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¿Academias de Ciencias “Científicas”,
o de Ciencias Políticas?
Por Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC

El 7 de junio, 2005, se dio a conocer un comunicado conjunto de las Academias de Ciencias de los países G8 (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Rusia, Canadá, Japón y los Esta-dos Unidos) junto con las de China, India y Brasil. La declaración adelantó dos puntos pri-marios:

  1. Que el cambio del clima –definido como el causado por el hombre- es real y,
  2. Es necesario hacer algo, urgente.

El primer punto no es suficiente para justificar al segundo –por ello es necesario la aplica-ción del Principio Precautorio, el invento ecologista para condenar a los acusados sin necesidad de pruebas ni de juicio ante un tribunal imparcial.

La declaración firmada por once Academias de Ciencia diferentes sobre el calentamiento global ha echado a la basura la reputación de las Academias para proveer en el futuro de información imparcial sin sesgos políticos. Un peligroso antecedente que podría tener graves consecuencias para el futuro desarrollo de las ciencias en el mundo. Antiguamente, la Inquisición regulaba la ciencia y enviaba a la Santa Hoguera a los condenados sin otro juicio que la acusación. Hoy los científicos tienen sólidas bases para pensar que la ciencia será regulada por la política y los Académicos no serán ya científicos sino políticos. Que el trabajo de investigación será valorado, no por sus méritos científicos sino por su corrección política.

Esto es un hecho desafortunado en grado sumo. Al urgir por una acción política, los “cientí-ficos” en las Academias están tratando, ya sea de aseverar que su conocimiento está por encima de toda consideración política y dicta que se deben tomar acciones inmediatas –algo que es incompatible con el sistema democrático – o están de pleno conocimiento ingresando a la arena política como abogados de una teoría no demostrada hasta la fecha. Cualquiera de las dos actitudes habla muy mal del juicio académico.

Las academias de ciencias proclaman que, “La comprensión científica del cambio climático está ahora lo suficientemente clara para justificar que las naciones tomen una rápida acción.” Esto equivale a decir, “Después de años de cuidadoso estudio hemos compilado suficiente evidencia científica para afirmar que el cielo es azul. Ahora, tenemos que hacer algo acerca de ello.” Obviamente, la llamada a la acción no obedece a un razonamiento ló-gico ni científico, ni tiene relación alguna con la conclusión.

Lo que está significativamente ausente de la declaración de las academias es la evaluación científica de la amenaza potencial. Sin una evaluación de esa amenaza, un simple descubri-miento científico por sí mismo no autoriza a ningún cambio de acción, sin importar lo cientí-ficamente revolucionario que pueda ser. A menos que los descubrimientos tengan una im-plicancia que nos impacte de alguna manera, no es probable que cambiemos nuestras acciones.

Esta es la imperfección de la declaración conjunta de las Academias. No hace una eva-luación del riesgo, ni de la amenaza. Y la razón por la cual las academias no pueden hacer honestamente una evaluación ni de la amenaza ni del riesgo es que no existe ni el más ligero consenso en la comunidad de científicos sobre cuál es el nivel de la amenaza, o por lo menos uno sobre el que se puedan poner de acuerdo los firmantes de la declara-ción. Hasta agosto del 2004, la Academia de Ciencias de Rusia no se cansaba de declarar que el la ciencia que apoyaba al Protocolo de Kioto era totalmente inexistente, y que la teoría del calentamiento global “era fatalmente defectuosa”, apoyando de esa manera las declaraciones del asesor económico Ilarionov y al presidente Valdimir Putin en su nega-tiva a ratificar el tratado. Por lo menos hasta que se hiciese una buena oferta.

Ahora se pronuncia la Academia Rusa en un giro copernicano de 180 grados “urgiendo a la toma de acciones inmediatas.” Nos debe quedar muy claro que la ratificación del Tratado de Kioto por Rusia fue
“comprada” por su ingreso a la organización del Tratado de Libre Comercio, y por el simple hecho que Rusia no debe reducir emisiones pero en cambio puede vender sus emisiones no hechas en el “mercado de emisiones.” Para Rusia, un nego-cio redondo. Total, cuando crezca su economía y comience a quemar carbón para generar energía, con retirarse del Tratado todo queda solucionado. Rusia tiene una larga tradición de romper tratados, de manera que una mancha más ¿qué le hace al tigre? ¿Se animarán a imponerle sanciones económicas? A quien tiene misiles nucleares y 8000 tanques con tri-pulaciones completas y algunos millones de soldados que irán por detrás no se le imponen sanciones muy a la ligera. Y sabe la Unión Europea que Estados Unidos no apoyará ninguna sanción en ese sentido.

Rusia tendrá así su “campo orégano”: habrá cobrado muy buenos ingresos por sus “cuotas de emisión”, y la Unión Europea, con su acatamiento a la reducción de sus emisiones, a la reducción en generar energía, a la reducción de sus industrias y el achicamiento de su com-petitividad, habrá dejado de ser competidora seria en los mercados internacionales (léase: Estados Unidos y China).

Brasil, China y la India siguen los pasos de Rusia por los mismos motivos, esperando el momento en que la incipiente crisis económica y política de la Unión Europea estalle y con ella se hagan trizas las ilusiones de los propulsores de Kioto. Se trata del viejo cuento del cazador cazado, atrapado por su propia trampa. Sólo es cuestión de tiempo.

Las Academias de Ciencia no lo pudieron hacer peor. Se han desprestigiado como organis-mos imparciales de asesoramiento científico, y lo mejor que pudieron hacer fue escribir una declaración muy elemental y algo confusa en la que hasta ellas mismas reconocen que el cambio climático podría ser beneficioso o perjudicial, dependiendo de su grado, momento de ocurrencia, o ubicación. “Los cambios proyectados en el clima tendrán tanto efectos bene-ficiosos como adversos a nivel regional, por ejemplo, sobre los recursos de agua, agricul-tura, ecosistemas naturales y salud humana. Mientras más grandes y rápidos sean los cambios en el clima, más probable será que sean los efectos adversos quienes dominen.”

¿Quién se los dijo?
Una computadora. Ahhh..! Hubiésemos empezado por allí y nos habríamos ahorrado los miles de millones de dólares derrochados en sueldos de burócratas, congresos y reuniones del IPCC y de otras organizaciones adictas a reunirse todos los años (o cada seis meses a partir de junio 2005, propuesta de los muy "vivos" representantes Argentinos) en los lugares más exóticos del mundo, siempre diferentes, en hoteles de 4 y 5 estrellas, con gastos y viáticos pagos –esposas incluidas. Gastos que pagan los pueblos del planeta que envían sus representantes a tan vitales reuniones, sacándole el dinero que se necesita para hospitales, escuelas, infraestructura energética, seguridad social, etc, para derrocharlo en festines impúdicos para unos pocos políticos que supieron hallarle la vuelta al asunto de vivir a costillas de los demás.

De los cientos de modelos computados, el IPCC usa siempre los más exagerados. De los seis modelos que predicen un enfriamiento de la tierra, ninguno fue incluido en sus informes, y ni siquiera se hace mención a que hay modelos que predicen enfriamiento global. Luego están aquellos que a fuerza de haber sido ajustados y reajustados (porque las prime-ras predicciones erraban el blanco por un millón de kilómetros), predicen un aumento de 1,5º C para el año 2050, y eso es lo que los climatólogos serios (no contratados por el IPCC ni cómplices de la estafa global) estiman que es la cifra más realista y razonable. Y ese aumento está muy lejos de ser perjudicial para el ser humano, y demás seres vivientes del planeta. Será altamente beneficioso por causas que ya se han determinado, y que son co-rroboradas por experiencias históricas de la Edad Media, cuando las temperaturas eran hasta 2º C más altas que las actuales.

¿Cuáles fueron las consecuencias catastróficas de esas altas temperaturas? Primero, los Vikingos pudieron colonizar Groenlandia y el noreste de Estados Unidos y Canadá; las fronteras agrícolas se expandieron en todo el mundo unos 800 kilómetros hacia los Polos, permitiendo excepcionales cosechas. El crecimiento de la actividad comercial trajo una nue-va y desconocida prosperidad, y de allí al Renacimiento sólo había un paso. El Renacimiento de las ciencias, las artes, las organizaciones sociales, el avance de las primeras y rudimenta-rias tecnologías, los inventores como Leonardo Da Vinci, científicos como Galileo, Giordano Bruno, Kepler, Copérnico, Avogadro, innovadores como Guttenberg. Consecuencia de un aumento de la temperatura ocurrida entre los años 800 y 1350 de nuestra era. No han quedado registros históricos sobre alguna calamidad que haya sido debida al aumento de la temperatura. Las tormentas y los huracanes eran menos frecuentes. Las enfermedades no se propagaron a todo el planeta. La peste negra recién se hizo presente cuando las tempe-raturas descendieron en el Siglo 15, y la trajeron las pulgas en las ratas de Asia que inva-dieron Europa, y no los mosquitos.

En cuanto a los que serían los “probables” cambios climáticos, las Academias conjuntas han repetido como el loro el informe 2001 del IPCC, “la temperatura media superficial se-guirá aumentando entre 1,4º C y 5,8º C por encima de los niveles de 1990, para el año 2100.”
Esto no le es útil a nadie. El extremo inferior representa un cambio que será más beneficial que adverso, mientras que el rango superior son las temperaturas que po-drían ser adversas para la humanidad.

Los “científicos” de las Academias se han olvidado de mirar en los textos de la historia cli-mática de la Tierra, donde podrían comprobar que hubo otras épocas como el Cretácico y el Jurásico, en que el CO
2 tenía concentraciones que variaron entre 2600 y 6000 partes por millón (no las 376 actuales) pero las temperaturas apenas eran de 1,5 a 2,5º C más altas que ahora, o iguales a las que hubo en el Período Cálido Medieval. Según muchos climatólogos, la temperatura de la Tierra ha variado desde hace muchos miles de años entre 2,5 grados más o 2,5 grados menos que ahora. Los científicos saben desde hace mucho tiempo que el clima de la tierra varía, y lo hace cíclicamente, obedeciendo a los ciclos solares, o a cambios astronómicos en la inclinación del eje de la Tierra, la presesión de los equinoccios, o los cambios en la órbita alrededor del Sol. Hasta influye en el clima el centro de gravedad del sistema solar, es decir, la posición relativa de todos los planetas con res-pecto al Sol y entre ellos. La mejor manera de poder predecir el futuro es mirando al pasado. No hay otra manera, exceptuando las Cartas Tarot, los modelos computados y otras maneras esotéricas de ejercer la explotación de la credulidad pública

El asunto grave es que existe una creciente cantidad de evidencia científica que los cambios de clima que vendrán en las próximas décadas serán modestos y que estarán en el rango inferior de los previstos por el IPCC. Por ejemplo, James Hansen, científico de la NASA, considerado el padre de los modelos climáticos, y autor principal de grandes capítulos de los informes del IPCC, ha analizado las tendencias en las emisiones de gases de invernadero y ha llegado a la conclusión, en un artículos publicado en el la revista Science, que los escena-rios de calentamiento del IPCC “incluyen tasas de crecimiento del CO2 que noso-tros afirmamos que son muy poco realistas; demasiado grandes.” El IPCC asume para el CO
2 una tasa de crecimiento de 1% anual. Sin embargo, de las observaciones realizadas y comprobadas y aceptadas por la comunidad científica, las emisiones de CO2 se han venido frenando desde hace algunos años y hoy no llegan ya al 0,4% anual. Si se aplicase esa tasa real de crecimiento a los modelos que predicen 1,4º C para el año 2100, no mostrarían ya calentamiento sino un enfriamiento neto.

James Hansen predice ahora que para los próximos 50 años, la tierra experimentará una tasa de calentamiento
de 0,15 ± 0,05º C por década, llevando a un calentamiento total de 0,75º ± 0,25ºC.

Y lo que esta declaración conjunta de las Academias representa es una pieza de abogacía que ignora de manera selectiva enormes porciones de toda la comprensión científica del cambio climático y sus impactos en un esfuerzo de imponer acciones legislativas para limi-tar las emisiones de gases de invernadero. Ha sido necesario hacer esto políticamente porque la ciencia no lo ha podido conseguir hasta la fecha, y está muy lejos de poder hacerlo. No hay evidencia científica, y esto tiene que quedarle muy claro a la gente que no comprende mucho de climatología ni de ciencias, de que la tendencia al calentamien-to vaya a continuar (hay señales de que muchas porciones del planeta se están enfriando), y si continúa, nadie sabe si lo hará de manera perjudicial, aunque muchos sostienen que el cambio será beneficioso para la humanidad.

¿Acaso el Periodo Óptimo Climático del Holoceno, y el Pequeño Óptimo Climático Medie-val no fueron
2º C completos más calientes que ahora? Y “óptimo”, ¿no quiere decir “lo mejor”?


Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC
Fundación Argentina de Ecología Científica



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