de atacar a las omisiones a la hora de advertir los riesgos que aca-rrea lo que se come.

  6. Finalmente, en una tercera etapa se intentaría que las grandes cadenas pagasen su cuota en los costos de las enfermedades que se derivan de la obesidad. Los abogados sostienen que deben pagar porque han sido las grandes cadenas las que han implantado esos hábitos de consumo en los niños, mediante campañas de marketing y programas escolares que han logrado crear una clientela esclava. Los abogados intentan demostrar que la industria ha burlado la libre elección del cliente al oscurecer su capacidad de decisión con mentiras y verdades a medias sobre lo que se está llevando a la boca.

Sin embargo, la batalla no está ganada y los mismos abogados confiesan que el litigio llevará años o incluso décadas, pero que finalmente llegará.

En los títulos que siguen vamos a focalizamos en la presencia de la tendencia ortoréxica y en el avance del Estado Terapéutico respecto del consumo de tabaco, observando fundamentalmente los aspectos éticos y legales que resultan afectados allí. Otros consumos sólo se aludirán tangencialmente.



Segunda Parte: El Derrotero del Tabaco         Tercera Parte: El Estado Terapéutico


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