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Deseos y Caballos Para África
La brecha letal entre la histeria por la
energía eólica y la cruda realidad

por Paul Driessen
http://www.michnews.com/MichNews.com

Enero 28, 2005

“Yo promovería al viento para producir energía, y no haría más diques en los ríos,” dice el actor Ed Begley, Jr. “Es de bajo costo, renovable, inagotable, amigable con el ambiente, y no emite gases de invernadero.” Si los bancos y las compañías de electricidad financiaran proyectos de energía eólica, ayudarían a proteger la vida salvaje y su hábitat, “en lugar de herir a la Tierra en busca de petróleo,” entona la Rainforest Action Network.

Si Estados Unidos dedicara un mero 1% de su área de tierras a las turbinas de viento, podría generar 20% de su electricidad a partir del viento, afirma la Asociación Americana de Energía Eólica.

Y si los deseos fuesen caballos, todos los pordioseros cabalgarían.

Por desgracia, los espejismos equinos no hacen buena política energética. Esos espejismos pueden crear buenos anzuelos para desinformados, polémicas políticas y buenas campañas de recaudación de donaciones en efectivo o tarjeta. Pero no generan mucha electricidad. En los Estados Unidos, la energía eólica constituye menos del 0,1% de la electricidad producida por las fuentes de “energías renovables.” Los proyectos hidroeléctricos a los que se opone el Sr. Begley toman cuenta del 99% de toda la electricidad generada por las energías renovables, y 11% de toda la electricidad de los estados Unidos. Es fácil de ver por qué.

La energía eólica no es confiable. Madre Natura no siempre se muestra cooperativa, y la electricidad producida durante los días ventosos no se puede almacenar para su uso posterior, durante los períodos de calma. Eso significa que caras plantas generadoras de electricidad, del tipo convencional de combustibles fósiles, tienen que estar funcionando como reserva, sin producir energía gran parte del tiempo, pero listas para intervenir cuando el viento disminuye o se detiene. De otra manera, las caídas de tensión y apagones perturban todo aquello que dependa de la electricidad generada por las turbinas de viento: hogares, escuelas, hospitales, líneas de montaje, fábricas y talleres, luces de tráfico… El viento puede suplementar a la energía nuclear, la hidroeléctrica, al carbón, gas o petróleo – pero jamás podría ser una alternativa a ninguna de ellas, mucho menos a todas.

La energía eólica es cara. La Real Academia de Ingenieros de Inglaterra y el Instituto David Hume de Escocia determinaron que los costos de las granjas eólicas son dos veces más altos que los de las energías nuclear o de combustibles fósiles (incluyendo los costos de desmantelamiento final). Similares desequilibrio en los costos se aplican a los Estados Unidos, y otras partes del mundo, pero los subsidios, especiales tratos impositivos y leyes que exigen a las usinas eléctricas comprar electricidad generada por el viento, enmascaran a los verdaderos costos, hace notar el consultor de energía Glenn Schleede.

La energía eólica es hambrienta de territorios. Una simple usina de generación eléctrica a gas natural, de 555 megawatts de California genera en un año más electricidad que la de las 13.000 turbinas de viento del resto del estado, ha calculado el periodista Ron Bailey. La planta de gas requiere unas simples 7 hectáreas. El bosque de turbinas impacta sobre 42.500 hectáreas.

Generar el 20% de la electricidad de los Estados Unidos mediante el viento (lo que es provisto actualmente por la energía nuclear) puede ser bueno para relaciones públicas o chanzas en los bares. Pero el 1% de los Estados Unidos es el tamaño del estado de Virginia - 9.300.000 hectáreas – mientras que las centrales nucleares del país ocupan apenas 30.000 hectáreas.

Las granjas eólicas arruina hábitat y paisajes hermosos. A causa de que la mayoría están ubicadas a lo largo de acantilados y partes superior de las sierras, monstruosas turbinas de la altura de la Estatua de la Libertad destruyen los valores estéticos de la región. Hasta ardientes defensores de la energía eólica como el senador Ted Kennedy se convierten en ruidosos oponentes cuando se proponen granjas eólicas para Cape Cod u otros lugares en sus propios patios traseros.

Las turbinas de viento matan. El crecimiento de la energía eólica representa “una amenaza inminente” para cientos de especies de aves, para millones de murciélagos a lo largo del Frente Allegheny de West Virginia, dice el congresista Alan Mollohan (D-WV). Su preocupación tiene eco en la Sociedad Audubon, Nature Conservancy, Conservación Internacional de Murciélagos y el Centro de Diversidad Biológica. Sólo en el Paso Altamont del norte de California, las turbinas de viento matan a miles de aves todos los años, incluyendo a 1000 águilas, halcones, búhos y otras aves de presa, en violación a de las leyes de protección de las aves, según afirman esas organizaciones.

No resulta una sorpresa que la energía eólica juegue un papel cercano al cero en los Estados Unidos y Europa. Para imponer este espejismo de energía en Kenya, Uganda, India, Bolivia y otras naciones empobrecidas sería un desastre humano y ecológico.

En esas desprovistas tierras, 2 mil millones de personas todavía no tienen electricidad. Casi mil millones luchan para sobrevivir con menos de un dólar al día. Hace notar el analista Barun Mitra que sólo en la India, 150 millones de hogares dependen de la leña, guano animal y de los rastrojos agrícolas para cocinar. Estos combustibles son 20 veces menos eficientes, 20 veces más contaminantes, que la electricidad o el gas natural.

Como resultado, cuatro millones de niños y madres, en todo el mundo, mueren todos los años a causa de infecciones pulmonares. Millones más perecen por el consumo de aguas infectadas, desnutrición y enfermedades como la malaria, en regiones donde las clínicas y los hospitales son escasos y a menudo tienen electricidad de manera intermitente – si es que la tienen alguna vez.

Estas comunidades necesitan desesperadamente electricidad abundante, confiable y barata –para las necesidades básicas que los países ricos dan como naturales y supuestas, para la creación de oportunidades económicas y trabajos, y ayudarles a terminar con el círculo vicioso de ayuda extranjera, corrupción, pobreza, enfermedad y muerte temprana.

Pero en el nombre de proteger al planeta de los diques, los combustibles fósiles, el calentamiento global y el desarrollo que podría impulsar a la gente a abandonar sus “estilos de vida indígenas,” los activistas occidentales continúan bloqueando proyectos de energía hidroeléctrica. En su visión, las únicas fuentes “apropiadas” para estas naciones son las energías eólica y la solar.

La Rainforest Action Network y la Internacional Rivers Network presionan a los bancos y a las compañías de electricidad para que abandonen sus proyectos hidroeléctricos y de combustibles fósiles, y apoyen únicamente a las “energías renovables del viento y el Sol”. Los Amigos de la Tierra están “orgullosos” de haber detenido más de 300 proyectos hidroeléctricos, El Earth Island Institute añora el día en que los pobres de África hacían ropas para sus vecinos “en máquinas de coser movidas a pedal,” y dice que “una vez que ellos obtienen la electricidad, se pasan demasiado tiempo viendo televisión o escuchando la radio.”

Financiados lujosamente por fundaciones, gobiernos y corporaciones, Greenpeace, el Sierra Club y docenas de otros grupos activistas también combaten ferozmente a las tecnologías que protegen y facilitan la vida.

Pero aún si el Serengeti estuviese cubierto con turbinas de viento, y millones de aves africanas fuesen sacrificadas anualmente en esos altares de Cocina Eólica, sus miserables familias tendrían mucha suerte de conseguir una bombilla de luz o una radio para sus chozas infestadas de mosquitos. El desarrollo sostenido, escuelas y hospitales modernos, oficinas y fábricas, y la esperanza de un futuro mejor permanecen estando fuera de su alcance.

Las naciones en vías de desarrollo no deberían tener que aceptar esto. Si “derechos humanos” tiene algún significado, ellas deberían comenzar con el más básico de todos: la vida misma. Ayudar a la gente en todas partes que es necesario implica alentar más a los directores de empresas, accionistas y funcionarios de “responsabilidad social” para que resistan a la presión ecologista y ayuden a que las tecnologías modernas lleguen a los pobres del mundo. Sin una adecuada infraestructura de generación eléctrica, transmisión y distribución, vastas regiones de África, Asia y América latina seguirán sumergidas en una pobreza abyecta, y millones de seres humanos seguirán muriendo.

Republicanos y Demócratas… líderes religiosos, cívicos y de las minorías… comisiones y organizaciones de derechos humanos… agencia de ayuda y fundaciones de caridad,… la Unión europea y las Naciones Unidas –todas tienen que apoyar los derechos fundamentales de los países en desarrollo a la infraestructura y a la prosperidad.

Los pobres del mundo anhelan tener algunas pocas cosas de las que nosotros gozamos –y ver el renacimiento de la compasión, el sentido común, equilibrio y derechos humanos en las políticas ambientales. Seguro, no es demasiado pedir.

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Paul Driessen es un consejero senior de políticas para el Congreso de Equidad Racial, el Comité para un Mañana Constructivo, y el Centro la Defensa de la Libre Empresa, y autor del libro “Eco-Imperialismo: Poder Verde – Muerte Negra”. (www.Eco-Imperialism.com).



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