Hora de Córdoba
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El júbilo del jubilado,
se acabó la "corrección política"

Por balsero1968
Su blog: Materia Oscura
Mayo 7, 2009

El sonriente científico de la derecha es Mike Hulme, fundador y primer director del centro público británico de investigación socio-científica sobre cambio climático Tyndall Centre for Climate Change Research. El centro Tyndall ha sido reverenciado por el medioambientalismo radical y Mike Hulme era el dios del extremismo climático. Si hace un par de años me hubieran dicho que Hulme iba a realizar las declaraciones con las que se despachó hace apenas unos días no lo habría creído y habría considerado esa hipotésis propia de un yonqui con el cerebro aguado por el crack.

Para que los lectores se hagan una idea es como si el ex-presidente Aznar  informara que se divorcia de su actual mujer, la Sra. Botella, anunciara su inmediato matrimonio con un amigo varón porque ha sido gay toda su vida y ha decidido salir ya del armario, abandonara el Partido Popular, solicitara su ingreso en el Partido Socialista, hiciera una hagio-grafía del presidente Zapatero como hombre de estado y el líder que España necesita, promoviera la independencia de Cataluña y el País Vasco, rompiera su carnet de socio del Real Madrid para jurar que su equipo es el Barcelona y, lo más asombroso, confesara que fue un grave error suyo colaborar con el gobierno de Bush en la invasión de Irak.

Pero es que Mike Hulme,... se ha jubilado. Ya no tiene que lamerle el trasero a nadie J. En mi opinión fue un cobarde, claro.

Mike ataca incluso a las vacas sagradas del IPCC. Ironiza sobre la imposibilidad de deshacer sus patrañas, y se descojona.

Es imposible llevarles la contraria ¡por el amor de Dios, si hasta les han dado un premio Nobel!”

Descarga sus culpas, acusa a los políticos de exigirles a los científicos dictámenes simples y sin incertidum-bres que los científicos no pueden suministrar. No considera que su simbiosis anterior con los mismos políti-cos - una cobardía obvia suya en mi opinión-  sea motivo de crítica, porque la manipulación procede de un debate que - ahora que está jubilado - piensa que es netamente político e ideológico.

Sólo ahora reconoce que si sentara con un escéptico, y nombra concretamente a Fred Singer, un reputado científico atacado por todo el extremismo medioambientalista fanático bajo la acusación de ser un plutócra-ta al servicio del capital y las petroleras, la discusión giraría plácidamente sobre las incertidumbres brutales en un tono de cordialidad. Antes no lo hizo, cuando de forma simbiótica lamía la mano que le daba de comer y la verdad y las incertidumbres no importaban, sólo importaba la masiva propaganda con un único sesgo, el terror climático para dictar unas determinadas políticas.

Critica con dureza que el fanatismo utilice en su apoyo artículos científicos que pueden ser honestos pero plagados de gigantescas dudas en las respuestas. Olvida que en las manifestaciones de 2007 del radicalis-mo ecologista para impedir la apertura de una tercera pista en el aeropuerto de Heathrow (perjudicando con ello a una empresa española) los manifestantes todos agitaban en sus manos un informe del Tyndall Centre firmado por él, por Mike Hulme.

Desde que abandonó su puesto en el Tyndall parece que Mike se separa del pensamiento de grupo, deja de balar con el rebaño y confirma que es sólo política e ideología y no Ciencia. Y sólo ahora, cuando ya su puesto de trabajo no depende de asentir a lo que se le pide desde las instancias del poder se atreve a decir el único mensaje cierto - El consenso en Ciencia es basura, la ciencia progresa por el disenso.

Pudo haberlo dicho cuando el bombardeo del 4º informe del IPCC en 2007, cuando lo hice yo, aquí, en Valdeperrillos, cuando el IPCC y su amigo Al Gore (los dos premios Nobel de los que se cachondea ahora Mike) sostuvieron hasta la saciedad la muleta que contaminó a todo el espectro político, también en España, desde el Partido Popular a Izquierda Unida, por no mencionar al fanatismo medioambientalista.

Hay consenso, la Ciencia se ha pronunciado.

Y lo dice ahora. Mi juicio sobre él no es muy bondadoso. Vaya panda de cobardes.



Comentarios de lectores

Así es.
augustorua — Jue, 07/05/2009 - 11:01

Tú lo dices, balsero. Son unos cobardes. Todos los científicos a los que lo único que les importa es no perder el dinero para financiar sus "estudios", y que se han callado o han hecho afirmaciones que contradicen la verdad y la ciencia, todos ellos son unos cobardes.
Y no les salva, como a Hulme, el retractarse de todo una vez que se han jubilado y no tienen nada económico que perder. No, no les salva. Son unos cobardes y merecerían pudrirse en el infierno de la ciencia. Prostituidos a la política y la ideología, bazofia, basura.
Hulme se ha jubilado y despotrica contra los ecolojetas y el fanatismo medioambiental, pero su insti-tuto seguirá impulsando y publicando estudios sesgados y mentirosos dando la razón a ese mismo fanatismo.

Por un lado teneis razón...
Castigador — Jue, 07/05/2009 - 15:59.

Por un lado tenéis razón, estos científicos que han callado son totalmente culpables en este problema en el que nos han metido por su falta de probidad mientras cobraban del erario público, pero por otra parte, siempre es bienvenido ver que alguien cambie (o al menos diga lo que de verdad piensa) de opinión, aunque sea porque se ha jubilado. Estas cosas siempre me recuerdan a aquella frase atribui-da a Freeman Dyson sobre el invierno nuclear, donde decía aquello de que la ciencia acerca de ese tema era absolutamente espantosa, pero, ¿quién querría ser acusado de estar a favor de la guerra nuclear? Aunque realmente eso no disculpa la actitud del tal Hulme (el  ser acusado de todo como a Fred Singer es algo a lo que muchos por desgracia no aguantarían) quizás a mi me hace ser relativa-mente benevolente.

jubilado del ecofanatismo.
robertol (no verificado) — Jue, 07/05/2009 - 17:49.

Recuerdo en los viejos buenos tiempos de la guerra fría, cuando algunos espías se pasaban de bando, la tradición era pedirles una "prueba de lealtad" (o de traición). Básicamente, información válida sobre sus colegas, sistemas de trabajo, e informaciones estratégicas. Supongo que en esta "guerra ambien-tal" no estaría mal pedirle al buen Mike una lista de expertos ambientalistas vendidos, copias de los "memos" internos donde recibían directivas o sugerían retoques en los informes, etc. ¡Y cuidado con los espías dobles! :-)



Comentario de Eduardo Ferreyra: Una prueba más de que los científicos son apenas seres huma-nos y no semidioses como pretenden los calentadores que serían James Hansen y su Sumo Sacerdote Al Gore. Los intereses personales de muchos investigadores, su carrera, sus posibilidades de poder pagar las cuentas a fin de mes, sus deseos de figurar, una gran cuota de vanidad y autosuficiencia que se agrava cuando la prensa publica sus declaraciones como la Verdad Revelada, y una necesidad imperiosa de sobresalir entre sus pares, los hacen nadar a favor de la corriente. Una postura muy común, y sobre todo muy política. Política de supervivencia. Y cobardía. Sienten terror de ser señala-dos con el dedo como un hereje que niega la “ciencia establecida.” ¿Era Macedonio Fernández quien hablaba de “las patéticas miserabilidades humanas”? O quizás pensaba Macedonio en estos “científi-cos” cuando decía, “creen haber nacido del lado en que la masita tiene el dulce.” ¡Y qué dulce es la miel de la fama y la aprobación del rebaño!

Luego están los científicos de verdad. Aquellos para quienes la ciencia, el deseo de conocer cada día más sobre ese misterio que encierra el inmenso paisaje del conocimiento es una vocación, un imperativo, que la mayoría de las veces los convierte en verdaderos parias entre sus pares que ocupan cómodos lugares en el “establishment” científico. Los ejemplos que nos muestra la historia son innumerables, y se trata de una especie de homo honestus que afortunadamente nunca se extinguirá.

Hoy los científicos que disienten con el Sagrado Dogma del Cambio Climático son parias; criminales a sueldo de las industrias contaminantes, las petroleras, las tabacaleras, que merecen ser juzgados por el terrible crimen de lesa humanidad de no creer en una hipótesis que no ha pasado aún a la categoría de teoría ni podría hacerlo jamás porque no pasa la prueba ácida de la verificación de las evidencias. No son los primeros en la historia ni serán los últimos. Ya Copérnico y Kepler sabían que la Tierra no era el centro del universo, pero callaron sus dudas porque hubiesen sido perseguidos por el Santo Oficio de la Inquisición. Los escritos de Copérnico se publicaron después de su muerte porque tuvo la prudencia de mantenerlos a buen recudo, y su boca bien cerrada.

La lista de los científicos y estudiosos que transcurrieron sus vidas sufriendo el desprecio de sus pares y de la sociedad es enorme, como también lo es la lista de los pomposos catedráticos que se mofaron de las ideas novedosas y las teorías que contradecían a la creencia del establishment. Todos, o la inmensa mayoría han sido olvidados, y sólo quedan se recuerda a quienes demostraron una ceguera total sobre los reales fundamentos de la ciencia y su misión: acercarse a la verdad lo más posible.

Se recuerda al catedrático francés Bouillaud porque increpó a su colega Du Moucel cuando demostra-ba ante la Academia Francesa de Ciencias el invento maravilloso de Thomas Alva Edison, el fonógrafo. “¡Impostor! ¿Acaso cree que vamos a dejarnos engañar por las artes de un ventrílocuo?”.

La ley de la conservación de la energía, base de toda la termodinámica no fue descubierta por un físico, químico o una matemático sino por un intruso en la ciencia: un humilde médico de barco allá por 1845, el Doctor Robert Mayer. Atrajo sorbe sí la ira y la furia de los académicos que no soporta-ban que un intruso, no legitimado por una carrera o una cátedra universitaria, se atreviese a postular una ley de validez perpetua. La campaña de desprestigio que se desató sobre Mayer le llevó a enfer-mar gravemente. Luego mediante intrigas le acusaron de megalomanía y lo recluyeron en un manicomio.

Curiosamente, quien reivindicó a Mayer ante la Royal Society fue el físico inglés John Tyndal, en cuyo honor se le puso el nombre al Centro Tyndal para la Investigación del Cambio Climático. Ironías del destino, que hace dirigir al centro que lleva el nombre de un paria de la ciencia de su época a quien durante años hizo con los escépticos del clima lo mismo que los académicos del establishment hicieron con Tyndal en el siglo 19. “La historia se repite, primero como una tragedia, y luego como una ridícula comedia.”



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