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El WWF espera hallar $60 mil millones
creciendo en los árboles

Por Christopher Booker
The Telegraph
Marzo 20, 2010

El esquema de los créditos de carbono hará al WWF y a sus socios mucho más ricos, pero sin ninguna disminución de las emisiones de CO2

La región de Tumucumaque, en el norte de Brasil ha sido designada “sumidero de carbono”.

Si la más grande y rica organización ecologista de campañas y recau-dación, el WWF –antiguamente el World Wildlife Fund, hoy Worldwide Fund for Nature- anunciase que estaba jugando un rol en el esquema para preservar un área de las selvas del Amazonas del doble del ta-maño de Suiza, mucha gente lo aplaudiría creyendo que esta es justa-mente el tipo de causa para el que el WWF fue creado.

La Amazonía ha estado durante mucho tiempo al tope de la lista de las preocupaciones ambientales, no sólo porque incluye fácilmente a la mayor y más bio-diversificada área de las selvas lluviosas del planeta, sino porque su miles de millones de árboles contienen el almacena-miento de CO2 más grande del mundo, de manera que cualquier seria amenaza para las selvas puede ser retratada como la mayor contribu-ción al calentamiento global.

Sin embargo, si surgiese al conocimiento del público que una agenda oculta del esquema para preservar este pedazo de la selva es permitir que el WWF y sus socios compartan la venta de créditos de carbono por un valor de $60 mil millones de dólares, para permitir que empresas del mundo industrializado puedan seguir emitiendo CO2 de la misma ma-nera que siempre, más que unas pocas cejas se alzarán en asombro.

La idea es que los créditos que representan al CO2 encerrado en esta particular área de la jungla –tan remota que no está bajo ninguna amenaza- deben ser vendidos en el mercado internacional, permitiendo que miles de compañías en el mundo desarrollado compren su salida

al problema de las emisiones sin estar obligados a reducirlas. El efecto neto sería simplemente hacer que el WWF y sus socios en el negociado se hagan multibillonarios sin hacer ninguna contribución a la reducción de las emisiones de CO2.

El WWF, que ya gana £400 millones de libras esterlinas todos los años, la mayor parte contribución de gobiernos y contribuyentes de impuestos, ha estado desde hace mucho en el centro de los esfuerzos de denunciar la amenaza a las selvas lluviosas del Amazonas –como se ha visto recientemente con el furor sobre la muy publicitada afirma-ción del Informe AR4 de 2007 del IPCC. La aseveración del IPCC de que el 40 por ciento de las selvas está amena-zado por el calentamiento global resultó no estar basada en ninguna evidencia científica, sino simplemente en propaganda del WWF que había distorsionado completamente las conclusiones de un estudio sobre la amenaza impuesta a las selvas, no por el cambio climático sino por la actividad de la industria forestal.

Esta curiosa saga se remonta a 1997, cuando el tratado de Kioto estableció lo que se conoce como el Mecanismo de Desarrollo Limpio (CDM, por sus siglas en inglés). Esto permitía a las empresas en el mundo en vías de desarrollo reclamar que habían reducido sus emisiones de gases invernadero ganar miles de millones de dólares vendiendo sus créditos de carbono a aquellas firmas en el mundo desarrollado que, bajo el tratado, podían ser obligadas a reducir sus emisiones.

En 2001 las partes de Kioto acordaron en principio que los árboles del hemisferio sur podían ser contabilizados como “sumideros de carbono” para el beneficio de de la firmas emisoras de CO2 en el hemisferio norte. En 2002, después de largas negociaciones con el WWF y otras ONGs ecologistas, el gobierno de Brasil estableció su proyecto de las Áreas Protegidas de la Región Amazónica. (ARPA), apoyado por cerca de $80 millones de dólares de financiación. De estos, $18 millones les fueron dados al WWF por la Fundación Gordon & Betty Moore, de los EEUU; $18 millones a su socia una ONG brasileña por parte del gobierno de Brasil, más $30 millones del Banco Mundial.

El objeto era que las ONGs, lideradas por el WWF, deberían dirigir y administrar trozos de las selvas lluviosas brasi-leñas para asegurar que fuesen dejadas tranquilas o manejadas de manera “sustentable”. Añadidas a ellas, como el área más grande de todas, estaba una de 80.000 kilómetros cuadrados en la parte más inaccesible de la frontera norte de Brasil; la mitad designada como el Parque Nacional Tumucumaque, la reserva natural más grande del mundo, y la otra mitad a ser dejada sin tocar en gran medida pero permitiendo algún desarrollo sustentable. Esto queda muy lejos de cualquier para de las selvas Amazónicas que podrían ser dañadas por los madereros, mineros o la agricultura.

Hasta allí, todo esto podría haber parecido admirablemente idealista. A pesar del acuerdo internacional de que las selvas podían contabilizarse como sumideros de carbono, no había todavía ningún sistema implementado donde el CO2 así “ahorrado” podía ser convertido en un “commodity” comercializable. Sin embargo, en 2007 el WWF y sus aliados en el Banco Mundial lanzaron la Global Forest Alliance (Alianza Global de Bosques) con un fondo inicial de $250 millones de dólares del banco, para trabajar en lo que llamaron “evitar la deforestación”.

En una conferencia en Bali, bajos los auspicios de la UNFCCC (Convención Marco del Cambio Climático de la ONU), que administra al CDM –o Mecanismo de Desarrollo Limpio- se acordó un esquema que llamaron REDD (por sus siglas inglesas de Reducción de Emisiones por Deforestación en Países en Desarrollo). Aclamado como “la nueva gran idea para salvar al planeta del cambio climático desbocado,” esto armó un fondo global para salvar vastas áreas de selvas de la deforestación que toma cuenta de casi el 20% de las emisiones humanas de CO2.

Pero aún seguía sin existir un mecanismo para convertir a todo este CO2 “ahorrado” en un commodity que produje-se dinero "dulce". Entonces el WWF encontró un aliado clave en el Woods Hole Research Center, con base en Ma-ssachusetts. No debe confundirse con el Instituto Oceanográfico Woods Hole, un cuerpo de investigaciones de buena fe, de hecho el Woods Hole Center es un grupo activista dirigido por un panel que incluye a gerentes de fondos de inversión responsables por miles de millones de dólares en inversiones privadas.

En 2007, financiado con $7 millones de dólares de la Fundación Moore y trabajando en sociedad con el WWF en el Proyecto Tumucumaque, el Woods Hole Center salió con la fórmula requerida: una manera de darle un valor a todo el carbono almacenado en las selvas protegidas de Brasil, de manera que pudiese ser comercializada bajo el sistema CDM. El CO2 a ser “ahorrado” por el programa ARPA, calcularon, se eleva a 5.100 millones de toneladas. Basados en la valuación del UNFCCC de $12,50 pr tonelada de CO2, esto le daba a los árboles brasileños en las áreas protegi-das un valor de $60.000 millones de dólares. Respaldado por el Banco Mundial, esta proyección le fue presentada al UNFCCC.

Pero todavía había que sortear dos obstáculos más: el primero era que era necesario que el esquema fuese adop-tado como parte del REDD por la Conferencia de la UNFCCC de Copenhague, que se suponía acordaría un nuevo tratado global que seguiría al de Kioto. Esto permitiría que todo el CO2 “ahorrado” en Brasil fuese convertido en dinero de contado bajo el esquema del CDM. El otro obstáculo era que los Estados Unidos debían adoptar un sis-tema de “tope y comercio” (cap & trade), imponiendo severos recortes en el CO2 emitido por la industria nortea-mericana. Esto impulsaría inmensamente al mercado internacional de carbono, haciendo que los precios se fuesen a las nubes cuando la compañías americanas acudiesen en bandada para comprar créditos que les permitiría seguir emitiendo alegremente el CO2 que necesitaban para sobrevivir.

Como ya sabemos, el asunto no salió como lo habían planeado. En medio de la matanza en Copenhague en diciem-bre de 2009, todo lo que pudo ser salvado de las propuestas REDD fue un principio de acuerdo, con la esperanza de alcanzar un acuerdo detallado en México, a fines de este año. También perdido en el desbande para salvar algo del naufragio, fue la letra chica que garantizaba los derechos de los pueblos indígenas de las selvas lluviosas, cuyo modo de vida –para la preocupación de grupos como Survival International y el Programa de Pueblos de las Selvas- ha sido ya severamente dañado por los esquemas inspirados en REDD en todas partes del mundo, como en Kenia y Papúa Nueva Guinea.

Tan alarmante para el WWF y sus aliados, que tenían la esperanza de ganar miles de millones con las selvas brasi-leñas, ha sido el fracaso en el Senado de Estados Unidos para aprobar la ley de “Cap & trade” imulsada por Barack Obama. Dado que la Unión Europea ha excluido a las selvas lluviosas de sus propio esquema de intercambio de “cap & trade”, conocido como ETS (Emissions Trade System), atraer a los Estados Unidos a la trampa es vital para las esperanzas del WWF de encontrar “dinero creciendo en los árboles.” El precio del carbono en el Chicago Climate Exchange (CCX, de Al Gore y Maurice Strong), acaba de desplomarse a su nivel más bajo de la historia, a 10 cen-tavos la tonelada. (Tenían la intención de alcanzar por lo menos los $30 dólares en 2012.)

El sueño del WWF ha sido frustrado –pero la revelación de podría ser parte de tal esquema inmoral puede llegar tener una considerable influencia en la manera en que esta, la organización activista más rica del mundo, sea vista en el futuro por el público en general.

Más detalles las fuentes de información se encuentran en: www.eureferendum.blogspot.com/



Comentario de FAEC: Aunque el informe de Booker es muy claro, puede haber personas que no han caído en cuenta de lo grotesco de todo el asunto del CO2, la reducción de las emisiones y la corrupción que rodea al mercado de créditos, bonos, e indulgencias del CO2. Lo básico es que se trata del enga-ño más perverso que se haya podido imaginar.

  1. Con años de campañas publicitarias se ha convencido a la pobre gente de que el CO2 causará una catástrofe ecológica.
  2. Se la ha convencido de que hay que reducir las emisiones de CO2 o morir en el intento de “salvar al mundo” del cambio climático.
  3. Para obligar la reducción de las emisiones hay que poner multas siderales e impuestos elevadí-simos a las industrias que usan energía para producir cualquier cosa, desde caramelos hasta portaviones, pasando por granjeros, ganaderos y pescadores.
  4. Las leyes que tienen por objeto reducir las emisiones de CO2 para salvar al mundo han permitido y fomentado la creación del mercado de bonos, créditos o “permisos de emisión” que las indus-trias deben comprar para seguir funcionando. Al estilo de la viejas “indulgencias” que los cristia-nos debían comprar para seguir pecando sin preocuparse por ir al Infierno. El infierno actual es el “cambio climático”
  5. Con el mercado funcionando fluidamente (como lo preveían Gore, Strong, el IPCC, Pachauri y el resto de la pandilla), las industrias seguirán emitiendo CO2 a niveles cada vez más crecientes, sin preocupación alguna ya que los mayores costos los pasan hacia abajo en los palos inferiores del gallinero –nosotros, los consumidores.
  6. El resultado de todo el esquema es que los que han ideado el Gran Negociado de las Emisiones se harán super-archi-recontra-millonarios, mientras que los productos agrícolas, alimentos, carnes, granos, pescados, y cualquier otro ítem que se fabrique usando combustibles fósiles y/o electricidad, desde caramelos hasta pañales descartables, serán cada vez más caros y fuera del alcance de los menos afortunados.

Y todo por una hipótesis pseudo científica, sin evidencias concretas y muchas evidencias en contra, que ha sido impuesta por aquellos que están empeñados en “salvar al planeta” –y en el camino llenarse de plata. Nosotros, los tontos del pueblo, la miramos pasar y pagamos la fiesta de los otros.

Después no se quejen y digan que no se lo habíamos avisado.

Eduardo Ferreyra
Presidente de FAEC



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