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Editorial
De Primeras y Segundas Opiniones

Por Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC

Quiera Dios o el Destino que no le pase. Uno de estos días usted podría encontrarse enfrentando una situación como esta. Ha concurrido a una clínica por un malestar que sentía, y después de unos estudios, el director de la clínica se lo dice de frente: “Señor, creemos que usted tiene un cáncer de pulmón, y le tenemos que extirpar uno de ellos. También creemos que tiene metástasis en un riñón, y se lo tenemos que sacar. De su páncreas mejor no hablar, la vejiga es una piltrafa, y de la próstata mejor que se vaya olvidando. Antes de que tenga tiempo de levantarse del piso, escucha desde su incómoda posición: Además antes de que se extienda demasiado, hay que cortarle una pierna y el brazo derecho hasta el hombro. Si no lo hacemos se muere. Pase por aquí y lo operaremos de inmediato… La inyección de digitalina y el masaje cardíaco le sacan del paro cardiorrespiratorio sólo para oir: …pero primero pase por la administración para firmar los papeles de admisión, y espero que tenga usted obra social o su familia va a tener que vender el auto, la casa, la quinta en Chivilcoy, el calefón, el perro y el gato para pagar la cuenta.” Espero que nunca le suceda esto, pero lo primero que usted haría, una vez que se ha recuperado de su desmayo, es preguntarse si no sería conveniente tener una “segunda opinión.” Así se lo dice al médico quien se muestra ofendido y campechano: “Ni se le ocurra. No tiene tiempo para perder, o lo hace ya o en dos semanas se nos va. Además, nosotros somos expertos profesionales, y nadie puede dudar de nuestra opinión. Fíjese, hemos ingresado todos los datos de sus análisis a una computadora, y el programa de diagnóstico predice que su cáncer crece a una velocidad sin precedentes en la ciencia médica.” El diálogo: Usted: “Mire, doctor, soy jugador de fútbol, gano buena plata, y si me corta la pierna quedaré en la calle.”
Médico: “Nada, nada – o lo operamos o se muere.”
Usted: “Pero a mi brazo derecho lo quiero mucho, y lo necesito para firmar cheques. Además, tan mal no me siento.”
Médico: “Se muere, se muere.”
Usted: “¿Tan seguro está? ¿Cómo es que yo no noto nada?
Médico: “¿Me escuchó, o es estúpido? Se está muriendo. No tiene tiempo que perder”
Usted: “¿Tan seguro está?”
Médico (Desde lo alto de un pedestal de prócer): “Pss! ¿Duda usted de mis conocimientos, mi competencia, mi fama de especialista, toda la tecnología y la ciencia usada para el diagnóstico?
Y sí, usted duda. Es natural. Porque no es usted de los que se creen lo primero que le dicen o todo lo que traen escrito los diarios, o lo que le dice el Canal 13 o la CNN. También, aunque usted es uno de esos guapos que “no se asustan por bultos que se menean”, decide consultar con otros médicos – por las dudas.

Visita al médico de la familia, que es clínico general, y le tiene confianza. Mira las radiografías, lee los análisis, las ecografías, y todo eso, lee el diagnóstico del “Experto Jefe” de la clínica – que además es profesor en la Universidad, lleno de títulos y diplomas por haber asistido a cuanto simposio hay en playas exóticas de este ancho mundo. Su médico y amigo le dice con franqueza: “Mira, no sé demasiado sobre esto, ya que es muy especializado, pero si este profesor, una luminaria en la materia lo dice, me parece que tienes que hacerle caso. Si puedo ayudar en algo…” Su esposa le dice que vaya a visitar a un señor que “le han dicho” que consigue curas milagrosas en todo tipo de enfermedades, desde las verrugas hasta el SIDA, pasando por la tuberculosis, la lepra y la glomerulonefritis. Una visita al “consultorio” le convence que la ciencia usada por el “santón” o aprendiz de Sai Baba, sentado al otro lado de la mesa del Tarot y los saumerios, se aproxima peligrosamente a cero. Usando su sentido común, se disculpa como puede y se retira dando por perdidos los 30 pesos de honorarios, pero teniendo la fuerte impresión de que, de alguna manera, ha salvado la vida por el grosor de un pelo.

Por una de esas casualidades de la vida, se topa con un viejo compañero del bachillerato que, entre uno y otro café le cuenta de su linda familia, y de su trabajo como médico en un hospital público, donde hace lo que puede por ayudar a la gente, con las dos gasas, el paquete de algodón y el blister de aspirinas que el gobierno le envía por mes. Como usted tiene un aspecto muy, pero muy saludable, a su viejo camarada le entran dudas sobre el diagnóstico del Gran Profesor. Para hacerla corta, analiza todo el material que usted le ha provisto y, después de hacerle otros estudios similares (y algunos otros distintos), una tarde se presenta a su casa y le dice: Médico pobre (pero honesto): “Querido, no tenés nada más que un quiste sebáceo en la espalda, una ligera bronquitis y unos cálculos de colesterina en la vesícula. Aflojá con el salame de la colonia. Tu gran profesor te está “currando”, quizás porque sabe que tenés bastante dinero, te quiere operar para pasarte una cuenta de aquellas. Por las dudas, te recomiendo que visités a otros especialistas de reconocida honestidad y capacidad (le da una larga lista) y así terminás por salir de dudas.” Usted sigue el consejo y cuando el tercer especialista le confirma que no tiene nada, ya no le caben dudas, se enoja bastante con el Gran Profesor, y en una visita sorpresiva, le dice que es un bandido que casi lo mata o lo deja pobre e inválido de por vida. El Gran Profesor se sube a su pedestal de prócer, se le hincha la vena, se ofende, y lo echa a patadas, mencionando la tonelada de diplomas que tiene en su consultorio, y la impericia, ignorancia e incompetencia de aquellos otros especialistas consultados por usted. Fin del cuento.

Como es sabido, el pedir una segunda o tercera, o cuarta opinión es algo normal en la medicina de hoy – y de siempre. Si un médico se ofende y desprecia a las segundas opiniones, sospeche que no anda en nada limpio, o que sus conocimientos, su pericia y su competencia no son de fiar. Hasta con los mecánicos que le echarán mano a su auto conviene pedir una segunda opinión, porque en lugar de cambiarle las bujías le hacen cambiar los aros, rectificar el cigüeñal, cambiarle un par de pistones y poner caja de cambios nueva. También se tiene que cuidar uno de los vendedores de computadoras y software, de los vendedores de autos y electrodomésticos, de los verduleros, carniceros y agentes de seguros e inmobiliarias, y voy a poner aquí un etc., porque necesitaría una biblioteca completa para listar a los “vivos” de este mundo y quiero ser breve.

Ahora bien, si usted, y mucha gente como usted, que han pasado por este tipo de cosas, tienen la sana costumbre de pedir siempre una segunda opinión, o un segundo y tercer presupuesto, etc, ¿Por qué diablos no han escuchado todas las segundas y terceras (e infinitas) opiniones en el asunto del calentamiento global o la capa de ozono, o todos los benditos engaños, mitos y avivadas que plagan el campo de la ecología. ¿Eh? ¿Por qué? Seguramente no es porque no abunden las segundas opiniones – generalmente contrarias a la del Gran Profesor – sino porque quizás tiene usted la tendencia a aceptar la Autoridad del Maestro, o de las Academias de Ciencia (aunque estén enfrentadas entre ellas!), o de los “recomendados por la prensa”. O porque está de moda eso de sentirse culpable del pecado ecológico de consumir y vivir más o menos bien.

Algunos amigos de creer en las Primeras Opiniones, los titulares de los diarios, o de hacer asociaciones entre conceptos, me preguntan a veces, ¿Cómo no creerle al asesor científico en jefe del Primer Ministro inglés? ¿Tan estúpido e ignorante es Tony Blair?” Me reservo mi opinión al respecto, por prudencia y delicadeza, pero les recuerdo que un gobernante no le cree a sus asesores sólo por ser estúpido: hay otras razones de estado que le obligan a ello. Y hasta muchas veces es el Primer Ministro el que le dicta el libreto al asesor. ("Aquí tiene. Usted dígame esto la semana próxima, pero como si fuese cosa suya. No sea que la prensa y la gente sepa que yo le ordené decírmelo..." Después de todo, es el primer Ministro el que paga los sueldos, y no conviene llevarle la contraria - por esas cosas de conservar el puestito.)

También me dicen algunos de esos amigos porfiados “¿Y qué del informe que presentó el ACIA, ese grupo científico semi oficial, apoyado por el IPCC, el gobierno de Inglaterra, las Naciones Unidas, etc., sobre el derretimiento del Ártico y el futuro de los esquimales y los osos polares – todo causado por el calentamiento global.” Sólo que el famoso ACIA presentó el informe pocos días antes de la COP 10, con una clara intención política de forzar alguna decisión por parte de los que se niegan a ratificar Kioto (EEUU, Australia, Mónaco, Luxemburgo, Brasil, la India, China, y el resto de los países en vías de desarrollo que ya dijeron que no aceptarán reducciones en su uso de los combustibles para su desarrollo.) Pero el informe del ACIA no presenta, para ser aceptado por la comunidad científica, otras credenciales que las recomendaciones políticas de quienes lo forman, y no han proporcionado ninguna – leyó bien:
ni una sola referencia a estudios e investigaciones científicas que apoyen sus conclusiones. Sólo una apelación a nuestra fe inconmovible a la seriedad científica del IPCC (Pandilla Interguberna-mental del Chantaje Climático), cosa que, nosotros y miles de científicos más hemos puesto en duda.
Muy serias dudas.

El Informe sobre el clima del Ártico ha sido analizado por algunas Academias de Ciencia del mundo, y por varios cientos de climatólogos, meteorólogos, físicos, historiadores del clima, etc., y han llegado a la opinión unánime que la ciencia está ausente – total e irreversiblemente ausente – en todo el informe. Nuestra humilde opinión es que fue redactado, en su totalidad, por los autores del guión de la película “El Día Después de Mañana”. Sólo que esta vez la entrada era gratis.

Vuelva a foja cero y empiece de nuevo con el análisis de todos esos “curros” ambientales y ecológicos, pseudo ciencia en su mayoría, y esta vez comience a estudiar lo que dicen las segundas opiniones – y verá que los opinadores tienen los mismos blasones y diplomas que los primeros Grandes Profesores. La diferencia es fácil de distinguir: los Grandes Profesores tienen siempre una visión pesimista y catastrófica del asunto, y nos quieren meter miedo. También, requisito sine qua non es que son ampliamente apoyados por los medios de prensa y todo tipo de ONG que anda currando por ahí, pidiendo contribuciones en efectivo o con tarjeta de crédito.

El otro detalle que los delata es que siempre hay “una urgencia inmediata.” El cielo se está cayendo a una velocidad “sin precedentes”, o “más rápido de que lo que antes se creía”, “o previamente calculado”, o todas esas tonterías que escuchamos todos los días – machacadas sin cesar para que el miedo no le permita usar su cerebro y sea fácil presa de los solicitadores de donaciones y contribuciones para salvar al mundo de inminentes catástrofes. Si realmente es tan inminente y segura el Apocalipsis, las ONGs ecologistas usarían la montaña de dinero que recaudan para realmente “salvar al planeta”, en lugar de "salvarse ellos solos" al ponerlo en cuentas Suizas numeradas, propiedades, lujos, yates, barcos, botes de goma, viajes alrededor del mundo asistiendo a convenciones sobre cualquier problema ambiental – donde jamás han encontrado ninguna solución a nada, pero han degustado exquisitos manjares y deliciosos champagnes franceses. La cuenta siempre la hemos pagados nosotros, los tontos que se lo creyeron todo.

Hágase un favor a usted y a la Humanidad. Nunca les de un peso, déselo en su lugar a quienes lo necesitan. Los pobres que usted ve a su alrededor y bien cerca suyo. O alguna organización que realmente ha demostrado no estar compuesta por pícaros. Ayude a la Cruz Roja, a Cáritas, a Médicos Sin Fronteras, a la Fundación Favaloro, al Hospital de su zona, a la escuela de sus hijos, y muchas otras fáciles de identificar por la poca propaganda que hacen. O si puede, mucho mejor, ponga manos a la obra y hágase misionero de alguna fe. Cualquiera. La que más bronca le de. Pero de esas religiones que se encargan de ayudar a la gente y no de las que engañan con la ecología.

Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC
26 de diciembre, 2004

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