
El 7 de junio, 2005, se dio a conocer un comunicado conjunto de las Academias de Ciencias de los países G8 (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Rusia, Canadá, Japón y los Esta-dos Unidos) junto con las de China, India y Brasil. La declaración adelantó dos puntos pri-marios:
El primer punto no es suficiente para justificar al segundo por ello es necesario la aplica-ción del Principio Precautorio, el invento ecologista para condenar a los acusados sin necesidad de pruebas ni de juicio ante un tribunal imparcial.
La declaración firmada por once Academias de Ciencia diferentes sobre el calentamiento global ha echado a la basura la reputación de las Academias para proveer en el futuro de información imparcial sin sesgos políticos. Un peligroso antecedente que podría tener graves consecuencias para el futuro desarrollo de las ciencias en el mundo. Antiguamente, la Inquisición regulaba la ciencia y enviaba a la Santa Hoguera a los condenados sin otro juicio que la acusación. Hoy los científicos tienen sólidas bases para pensar que la ciencia será regulada por la política y los Académicos no serán ya científicos sino políticos. Que el trabajo de investigación será valorado, no por sus méritos científicos sino por su corrección política.
Esto es un hecho desafortunado en grado sumo. Al urgir por una acción política, los cientí-ficos en las Academias están tratando, ya sea de aseverar que su conocimiento está por encima de toda consideración política y dicta que se deben tomar acciones inmediatas algo que es incompatible con el sistema democrático o están de pleno conocimiento ingresando a la arena política como abogados de una teoría no demostrada hasta la fecha. Cualquiera de las dos actitudes habla muy mal del juicio académico.
Las academias de ciencias proclaman que, La comprensión científica del cambio climático está ahora lo suficientemente clara para justificar que las naciones tomen una rápida acción. Esto equivale a decir, Después de años de cuidadoso estudio hemos compilado suficiente evidencia científica para afirmar que el cielo es azul. Ahora, tenemos que hacer algo acerca de ello. Obviamente, la llamada a la acción no obedece a un razonamiento ló-gico ni científico, ni tiene relación alguna con la conclusión.
Lo que está significativamente ausente de la declaración de las academias es la evaluación científica de la amenaza potencial. Sin una evaluación de esa amenaza, un simple descubri-miento científico por sí mismo no autoriza a ningún cambio de acción, sin importar lo cientí-ficamente revolucionario que pueda ser. A menos que los descubrimientos tengan una im-plicancia que nos impacte de alguna manera, no es probable que cambiemos nuestras acciones.
Esta es la imperfección de la declaración conjunta de las Academias. No hace una eva-luación del riesgo, ni de la amenaza. Y la razón por la cual las academias no pueden hacer honestamente una evaluación ni de la amenaza ni del riesgo es que no existe ni el más ligero consenso en la comunidad de científicos sobre cuál es el nivel de la amenaza, o por lo menos uno sobre el que se puedan poner de acuerdo los firmantes de la declara-ción. Hasta agosto del 2004, la Academia de Ciencias de Rusia no se cansaba de declarar que el la ciencia que apoyaba al Protocolo de Kioto era totalmente inexistente, y que la teoría del calentamiento global era fatalmente defectuosa, apoyando de esa manera las declaraciones del asesor económico Ilarionov y al presidente Valdimir Putin en su nega-tiva a ratificar el tratado. Por lo menos hasta que se hiciese una buena oferta.
Ahora se pronuncia la Academia Rusa en un giro copernicano de 180 grados urgiendo a la toma de acciones inmediatas. Nos debe quedar muy claro que la ratificación del Tratado de Kioto por Rusia fue
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