Hora de Córdoba
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Un Nóbel de la Paz para un idiota

por Carlos Wotzkow
Desde Suiza, Octubre 21, 2007

Recientemente se ha informado que los gases de las vacas
y el guano contribuyen más a los "gases invernadero" que
todos los autos y otras formas de transporte combindadas.
¡Exterminemos a todas las vacas suizas de inmediato!"
"20 Minutes" average-quality news

Al Gore ya ganó su Oscar, lo que constituye la primera excepción que hace Hollywood al otorgar un premio cinematográfico a un político que miente apoyado en una rama malinterpretada de la ciencia. Gore ha sido premiado, para decirlo más claro, por abogar a favor de algo que es incapaz de comprender. Pero ahora, Gore gana el Nóbel de la Paz, y vuelve la excepción a ser regla, al premiarle por dotes inexistentes para las categorías de los premios suecos. No es extraño, y es fácil de entender: cuando de creer se trata, con saliva y paciencia, hasta un elefante puede preñar a una hormiga.

Después que el IPCC finalizara su fraudulento informe y después que las cifras salieron a relucir, se dijo que los 122.000 millones de dólares que este pánico planetario crearía, sería revertido en puestos de trabajo a favor del medio ambiente. Hasta el día de hoy sin embargo, el 90% del dinero ha ido a la propaganda política (en detrimento de los árboles y la disponibilidad de pulpa vegetal para hacer papel) para convencer a los incrédulos de que el mundo se está acabando y que más vale que abran sus billeteras si no quieren acabar como infieles en el infierno.

En Suiza por ejemplo, existen varios periódicos de distribución nacional gratuita. Todos ellos de izquierda y sustentados por la publicidad de productos capitalistas (autos de gran cilindrada entre los más anunciados). Entre los más rojitos está “Le Matin Blue” (que anuncia a Gloria Estefan y a su estafa cubano-musical “90 millas”), y no hay un solo día en que este rotativo no nos alerte de los riesgos ambientales de la actividad humana. ¿Cómo lo hacen? ¿Se basan en los datos científicos? Para nada. Han llegado incluso a publicar la necesidad de exterminar a todos los alces de la península escandinava porque con su respiración estos animales producen demasiado CO2.

Las noticias van desde la necesidad de eliminar las centrales nucleares so pena de verlas destruidas por aviones pilotados por extremistas islámicos (esa es la nueva forma de los verdes y los socialistas de intimi-dar al pueblo contra la energía atómica), hasta la grata noticia de que algunos “ecolos” en Ginebra pintaron con spray cientos de autos todo-terreno y esos “adinerados contaminadores” (propietarios) tuvieron que perder el día de trabajo para acudir a la policía y deponer demandas judiciales en contra de los mimados encapuchados del cantón. Si esto no es instigación nacional (e ilegal) al vandalismo, que venga Al Gore y me lo explique

Pero como en todo, los EEUU siempre están a la cabeza. No sólo en las mejores tecnologías, sino también en las peores estupideces. En aquel país un 53% de la población es creacionista. O sea, creen en la ley di-vina y rechazan la teoría de la evolución. Pero resulta que ahora, además de creer en un diseñador inteli-gente, también creen en el “calentamiento global” que, según la ONU, ha sido demostrado por los “mejores científicos” del mundo. ¿En qué quedamos? ¿En qué deben creer los religiosos, en su religión, o en la cien-cia? ¿Dónde queda el punto límite para la coherencia humana? Hoy día 56% de los norteamericanos creen en el calentamiento global y de ellos, el 86% creen también en Dios.

La histeria es, además de fanático-religiosa, infame. La señora Teresa Heinz regalaba a James Hansen (de la NASA) 250.000 dólares para que este publique a favor del calentamiento global los datos que lo apoyen, pero a su vez, critican a Exxon-Mobil ofrecer una donación de 10.000 dólares (comparen los montos) a va-rios científicos para que estos escribieran sobre los hallazgos que demuestran que los combustibles fósiles no forman parte del caos climático. Acusar a la transnacional del petróleo fue sin dudas mucho más fácil que señalar con el dedo la artimaña de Madame Ketchup.

De viaje por la antigua Alemania del Este, le pregunté a uno de los propietarios de la tierra en la que había no menos de 100 inmensos molinos de viento por qué no la repoblaba de árboles. Su respuesta no se hizo esperar: “pues porque si planto bosques la superficie del terreno se hace irregular, reduzco la velocidad del viento y produzco menos energía”. Al final, pudimos ver otras áreas (en total tres) en pleno desmonte de bosques secundarios para igual propósito. Y todo, amparado en la medida ecológica de un gobierno que cree que crear energía renovable es una medida ecológica.

Pero tomemos a España y a Portugal como ejemplos. Dos países “europeos” (en los decires geográficos, no culturales) donde cada año los actos vandálicos en contra de la escasa masa forestal son noticias alarman-tes. Si la península ibérica fuese repoblada de árboles de forma inmediata, las organizaciones patrocinadoras del calentamiento global crearían miles de puestos de trabajo y apenas tendrían que facilitar un 5% del pre-supuesto económico con que cuentan. Si así lo hicieran, y rodeada de mar como está, ese territorio, a pun-to de convertirse en el primer desierto europeo, vería disminuir su temperatura media anual unos 5° C en los próximos dos lustros.

¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no se plantan nuevos bosques en todas las tierras fértiles inutilizadas del planeta? ¿Por qué la cruzada de estos creyentes del calentamiento global está dirigida contra las emisiones de CO2 a la vez que ignoran el papel de los árboles en su reconversión? Pues porque la guerra no es a favor del planeta, sino en contra de la especie humana. En contra de la industria y de la tecnología del mundo occidental. En contra de todo lo bueno que ha creado el hombre allí donde se ha dedicado a trabajar y a producir riqueza. El Calentamiento Global no es más que otra doctrina religiosa en busca del exterminio hu-mano (incluidos sus propios fieles).

El Nóbel de la Paz a favor de la guerra ya está servido, y el fundamentalismo religioso de Al Gore, tan amigo del catastrofismo, del miedo colectivo, y de los castigos de Dios, ya comienza a dar sus frutos en el país más religioso del planeta. Pronto veremos a miles de conservadores desviar sus donativos morales a las arcas del ambientalismo global dirigido desde las Naciones Unidas. Ya vemos como la prensa norteamericana promueve el éxito financiero y el modelo de Dubai al tiempo que crítica el consumo de petróleo (que desde Dubai se exporta) que tanto necesita los EEUU para sobrevivir y mejorar su ambiente. Ya lo veremos, aun-que esta falacia calenturienta se desmorone ante las evidencias y la moda sea entonces retomada por el “enfriamiento global”.

Carlos Wotzkow
Bienne, Octubre 21, 2007


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