Hora de Córdoba
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A cada siglo su fantasma totalitario

Por Pierre Lutgen
Ostert, Luxemburgo, Junio 2, 2009

Pasando de los brujos a la eugenesia y después al calentamiento global, Europa se embarcó en histerias que engulleron millones de vidas humanas, frenó el desarrollo y dilapidó recursos financieros en quimeras. Sacrificios ofrecidos a la religión, la raza o al planeta.

Descartes creía en los brujos. Su existencia había sido comprobada por una indiscutible mayoría de sabios. Nosotros conocemos los horrores generados por este mito científico.

Pero hemos olvidado el hecho que a comienzos del siglo pasado la mayoría de los sabios y biólogos habían calculado de manera irrevocable que la humanidad estaba en camino a una degeneración de la raza, porque los tarados se reproducían a una velocidad mayor que los burgueses de calidad. Desde 1900 se pusieron en práctica en los Estados Unidos programas de esterilización de los locos y de eutanasia para los niños disca-pacitados.

El promotor más encarnizado de este programa fue la Fundación Rockefeller. Todos los científicos y biólogos apoyaban estos programas de eugenismo, al igual que Premios Nóbel católicos como Alexis Carrel o protes-tantes como Müller y Heckel. Los políticos y jefes de estado de la época, de derecha y de izquierda, impu-sieron al eugenismo en sus programas (como hoy sucede con el calentamiento global). Y el hombre de la calle les seguía.

Algunos años después de la Primera Guerra Mundial, los alemanes habían esterilizado en Renania a todos los niños nacidos de jóvenes mujeres y soldados senegaleses. Francia cerraba los ojos. Hitler no hizo más que continuar aquello que ya se practicaba sobre miles de personas en todos los países de Europa, y lo mismo que numerosos médicos judíos alemanes practicaban en 1935; la esterilización y la “eutanasia”.

En los comienzos de este siglo 21 vivimos una histeria colectiva similar. Se nos dice que una inmensa mayoría de científicos han calculado indiscutiblemente que las temperaturas aumentarán de 5 a 10 grados antes del fin del siglo. Raros son los políticos que tienen el oraje de contradecirlos, a pesar de las frías temperaturas de los últimos años. Y la mayor parte van con sus acólitos a las grandes reuniones de Kioto, de Bali, de Río, y de Estocolmo. De allí ellos regresan con el mensaje del Apocalipsis: comemos demasiado, andamos demasiado en automóvil, tenemos demasiadas vacaciones, derrochamos el agua y el petróleo.

Cada uno deberá ajustarse el cinturón para salvar al planeta para las generaciones futuras. Y acudir, como lo predican ciertas ONG luxemburguesas, en ayuda de los más oscuros de piel en los trópicos o en los polos, subdesarrollados, inconcientes que no se han dado cuenta de los efectos deletéreos del CO2. y que si no nos plegamos de buen grado a esta nueva moral, estará bien que se nos imponga a la fuerza. Porque los regímenes totalitarios no le importan su prohibiciones ni tabúes. Ellos exigen a los pecadores confesiones públicas.

Dominique Bourg, de la Fundación Nicolas Hulot nos lo dice claramente en el Le Monde del 29 de abril: “Para evitar estas derivaciones, será necesario cambiar el poder de los individuos por otro poder colectivo, que deberá accionar en su nombre.”

Hitler, Franco, Mussolini y Stalin nos decían la misma cosa. Ellos son Negros o Rojos, pero no son Verdes.

Pierre Lutgen

Hostert, Luxemburgo



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