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Risas antárticas, algo pasa con Harry

Fuente: Materia Oscura

balsero1968 — Jue, 05/02/2009 - 09:07

Un reciente artículo científico1 sobre la Antártida desató el vocerío tradicional en la prensa del medioambientalismo histérico pero también el interés del escepticismo. Se fiaron de los datos de varias estaciones de medida. Una de las estaciones de medida, Harry (foto), era sospechosa. Y mucho.

Otros muy profesionales investigadores, los que están in situ, llevan un libro de registro de sus actividades. Cuando se les preguntó por Harry se rieron. Y enseñaron donde ha estado Harry todo este tiempo.

Antártica, estación meteorólogica Harry.
Foto cortesía de University of Wisconsin, (hat/tip Steve McIntyre/Anthony Watts)

Harry ha estado enterrado en la nieve.

Pueden compararse directamente las dos fotos usando como referencia las aspas
situadas en la parte superior de la estación. Harry ha estado enterrado en la
Antártida bajo varios metros de nieve tomando la temperatura ambiente.

Es como si para tomar la temperatura ambiente guardamos el termómetro en el féretro de un muerto y luego excavando un hoyo escondemos bien hondo el féretro y nos fiamos de las lecturas que arroja el termómetro escaqueado en el calentito ataúd del muerto.

Dos de los investigadores, Jules y Simon, rescatando un panel solar
del fondo del hoyo de una de las estaciones.

Una lectura del libro de registro de actividades de los personas al cuidado de las estaciones y de otras actividades en la base antártica demuestra que cavar en la nieve para volver a llevar al aire libre los aparatos de medida es algo con un cierto carácter rutinario. Significa que a la hora de escribir un artículo de carácter estadístico utilizando los registros de temperaturas de las estaciones en la Antártica es prudente pegarse antes una larga charla con las personas que allí están.

Porque serán quienes nos informen - de hecho lo documentan de manera magnífica - sobre el contexto de confianza que esas estaciones de medida pueden merecer. Quienes nos informen de si han estado inopera-tivas debido a la crudeza del clima, si han estado enterradas durante meses, si se han visto obligados a desplazarlas de sitio, si han sido reemplazadas por otro aparataje con distinta sensibilidad, si - como ha ocurrido - ha habido un error empalmando los registros de una estación con los de otra que no está en el mismo sitio como si fuera una única estación de medida.

Detectado el error (vía la sospecha estadística de Steve McIntyre sobre los datos de Harry y confirmada por Anthony Watts por el sencillo método de pedir a los investigadores allí trabajando el libro de registro de actividades y descubriendo Anthony que esa información siempre ha estado disponible) ahora el artículo de Steig et al. (uno de cuyos co-autores es Mann) genera severas dudas, cuando no hilaridad. Nada desho-nesto, pero sí con descuido y ligereza, tomando los datos como si estos no hubieran estado sujetos a los avatares de la Madre Naturaleza.

Actualización 10:45.

Antecedentes.

Un artículo de Steig et al. publicado hace unas semanas desata la histeria climática. Una lectura atenta del artículo indica la ausencia de novedades. No hay nada en el artículo que no se supiera. Según se elija el punto de partida la Antártida en conjunto se enfría o se calienta. Los autores deciden utilizar 1957 como fecha de partida para sus conclusiones: se calienta. Si se escoge hacia 1970  la conclusión es otra: se enfría. No lo ocultan los autores y de sus propias gráficas se desprende que desde 1998 la tendencia de enfriamiento es más acusada.

Uno de los autores es Michael Mann, responsable de uno de los instrumentos político-científico-ideológico del alarmismo medioambientalista: el palo de hockey. Un constructo estadístico diseñado para crear la máxima alarma posible fuertemente criticado sin ambages por muchos científicos como un fraude o, cuando menos, una presentación de los datos con un sesgo deliberado para atender a una agenda ideológica ya determinada.

Otro de los autores se salta la moderación del texto y en la nota de prensa y en las entrevistas con los medios escoge el discurso apocalíptico: uno de los "mitos" del escepticismo climático, que la Antártida no se calienta, se ha derribado. La Antártida sí se calienta también. Los medios, deseosos de vibrar en sintonía con el máximo alarmismo, recogen el  mensaje y lo amplifican. Prensa, radio, TV e internet vomitan la alar-ma.

Esto llama la atención del escepticismo climático porque el artículo per se habría pasado desapercibido ya que no añade nada que unos y otros no supieran.

Pero cuando la prensa escribe cosas como "las evidencias más recientes apuntan a que el calentamiento antártico bulle latente bajo la fría calma" (EL PAÍS 22 de Enero de 2009) e incluso cosas peores, espoleada no por el contenido del artículo sino por las declaraciones propagandísticas de algunos de los co-autores mucha gente decide de forma independiente llevar a cabo una pesquisa detallada destripando el texto cien-tífico hasta la última letra. El autor principal inmediatamente tiene que responder a una contradicción inme-diata que se le detecta. Hace un tiempo fue cómplice de una explicación "científica" con la que justificaba como puede haber calentamiento "global" incluso si la Antártida se enfría. Ahora dice confirmar que la An-tártida se "calienta". ¿Es válida la explicación científica que dio tiempo atrás si resulta que la Antártida se calienta?¿Tanto da si se enfría o se calienta siempre es signo de "calentamiento global"?

El autor principal lo pasa ciertamente mal dando esas explicaciones, no convence a nadie, y acaba echando la culpa a los periodistas por escoger lo más apocalíptico sácandolo de contexto. Se le recuerda que lo que él llama "sacar de contexto" es una cita literal de la nota de prensa suministrada por algunos de los co-autores y a partir de ahí enmudece.

La pesquisa

Sin el ruido causado por el tono catastrofista de la nota de prensa y de las declaraciones de semi-pánico el artículo en sí no habría tenido un gran impacto. Recoge datos e interpola otros y una cierta elección tempo-ral del período de análisis rinde el resultado deseado. Con esa escala temporal ad-hoc puede decirse sin faltar a la verdad que la Antártida experimenta un aumento de una décima de grado Celsius por década. Puede decirse lo contrario si la escala temporal es distinta. Todo sabido. Nada nuevo.

Steve McIntyre, que contribuyó a desmontar la patraña del palo de hockey, se fija en que en realidad se están tomando datos de muy pocas estaciones de medida. Cinco. Intentando reproducir - una de las aburri-das actividades de un científico pero que hacen que la ciencia sea Ciencia - los resultados de Steig et al. descubre que dos de las estaciones ubicadas en sitios diferentes (Harry y Mt. Siple) tienen en las tablas la misma latitud y longitud. Hay algo raro, se refieren a sitios diferentes ¿pero la ubicación es la misma? ¿no habrá un error?

Como tiene compromisos familiares los atiende dejando en su blog un claro mensaje: No lo sé, ya lo miraré. No sugiere nada adicional. Pero advierte que los datos de Harry - estación en la que se fija sólo por el cu-rioso hecho de estar situada en la misma ubicación que Mt. Siple y eso es muy raro - muestran una tenden-cia "exagerada".

Al leer esto, el meteorólogo Anthony Watts, que tiene su propio blog y es colaborador ocasional de McInty-re decide informarse en detalle sobre la operatoria de estas estaciones de medida e indaga en los registros de actividad de los científicos del British Antarctic Survey (BAS) que las opera. Los técnicos y científicos del BAS llevan un registro detallado y allí Anthony lee que es frecuente que las estaciones por inclemen-cias propias de la zona queden enterradas durate tiempo. Los científicos y técnicos documentan sus visitas - cuando las condiciones lo permiten - para desenterrar los instrumentos de medida

2 de Febrero de 2005. Instalación visitada. Difícil de localizar debido a las condiciones meteorológicas. El sensor de temperatura estaba casi un metro enterrado en la nieve.

Aprende que estos casos son frecuentes y confirma que Harry estuvo enterrado en la nieve con el sensor encapsulado en excelentes condiciones de "aislamiento" exterior. Conclusión

Con pocos datos de estaciones reales (cinco) se descubre que durante un tiempo los datos que atribuyen Steig et al. a la estación Harry son en realidad los de otra estación por una confusión que les asignó las mismas coordenadas.

Durante otro período de tiempo Harry muestra un abrupto cambio en la tendencia, que coincide con el perí-odo que estuvo el sensor enterrado en la nieve. Se ignora el impacto que sobre los datos y conclusiones de Steig et al. que tanta alarma causó en los medios de comunicación puedan tener estos hechos ahora reve-lados y que suenan a novela de detectives pero es la verdad.

Cabe destacar que los revisores o árbitros científicos de la revista Nature que aprobaron la publicación del artículo no advirtieron todas estas circunstancias.



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