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El Climategate y la Crisis
del Alarmismo Climático

Richard Lindzen
Profesor de climatología de MIT
Fuente: Wall Street Journal
Abril 22, 2010

A mediados de noviembre de 2009 apareció un archivo en la Internet conteniendo miles de emails y otros documentos de la Unidad de Investigación del Clima en la Universidad de East Anglia en Inglaterra. La manera en que estos archivos aparecieron sigue siendo incierta, pero los email –cuya autenticidad no se pone más en duda- suministran una visión del mundo de la investigación sobre el clima que fue reveladora y sorprendente.

En lo que se ha llamado “Climategate”, se puede ver una inequívoca evidencia de la inescrupulosa supresión de información y opiniones contrarias y hasta de manipulación de la información. La Unidad de Investigación del Clima difícilmente sea una remota y oscura estación; provee información a muchos autores del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). Además, los emails muestran una amplia colusión con otros prominentes investigadores de los EEUU y otros países.

Se podría pensar que las revelaciones desacreditarían a la clamada ciencia establecida que subyace en la actual-mente propuesta política climática y, por cierto, las revelaciones pueden haber jugado un rol en el fracaso de la última Conferencia de Copenhague en diciembre pasado para llegar a un acuerdo en los nuevos límites de emisión de dióxido de carbono. Pero con el ímpetu político detrás de las propuestas políticas y miles de millones en finan-ciación de investigaciones en riesgo, el impacto de los emails parece haber sido pequeño.

El acercamiento general de la comunidad científica oficial (al menos en Estados Unidos y Gran Bretaña) ha sido ver si la gente se tomará la molestia en ver los emails en detalle (en gran parte n lo hicieron), y esperar hasta que el tiempo esfumase las impresiones iniciales para poder reasegurar al mensaje original de una catástrofe climática que debe ser combatida con un inmenso control del carbono.

Esta reafirmación, sin embargo, sigue estando recargada por la ilógica, maldad, y directa deshonestidad. Hubo, por supuesto, las inevitables investigaciones de individuos como Michael Mann, de la Universidad de Penn State (que manipuló la información para crear al famoso gráfico del “palo de hockey”) y Phil Jones (director del CRU). Las investigaciones fueron breves, totalmente faltas de profundidad y conducidas, en su mayor parte, por individuos ya comprometidos públicamente con la popular visión de la alarma climática. El resultado fue un increíble “blanqueo”, considerando la información disponible.

Como añadidura, numerosas sociedades profesionales, incluyendo a la Sociedad Americana de Agronomía, la Aso-ciación American de Biólogos de Plantas, y la Alianza de Colecciones de Ciencia Natural, la mayoría de ellas sin experticia alguna en clima, respaldaron la siguiente opinión: Que el clima está calentándose, el calentamiento se debe a las emisiones de dióxido de carbono, y la continuación de las emisiones llevará a una catástrofe.

Podemos preguntarnos razonablemente por qué se han sentido compelidos a respaldar esta visión. La posición del IPCC en su Resumen para Políticos de su Cuarto Informe de Evaluación 2007 (AR4) es más débil, y simplemente hace notar que la mayor parte del calentamiento de los últimos 50 años se debe a las emisiones humanas. A veces se afirma que el IPCC está 90% confiado en sus afirmaciones, pero no hay ninguna base estadística para esta afirmación –es puramente subjetiva. El IPCC también afirma que las observaciones de las anomalías de la tempe-ratura media global son también consistentes con las predicciones del calentamiento de los modelos computados.

Hay, sin embargo, algunas cosas que no se han mencionado acerca de las afirmaciones del IPCC. Poe ejemplo, las observaciones son consistentes con los modelos solamente si las emisiones incluyen cantidades arbitrarias de par-tículas de aerosol reflectoras (proveniente, por ejemplo, de los sulfatos industriales) que son usadas para cancelar gran parte del calentamiento previsto por los modelos. Las observaciones, en sí mismas, sin dichos ajustes, son consistentes con que hubo el suficientemente pequeño calentamiento como para no constituir un problema que por el valga la pena preocuparse demasiado.

Además, el IPCC dio por sentado que los modelos computados incluían de manera adecuada cualquier fuente alter-nativa de calentamiento –más notablemente, la variabilidad natural, sin forzamientos, asociada con fenómenos como El Niño, la Oscilación Decadal del Pacífico, etc. Y sin embargo la relativa ausencia de un calentamiento estadísticamente significativo durante una década muestra con claridad que esta suposición estaba equivocada. Por supuesto, nada de esto importa más para quienes reemplazan a la razón con aseveraciones de autoridad.

Considérese la carta de Abril 9 al Financial Times del presidente de la Academia Nacional de Ciencias y de la Real Sociedad (Ralph Cicerone y Martin Rees, respectivamente). Reconoce que el Climategate ha contribuido a una reducida preocupación entre el público, ya que hubo un tiempo inusualmente frío. Pero los señores Cicerone y Rees insisten en que nada ha sucedido que altere la más viene extrema declaración de que el clima está cambiando y se debe a la acción humana. Luego arrojan ellos una bien peculiar declaración (referida al calentamiento), casi al pasar: “Las incertidumbres sobre la futura tasa de esta subida de la temperatura, proviniendo en gran parte del efecto de realimentación sobre el vapor de agua y las nubes, son tópicos de las investigaciones actuales.”

¿Quién podría adivinar, a partir de esta declaración, que los efectos de realimentación son el asunto crucial? Si estas realimentaciones positivas no son asumidas por los modelos computados, no habría ningún problema signi-ficativo, y las diferentes catástrofes que dependen de numerosos factores no serían más relacionadas con el calentamiento global antropogénico.

Esto quiere decir que el asunto relevante para las políticas está muy lejos de estar asentado. Pero la carta termina diciendo: “Nuestras academias proveerán el fondo científico para los líderes políticos y de negocios que deben crear políticas efectivas para dirigir al mundo hacia una economía baja en carbono.” En otras palabras, la respues-ta ya está establecida aún si la ciencia no lo está.

En Francia, muchos distinguidos científicos publicaron hace poco un libro criticando el foco alarmista sobre las emi-siones de dióxido de carbono. La esencia de todo el libro fue que los estándares científicos para establecer la preo-cupación alarmista eran demasiado bajos, y el lenguaje, en algunas oportunidades, era desmedido. En respuesta, una carta firmada por 489 científicos del clima franceses fue dirigida a “los más altos cuerpos científicos de Fran-cia; el Ministro de la Investigación, el Centro Nacional de Investigación Científica, y la Academia de Ciencias”, apelando a ellos para que defiendan la ciencia del clima contra los ataques. Parece que no se reconoció que pedir a las agencias que financian la investigación que tomen partido en un argumento científico muy difícilmente sea conducente a un libre intercambio.

La controversia era, y lo sigue siendo, cubierta extensamente por la prensa francesa. En muchos respectos, la situación francesa es mejor que en los Estados Unidos, en cuanto a que los “más altos cuerpos científicos” no han tomado oficialmente ninguna postura pública –todavía.

A pesar de todo esto, parece que el público en general está cada vez más dándose cuenta de que algo más que la ciencia está pasando con el asunto del cambio climático, y que las políticas propuestas es muy posible que causen severos problemas a la economía mundial. El Climategate puede, después de todo, haber tenido un fuerte efecto.

Pero no sería sabio asumir que aquellos que han tallado agendas para explotar el asunto serán liberados sin dar batalla. Uno puede sólo tener la esperanza de que los alarmistas del clima perderán de manera que podamos regre-sar a enfrentarnos con la verdadera ciencia y los reales problemas ambientales como asegurar un aire y un agua limpias. Esto último podría ser una meta apropiada para el Día de la Tierra.

El Dr. Lindzen es profesor de meteorología en el Massachusetts Institute of Technology (MIT).



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