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Sensación Térmica: Nuevo Patrón
Para Medir a la Tontería

por Eduardo Ferreyra

La nueva moda de los relatores de noticias en radios y televisión es escandalizarse contándole a la gente la “sensación térmica” del momento. También es una buena manera de medir la ignorancia y la estupidez (no siempre van de la mano) de quienes se solazan morbosamente con esta información sin importancia alguna.

Las temperaturas se miden con termómetros de diversos tipos, y hasta mediante instrumentos electrónicos que miden la frecuencia de vibración de las moléculas de oxígeno de la estratosfera y la alta troposfera, como lo hacen desde 1979 los satélites meteorológicos. Cuando la temperatura es demasiado alta para usar termómetros convencionales, usamos termocuplas y así conocemos las temperaturas dentro de hornos de cal, cemento, y cubas de fundición de acero.

También tiene la gente la costumbre de hacer promedios de las temperaturas que se han registrado aquí y allá, aunque ello tiene apenas un valor anecdótico que, científicamente hablando, no significa nada, no tiene utilidad alguna y apenas si es nada más que un ejercicio estadístico que confunde más de lo que ayuda. Si se escandaliza por lo que acaba de leer y cree que le han errado a la medicación que me dan, o que se me fue la mano con el vino (no bebo, no fumo, ni siquiera tomo aspirinas), es porque no ha leído usted los muy ilustrativos capítulos sobre este tema escritos por los científicos
Christopher Essex, Ross McKitrick, de su tremendo libro “Taken by Storm” que, no por casualidad, están traducidos y publicados en este mismo sitio web bajo los títulos: Teoría del Clima versus Modelos y Metáforas, o sino El T-Rex se Devora al Planeta!, y por último, Lenguaje Desbocado y Metáforas que Alimentan la Doctrina.

Casi desde que Mr. Cromagnon dejó de articular sonidos guturales y consiguió expresar una idea concreta, comprobamos que cuando en el verano el calor se ponía pesado, la gente añadía al
“¡Qué calor!, no doña?”, el inevitable “Lo que mata es la humedad.” Dejando de lado a las víctimas del Titanic, Bismark, y otros naufragios, la humedad, per se, no ha matado a nadie – aunque la falta de humedad es motivo de muertes más frecuentes de lo que uno sospecharía. Pero la observación sobre la relación entre calor y humedad tiene sus bases científicas bien serias, algo que la mayoría de los bobos de la TV y la radio ignoran casi por completo. Si hay algún conductor de shows de radio y TV que lo sabe, es una excepción – que confirma la regla.

El calor de un ambiente cualquiera produce un aumento de la circulación sanguínea periférica, que tiene por objeto irradiar el exceso de calor que existe en el cuerpo. Como los motores de los autos, el cuerpo humano trabaja mejor dentro de un cierto rango de temperaturas internas. Si la temperatura sobrepasa los 41º C, por ejemplo, se producen efectos devastadores dentro del organismo, y si no se pone un remedio, la consecuencia será la muerte. Lo mismo sucede cuando la temperatura desciende demasiado. Ya sea deshidratación o hipotermia el resultado es
“Hasta la vista, baby!”

Un aumento natural de la temperatura del cuerpo es la
fiebre. Se trata de un mecanismo por el cual el organismo trata de liberarse de bacterias que han causado infecciones. Hasta no hacen demasiados siglos, el remedio era aplicar paños de agua fría, o sumergir al enfermo en baños de agua helada, lo que generalmente aceleraba la muerte. Cuando repasamos la historia de la medicina, nos sorprende comprobar la manera en que la humanidad ha conseguido sobrevivir a la acción devastadora de los médicos de antes. Alguien descubrió que algunas raíces, hierbas, y cortezas de árboles podían bajar la fiebre, y hacia el siglo 19 recién se “inventó” la aspirina. En cuanto al resto de la medicina, mejor no quiera enterarse. Lo que no lo solucionaban los cirujanos, quedaba en manos de Dios y la naturaleza – y muchísimas veces en las manos de curanderos. manosantas y demás estafadores con pociones mágicas o naturales.

Bueno, pero no divaguemos. Esa circulación periférica de la sangre, gracias al aumento del tamaño de los vasos capilares venosos, hace que la sangre se acerque mucho a la epidermis, la parte más externa de la piel. Allí entrega al aire el calor en exceso, y sigue su camino a menor temperatura hacia el corazón. Este intercambio de calor entre piel y aire se favorece de enorme manera mediante el proceso de
“sudoración”. Un mecanismo del organismo hace que las glándulas sudoríparas produzcan agua (tomada de la sangre) y la envíen al exterior a través de las aberturas, o poros. Es algo parecido al sistema antiincendios que vemos en las películas, donde unos rociadores suspendidos en los cielorrasos comienzan a expulsar agua cuando la temperatura sobrepasa cierto límite.

El agua del sudor se evapora sobre la piel, en un efecto físico que absorbe calor, arrastrando el calor de la piel y la sangre. Si la humedad ambiente es muy baja (digamos en las Salinas Grandes o en el Sahara, donde no es extraño un 5 al 10% de humedad
“relativa”), el sudor de la piel casi no tiene tiempo de tomar la forma de gotas y se evapora casi al instante. Por eso será raro ver a alguien “chorreando sudor” en las Salinas – y en el Sahara los tuaregs se defienden cubriéndose de ropas pesadas, formando un ambiente artificial de 37º C a su alrededor, bastante más fresco que los 50º C a la sombra que hay a mediodía.

En una digresión interesante, es de notar que los países tropicales sus comidas tradicionales son generalmente “picantes”, donde la pimienta y los ajíes provocan una enorme sudoración que, precisamente, tiene la misión de refrigerar al organismo. En los trópicos, el problema es liberarse del calor en exceso que tiene el organismo. Por el contrario, en los países nórdicos, el problema es el de mantener protegido al calor del cuerpo y evitar a toda costa la transpiración porque puede resultar problemático: si se transpira a temperaturas sub-cero, ésta se puede congelar sorbe la piel, y ese congelamiento podría provocar un “hasta la vista, baby”. Por ello, sus comidas no tienen –tradicionalmente – los picantes que se observan en las comidas tropicales. Por otra parte, la pimienta y demás plantas picantes son de origen tropical, desconocidas en las regiones polares y de la tundra. Otra cuestión interesante, es que los pueblos de las regiones frías son altos y delgados (poca superficie de irradiación en relación al volumen del cuerpo), mientras que los pueblos del trópico son más bajos pero más gruesos (como la esfera, mayor relación de superficie versus volumen) por lo que la irradiación del calor es más fácil.

Otra digresión del tema es el hecho que el agua del sudor proviene de las reservas de agua que tiene el organismo, tanto en la sangre como en las células adiposas. Cuando la sudoración es abundante y prolongada, la reserva de agua del organismo cae por debajo de niveles peligrosos y se produce la llamada “deshidratación”, fenómeno que terminará causando la muerte. Para evitar eso hay dos cosas que los humanos podemos hacer: la primera es reponer el agua perdida bebiendo abundantes cantidades, y la otra es elevar el contenido de sodio en nuestro organismo mediante la ingesta de comprimidos de sal. Esa es la práctica normal de las tropas que deben actuar en ambientes selváticos o calurosos, donde la sudoración es elevada. La sal ayuda a fijar el agua a los tejidos, evitando su pérdida. Es sabido que jugar un partido de fútbol bajo los rayos de un sol abrasador, con elevadas temperaturas y baja humedad relativa ambiente puede provocar la pérdida de hasta 6 kilos de peso en los jugadores. ¿No lo cree posible?

El 9 de enero de 1955 se jugó en Córdoba la final del campeonato entre Belgrano y Talleres. El partido comenzó a las 15:00 horas, cuando la temperatura marcó un récord histórico de 45º C (51º C en el centro de la ciudad). Fue durante el período conocido como
La Semana de Fuego del 55. La información posterior del partido (ganó Belgrano) nos dijo que los jugadores de ambos equipos habían bajado 6 kilos de peso, en promedio. Lo recuerdo como grabado a fuego porque estaba, desde el 3 de enero (mi cumpleaños!) hospitalizado por la quebradura de mi fémur derecho en un accidente de automóvil – del que era pasajero. Finalmente, después de 19 días me quitaron el yeso (poco tiempo, porque me insertaron una férula de titanio por el interior del hueso), y los médicos me pesaron el día 22 de enero: había perdido 20 kilos en 20 días!

Aunque parezca una buena manera de perder peso, la pérdida de agua no es permanente y, cuando bebemos un litro de agua, va íntegramente a reponer el agua perdida en la sangre y las células, con lo que en minutos se recupera de inmediato el peso perdido. Para bajar de peso, lo único que funciona es reducir la ingesta de manera que la energía ingerida sea menor que la gastada por ejercicio y actividades del organismo. Como diría mi abuela:
“No hay otra papa que echarle a la olla.”

En las selvas, el tema es diferente: la humedad es tan elevada, que la transpiración se evapora con mucha mayor dificultad, porque el aire está casi saturado de humedad. El paraíso idílico de Rousseau es en realidad un Infierno Verde, porque aunque rara vez la temperatura sobrepase los 34º C, la sensación de ahogo y pesadez es agobiante. Como dicen las doñas:
“Lo que mata es la humedad.” No mata, pero se hace terriblemente molesta - especialmente a los gorditos.

Y a mitad de camino entre las selvas y el Sahara, nuestras amadas ciudades transcurren sus existencias entre un 35 al 90% de humedad “relativa” ambiente. Un caso que viene de perlas es la ciudad de Córdoba, donde nació y sobrevive quien escribe esto. En nuestra niñez, allá por la década de los 40 y 50, la provincia y la ciudad de Córdoba eran tradicionalmente secas como “lengua de loro.” Las sequías eran largas y durísimas. Los vientos de agosto y septiembre venían cargados de polvo desde el sur, y cargados de polvo desde el norte. Era tradicional el dicho de “Los días pares, viento norte con tierra; los impares viento sur con tierra” – pero de la tierra nadie se salvaba. Las últimas lluvias se daban hacia Semana Santa y las siguientes eran, como el Niño, hacia las Navidades. Se hacían grandes procesiones religiosas para la época de Santa Rosa (30 de agosto) para implorar al Señor la caída de alguna lluviecita que trajese alivio a los agricultores de la región. Un chaparroncito y basta. “Hasta Navidad no hay más, arréglense con lo que tienen.”

Llegaba el verano, venían las lluvias y el dique se llenaba, los ríos fluían llenos de peces, y para abril se completaban los casi 650 milímetros que eran normales todos los años. Hoy llueven en las sierras más de 1100. Gracias a su clima excepcionalmente seco y límpido, Córdoba era la meca de quienes tenían enfermedades pulmonares y venían a curarse, o directamente a vivir a las Sierras. Así tuvimos los cordobeses el muy dudoso honor de contar entre sus “enfermos a curarse” de asma, a quien sería más tarde el famoso
Ché Guevara – el tenebroso “Fusilador de La Cabaña”. Pero esa es otra triste historia que no viene al caso, sino que viene al caso para demostrar que Córdoba era seco – “como lengua de loro.”

Luego se forestó, se hicieron diques, tanto en la región, en el sur Patagónico, en el noreste, en las más de 70 represas Brasileras sobre el Paraná, etc, etc, el clima cambió radicalmente, y la humedad llegó a Córdoba para no irse jamás. Y es desde entonces que en Córdoba la gente comenzó a repetir lo que la gente de Buenos Aires, Rosario, Corrientes, Santa Fe, Paraná, y otros lugares húmedos decían desde siempre:
“Lo que mata es la humedad.” Pero ahora, como no vemos gente cayendo muerta a consecuencia de la humedad, los medios de comunicación han debido recurrir a algún otro truco para seguir escandalizando, alarmando, y asustando a la pobre gente: han inventado ahora el “curro” de la Sensación Térmica.

¿Qué es “Sensación Térmica”?

Es sentir frío o calor, o nada, ¿Qué otra cosa? Pero el asunto de esta tontería nace de otra capacidad que tiene el agua que se evapora y las ágiles mentes de los que están muy al vicio como cenicero de moto. Hay unos instrumentos pronosticadores de heladas que tienen dos termómetros. Uno de ellos registra la temperatura real, y el otro tiene su bulbo envuelto en una fina malla o funda de algodón (como una mecha de lámparas de kerosén) que está sumergida en un recipiente con agua. La humedad de la mecha se evapora, enfriando al bulbo del termómetro “de heladas”. Esto hace que la temperatura que registra este termómetro es bastante menor a la del otro que no tiene nada que interfiera con su lectura normal.

La cantidad de evaporación del agua del termómetro 2 está afectada por la humedad relativa del ambiente, es decir, si hay muy poca humedad, la evaporación será violenta y el termómetro 2 mostrará una gran diferencia con el termómetro 1. Si la humedad es elevada, la evaporación será muy lenta y la diferencia entre ambos termómetros es muy poca. La experiencia y la observación continuada permitieron hacer una pequeña y bastante precisa tabla de diferencias de temperaturas que permiten vaticinar heladas si: la diferencia entre las dos lecturas es muy grande, y las temperaturas están cercanas al cero grado. La tablita permitía ubicar en un gráfico de abscisa y ordenadas a la temperatura del termómetro “seco”, ubicar luego la del “húmedo”, y siguiendo una línea inclinada se llegaba al pronóstico: fuerte probabilidad, mediana, poca, o nula, de que se produzcan heladas.

Mi padre tenía un aparato de estos. También tenía su pluviómetro, varios termómetros en diversos lugares estratégicos, barómetro, y admiraba a don
Sebastián Mainz, un meteorólogo aficionado que tenía una columna en el extinto diario Los Principios con sus pronósticos del tiempo que, para bochorno de los profesionales del Servicio Meteorológico Nacional, siempre discrepaban con la ciencia oficial, y siempre estaban acertados. Es desde esa época que mis sospechas sobre la exactitud de la Ciencia Oficial comenzaron a cimentarse. Don Sebastián vivía en Mendoza, pero sus predicciones meteorológicas y climáticas fueron siempre 100% acertadas para todo el país. No tenía satélites ni teletipos a su disposición. Le bastaban nada más que sus conocimientos, sus observaciones, y su sentido común. Casi nada.

Pero ese principio de que la humedad relativa ambiente acelera o disminuye la evaporación del sudor de acuerdo a su escasez o abundancia, es lo que lo hoy se ha transformado en la
Sensa-ción Térmica. En teoría, y nada más que en teoría, porque es una percepción personal que varía con cada individuo, la sensación térmica sería la temperatura que alguien “sentiría” sobre su piel y la relacionaría con la sensación que le produciría una temperatura igual, pero con una humedad relativa ambiente del 50%, con viento en calma.

El asunto del viento es importante, porque el viento produce un efecto muy pronunciado sobre la evaporación del agua sobre la piel – o cualquier otra parte. Si la atmósfera está en calma, la temperatura de la piel (o de cualquier objeto) se irradia hacia el aire. La irradiación, o transmisión de energía infrarroja, no es instantánea; va calentando las moléculas del aire paulatinamente, y ello lleva tiempo. El aire alrededor de una persona que está quieta va formando como un halo a su alrededor, manteniendo la temperatura dentro de ese “halo”. Pero una corriente de aire tiene la capacidad de arrastrar a las moléculas de aire caliente de ese 'halo' y reemplazarlas por otras más frías. Estas nuevas moléculas frías absorben el calor de la piel (o de otras cosas) y la enfrían. Por eso es que los chicos soplan la sopa antes de tomarla, (y usted las empanadas recién salidas del horno) – para enfriarla alejando el calor de la superficie y enviándole aire del ambiente que está más frío.

También es la razón de ser de los abanicos y los ventiladores: mover el aire para hacerlo circular y producir enfriamiento. Desde el abanico de la abuela hasta el ventilador de los motores de autos, el asunto es forzar aire a mayor velocidad para que arrastre el calor y lo reemplace por otro más frío. Y así, la sensación de refrescarse depende de la velocidad del viento y de la temperatura del aire nuevo que incide sobre la piel.

Lo único verdaderamente importante de conocer en las noticias del día, para saber si tenemos que cantar o llorar, es la temperatura a la sombra, la humedad relativa ambiente, y la velocidad del viento. Con esos tres datos tendremos una idea más clara y precisa de lo que está pasando en la Plaza San Martín, o en la pileta del club.

Si nos dicen que la sensación térmica es de 40º C, se quiere dar a entender que es la sensación que tendríamos un día en que el termómetro marca 40º C en la sombra, hay 50% de humedad y no corre ni una gota de viento. Para obtener esta marca de “térmica”, se usan los datos de tempera-tura real, velocidad del viento y humedad ambiente y, como en la tablita de las heladas, se encuentra a la “sensación térmica” de ese momento – sólo que con saber la temperatura real, mirar por la ventana y sentir la pesadez del ambiente, nos hemos ahorrado todos los cálculos. Además, y más importante, aparte de encender el aire acondicionado, bebernos unos refrescos, o tirarnos a la pileta, ¿que podemos hacer al respecto cuando nos asustan desde Crónica TV o los demás bobos de la radio y la TV con la sensación térmica,
como si el fin del mundo ya estuviese en marcha? Cuando la "térmica" supera a la "real" en varios grados, en las pantallas de la televisón la muestran con números grandes, y la temperatura real es ignorada por completo. Pero cuando la temperatura normal en Buenos Aires debería ser 32º C, y la actual es nada más que 18º C (como en Nochebuena del 2004, que marcó un récord histórico) entonces se habla de las bajas norteamericanas en Irak, de los piquetes, robos, asaltos, secuestros, declaraciones de funcionarios públicos y otras expresiones del delito nacional.

Se complace esta gente en decir, por ejemplo,
“Son las once de la mañana, Beto, y ya tenemos unos sofocantes 29 grados, con una insoportable sensación térmica de 31 grados.”“Así, es Adriana, muy probablemente tendremos más de 35 grados esta tarde, haciendo que ansiemos estar en algún río de las sierras.” Tiene razón el Beto, ¿quién no desearía estar gozando de los ríos de Córdoba, del saludable Sol de las sierras, y de la simpatía de su gente? Pero decir que 29 grados son sofocantes indica que hay algo que no funciona correctamente en quien lo dice. O han fumado demasiada marihuana y han perdido la capacidad de retener información y recordarla, o simplemente son tontitos. Si pudiesen (o quisieren) acordarse de los tiempos pasados, comprobarían que “35 grados no es nada, que febril la mirada, te busca y te nombra,” porque calores, lo que se llaman calores, eran los de antes.

Me pregunté siempre si no tendrán nada más útil que hacer que andar alarmando, asustando y escandalizando a la gente – como si no tuviésemos ya demasiados problemas para seguir adelante con nuestras complicadas existencias, en un país repleto de políticos – y animadores de la televisión cuyos temas favoritos parecen ser la
“forrándula”, las catástrofes ambientales, y la sensación térmica.



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