Hora de Córdoba
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Al Gore se va a la guerra…
chiribín, chiribín, chín, chín!
...pero sin el Papa

Por Pierre Lutgen

Las diatribas de Al Gore se parecen cada vez más a las de un predicador que sopla la trompeta del Apocalipsis. Un poco a la manera en que Churchill apelaba a los británicos a ajustarse el cinturón en 1940. Se encuentra nuevamente al espíritu de la Blitz ante la amenaza nazi. Y el Príncipe Carlos lo ha dicho bien en el Daily Telepgraph: “Entramos a la Tercera Guerra Mun-dial. Nuestros abuelos se rehusaron a ganar la Segunda Guerra Mundial consumiendo menos.”

Al Gore se presenta como el portavoz, no sólo de toda la humanidad, sino igualmente del planeta entero. “Nosotros somos un único pueblo en una única Tierra, con un destino común,” declaró Gore en Bali. Los pequeños y los grandes dictadores del pasado, desde Napoleón hasta Pol Pot, de Franco a Hitler, también tenían un único partido pero limitaban sus pretensiones a sus países. Y para alcanzar este fin planetario el guerrero del Apocalipsis quiere imponer a las democracias recalcitrantes, ricas y pobres, un programa de restricciones y de miseria que les atará por decenios. Tanto peor si algunos países pobres se hunden aún más en la miseria…!

Pero no, qué milagro! Esos países se rebelaron en Bali. Y ellos tienen razón. Es la pobreza la que ha conducido siempre a los desastres ecológicos más grandes. Y el mismo Benedicto XIV no quiso participar de la Cruzada Climática de los “a-goreros”. Ver su declaración en el Daily Mirror del 13 de diciembre, “El Papa condena a los profetas del cambio climático.” Y tiene razón: uno de los mensajes claves del Evangelio es: “No tengáis miedo.”

La nueva Religión Verde predica la pobreza. Todos iguales dentro de esta pobreza, viajando en autobús, comiendo sopas biológicas del jardín, todos iguales –a excepción de algunos pocos “más iguales que los otros”- como, entre los funcionarios soviéticos y sus “dachas” de fin de semana, o como ahora entre los “ecolos” que se pasean en jet con Al Gore y Lucien Lux, de Río a Bali, de Valencia a Kioto.

En Luxemburgo también encontramos a menudo el mismo espíritu. En el sitio de la exposición “All We Need” [todo lo que necesitamos], generosamente financiado por el dinero de los contribuyentes, se puede leer en un artículo de Bob Colmes: “Imaginemos que pudiésemos transportar a los 6.5 mil millones de humanos a un campo de reeducación en un galaxia lejana para que la Madre Tierra pueda recuperar su respiración.” Se piensa de modo inevitable en otros campos de concentración, de trabajo, o de reedu-cación. Y los colegiales luxemburgueses son las víctimas en la primera línea de fuego de este ametrallamiento apocalíptico y de este adoctrinamiento a mansalva. Se les quitan todos los sueños de un mundo mejor con el que todos los jóvenes aman soñar. Se les pinta en su lugar un futuro sombrío y lleno de catástrofes.

Porque el catecismo de Al Gore nos lo dice claramente: las tempestades y las inundaciones (aunque son menos numerosas) son como las 7 plagas de Egipto, el resultado de nuestros pecados y de nuestros excesos que no pueden ser remediados sino es a través de un cambio de mentalidad, una conversión religiosa a una vida más simple.

Pero rechaza obstinadamente los enfrentamientos tecnológicos que podrían ayudar a resolver al problema, tales como la energía nuclear, o la generación de energía a través de nuestros desperdicios. Porque si el problema fuese resuelto, Al Gore y sus discípulos verdes habrían perdido su razón de existir.

Pierre Lutgen


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