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Los Volcanes Afectan
al Clima del Planeta

(Página 2)

Luiz Carlos Baldicero Molion
Departamento de Meteorología
Universidad Federal de Alagoas - Brasil

(Artículo publicado en Ciencia Hoy, Revista de Divulgación
Científica y Tecnológica de la Asociación Ciencia Hoy



EL NIÑO Y LA OSCILACIÓN DEL SUR

En el siglo XIX, pescadores del puerto peruano de Paita notaron que, cerca de Navidad, cesaba la habi-tual corriente fría del océano Pacífico (llamada corriente de Humboldt), que en esas latitudes se mueve hacia el norte en forma paralela a la costa sudamericana, y en su lugar aparecía otra cálida que avanza-ba hacia el sur. Dieron a la segunda el nombre de corriente del Niño, en alusión a la festividad religiosa. Hacia fines del dicho siglo, geógrafos peruanos comprobaron que, periódicamente, la corriente del Niño se hacia más intensa, se extendía más al sur, duraba más de lo habitual y estaba asociada a lluvias to-rrenciales en el desierto del norte de Perú (probablemente fue la causa de la inusual lluvia que se pro-dujo en 1525, cuando Francisco Pizarro desembarco en ese desierto para conquistar el imperio Inca). Hoy se habla del Niño para designar a los fenómenos de mayor magnitud, más que para hablar del episodio anual, de corta duración y escasos efectos, del que proviene el nombre.

A principios de este siglo, el director general de los observatorios meteorológicos británicos de la India, Sir Gilbert Walker, descubrió otro fenómeno natural, que llamó oscilación del sur (OS). Se trata de anomalías en la presión atmosférica registrada en el océano Pacifico, en la superficie del mar, consis-tentes en una correlación inversa de los cambios que tienen lugar en el Pacífico occidental (habitual-mente medidos en Darwin, Australia) con relación a los del suroriental (habitualmente registrados en Tahiti). En otras palabras, si sube la presión en Darwin, baja en Tahiti y viceversa. La intensidad de la OS se define por un índice de oscilación del sur (IOS), que resulta de restar de la presión atmosférica registrada en el este del Pacífico la medida en el oeste. Con un lOS positivo, se facilita la existencia de vientos de este a oeste, mientras que estos disminuyen cuando el IOS adquiere valores cercanos a cero o negativos.

Actualmente se acepta que el Niño y la OS constituyen respectivamente los componentes oceánico y atmosférico del mismo proceso. Por ello, se tiende ahora a no hablar del Niño sino de ENOS, combina-ción de los acrónimos de las dos caras del fenómeno. En años con OS positivo, los vientos alisios empu-jan el agua superficial del Pacifico hacia el oeste; como consecuencia, el nivel del océano en las Filipinas resulta sesenta centímetros más alto que en la costa sur de Panamá. El agua superficial desplazada por los vientos se calienta: en el Pacifico occidental alcanza temperaturas habitualmente superiores a los 28º C y, a veces, de hasta 31,5ºC, las más altas del planeta. Tales temperaturas favorecen la evapora-ción del agua y determinan que algunas regiones del Pacifico occidental, como Indonesia, tengan preci-pitaciones que se cuentan entre las mayores de la Tierra. En las zonas oceánicas vecinas a la América ecuatorial, el desplazamiento del agua superficial por los alisios determina que la capa de agua caliente sea más delgada, lo que permite la surgencia de aguas profundas frías, ricas en nutrientes del plancton (véase 'Aguas de surgencia', Ciencia Hoy, 34:45-52, 1996), y explica la extraordinaria riqueza pesque-ra de la comarca.

En los años en que tiene lugar el fenómeno ENOS, el IOS (o Índice OS) es bajo o negativo, de modo que los vientos alisios resultan menos intensos y el agua superficial en las zonas vecinas a la costa sudame-ricana del Pacifico no se desplaza al oeste; ello impide la surgencia de aguas frías, lo que afecta dramá-ticamente la abundancia de pesca y otras formas de vida dependientes de los peces. Por ejemplo, en el episodio ENOS de 1982-83, probablemente el más severo del que se tenga registro, la población de anchoas se redujo a un décimo de lo normal y ello llevó a una substancial reducción de la producción de guano, por la disminución del número de aves predadoras de los peces. Los cambios producidos por ENOS afectan el clima de América Central, Sudamérica, parte de Norteamérica, Asia, África y Oceanía. Según el caso, se producen sequías o lluvias torrenciales con inundaciones, aumento o disminución de la temperatura, huracanes y otros trastornos climáticos. Por ejemplo, como consecuencia del citado ENOS de 1982-1983 tuvieron lugar:

  • sequías en Sudáfrica, el sur de la India, Sri Lanka, Filipinas, Indonesia, Australia, el sur del Perú, el oeste de Bolivia, México y América Central;
  • lluvias intensas e inundaciones en Bolivia, Ecuador, el norte del Perú, Cuba, los Estados Unidos y la zona del golfo de México;
  • huracanes en Tahiti y Hawaii.

La fase opuesta del ENOS (con IOS muy positiva), por ser el extremo contrario al Niño, a veces se ha denominado la Niña: aumentan los vientos que soplan hacia el oeste y, entre otros fenómenos climá-ticos, hay lluvias torrenciales e inundaciones en Australia. El ENOS, sus causas y la predicción tempra-na de su aparición son objeto de intenso estudio, por su extraordinaria importancia en la determinación global del clima.

Para completar la visión superficial proporcionada, se puede recurrir a la lnternet, por ejemplo a las páginas del departamento de meteorología de la Universidad de Maryland, las del National Ocean and Atmosphere Administration (NOAA) o las de la Oficina de Meteorología de Australia.

La Figura 2 (gráfico A) indica la densidad de aerosoles en la atmósfera, lo que proporciona una estima-ción de la profundidad óptica, o transparencia, de esta; los cálculos fueron realizados para el lapso de un siglo, desde 1880. Los datos concuerdan con los de la figura 1 y con el gráfico B de la figura 2, que indica las erupciones con IEV igual o superior a 3, y sugieren que la estratosfera estuvo más 'limpia' en el período 1920-1950, en algunos de cuyos años la profundidad óptica fue inferior a 0,04 gramos por centímetro cuadrado, valor muy bajo en comparación con el promedio actual de 0,07g/cm2 (véase la leyenda de la figura para conocer el significado de las unidades).

La presencia de aerosoles de origen volcánico en la estratosfera afecta la temperatura de la superficie terrestre y el régimen de lluvias. En la figura 3 (gráfico A) se consignan las temperaturas del aire des-de 1790 en adelante, medidas en la estación climatológica del Hohenpeissenberg, ubicada a mil metros de altitud en los Alpes bávaros. A pesar de que se podría cuestionar la validez de mediciones realizadas en un único lugar, se trata de un registro confeccionado ininterrumpidamente durante un extenso pe-ríodo, en una región que prácticamente no ha sufrido cambios en los últimos dos siglos. Los resultados señalan que la temperatura del aire cayó alrededor de 1,5ºC en cerca de un siglo, desde fines del siglo XVIII hasta 1880, y que luego volvió a subir y se aproximó a los valores iniciales a finales de la década de 1950; desde entonces permaneció prácticamente constante. Si esos registros se comparan con los de la figura 1, puede postularse que, con un pequeño retardo, los cambios de la temperatura se correl-acionan bien con las variaciones del índice de polvo volcánico velador.

FIG 3: A. TEMPERATURA MEDIA ANUAL DEL AIRE, MEDIDA DESDE 1790 EN LA ESTACION METEORO-LOGICA DEL MONTE HOHENPEISSEN, SITUADA A 1000 METROS DE ALTITUD EN LOS ALPES BAVAROS (SE TOMO PROMEDIO DE 30 AÑOS PARA SUAVIZAR LA CURVA) B. VARIACION DE LA TEMPERATURA MEDIA GLOBAL DEL AIRE. CALCULADA POR JONES Y SUS COLABORADORES EN 1988 Y TOMADA DE UNA PUBLICACION DE ROTH DE 1991

Las mediciones efectuadas en la estación de Baviera también se pueden comparar con una estimación de los cambios de la temperatura media global del aire realizada en 1988 para el período que se ex-tiende entre 1880 y el presente (Fig. 3 B). Los valores de esta muestran un crecimiento continuo a partir del momento inicial indicado. Luego de comparar entre silos gráficos A y B de la figura 3, se ha sugerido que el debate actual sobre el calentamiento global, normalmente atribuido a la acumulación de anhídrido carbónico (C02) en la atmósfera producido por incendios en las selvas tropicales y por el uso de combustibles fósiles, sería diferente si las estimaciones citadas sobre cambios de la temperatura media global del aire se hubieran extendido hasta abarcar algunas décadas antes que 1880. El gráfico A de la figura 3 parece indicar que hacia 1840 la temperatura era similar a la actual, lo que autorizaría a preguntarse si la disminución de la cantidad de aerosoles de origen volcánico suspendidos en la at-mósfera no seria una explicación más adecuada del calentamiento del planeta que el uso de combusti-bles fósiles y los incendios de bosques tropicales (ver 'Agresión al ambiente', Ciencia Hoy,. 9:26-48, 1990).

Esta posibilidad podría resultar avalada por las estimaciones de los cambios de la temperatura media global que consigna la Fig. 3, según las cuales un 80% del calentamiento global de la tierra se produjo antes de 1950, esto es, cuando los incendios de bosques tropicales y el consumo de combustibles fósiles era mucho menor que hoy, y cuando la concentración de C02 en la atmósfera era inferior a 315 partes por millón, comparada con la actual de 356ppm. Para reflexionar sobre la actividad volcánica como causante del calentamiento global debe tenerse en cuenta que el tiempo transcurrido entre el comienzo del siglo XIX y 1880 fue de gran actividad volcánica, lo que se correlaciona bien con la calda de la tem-peratura del aire. Algunos años después de la erupción del Krakatoa (IEV 6) en Java, en 1883, la acti-vidad volcánica se redujo, la estratosfera se tomó más limpia y la temperatura media del aire aumentó, hasta que, a partir de 1960, después de la erupción del Pinatubo y con el retorno de la actividad volcá-nica, volvió a disminuir.

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