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El Retorno de la Inquisición en la Ciencia

Por Eduardo Ferreyra

El proceso de revisión por los pares de los estudios científicos que son presentados para publicación, conocido en inglés como "peer review", hace bastante tiempo que sufre la crítica de la comunidad científica –por lo menos de la mitad de ella- cuando se trata de temas relacionados con la ciencia del clima o de la atmósfera, o sino en temas que tienen una fuerte carga política –o geopolítica- como son los casos del DDT, o los aceites PCB, los gases CFC, y así por delante.

Los primeros síntomas de que los ocupantes de la Torre de Marfil del establishment científico estaban controlando la situación la proporcionó quien en los primeros años de los años 70 era el editor de la entonces seria revista científica Science, publicación de la AAAS, o American Asociation for the Advan-cement of the Sciences. Dirigiéndose al toxicólogo de fama mundial, Thomas Jukes, le expresó que la revista jamás publicaría –mientras él fuese su editor- ningún artículo o estudio que mostrase que el DDT no era un peligro gravísimo para la humanidad. En otras palabras, el editor de una revista cientí-fica “seria” se arrogaba la potestad de juzgar a priori la validez de cualquier investigación sobre los efectos positivos o negativos de una sustancia cualquiera. Fue un claro caso de censura periodística que pasó desapercibida para el público, pero que fue advertido por quienes pretendían publicar estudios contrarios al Dogma Oficial, y veían sus trabajos rechazados sin haber sido ni siquiera analizados.

A lo largo de los años, el proceso de “peer review” fue agravándose en estos campos sensibles a la polí-tica, y la ciencia comenzó a perder terreno. En el especial campo de las investigaciones sobre el DDT, los CFC, y el cambio climático, los editores de revistas como Science, Nature, y la publicación Proceedings of the National Academy of Sciences, formaron un cuerpo de revisores de estudios que compartían la filosofía de sus editores, es decir, de la emanada de la Torre de Marfil. Para peor, esos revisores eran también autores de estudios sobre esos temas y era costumbre (lo sigue siendo) citarse en sus estudios mutuamente, dando mayor fuerza a sus argumentos, olvidando citar a estudios que diferían con sus conclusiones. Pero lo más aberrante de esta práctica es que rechazan los estudios enviados para revi-sión por quienes disienten con sus creencias o han criticado estudios que los revisores han publicado. Los integrantes del sistema de "peer review" se han convertido en jueces y partes del proceso. En verdad, una práctica aberrante que continúa intacta.

Las Cosas Se Ponen Peores

Hace pocos meses la Real Sociedad de Ciencias de Gran Bretaña publicó un estudio titulado: “La Ciencia y el Interés Público,” (23 páginas, 11 de mayo, 2006) y en su página 8 dice algo que significa el retorno del Tribunal de la Inquisición Científica:

“Tres grandes publicaciones científicas, Nature, Science y el Proceedings of the National Academy of Sciences, dieron a conocer una declaración conjunta de sus editores acerca de las publicaciones científicas y la seguridad. La declaración incluyó el siguiente compromiso sobre estudios científicos que les son presentados para publicación:

“Reconocemos que en ocasiones un editor puede llegar a la conclusión que el daño potencial de algunas publicaciones sobrepasa a los potenciales beneficios para la sociedad. En esas circunstancias, el estudio debería ser modificado o no publicado.”

Acaba de instalarse en la literatura científica la censura previa. Tres editores se han autonombrado jueces y dueños de la verdad en la ciencia. El futuro del conocimiento científico se oscurece cada vez más. El mundo imaginado por George Orwell toma cuerpo a velocidad alarmante, porque el contenido de esas tres publicaciones es considerada la Verdad Revelada por la prensa mundial. Y en base a los artículos de Science y Nature, por ejemplo, es que los medios inician sus partes de prensa diciendo, "En un reciente estudio publicado en Nature..." que se espera que los lectores acepten sin rechistar. Es la nueva moda de "Ciencia por Partes de Prensa" que pretende mostrar como hechos comprobados especulaciones científicas no demostradas..

Claramente, los editores de esas tres muy importantes revistas científicas (podría decirse que son las más “fashion”), estrechan filas siguiendo órdenes que emanan de la Torre de Marfil. El establishment científico no puede permitir que el creciente desacuerdo entre los científicos se haga público y ponga en peligro proyectos geopolíticos demasiado importantes, que estarían en riesgo de fracasar, como lo está el Tratado de Kioto, considerando el extendido desacuerdo que existe entre los principales investigado-res independientes y aquellos financiados por grupos que necesitan una aceptación absoluta de que la catástrofe climática es inminente, que el consenso es absoluto y uniforme, que los “disidentes” son pagados por las compañías petroleras, o por las tabacaleras, o alguna fantasía semejante.

La declaración de la Real Sociedad es un buen ejemplo de los extremos a los que se puede llegar para defender una posición que fue tomada basada en un insuficiente conocimiento de las cosas. Las incer-tidumbres, o incertezas, o lo que aún se ignora sobre los mecanismos que controlan el clima son tan abrumadoras, que no es posible a la fecha saber prácticamente nada acerca del futuro climático de la Tierra. La gente de la torre de Marfil parece ser más inflexible y definitiva en sus declaraciones espe-cialmente sobre cosas en donde hay menos información comprobada, y lo que rige en el tema son simples especulaciones.

En efecto, uno simplemente no menciona fuentes de incertidumbre y pinta luego una imagen de un pro-ceso lógico y bien controlado. Esto parece ser un bien conocido efecto psicológico; en un contexto de muy poco conocimiento sobre los errores o las incertezas, la gente parece llevada a emitir sus opiniones en términos más definitivos, en comparación con situaciones cuando conocen las dudas y la magnitud de las mismas. Se podría decir que los sabios son humildes y dejan abierta la puerta a la duda; los necios e ignorantes son rotundos en sus afirmaciones.

En el contexto del calentamiento global antropogénico, por ejemplo, muchos investigadores han adheri-do a algún programa científico pero ciertamente también a una visión sobre la política que se supone que está apuntando. De hecho, los más acerbos propulsores de la hipótesis del calentamiento global son los que están prácticamente gritando “¡¡Hagan algo!!”, porque ellos tienen una muy fuerte convicción de la necesidad de una acción inmediata. Basan sus acciones en convicciones instintivas más que en hechos comprobados. En esto, gran cantidad de científicos se han convertido en abogados de una política en particular más que en asesores científicos, más allá de sus credenciales científicas.

Mi visión es que los asesores científicos deberían hacer foco en aclarar las incertidumbres, en investigar lo que aún no se conoce o está todavía demasiado confuso (y hay un inmenso campo por delante!), en lugar de proveer evidencia para probar que los humanos son culpables del cambio climático. El IPCC, o Panel Intergubernamental del Cambio climático hace esto último, más que lo primero, por lo tanto es un movimiento de abogacía y no un cuerpo de asesoría científica.

Retornando al asunto de “más incertidumbres es más definitivo”, yo diría que los abogados del calenta-miento global parecen estar bastante estresados, y esto se evidencia en las muchas y muy fuertes de-claraciones que hacen en los medios de prensa. Estas declaraciones parecen implicar que muchos de estos “abogados” han llegado a un estado donde pretenden convencer a los demás por la simple decla-ración de que el tema está finiquitado, que el consenso es absoluto, declarando que los escépticos o disidentes son lunáticos, o mercenarios pagados por las petroleras o las tabacaleras, o la industria en general, o estúpidos que ignoran la ciencia –o todas esas razones juntas.

En realidad, parecería ser una señal de que las incertidumbres casi no han sido reducidas en la mayoría de los casos más importantes, y esto se hizo muy claro, haciendo mucho más difícil mantener declara-ciones definitivas que ignoran las fuentes de dudas y requieren cierta toma de conciencia para dichos desconocimientos.

Pero la declaración de la Real Sociedad y la decisión de los editores de las tres revistas científicas sobre ejercer una estricta censura sobre la visión disidente de la ciencia nos retrotrae a la intolerancia de Edad Media por visiones novedosas o contradictorias al Dogma Oficial de la ciencia. No queda más esperar que los científicos serios y honestos cancelen sus suscripciones a esas publicaciones que desde hace bastante tiempo se han convertido, en lo que se refiere a las ciencias atmosféricas y climáticas en vulgares panfletos políticos.

Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC



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